Saturday, December 06, 2014

Reprobar a Israel como terapia de grupo (de la élite de judíos liberales y progresistas de la diáspora) - Avi Woolf - MIDA



El New Yorker publicó recientemente un artículo que retrata a Israel como una sociedad chauvinista llena de odio al borde del desastre · Este artículo, y sus predecesores, tienen sentido cuando entiendes que estos judías liberales y progresistas ven a Israel como un niño adicto a las drogas que necesita ser forzado a rehabilitación “por su propio bien”. Echemos pues una mirada a esta visión del mundo y de Israel de esta élite judía alienada, condescendiente y narcisista.

Recientemente, la prestigiosa revista New Yorker publicó un artículo titulado "La realidad de Un- Estado de Israel”. Gran parte del artículo se siente como si sus fuentes procedieran directamente del Haaretz, pues estaba sembrado en gran medida con declaraciones de los habituales izquierdistas y con un mensaje claro: Israel se está deslizando hacia una realidad antidemocrática y de “Un solo Estado”, en gran parte debido al aumento de la intransigencia y extremismo judío. En resumen, podríamos decir que se trataba de un popurrí de las repetitivas quejas izquierdistas.

Salvo que por esta vez había una excepción, pues la “estrella” de este artículo no era algún intelectual, periodista o activista de la extrema izquierda, sino el nuevo presidente derechista de Israel, Reuven 'Rubi' Rivlin. La gente que lea la entrevista con el primer ciudadano de Israel obtendrá la impresión de que Israel no es sólo una sociedad enferma, sino con unos niveles de odio entre todos los grupos que lo conforman - judíos y árabes, ricos y pobres, religiosos y laicos - que se encuentran en su momento álgido. He aquí un fragmento del discurso que Rivlin dio en la Knesset y que es citado por el New Yorker:.
"He sido llamado un judío mentiroso y vergonzoso por mis críticos", dijo Rivlin en la Knesset recientemente. "'¡Maldito sea tu nombre, eres un agente árabe”, “Vete a ser Presidente a Gaza”, “eres un asqueroso adulador de los árabes”, “lo peor de lo peor, un traidor”, “el presidente de Hezbollah". Estas son sólo algunas de las cosas que se han dicho contra mí a raíz de los acontecimientos a los que he asistido y los discursos que he pronunciado. Debo decir que estoy horrorizado por este matonismo que ha impregnado el diálogo nacional".
Bueno, bueno. La verdad es que la gente suele ser desagradable por internet y facebook (la fuente de los comentarios). Menuda gente, no creen, quién lo habría pensado. He visto debates estadounidenses en Youtube y Twitter que harían que la mayoría de estos insultadores israelíes se sonrojaran y pidieran titubeando calma. Pero Rivlin es presionado en esta entrevista para que deje la impresión inequívoca de que la democracia israelí se enfrenta a esa grave crisis de la que nos advierten los izquierdistas desde su fracaso electoral. De hecho, el objetivo de todo el artículo, al igual que otro similar atacando la desconexión del AIPAC de las fuerzas progresistas judías americanas, es advertir acerca de cómo Israel y sus partidarios van en la dirección "equivocada".

Ambos artículos están escritos en un estilo que recomendaría para esos cursos sobre "Cómo ocultar una opinión sesgada bajo el disfraz de objetividad: Clase Maestra". No hay mentiras descaradas en estos artículos, solamente un montón de medias verdades categóricas. Cualquier cosa que sea conservadora o de derechas es marcada como negativa, cualquier cosa que sea liberal o progresista se describe en términos positivos o al menos de manera neutral - inclusive la campaña de boicot BDS -. Los que leyeron el artículo sobre “La realidad de un solo Estado” aprenderán en detalle sobre el abominable asesinato de Muhammad Abu-Khdeir. Pero no aprenderán nada de las múltiples condenas que generó ese acto dentro del arco político y social israelí, inclusive de colonos (la madre de uno de los tres adolescentes judíos asesinados anteriormente, lo cual provoco el asesinato del adolescente palestino) y de muchas personas de extrema derecha no conocidas por sus corazones sangrantes al estilo progresista. Ni tampoco leerán sobre temas como la radicalización del liderazgo árabe israelí, ya que tal como piensan estos judíos liberales los líderes árabes solamente son “víctimas meramente pasivas”, maltratadas o miradas con sospecha por muchos israelíes sin ninguna buena razón para ello.

Entonces, ¿qué está pasando? ¿Por qué un semanario supuestamente serio como el 'New Yorker' se ha convertido en un mero portavoz del Meretz?

Para entender verdaderamente lo que está pasando, necesitamos entrar en ese mundo extraño y sorprendentemente distante ocupado por esos judíos liberales y progresistas pertenecientes a las élites - gente como David Remnick , el autor de este artículo y editor del New Yorker - . Para estos judíos, el Israel de antes de 1967 era un paraíso socialista, un verdadero modelo para el progreso y la igualdad. Este judío liberal y progresista promedio, cuando desea pontificar sobre su enfoque crítico hacia el "complicado" Israel actual, comenzará su conferencia o artículo con el estribillo "Yo recuerdo con cariño mis tiempos en el kibbutz antes de 1967". O quizás en1969. O 1978. Hagan su elección. Otro cliché favorito involucra a esos grupos de jóvenes socialistas sionistas y sus campamentos de verano. Incluso Barack Obama ha dicho que su admiración por Israel se basa en gran medida en su "pasado socialista".

Por supuesto, los kibutzim, esas pequeñas islas de igualdad social, se financiaron a expensas de los no kibbutznik, es decir, de la gran mayoría del resto de contribuyentes, por medio de las generosas donaciones de tierra y agua, exenciones fiscales, préstamos y garantías de préstamos. También es cierto que los kibutzim fueron ampliamente apoyados por los monopolios estatales, la fijación de precios y una agresiva política de proteccionismo que afectó a los más pobres. Pero al menos estos judíos idealistas podían vivir el sueño y la ilusión del socialismo.

A diferencia de los judíos liberales y progresistas que tan cariñosamente recuerdan el Israel anterior a 1967, muchos, si no la mayoría de los israelíes, recuerdan una época en la que el gobierno laborista y los sindicatos controlaban los dos tercios de la economía, que tener una "tarjeta roja" (del partido o sindicato) era necesario para conseguir un trabajo, y que cuando alguien no era laico, socialista y asquenazi, bien podría parecer un ciudadano de segunda clase.

Según todos los indicios, estos judíos liberales y progresistas de la diáspora en realidad apoyan esta privación masiva de derechos, ya que no se cansan de hacer referencia en sus artículos a cualquier persona que no responde a esta calificación de laico, socialista y asquenazi – es decir, los judíos mizrahi, los “rusos”, los religiosos o los haredi - como un puñado de salvajes peligrosos con ideas "antidemocráticas", como representando en la actualidad una gran amenaza para la gran utopía establecida antaño por esa élite secular israelí socialista y asquenazi. Y los derechistas, claro está, son todos racistas aparentemente.

La actitud de estos judíos liberales hacia los árabes, a los que tratan como una especie de "nobles salvajes" exentos de responsabilidad por sus acciones, es igualmente hipócrita. De alguna manera el término "Administración militar" sólo surge en el contexto de la malvada Ocupación y no con respecto a la realidad a la que se enfrentaron los ciudadanos árabes durante la mayor parte del período pre-67, cuando la izquierda reinaba soberanamente. No es de extrañar pues que el libro de Ari Shavit que divide la historia de Israel en “injusticias justificables antes de 1967” e “injusticias injustificadas después de 1967” se haya recibido con los brazos abiertos. Esa descripción histórica de Shavit de ciertos acontecimientos - como su afirmación de la existencia de una "masacre" en Lod en 1948 – no implica parecer ser ninguna diferencia. Lo que les importa a estos judíos liberales y progresistas de la diáspora es que, si se sienten culpables por "formar parte" de tales defectos pre-67, puedan tener un acto colectivo de catarsis a expensas de sus actuales hermanos israelíes, los cuales en realidad se enfrentan a unos dilemas ante los que sus hermanos liberales de la diáspora agonizarían.

Lo que nos lleva de vuelta a la revista New Yorker y a las jeremiadas de Rivlin. Si la narrativa de esta élite judía liberal habló una vez de Israel como un "paraíso socialista", ahora mismo se basa en el lema: "Israel debe ser salvado de sí mismo, y nosotros debemos intervenir en el rescate". Y esa intervención puede realizarse mediante una generosa financiación de un verdadero ejército de ONG’s de izquierdas (y de muchas de ellas explícitamente no sionistas o antisionistas) a través del New Israel Fund (la casa madre de estas ONG’s), mediante la publicación de artículos mordaces en el New Yorker y New York Times como una especie de muestra de "amor exigente o crítico", o si todo lo demás falla, mediante la amenaza de que si Israel no sigue su línea liberal, la comunidad judía norteamericana dará la espalda a Israel.

Esta actitud condescendiente se reveló en su totalidad durante la operación Margen Protector cuando Shmuel Rosner, un periodista liberal-conservador, escribió un artículo en el New York Times con el argumento de que si tenía que elegir entre la seguridad de Israel y la adoración de la diáspora judía liberal, elegiría a Israel. Las respuestas fueron extensas y rápidas. Uno de los encuestados afirmó que él amaba a Israel como a sus hijos, por lo que le regañaría como a sus hijos si se portaba mal. Para otro, que decía hablar en nombre de muchos de sus amigos, Israel era una especie de adicto a la heroína que había que poner en tratamiento aún en contra de su voluntad si fuera necesario. Es decir, la solidaridad judía en su máxima expresión.

Y así el partidario de Israel o el israelí medio con razón se preguntan qué significa todo esto. Así pues estamos ante unos judíos liberales y progresistas que se consideran ilustrados y democráticos y que piensan que si el verdadero Israel no cumple con sus fantasías, ellos deben responder con una rabieta amenazadora. El caso es que siempre hemos tenido gente así, tanto en la derecha como en la izquierda, religiosos y laicos, así que ¿debemos estar realmente preocupados?

Mi respuesta es sí y no.

No, porque al contrario de Peter Beinart y compañía, yo no creo que el apoyo de muchos de ellos importe tanto. Hay una alta correlación entre la falta de afinidad con Israel y la falta de afinidad con la identidad judía, y la idea de tratar de conseguir el favor de estas personas, a los que realmente no les importamos más que de una manera narcisista, a costa de los intereses de los millones de judíos de Israel me parece más que inútil, resulta patético. Si quieren ir por esa vía, allá ellos. El déficit de dinero de las donaciones se puede recuperar mediante la apertura de mercados locales y globales y el cultivo de otros grupos que no nos tratan como si deberíamos estar involuntariamente a su servicio.

Y sí, porque estos judíos liberales de la élite - como los que escriben y editan en el New Yorker  o New York Times - son capaces de ocasionar un gran daño a Israel. El New Yorker forma parte de ese selecto grupo de publicaciones como el Haaretz, Atlantic, New York Times y The Guardian, que las leen una élite transnacional altamente influyente de periodistas, profesionales y burócratas gubernamentales. Muchas personas con poder real - embajadores, altos funcionarios, asesores parlamentarios o asesores extranjeros - a menudo se basan casi exclusivamente en estas publicaciones aparentemente "neutrales, equilibradas y objetivas" para adoptar una opinión y tomar decisiones políticas. Lo que es peor, si llegan a tomar decisiones políticas anti-israelíes respaldados por estos puntos de vista, pueden convencerse de que, al hacerlo, están en realidad salvando a Israel de sí mismo.

Hubo una vez un tiempo, cuando en realidad creía en el poder de una hasbara efectiva, que podía haber recomendado trabajar más duro para conseguir que gente como las del New Yorker cubriera Israel de una manera más justa, menos alarmista y más compleja. Pero considero que esa fase ya ha quedado obsoleta, y creo que Israel y sus amigos tienen que encontrar formas de evitar publicaciones como el New Yorker y encontrar canales directos con los que llegar a las élites gubernamentales. La tendencia del judaísmo liberal y progresista a llevar a cabo una terapia de grupo a costa nuestra, ya sea porque desea borrar su propia mala conciencia o porque desea permanecer dentro de su círculo de amigos liberales y progresistas, no se detendrá fácilmente.

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Thursday, September 18, 2014

Patriotismo y disidencia: No se trata de un juego de suma cero - Avi Woolf – Mida



La reciente carta de negativa a servir por parte de ex miembros de la unidad SIGINT 8200 ha provocado una vez más el debate sobre la disidencia y la lealtad entre la opinión pública israelí. Pero, contrariamente a las creencias de la izquierda radical, hay otras opciones además de la lealtad irreflexiva y ruidosa en la tribuna política pública. Un llamamiento a una comprensión más matizada de la disidencia y el patriotismo

La prensa israelí se vio sacudida hace unos días por la publicación de una carta firmada por
43 ex miembros de la unidad de élite 8200 (en la reserva), afirmando que se niegan a servir en las misiones que implican vigilancia de los palestinos en Cisjordania. Por sí misma, esta carta no es una novedad ni aporta nada nuevo.

Cartas de rechazo a servir han existido durante mucho tiempo y tienen siempre la misma dinámica: un número muy pequeño de personas seleccionadas, por lo general de la clase alta asquenazi, y con frecuencia involucrada en unidades de "élite", como por ejemplo los pilotos israelíes.

 [N.P.: Para quien no quiera perderse un matiz destacable, existe una indudable relación entre ciertas prestigiosas unidades del ejército israelí (por ejemplo, la Radio del Ejército y otras ramas ligadas con la comunicación, unidades de inteligencia, la fuerza aérea) y cierta élite asquenazi acomodada. El por qué de la relevante presencia de esta élite en esas prestigiosas unidades, aquellas que más suelen garantizar beneficios a nivel de conocimientos y de influencias que son muy relevantes para la posterior vida civil, tiene mucho que ver con el paraguas de influencia de ciertas élites asquenazis en determinados ámbitos estatales, tanto políticos, económicos, culturales y judiciales, fruto o consecuencia del papel desempeñado por sus antepasados durante los primeros cincuenta años del Estado, e inclusive actualmente]

Pero el debate que provocó, en gran parte obsoleto y predecible, ofrece una gran oportunidad para poner de relieve un mito que sobresale del resto: que sólo las personas de izquierda pueden disentir (como expresión de un valor ciudadano), y que sólo su forma de disidencia puede contar como valor cívico (nada que ver como la disidencia "incívica" de aquellos que no colaboran a la hora de desalojar asentamientos, por ejemplo). Y es que para la izquierda, todo es blanco o negro, y solamente un disidente puede ser virulento y ruidoso, mientras que el patriota debe mantenerse silencioso y ser moralmente cómplice [N.P.: si fuera virulento y ruidoso, sería un fanático, o mucho peor, un fascista]. No hay pues medias tintas ni nada entre medias.

Esta es una completa tontería. Hay un término medio entre no hacer nada y montar campañas de propaganda mediante la publicidad política. Es perfectamente posible ser un miembro leal del Estado y trabajar para cambiar sus métodos y objetivos. Pero claro, esto requiere trabajar dentro del sistema, con todas las dificultades que ello conlleva.

Un gran ejemplo de esto fue proporcionado por el padre del Dr. John Schindler, el ex agente de contrainteligencia de la NSA y el presente autor del popular blog de inteligencia 20committee. El padre de Schindler, también un agente de la NSA, era un verdadero patriota que había hecho el servicio de guardia para los EEUU durante la guerra de Vietnam. También dirigió una exitosa protesta contra aquellos proyectos de vigilancia del gobierno moralmente dudosos mediante la NSA. Según Schindler, Jr.:
Sus quejas iniciales dirigidas hacia "arriba de la cadena (de mando)" se despacharon como los desvaríos de un loco antipatriota. Pero mi padre no se dio por vencido. Él no dejaba de quejarse a través de los canales del TS / SCI que los proyectos MINARET y SHAMROCK eran ilegales y equivocados. Pronto se convirtió en una persona irritante que los altos funcionarios de la Agencia ya no podían ignorar. Lo que realmente asustaba a la máxima dirección de la NSA era el hecho de que mi padre tenía amigos en los medios de comunicación, gracias a sus estudios y a su estancia en el sudeste de Asia, y no hizo ningún secreto de que, si no podía conseguir ninguna reacción interna, iría hasta la prensa. Esta fue la época de Dan Ellsberg y las denuncias públicas vivían una emocionante infancia. 
Afortunadamente, el liderazgo de la Agencia tenía sus propias dudas acerca de MINARET y SHAMROCK,  sintiendo que ya no pasaba la "prueba de olor" de lo que parecía aceptable, incluso para los canales TS / SCI. La revuelta interna a la que se enfrentaban también les hizo reflexionar seriamente. Mi padre estaba lejos de ser la única persona dentro de la Agencia exigiendo reformas, ya que a pesar de lo que algunos nos quieren hacer pensar, la NSA ha tenido siempre una gran diversidad ideológica y política en sus filas, y aún la tiene, pero mi padre fue ruidoso y contundente. Al poco tiempo, la NSA dejó caer ambos programas y cesó su vigilancia del pueblo estadounidense.
No hay ninguna señal de que alguno de los firmantes de la carta haya realizado algún intento de dirigirse a través de los canales oficiales, o de expresar sus preocupaciones a alguien más antes de ir a los medios de comunicación. Esto no es poca cosa, y me hace cuestionar hasta qué punto se trataba de un acto de rechazo moral y cuánto tenía de maniobra política.

¿A quién podrían haber recurrido? En primer lugar, se podrían haber acercado a sus oficiales superiores, ya sea formalmente como soldados, ya sea informalmente a través de uno de los muchos amigos y de las redes familiares comunes en estas unidades. Si pensaban que eso no iba a funcionar, que podrían haber escrito al Jag del IDF (el fiscal e investigador del IDF), que está lejos de ser un mero sello de goma judicial; sólo este mes se anunció una investigación sobre toda una serie de incidentes durante la operación Margen Protector.

Por último, podrían haber contactado con los representantes políticos. Incluso en los "Dark Days" de 1948, los miembros del gobierno recibieron cartas e información sobre posibles asesinatos injustificados que luego fueron presentados ante el gabinete en una sesión cerrada. A veces, esto dio lugar a investigaciones penales.

Tampoco hubiera sido difícil de eludir la censura en los días de internet.

Si alguno de los firmantes hubiera realizado algún tímido intento en cualquiera de los anteriores ámbitos, me hubiera tomado más en serio su actual protesta. Tal como se han desarrollado las cosas, yo y muchos otros sienten que a los firmantes les preocupa menos cuestionar ciertos métodos de su unidad y mucho más la fabricación de una protesta política banal y bastante estándar, y todo ello a expensas de la seguridad de Israel y de su prestigio internacional.

La disidencia es a la vez saludable y necesaria para mantener una sociedad democrática sana. Pero el disentimiento significa tratar de cambiar aquellas cosas que funcionan mal, y aquí el disentimiento no parece buscar más que una grandilocuente y narcisista acción política. Haríamos bien en animar la antigua versión, a expensas de esta última.

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