Friday, January 13, 2012

Cuando lo profano se convierte en sagrado (Frankistas y Sabateanos) - Israel Jacob Yuval - Haaretz



Muchas figuras mesiánicas en la historia judía tenían nombres con un significado mesiánico. Dos de los más famosos aspirantes a redentores, y cuyos nombres dan testimonio de sus cualidades mesiánicas, fueron Jesús ("Señor", en hebreo) de Nazaret y Shimon Bar Kojba (Bar Kojba, el "hijo de la estrella" en hebreo). Puede ser que el Rabbi Yehuda Hanasí, el editor de la Mishná, también se viera como un Mesías, identificándose con la tribu de Judá, que estableció el reino de la Casa de David. Hace poco me encontré con la sugerencia de que Moisés Maimónides también tuvo pretensiones mesiánicas, a raíz de su identificación con su nombre. Él se vio como un segundo Moisés, y por lo tanto, al igual que el primero, escribió una nueva Torah (la Torah Mishna), y condujo a su pueblo como el rais (líder) de los judíos, y fue alguien cercano al gobernante de Egipto. El erudito Moshe Idel sostiene que Shabbatai Zvi se identificó con las cualidades astrológicas y mesiánicas del planeta Saturno ("Shabbatai" en hebreo). Y Jacob Frank, que murió en 1790 y fue el fundador de la secta de los Frankistas, también se veía como el Mesías, identificándose con la figura bíblica del patriarca Jacob, y viéndose a sí mismo como el tercer Shabbatai, tras el original Shabbatai Zvi y su discípulo Baruchia Russo.

El libro de Pawel Maciejko sobre la historia del movimiento Frankista, que pronto será publicado en la traducción hebrea del Centro Zalman Shazar, me recordó la experiencia que tuve hace varias décadas atrás cuando leí el libro de Gershom Scholem "Shabbatai Zvi: El Mesías místico, 1626 - 1676". Resulta muy raro que un trabajo de investigación académica ofrezca la experiencia de una lectura fascinante. Desde este punto de vista, el libro de Maciejko sobre Jacob Frank y el movimiento Frankista, que fue galardonado en el 2010 con el premio Polonsky a la creatividad y originalidad en el campo de las Humanidades por la Universidad Hebrea, donde el autor es profesor de pensamiento judío, es un sucesor natural y valioso del volumen ya clásico de Scholem sobre Shabbatai Zvi y sus seguidores.

Y también es un libro innovador, con no sólo una, sino muchas innovaciones importantes. Una de ellas es permitir discernir la diferencia entre los Frankistas y los Sabateanos (seguidores de Shabbatai Zvi). Maciejko argumenta que los Frankistas no pueden ser contemplados como unos descendientes directos de estos últimos. Jacob Frank hizo todo lo posible para distanciarse de los Sabateanos, así como de los Doenmeh (la secta sabateana convertida el Islam y que existió en el Imperio Otomano). Para Jacob Frank, Shabbatai Zvi no había conseguido nada, por lo que él se encontraba en ese aspecto solo y podía ser considerado como un innovador. Esta búsqueda de la diferencia y de la singularidad caracteriza la historia vital y el comportamiento de Jacob Frank. Dondequiera que iba, se destacó como diferente y extranjero.

Maciejko se toma su tiempo para señalarnos algunos de los rasgos que diferencian a los Frankistas del movimiento previo de los Sabateanos: su perfil público y su disposición a la participación en el gobierno de los asuntos internos judíos, y como resultado de ello, la brutalidad de la campaña rabínica en su contra. Mientras que los Sabateanos fueron considerados un problema interno judío, al que las leyes judías y los argumentos teológicos podían hacer frente, los Frankistas fueron contemplados como una presencia divisiva dentro del judaísmo, donde era probable que dieran lugar a una nueva religión.

El libro describe la Podolia (hoy parte de Ucrania, en su momento parte de Polonia), donde Jacob Frank estuvo muy activo en la segunda mitad del siglo XVIII, como un lugar en el que floreció la herejía judía. Incluso un siglo después de la conversión de Shabbatai Zvi al Islam, en 1666, muchos judíos en Podolia continuaban siguiendo su camino. El capítulo judío de los Frankistas duró apenas dos años. Se inició en 1756, con una ceremonia mística y erótica en la ciudad de Lanckorona, donde la esposa del rabino local bailó desnuda con una corona de la Torah en su cabeza, y el resto de los participantes, seguidores de Frank, cantaron y bailaron con ella. Se la celebró con pan y vino, y se la besó como si se tratara de una mezuzá.

La ceremonia ilustra una situación donde se equipara el simbolismo religioso con la existencia real, de manera ontológica, y algunos la interpretan como una expresión del abandono de un simbolismo medieval que se había separado de la vida real. Este incidente presentaría a los Frankistas como una gente que contemplaba la profanación de los preceptos religiosos como un elemento de vital importancia para el debilitamiento de la autoridad rabínica. El caso levantó una tormenta rabínica y llevó al ostracismo de los Frankistas.

Mientras que los Sabateanos también fueron excomulgados oficialmente, su ostracismo social nunca fue aplicado. Y su excomunión se había producido únicamente por la iniciativa de algunos individuos, y no de la institución rabínica. Los Frankistas fueron los primeros en ser excomulgados de manera organizada y metódica. La razón para ello provenía de la ceremonia desarrollada en Lanckorona, la cual rompía la anterior conspiración de silencio. Los Sabateanos habían actuado sin llamar la atención rabínica, a lo largo de una línea que podríamos resumir en "No preguntes y no te responderemos". Sin embargo, el incidente de Lanckorona significó cruzar una línea mucho más allá de lo que había sido aceptable en el caso Sabateano. La gota que colmó el vaso no fue necesariamente el aspecto erótico-sexual de la ceremonia, sino el uso de los símbolos cristianos del pan y el vino.

El capítulo judío de los Frankistas terminó en 1759, con su conversión al cristianismo. Al igual que el movimiento cátaro que surgió en Languedoc, Francia, en los siglos XII y XIII, y cuyos seguidores fueron acusados de herejía y excomulgados, llevando a la Iglesia a establecer la Inquisición, los que “provocaron” la conversión de los Frankistas fueron los mismos judíos tradicionales, encabezados por el Consejo de las Cuatro Tierras (un órgano representativo de los judíos de Europa del Este que se reunía para discutir temas de interés mutuo y que existió entre 1580 y 1764), que prefirieron verlos fuera de la comunidad judía antes que tolerar la existencia de una herejía interna judía.

Pero no todos los judíos opinaban de esta manera. Judá Leibes ha planteado la posibilidad de que el Baal Shem Tov (el rabino Yisrael ben Eliezer, el fundador del hasidismo) murió en 1760 lleno de tristeza a causa de la conversión de los Frankistas un año antes, ya que él los veía como un órgano más del cuerpo místico del judaísmo. Sin embargo, esta era su opinión personal, no la de la institución rabínica, que prefirió expulsar a sus hijos rebeldes. Y así, después de muchas generaciones en las que los judíos habían luchado con todas sus fuerzas contra la conversión al cristianismo, los líderes rabínicos de Polonia apoyaron e incluso animaron a los seguidores de Jacob Frank a convertirse al cristianismo.

Este impulso hacia la conversión fue el resultado de la aversión despertada por los Frankistas entre los judíos tradicionales. Maciejko menciona por ejemplo los intentos desarrollados por los Frankistas de confirmar la verdad de los libelos de sangre (la acusación de que los judíos necesitaban sangre cristiana para sus ceremonias religiosas), y ello con el apoyo de los miembros más conservadores del establecimiento eclesial, pero con la oposición de los principales cargos de la Iglesia, encabezados por los círculos conservadores de la curia papal. Los Frankistas incluso llegaron a ampliar dicha controversia al afirmar que la prueba de los libelos se podía encontrar en los textos judíos - en las costumbres de la Pascua y en el Talmud -. La novedad aquí residía en que la supuesta exigencia de sangre cristiana por los judíos no se hacía en nombre de procesos curativos o mágicos, tal como se afirmó durante la Edad Media, sino como un requisito inherente a los mandamientos religiosos. En consecuencia, no sólo los grupos marginados y crédulos eran sospechosos de esas prácticas, sino todos los practicantes de la religión de Moisés. En su excelente análisis, Maciejko describe la postura de los Frankistas con relación a los libelos de sangre desde la perspectiva de su impacto en el futuro, y nos muestra por ejemplo su destructiva influencia en los libelos de sangre del siglo XX, alimentando inclusive la famosa acusación de asesinato ritual contra Menahem Mendel Beilis, en la Rusia de 1913.

La exacerbación de las tensiones religiosas internas dentro del judaísmo se conecta directamente con una disminución de las tensiones con los cristianos. Uno de los mayores opositores y combatientes de los Sabateanos, el rabino Jacob Emden (1697 - 1776), consideraba al cristianismo como una religión tendente a enmarcarse entre el monoteísmo y los "siete mandamientos de los hijos de Noé" de los paganos, y como una “iglesia celestial". Aunque el cristianismo y el judaísmo eran religiones que compartían, a su juicio, un denominador común, y ambas eran legítimas, estaban destinadas a diferentes pueblos, Emden consideraba al Sabateanismo como una nueva y peligrosa religión. Pero mientras que su guerra contra los Sabateanos no tuvo un gran éxito, la aparición del Frankismo le permitió extender su batalla contra los Frankistas.

La posición de Emdan le llevó a involucrar a los cristianos en su lucha contra estos herejes judíos y los Frankistas respondieron de la misma manera. Y así, los dos bandos estaban el uno frente al otro, cada uno ayudado por diferentes grupos de cristianos. Los Frankistas describían al judaísmo como una religión basada en un poco caritativo “legalismo”, mientras que los rabinos contaban con la reacción (negativa) de la iglesia ante los movimientos religiosos que tendían hacia el éxtasis, además de su desconfianza ante las experiencias religiosas privadas desviadas del marco de la Iglesia.

Estos procesos llevaron a la diferenciación del Frankismo del Sabateanismo. Y esto ocurrió, paradójicamente, en el momento en que Jacob Frank estaba ausente de Podolia, en los años decisivos de 1756-1757, que los pasó en Turquía. Sin embargo, Jacob Frank continuó guiando a sus seguidores, incluso desde la distancia, un hecho que se expresa en la aceptación de dos principios fundamentales: la adopción de la Santa Trinidad cristiana y el rechazo del Talmud como lleno de errores y sacrílego.

La historia de los Frankistas no terminó con su conversión. Algunos de ellos trataron de mantener las marcas de su judaísmo, incluso después de convertirse en cristianos: manteniendo los nombres hebreos, absteniéndose de casarse con mujeres no judías y de comer carne de cerdo, descansando el sábado judío además del domingo, y estudiando el misticismo judío. La conversión de los Frankistas suscitó respuestas contradictorias dentro del mundo cristiano. Los protestantes se sintieron decepcionados ante su compromiso con el “idólatra” Catolicismo, ya que el más “puro” Protestantismo les parecía más cercano al judaísmo. Por el contrario, los católicos utilizaron su éxito con los Frankistas en sus luchas contra los protestantes, sobre todo después de que la tolerancia religiosa se convirtiera en parte del sistema jurídico de Polonia a principios de la década de 1770. Jacob Frank fue realmente un devoto católico en su conciencia religiosa, atraído como estaba por los aspectos míticos y por los rituales del cristianismo.

Y también el movimiento Frankista tiene una gran deuda en lo que respecta a la colaboración entre rabinos y sacerdotes. Cuando el movimiento sabateano comenzó, cuando aún representaba a un pequeño grupo, todo lo que pretendía era oponerse a los rabinos y a su autoridad. Posteriormente, el Sabateanismo se convirtió en un movimiento de masas, pero tras la conversión al Islam de Shabbatai Zvi y Nathan de Gaza, volvió a convertirse en un movimiento marginal y con una dirección dispersa. Los Frankistas se movieron en la dirección opuesta. Su rechazo del establishment rabínico les convirtió en un movimiento de masas en 1759-1760. Pero la presión rabínica por un lado (dentro de la comunidad judía) y el deseo de los rabinos de que optaran por el catolicismo, provocó que los Frankistas, para definir su identidad con una mayor claridad, optaran por separarse tanto del judaísmo como del cristianismo. Estas determinaciones representan las innovaciones más importantes de este libro fértil y rompedor.

"La multitud mezclada" termina con una descripción del movimiento Frankista en tres de sus principales centros: Offenbach, Praga y Varsovia. Señala como las figuras más activos del movimiento en Praga se centraron y admiraron en un primer momento a Jacob Frank, pero luego comenzaron a mostrar sus reservas sobre él y sus descendientes. Este círculo de Praga es en gran medida el responsable de que se extendiera la idea de que el Frankismo fue una continuación natural de Sabateanismo, contribuyendo a promover la idea de que ambos movimientos fueron los precursores de la Ilustración judía.

La historia del movimiento Frankista se nos muestra inmersa en la textura de la historia política e intelectual de la época, el resultado es un maravilloso panorama de un mundo judío muy bien conectada con su entorno no judío.

Labels: , ,

Monday, May 30, 2011

Simpatía por el diablo - Allan Nadler - Jewish Ideas Daily


Jacob Frank y el libro de Pawel Maciejko, "The Mixed Multitude"

(Ojo, no confundir frankistas, seguidores de Jacob Frank, con franquistas, seguidores del general y dictador español Franco)


Ocupando un lugar particular dentro de la infamia en la memoria colectiva judía, este apóstata que vivió en el siglo XVIII fue además un desviado sexual, un pretendiente mesiánico y un charlatán camaleónico. Su nombre era Jacob Frank. A lo largo de Polonia, en particular en su territorio nativo de Podolia, él y sus seguidores lograron fomentar un caos generalizado, así como las persecuciones para sus compatriotas judíos. Estos individuos son el objeto de “La multitud mezclada“, un nuevo, rompedor y magistral estudio de Pawel Maciejko.

Si hubiera un solo hilo coherente en la teología desordenada de Jacob Frank, posiblemente sería la convicción de que, siguiendo el ejemplo de la reunión fraterna retratada en el Génesis 32, "Jacob se aproximará a Esaú", e interpretada por él, adquiriría el sentido de que la redención final llegaría solamente "por el camino de Edom", es decir, sólo después de la conversión de los anteriormente judíos al cristianismo.

Bajo esa bandera, él y sus seguidores cometieron una serie de actos chocantes. Destacan tres de ellos: la introducción de extraños ritos sexuales en los servicios de la sinagoga, la promoción de hogueras públicas del Talmud por parte de las autoridades católicas y, lo más infame, la afirmación de la certeza ante un tribunal eclesiástico de los tristemente célebres libelos de sangre.

La comprensión de estas “hazañas” requiere un poco de historia. La inspiración inicial de Frank fue el sistema antinómico del falso Mesías Shabbatai Tzvi (1626-1676), a quien Frank veneró al principio de su propia carrera (aunque más tarde lo rechazo por completo). El propio Shabbatai Tzvi ya había aplastado las esperanzas de sus seguidores en todo el mundo cuando se convirtió al Islam – la disyuntiva que le planteó el sultán otomano fue apostasía o muerte -, un hecho que buena parte de sus seguidores racionalizaron radicalmente reinterpretándolo como una enseñanza cabalística, en donde se afirmaba la necesidad – inclusive del Mesías – de un descenso al reino de la oscuridad y las tinieblas para recuperar y reparar los fragmentos rotos tras la creación que contenían la luz primordial de Dios. Precisamente, Shabbatai Tzvi afirmó haber cometido apostasía con el fin de efectuar un tikkun o "reparación". De una manera dialéctica, su reinterpretación posteriormente provocó que otros emprendieran “violaciones deliberadas” de determinados mandamientos bíblicos para, supuestamente, alcanzar el objetivo más alto de su perfección. Jacob Frank tomó esta inversión y/o inmersión en las profundidades de una manera sin precedentes, especialmente en el ámbito sexual.

Para volver al primero de nuestros tres ejemplos de actos chocantes: en vísperas del Sabbath, el 27 de enero de 1756, en el pequeño pueblo de Lanckoronie, Frank reunió a una docena de seguidores en la casa del rabino sabateano (seguidor de Shabbatai) local. Allí se llevó a cabo una extraña ceremonia en la que los presentes participaron desnudos, bailando y cantando oraciones extáticas. Según testigos presenciales, los hombres llevaban crucifijos, los cuales quemaron después de la ceremonia, y realizaron una versión del rito de la Eucaristía del pan y del “vino del condenado". Aún más escandalosamente, la esposa del rabino se ​​desnudó ceremoniosamente, coronada con una tiara de plata que llevaba en su parte superior un rollo de la Torah, y situada bajo un dosel de boda mientras los hombres bailaban a su alrededor, haciéndole reverencias, y, en palabras del polemista anti-sabateano Jacob Emden, "besándola como a una mezuzá [N.P.: pequeño receptáculo que incluye versículos de la Torah y que se colocan en la jamba derecha de las puertas y pórticos judíos, y que se suele besar al entrar o salir]".

Alertados, los funcionarios de la comunidad judía irrumpieron en la casa, maltratando y encarcelando a algunos de los sectarios, y, finalmente, emitiendo un edicto de excomunión en contra de esta rama desviada del detestado movimiento sabateano. Lo más significativo de todo, como nos lo describe Maciejko, el incidente llevó a la alarmada comunidad judía a buscar la intervención de las autoridades católicas de Polonia, un movimiento sin precedentes y de alto riesgo, entre otras cosas porque el obispo regional era bien conocido por su rabioso antisemitismo.

El segundo incidente o acto chocante, la promoción de la quema del Talmud, fue provocado un poco más tarde ese mismo año, tras una disputa pública entre los seguidores de Frank y sus adversarios rabínicos en Kamieniec-Podolsk. Frank se encontraba en Salónica en ese momento, donde realizaba su conversión al Islam, entre tanto un dirigente (y rival) que guiaba al contingente frankista presentó nueve artículos de fe. Entre otras herejías, se afirmaba la creencia en una trinidad divina y se alegaba que "el Talmud está lleno de blasfemias escandalosas contra Dios y por eso debe ser rechazado". Tres años más tarde, una versión revisada de las propuestas de la fe siempre cambiante de los frankistas incorporaba una llamada explícita para la quema del Talmud.

El tercer y más escandaloso incidente protagonizado por los frankistas, y el que hasta el momento ha recibido una mayor atención por los historiadores, fue la falsa denuncia falsa de sus compatriotas judíos como culpables del libelo de sangre. Esto ocurrió en septiembre de 1759, durante una segunda controversia mucho más elaborada y difundida celebrada en la catedral de Lwow (hoy Lviv, Ucrania). Ellos presentaron esta afirmación: "el Talmud enseña que los judíos necesitan sangre cristiana, y el que cree en el Talmud está obligado a usarla". La disputa culminó con el bautismo de Frank y de cientos si no miles de sus seguidores.

Además de exponer el grado de depravación de estos frankistas, este dramático final llevó a Frank a la cima de su prestigio público en Polonia. Aunque poco después de esta conversión en masa, el obispo sucesor de Lwow puso en marcha una investigación sobre los informes que relataban como Frank se había convertido al Islam antes de su bautismo, con lo que la sinceridad de su fe cristiana estaba en cuestión. Terminó encarcelado en la ciudad de Czestochowa, el lugar de la Virgen Negra, la más sagrado reliquia del catolicismo en Polonia.

Frank permaneció en Czestochowa los próximos trece años, finalmente fue puesto en libertad e instalado en un castillo. Mientras tanto, Frank se había enamorado del culto de María, llegando a incorporar muchos aspectos de la cristología mariana en su ya enrevesada teología. Al principio, su esposa Hana fue considerada la encarnación de la "Santa Madre", aunque después de su muerte prematura su papel fue reasignado rápidamente a su hija adolescente Eva, una belleza deslumbrante según todos los relatos. Se prohibió a sus seguidores que lloraran la desaparición de Hana, mientras Frank se consolaba siendo amamantado por las esposas de dos de sus discípulos más cercanos, en presencia de los propios esposos. Uno de ellos no lo pudo soportar y saltó desde una ventana del castillo.

A partir de ahí, la vida de Frank tomó otra nueva serie de giros vertiginosos hasta terminar, en última instancia, en una opulenta corte en el palacio de Offenbach del Rin, vestido con un traje real turco y rodeado de secuaces y acólitos. Allí murió en 1791. Después de su muerte, sus enseñanzas, conservadas en una azarosa y vasta colección de adagios conocida como Divrei Elohim ("Las palabras del Señor"), fueron revisadas ​​radicalmente. Aunque el núcleo duro de sus creyentes formalmente lo deificó, la mayoría de sus seguidores volvieron a las filas de los sabateanos polacos o bien se dirigieron hacia la rama turco musulmana de los sabateanos, los Dönmeh. En cuanto a las masas de judíos que se bautizaron voluntariamente en Lwow, la mayoría terminó en Varsovia, donde en un par de generaciones ya se habían asimilado completamente a la sociedad católica y conservaban apenas una huella o memoria de sus orígenes judíos.

Hasta ahora, curiosamente, Jacob Frank y sus enseñanzas no se han evaluado exhaustivamente, por no hablar de una manera equilibrada. Esto ha cambiado con la aparición de este estudio sobrio y erudito de Maciejko, el producto del trabajo de una década con materiales de base que van desde antiguos documentos en oscuros archivos de Polonia a manuscritos no examinados hasta ahora en el Vaticano. Maciejko, nacido y criado en Polonia, y educado en Gran Bretaña, es hoy en día profesor de historia judía en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Bien pudo haber sido su educación como un judío en la Polonia del post-Holocausto, donde las líneas entre los elementos polacos y judíos eran tan numerosas como increíblemente borrosas por el trauma colectivo de la era nazi, lo que le atrajo de este tema: la historia del primer judío polaco que tuvo la osadía de romper las barreras nacionales de siglos de antigüedad y pisotear los sagrados límites religiosos. En esta búsqueda, y quizás en ninguna otra cosa más, Maciejko deja claro que Frank fue completamente consistente.
Maciejko muestra una notable capacidad para elevarse por encima de las pasiones y polémicas que ha empañado todos los estudios anteriores sobre el frankismo. Tomemos por ejemplo el más notorio de los tres actos escandalosos de los frankistas: su afirmación escandalosa ante un tribunal católico del carácter verídico de los libelos de sangre. Lógicamente, esta cuestión ha provocado que la sangre de todos los historiadores judíos que estudiaron anteriormente al personaje se pusiera a hervir. En su sereno y objetivo tratamiento de la cuestión, Maciejko puntualiza dos acontecimientos previos que deben tomarse en cuenta si deseamos evaluar dicho escándalo.

En primer lugar, los propios rabinos, incluyendo el eminente Jacob Emden, habían planteado su litigio con la frankistas a un “nivel asesino” al sugerir a las autoridades cristianas que los sabateanos y los seguidores de Frank deberían ser quemados en la hoguera por la Inquisición. Otros declararon abierta la veda contra los frankistas, argumentando que existían fuentes halájicas que permitían que otros judíos pudieran matarles sin el beneficio de un proceso legal previo. Por lo menos una docena de frankistas debieron huir a Turquía, donde de hecho fueron asesinados por compatriotas judíos.

Por otra parte, la disputa en Lwow no fue un juicio desencadenado por algún supuesto caso de libelo de sangre, sino un debate teórico acerca de lo que el judaísmo rabínico enseña sobre el uso de la sangre. Por lo tanto, la acusación de los frankistas, tan escandalosa y condenable como fuera, no planteaba un peligro inminente para la seguridad judía. Paradójicamente, en última instancia condujo a los rabinos a requerir las declaraciones juradas de estudiosos cristianos afín de desestimar los libelos de sangre como falsas calumnias, e inclusive se dio lugar a la creación de un archivo formidable para refutar esas monstruosas afirmaciones.

Por último, Maciejko sostiene que los propios rabinos parecían satisfechos con el resultado final de la disputa, es decir: la ruptura decisiva de los frankistas con respecto a la comunidad judía a través de su conversión en masa al cristianismo.

Maciejko emplea la misma objetividad para tratar otra serie de temas escabrosos, desde las enseñanzas religiosas de Frank, contrarias a las del establishment religioso, a su extravagante comportamiento sexual, y desde su adoración de la Virgen María a la identificación de su propia hija como su reencarnación. Estos y otros aspectos de la vida y enseñanzas de Frank son ubicados por Maciejko dentro del amplio contexto del siglo XVIII en la Europa oriental y central, una región y un medio ambiente que fue testigo de la aparición no solo de toda una serie de pícaros y charlatanes, sino de movimientos espirituales sincréticos de alquimistas, masones y rosacruces. Entre las contribuciones más originales de Maciejko es su comparación de la vida de Frank con la de ese aventurero no menos escandaloso que fue Giacomo Casanova, quien parece haber mantenido amplias conexiones con la hija de Frank, Eva, y varios de sus discípulos.

Maciejko también se esfuerza en señalar que Frank nunca se declaró como una encarnación de Dios, y que incluso en el apogeo de su disputa con los rabinos, cuando expresó su voluntad de llevar a miles de judíos a la pila bautismal, exigió (aunque sin éxito) su derecho a seguir usando su barba y tirabuzones, y que los nuevos convertidos sólo se pudieran casar entre si, que evitaran comer carne de cerdo y que habitaran y se autogobernaran en un territorio autónomo. Para Maciejko, estas consideraciones deben tenerse en cuenta antes de valorar la demonización absoluta a la que los frankistas han sido sometidos en la historiografía judía.

Los primeros historiadores del frankismo, sobre todo Gershom Scholem, contemplaron su desafío radical a la autoridad rabínica como una prefiguración de la modernidad política y religiosa judía. De este modo, el anhelo de Frank de un territorio autónomo para sus seguidores impactó a Scholem como si fuera una anticipación del nacionalismo judío y del sionismo, mientras que el antinominalismo de Frank y Shabbatai Tzvi prefiguraba la Ilustración judía y el judaísmo de la Reforma.

Maciejko, cortésmente pero con firmeza, rechaza tales especulaciones, las cuales perduran entre muchos historiadores actuales como una "mala interpretación teleológica" de las intenciones de Frank. En esto, él está en lo cierto.

Un inconveniente en el admirable estudio de Maciejko y en su objetividad, puede provenir de que mientras sus lectores obtendrán con su libro una comprensión mucho más profunda, matizada y equilibrada del frankismo, muchos de ellos también se sentirán frustrados por su negativa a lidiar con las preguntas que su historia inevitablemente plantea. La más difícil de estas preguntas es si el frankismo, con toda su fascinación intrínseca, conserva algún tipo de relevancia intrínseca para los judíos, polacos, o católicos de hoy.

En éste como en otros asuntos, Maciejko se ha ganado sin duda el derecho a mantenerse dentro de su agnosticismo académico. Sin embargo, dada la rápida y asombrosa supresión de fronteras étnicas, religiosas y nacionales en nuestra era multicultural, cuando nada en la sociedad liberal es más celebrado que "la diversidad", y cuando el sincretismo religioso es tan festejado alegremente, es difícil no pensar en Jacob Frank, para bien o para mal, como el profeta no deseado de nuestra propia y desconcertante época.

Labels: , ,