Israel vs Vaticano. Respuesta virulenta: El Sínodo contra el Vaticano II - Raphael Drai – UPJF

En tanto que no sean rechazadas por Benedicto XVI, las últimas declaraciones del Sínodo de los Obispos para el Oriente Medio darán de la Iglesia Romana una imagen calamitosa.
Pasemos por alto el tono de esas declaraciones que revelan pura y simplemente vestigios de un pogromo verbal (entre otras aserciones medievales: “la llegada de Cristo ha puesto fin al concepto bíblico de Tierra Prometida“). Es necesario centrarnos más bien al fondo de ellas y a la mentalidad supuestamente apostólica que revelan. En el 2010, a comienzos del siglo XXI, nos ha sido dado escuchar a los líderes de una religión - en este caso la religión católica - juzgar desde lo alto de no se sabe qué supereminencia profética, la validez teológica de otra religión: la religión judía.
Además de la verdadera agresión sectaria que envuelve esta actitud, se revela el desprecio total de dicho Sínodo por la Declaración Universal de los Derechos Humanos y por la Convención Europea de Derechos Humanos que prohíben las conductas insensatas de tal naturaleza. Imaginemos por un segundo lo que serían las relaciones entre cristianos y judíos si una reunión de rabinos declarara urbi et orbi que el cristianismo no es más que un neo-paganismo que ha transformado a un ser de carne y hueso en una divinidad asirio-babilónica [N.P.: imagino que es una alusión al culto mistérico de Mitra (más bien indoiraní), y a la supuesta influencia de esta religión por un presunto nacimiento virginal de Mitra (que se celebraba el 25 de diciembre); el día sagrado del mitraísmo era el domingo, y no el sábado; así como por una supuesta muerte y resurrección de este personaje; y varios puntos más que relacionan íntimamente su vida con la de Jesús de Nazaret].
Es necesario que los inspiradores y redactores de esta declaración sinodal lo comprendan bien: la existencia judía, aunque no les guste, está fundada sobre una Alianza que ellos no tienen el poder de desligar o de derogar sin arruinar de paso los fundamentos de su propia fe. El pueblo judío es y seguirá siendo el pueblo de la Alianza con un Dios que no ha gastado su tiempo en volverse atrás. La tierra que le ha atribuido es su tierra y tienen por capital una ciudad indivisible nombrada en Yerouchalaïm y Sión.
En verdad, esta declaración sinodal está determinada por uno de los aspectos más sórdidos: la cobardía. Esos cristianos del Oriente Medio parecen obligados a demostrar sus pruebas de lealtad a esos países árabes donde intentan sobrevivir.
Pero no es menos cierto que ese cristianismo parece preferir morir en la tierra del Islam que vivir con Israel. Veremos muy claramente a dónde les conducirá esa elección mórbida. Mientras tanto, parece evidente que el Gran Rabinato de Francia debe hacer oír cuanto antes en esos ámbitos la más neta de sus condenas.
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