"Sr. Abbas, derribe usted este otro muro" - Sol Stern - Jewish Ideas Daily

Un rabbi sefardí discutiendo los términos de la rendición del barrio judío de la Ciudad Vieja de Jerusalém ante la Legión Árabe jordana - John Phillips

Familias judías siendo evacuadas como refugiados del barrio judío de la Ciudad Vieja de Jerusalem - 1948 - John Phillips

Familias judías partiendo como refugiados del barrio judío de Jerusalém por la puerta de Zion tras su expulsión por la Legión Árabe - 1948 - John Phillips
Mientras que los titulares del mundo se centran en la exagerada alarma creada con respecto al levantamiento por parte de Israel de la congelación de la construcción en los asentamientos judíos de Cisjordania tras 10 meses de vigencia, otra cuestión mucho mayor importante para las perspectivas de paz en el Oriente Medio sigue decididamente sin resolverse. Es la cuestión del "derecho de retorno" de los refugiados palestinos a Israel, un tema sobre el que la administración Obama, el más importante promotor de la congelación de la construcción, se ha mantenido sorprendentemente silenciosa.
En El Cairo hace poco más de un año, el Presidente Obama proclamó "un nuevo comienzo” entre Estados Unidos y los musulmanes de todo el mundo. Después de recordar a su audiencia árabe que "seis millones de judíos fueron asesinados" por los nazis, añadió de inmediato que, por su parte, los palestinos también "habían sufrido el dolor del desplazamiento" y muchos todavía "esperaban en los campos de refugiados... una vida de paz y seguridad de la que nunca han podido disfrutar". En ese momento, una serie de comentaristas se opusieron a la ecuación que parecía esbozar el Presidente Obama entre los campamentos de refugiados palestinos, abundantemente financiados por las Naciones Unidas durante 60 años, y los campos de exterminio nazi. Pocos, sin embargo, señalaron que su explicación de la difícil situación de los refugiados palestinos era falsa y confundía la “causa y el efecto” histórico.
Porque no es la falta de paz lo que mantiene a los palestinos "esperando" en los campamentos de refugiados. Más bien, la insistencia de la mayoría de los líderes árabes desde 1948, incluidos los anteriores liderazgos palestinos y el actual, en que los refugiados - originalmente censados entre 500.000 y 750.000, pero cuyo número ha sido hinchado al incluir también a sus descendientes hasta llegar actualmente a más de cuatro millones de personas – permanezcan en los campamentos hasta que se les permita regresar en masa a Israel. Esta insistencia hace que sea imposible alcanzar cualquier solución del conflicto entre Israel y Palestina, por no hablar de un "nuevo comienzo" en el Oriente Medio.
Hace unos años visité brevemente el campamento de refugiados de Balata con sus 20.000 residentes. El campamento está dentro de la ciudad cisjordana de Naplusa (Nablus), es decir, dentro de la jurisdicción de la Autoridad Palestina (AP). Es el lugar donde muchos de los árabes de Jaffa se establecieron cuando huyeron del conflicto armado que estalló inmediatamente después de la resolución de partición de la ONU de noviembre de 1947, la cual dividía el territorio del Mandato de Palestina en dos estados separados, uno judío y otro árabe.
La mayoría de los residentes actuales de Balata son los hijos, nietos y bisnietos de los refugiados originales. Por lo tanto, un bebé recién nacido en Balata aún sigue siendo designado hoy en día por el Organismo de Socorro y Obras Públicas de las Naciones Unidas (UNRWA) como un refugiado desplazado por la guerra entre árabes e judíos de 1948, y por lo tanto con derecho a importantes beneficios materiales durante su vida, o por lo menos hasta que el conflicto se resuelva. Ese niño crecerá y asistirá a una escuela segregada a cargo de la UNRWA. En las escuelas de la ONU y en los clubes culturales financiados por el dinero de los contribuyentes estadounidenses, los hijos de Balata, al igual que otros niños en campamentos similares en Gaza y en los países árabes vecinos, crecen y se nutren con el mito de que algún día próximo van a regresar triunfantes a las casas de sus antepasados al lado mismo del Mar Mediterráneo (Jaffa).
A la espera de la redención, los residentes palestinos de Balata tienen prohibido por parte de la Autoridad Palestina la construcción de viviendas fuera de los límites oficiales del campo. Ellos no votan sobre las cuestiones municipales y no reciben ninguna financiación de la Autoridad Palestina para carreteras o saneamientos. Como parte del "renacimiento económico" potenciado por el primer ministro palestino Salam Fayyad y como apoyo para la construcción de un proyecto estatal, esta prevista la creación de una nueva ciudad palestina llamada Rawabi cercana a Belén. Pero no habrá lugar allí para los refugiados de Balata. Sesenta años después de la primera guerra árabe-israelí, la situación de Balata podría ser definida con precisión por una especie de gueto o cuasi apartheid de asistencia social administrado por la ONU.
Este absurdo histórico y político, una experiencia única entre las decenas de millones de refugiados del mundo desplazados como consecuencia de guerras y de conflictos políticos, ayuda a explicar por qué el presidente palestino Mahmoud Abbas se alejó de la mejor oferta que le han ofrecido nunca a su pueblo. Sucedió en noviembre de 2008, cuando Ehud Olmert, el entonces primer ministro de Israel, le hizo entrega de un mapa detallado de un futuro Estado palestino que, con intercambios de tierra, equivaldría a cerca del 100% del territorio de Cisjordania y de Gaza de antes de la guerra de 1967 [N.P.: el 100% se conseguiría con el corredor que uniría Cisjordania y Gaza]. Olmert también se ofreció a dividir Jerusalém, lo que permitiría a los palestinos instalar la capital de su estado en la mitad oriental de la ciudad. Lo único que no contemplaba la oferta de Olmert era el derecho de retorno de los refugiados palestinos, y ello por la obvia razón de que eso supondría el fin del estado judío.
Como he señalado en otra parte, Abbas, con la promesa de estudiar y devolver el mapa para proseguir los debates, tomó el mapa y se lo llevó a su oficina de Ramallah para que sus colaboradores lo estudiaran. Pero nunca regresó con el mapa, y esta fue la última vez que los líderes israelíes y palestinos se reunieron. La razón, creo yo, es evidente: si la oferta de Olmert se hubiera convertido en la base de unas negociaciones serias, Abbas habría tenido que admitir la realidad ante los residentes de Balata (y de otros campos de refugiados en Cisjordania, Gaza, Líbano, Siria...), lo que significaría que los líderes palestinos les habrían estado mintiendo durante 60 años y que nunca volverían a Jaffa. Entre esos líderes palestinos, fue el propio Abbas quien, durante su campaña para la presidencia de la AP del 2005, declaró repetidamente que nunca pactaría el derecho de retorno de los refugiados palestinos.
Hoy, dos años más tarde, nuevas reuniones cara a cara negociadas por la administración Obama se celebran entre Abbas y un primer ministro israelí. Pero al igual que las reuniones previas entre Abbas y Olmert, las conversaciones en curso no irán a ninguna parte hasta que Washington reconozca que la postura oficial palestina sobre los refugiados palestinos representa un obstáculo mucho más grave para la paz en el Oriente Medio que la cuestión de la construcción en los asentamientos judíos de Cisjordania. Esto último no es más que una complicación adicional más, mientras que la insistencia palestina sobre el derecho de retorno es motivo de ruptura.
¿Por qué no, por fin, rompen con los terribles campos de refugiados y animan a sus residentes a integrarse en Cisjordania con el resto de la sociedad civil palestina? La razón para no hacerlo no es otra que la “conveniencia política”. Hay un imperativo abrumador en lo que respecta a los derechos humanos para que de una vez por todas se haga frente al problema. Durante la última década, una serie de grupos pacifistas y defensores de los derechos humanos han estado por protestando por la "brutalidad" de Israel, por la ocupación de Cisjordania y Gaza, y por los puestos de control militares que restringen el movimiento de los palestinos inocentes. Actualmente, muchos de los puestos de control se han cerrado y los palestinos están construyendo su propia economía y se encargan de la vigilancia de sus propias ciudades. En estas circunstancias, ¿dónde están los defensores de los derechos humanos para exigir que los refugiados palestinos sean liberados de sus campamentos superpoblados, permitiéndoseles construir sus propias casas en cualquier lugar de Cisjordania y enviar a sus hijos a las escuelas regulares palestinas? ¿Por qué los manifestantes pacifistas no se han manifestado fuera del campo de refugiados de Balata con carteles que digan: "Sr. Abbas, derribe usted este muro"?
De alguna manera, uno duda muy seriamente que organismos como Palestine Human Rights Campaign y otros grupos afines, tan activos contra Israel, lleven a cabo este tipo de protestas. Pero... ¿qué decir acerca de su buena fe como defensores de la paz? ¿No sugiere todo esto de una manera muy acusada que, para ellos y para los líderes árabes en todo el Oriente Medio, la falta de bienestar que sufren los palestinos ha sido, y es, de una importancia mucho menor que la demonización, el debilitamiento y la destrucción del Estado de Israel?
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