Sunday, January 17, 2010

Peliculeros - Juan Marsé - El País



A riesgo de alimentar una polémica que no deseo y de la que podría beneficiarse una película que desprecio, debo salir al paso de las declaraciones de Andrés Vicente Gómez publicadas en este diario con fecha del 8 de enero de 2010. Contienen tal sarta de mentiras y mala baba que no deben quedar sin respuesta. Y si eso publicita su engendro fílmico, pues con su pan se lo coma.

En primer lugar, mi disgusto no proviene del hecho de que A. V. G. no me encargara el guión de la película, como él dice. Esto es una burda falacia. Nunca habría aceptado tal encargo, nunca mostré el menor deseo de intervenir en un proyecto que desde el principio, desde antes incluso de que el primer tratamiento del guión (que ya presagiaba el dislate que finalmente ha sido) llegara a mis manos por mediación de Agustín Villaronga, el primer director propuesto, que vino a consultarme lleno de dudas y malos presagios.

En segundo lugar, este pequeño escritor tampoco está dolido, como afirma A. V. G., porque en la película "se muestran aspectos de su vida privada". ¿Vida privada? ¿Qué entenderá por vida privada el avispado productor? No voy a negar que estuviera en tal o cual sitio o que hiciera tal cosa o dijera más o menos tal otra, como muestra de manera tan plana y sosa alguna escena, pero sí afirmo que no hay nada (dejando a salvo la contención mimética y el buen hacer del actor) en esta burda parodia de los amores y desamores y de la gimnasia sexual (de la que por cierto abominaba hablar) del poeta Jaime Gil de Biedma, nada absolutamente, ni un solo plano, ni una sola frase, que tenga algo que ver con mi vida, ni privada ni pública. La razón es muy simple: a los guionistas y al director no les fue concedida la gracia de saber transmitir la verdad y la vida en una ficción. Porque a fin de cuentas, la cuestión es ésta: la solvencia profesional, el rigor en el trabajo, la exigencia en el logro de un cine que busque la verdad y la belleza brillan aquí por su ausencia.

He leído estos últimos días algunos comentarios de gacetilleros que son auténticas falacias. ¿Película valiente, temeraria, transgresora, que nos muestra al poeta desnudo de cintura para abajo? ¡Cuánta miseria y gilipollez! Una peliculilla de Betty Boop podría escandalizar más. El poeta no fue ni quiso ser nunca un transgresor, ni un exhibicionista, ni un valiente y activo militante comunista sufriendo todo el santo día por ser miembro de una familia riquísima. Su papá nunca visitó su apartamento. Pero es en la decantación tendenciosa hacia su homosexualidad esgrimida como una bandera (nunca lo hizo), tan omnipresente y sombría y apesadumbrada en toda la película, tan insoportablemente plasta por reiterativa,

predominando en perjuicio de otros aspectos de la personalidad del poeta menos llamativos y morbosos, pero no menos interesantes, como su vitalidad desbordante y su alegría, por ejemplo, lo que convierte su imagen cinematográfica en una burda caricatura.

Pero volviendo a las falsedades de A. V. G., dice que las adaptaciones al cine de mis novelas me han dado más dinero que el obtenido por publicarlas. Pues hombre, sí, muchas gracias, no hay más que ver el éxito inenarrable de esas adaptaciones, que han sido repuestas en la tele continuamente y han sido aclamadas y elogiadas por todos los públicos. La verdad es que algunas merecían un lugar en el benemérito y patético Cine de barrio de TVE, pero ni siquiera valen para eso. Mejor están en el olvido. Él las produjo.

También cae A. V. G. en la tentación de insinuar maliciosamente, como ya hicieron otros muchos (ésta es una vieja historia que divertía mucho a Jaime Gil), que el poeta intervino decididamente en la composición del personaje principal de una de mis novelas -en la película parece como una obsesión ver-bal y sexual del poeta, de un modo ridículo: un ejemplo de hasta qué punto los guionistas arrimaron el ascua a su sardina-.

La verdad es que, antes de publicarse la novela, Jaime Gil sólo había leído el último capítulo, en compañía del poeta Ángel González. Pero donde aparece la rencorosa mala baba del productor es cuando dice que yo "era un pequeño escritor empleado en una joyería y casado con la criada de una marquesa". Notable. Podría ser el reclamo publicitario de su pró-ximo engendro, un melodrama sobre el descrédito y el incierto futuro de los pequeños escritores que se casen con criadas.

Pero no debería reírme, porque detrás de las palabras asoma la verdadera talla moral del sujeto que las pronuncia. Mi mujer fue la peluquera particular de María Rosa Campos, amiga ésta de Jaime Gil y de Ángel González desde mucho antes de que yo conociera a ambos poetas. Pero da lo mismo, Joaquina podía haber sido su criada, ¿y qué? ¿O es que estar casado con una criada es para el señor productor una prueba más de la insolvencia social, profesional y moral del pequeño escritor? ¿Qué tiene contra las criadas el señorito Andrés?

Dice nuestro hombre no entender que uno "venda los derechos de sus obras y luego no le guste nada de lo que hacen y acabe mal con todos los directores". ¿De verdad no lo entiende? Pues se lo voy a aclarar de una vez, y de paso que tomen nota otros posibles interesados en el asunto, otros que incluso han ido más lejos al negarle al autor la libertad de opinar sobre la adaptación de su obra, y calificándole, si se atreve a hacerlo, de idiota público, ignorante y mala persona, o imbécil. Pues bien, la explicación no puede ser más sencilla: yo vendo los derechos, no mi silencio ni mi criterio. Y cualquier escritor que se respete dirá lo mismo.

¿En nombre de qué debo callarme la boca? La arrogancia y la desvergüenza de algunos peliculeros (cineastas es palabra que no merecen) llega hasta el extremo de creerse que al comprar mis derechos también compran mi adhesión inquebrantable, y que su película tiene que gustarme por narices. Y ya vale.

Para terminar diré que no deja de ser curioso que la que más me gusta, de entre todas las adaptaciones de obras mías, es una película que no se hizo, pero que conservo gratamente en la memoria.


Nunca volveré a ser joven - Jaime Gil de Biedma

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Labels: , ,

El cónsul de Sodoma (La cajera de Lesbos - Arcadi Espada - El Mundo)

Querido J:

¡Cómo no iba yo a ver El cónsul de Sodoma! De casa al cine habrá medio kilómetro. Iba pasando por las casas, por los bares, por los parques e iba diciendo aquí vivía éste, aquí bebía éste, aquí venía ella. Vecinos. Gente mayor cuando era pequeño, y a los que ahora veo insólitamente jóvenes, confirmándose la trampa présbite. Jaime Gil de Biedma murió ¡a los 60 años! Un joven, sin duda. A su juventud contribuyó, desde luego, la brevedad de su obra. Todos esperaban que de un momento a otro JGB dejara la adolescencia, saliera de la ducha (que era donde hacía los poemas) y se pusiera a escribir en seco. Pero lo mató el sida, que es uno de los seudónimos más nombrados del placer.

Esta relación entre sexo y verso ha sido una de las cosas más comentadas de la película. Incluso antes de que se proyectara. Han salido algunos amigos/as del poeta a decir que es una relación desequilibrada: que sobran polvos y faltan versos. Me hace mucha gracia este argumento. Voy a desplazarlo un poquitín para que se vea lo extraño. Imaginad, perdonadme, una cajera de supermercado y su película: La cajera de Lesbos. Y que salieran los vecinos a decir que no hay supermercado. ¡Hombre, hombre! Y en el caso de la cajera la objeción aún tendría algún fundamento, porque, realmente, los horarios de las cajeras son inhumanos. ¿Pero el oficio de los versos? ¿Hay alguien con conocimiento en este mundo que pueda dudar de que JGB dedicó mucho más tiempo a los polvos que a los versos? Esto es así incluso por razones completamente poéticas. Porque de haber dedicado más tiempo al poema que a los polvos habría sido un poeta leonés, de los que ignoran la arcilla seminal del verso. Es muy absurda la objeción de los amigos. ¿En razón de qué protocolo podría alguien negar a nadie la posibilidad de hacer una película sobre la vida sexual de JGB? Y entrando por derecho en materia literaria: ¿qué autoridad tiene nadie para decirle a un escritor o a un director de cine que debe ocuparse de la poesía de JGB y no de su poética?

Lo que debieran de haberle dicho los amigos y vecinos a Sigfrid Monleón, el director de la película, es otra cosa muy distinta. ¿Por qué se ha apropiado usted de JGB (entero: polvos y versos) para sostener una ruina? A las películas o las obras literarias con nombres propios reales es muy fácil hacerles la prueba del algodón: convierte Jaime Gil de Biedma en Juan Gutiérrez de Bransó, a Carlos Barral en Cósimo Bernal, a Juan Marsé en José Miret, y así con el resto de secundarios. Y observa lo que sucede. No hay película. Sólo la penosa zarzuela de un joven y fino ejecutivo maricón que va a Filipinas y se enreda con mozalbetes y cuyos padres sufren por si la mariconería le impide heredar la empresa, lo que acaba sucediendo.

El joven, que se dedica a la poesía en sus ratos libres, acaba cogiendo el sida, lo que resulta naturalísimo y severo broche de la vida y el film. La plusvalía de los nombre propios actúa mediante un sencillo mecanismo: el conocimiento que el espectador tiene sobre los originales acaba llenando el vacío factual y psicológico de los trasuntos, dotándoles incluso de coherencia. Además, el fenómeno imitativo distrae extraordinariamente y disuade al espectador de mayores jonduras: en El cónsul de Sodoma uno pasa media película preguntándose cómo el actor Mollà se atrevió a hacer de JGB. Y un entretenimiento aún mayor. Los acertijos del roman à clef. La satisfacción de desentrañar que el chiquito Fotogramas era el escritor Vila-Matas. Y la incógnita acerca del hijo de la frutera, y en consecuencia inexorable, poeta frutal que sale despedido de Ultramort, poema («Una casa desierta que yo amo,/a dos horas de aquí») y pueblo ampurdanés.

Alguno de los amigos hoy indignados de JGB entiende perfectamente la plusvalía de los nombres propios. La fotógrafa Colita, por ejemplo, sabe cuánto mejora una foto de arte... cuando retrata a un artista. Y lo sabe, sobre todo, Juan Marsé. El gran novelista lo sabe por partida doble. Para empezar, él creó un inolvidable nombre propio: Pijoaparte. Y fue deudor, en la más ambiciosa de sus novelas, de un nombre propio nacido de madre, Carmen Broto, cuyo asesinato en la Barcelona de posguerra fue un orín de perro que todavía marca territorio. Hace algún tiempo, Marsé reaccionó contra los periodistas Guixá y Trallero, autores de La invención de Carmen Broto, cuando le reprocharon haber manipulado la realidad en beneficio de sus intereses o posibilidades ficcionales. La respuesta de Marsé tuvo algo de despótica. Yo soy dueño de mis ficciones, vino a decir, antes de reprocharles, muy biedma, que hubiesen aparecido en sus posesiones, pelmazos, embarazosos huéspedes, memos vestidos con mis trajes, zánganos de colmena, inútiles, cacasenos, con vuestras manos lavadas, a comer en mi plato y a ensuciar la casa.

No se entiende qué hace el escritor ahora en la casa del otro. ¿Que ése de la película no es JGB? ¿Y a él qué le importa? Entiéndaseme. Yo no niego a Marsé el derecho a convertirse en el albacea moral de JGB. Lo tiene. Fue su amigo. Tiene el mismo derecho que Guixà y Trallero a convertirse en albaceas de Carmen Broto. Pero es extraño que reclame para JGB el trato que no quiso darle a la señora. El estatuto de la ficción, si existe tal burocracia, rige para JGB y para Carmen Broto. El cónsul de Sodoma no es un documental. Es decir, se mueve con la desfachatez habitual en esa línea de sombra fiction/faction, que en cine llaman un biopic, o golosina así. Y, como sus pares de la literatura, se muestra siempre dispuesta a chulear a la realidad, más puta que JGB y Carmen Broto juntos. Mi opinión sobre esa estética de proxenetas está clara; pero mucho me temo que no es el caso de Marsé, que según le conviene va y vuelve con una galanura que, francamente, y aunque mucho le queremos, está empezando a resultar irritante.

Ve a verla. Va de nuestras vecindades administrativas y poéticas. Si hubiese sido una buena película, habría sido como ver follar a los padres. A cambio, no te aburrirás. Atención cuando el poeta se sienta en el sillón a leer a Eliot, cuatro cuartos. Y que no se te escape su exacta mímesis, que también la tiene. Ha sido muy criticado por los jóvenes imberbes que los diálogos fueran de cartón piedra. Je, je. No los conocieron. Sabes como yo que el grupito hablaba exactamente así y la razón era que todos vivían en un film permanente, y lo sabían. Hablaban así en todas partes, excepto en la ducha, el único lugar, ya quedó escrito, donde pudo oírse aquella voz tan limpia y humana.

Sigue con salud

Labels: , ,