Sunday, November 24, 2013

El "más Europa" de las élites y de los allegados a la burocracia de Bruselas, frente al "menos Europa" de los ciudadanos


De todos es conocido el temor que comienza a plasmarse entre la burocracia de Bruselas y sus múltiples paniaguados dentro de la Unión Europea ante el surgimiento y consolidación del movimiento euroescéptico. Su reacción ha sido proponernos "más Europa", es decir, más burocracia, más reglamentismo obsesivo y más desdén por la opinión de la población, tan seguros están del valor de sus dictámenes. 
La élite política y económica europea parece haber diseñado el futuro de la población europea y no quiere que nada estropee sus designios. 
Algunos incluso argumentan que "más Europa" sería beneficioso para el ámbito local al dejar de depender de las élites locales, supuestamente más egoistas y menos benefactoras que las élites supranacionales europeas (eso si deseamos olvidar que dichas élites supranacionales europeas están compuestas por miembros de esas mismas élites locales tan denostadas, y que se conforman según la importancia e influencia de las diversas élites locales, es decir, la influencia alemana siempre tendrá más preponderancia que la italiana, por ejemplo). 
Pero es que además, actualmente, gran parte de la población no solamente es euroescéptica, sino que básicamente es "político-escéptica", por lo que no deja de ser una broma de mal gusto en estos momentos que se grita por las calles que "no nos representan" (dirigido a las élites políticas locales que nos gobiernan), proponer que "sí nos representarían" las élites supranacionales, con su ya mencionada y determinada conformación, esas que están más alejadas territorial y mentalmente, y que nos gobiernan con el mando a distancia.

Elites europeístas, ¿sociedad euroescéptica? - Antonio Estella - El País

"España es el problema, y Europa, la solución”. Esto es lo que dijo José Ortega y Gasset en su famoso discurso Pedagogía social como programa político, pronunciado en la sociedad El Sitio concretamente el 12 de marzo de 1910. La idea quedó enterrada tras décadas de franquismo, pero a la muerte de Franco, y con la restauración de la democracia en nuestro país, la frase acabó convirtiéndose en el eslogan que canalizó el famoso “consenso europeísta” español.

El europeísmo no solo fue el punto de encuentro entre distintas opciones políticas, sino que se extendió más allá de la esfera política, englobando, también, a nuestras élites intelectuales y a la sociedad española en su conjunto. Tras décadas de aislamiento, Europa se abría como la palanca que introducía modernidad en nuestro sistema político y económico. Si había un tema en el que todo el mundo coincidía, ese tema era Europa. Europa era el gran proyecto de país, la argamasa que conseguía unir diferencias aparentemente irreconciliables. Así, España se fue convirtiendo en uno de los países más europeístas de la Unión. Ello legitimó reformas en nuestro país (porque provenían de Europa) y al mismo tiempo legitimó nuestra posición ante el resto de los socios europeos (porque estábamos entre los más europeístas). Y está situación de convergencia de opiniones sobre la Unión Europea duró hasta la Gran Recesión.

A partir del estallido de la crisis económica, se observa cómo la opinión de los españoles sobre Europa empieza, por un lado, a transformarse, y por otro lado, a dejar de converger con la de nuestras élites políticas e intelectuales.

En estos momentos, ese divorcio entre ambas opiniones (la de nuestra sociedad, por un lado, y la de sus élites, por el otro) es ya un hecho consumado, que no hace sino profundizarse progresivamente, puesto que la opinión de la sociedad con respecto a Europa es peor cada día, mientras que la de las élites políticas e intelectuales españolas no se ha movido casi en absoluto con respecto a la situación precrisis. Es como si para nuestros políticos e intelectuales la crisis no hubiera existido.

Repasemos el estado de ambas opiniones. De acuerdo con las encuestas que realiza anualmente el Transatlantic Trends (2013), un 63% de los españoles culpa al euro de la situación económica que vive nuestro país. Ello no se traduce en la existencia de una mayoría de españoles que quiere que nos salgamos del euro; a pesar de ello, nuestro país es el Estado miembro en donde el porcentaje de gente que quiere salirse del euro es el más elevado de todos los países encuestados (un 30%). Asimismo, y de acuerdo con el eurobarómetro (número 79) la confianza en las instituciones europeas, como la Comisión o el Parlamento Europeo, se ha hundido incluso por debajo de los niveles de los países más euroescépticos de la Unión, como Reino Unido. Y más de un 77% de los españoles piensan que su voz no cuenta en absoluto en la UE (frente a un 59% de Alemania, por ejemplo). En definitiva, se mire como se mire, la opinión de la sociedad en relación con Europa no puede ser más negativa en estos momentos.

Sin embargo, los partidos políticos no han modificado prácticamente su posición tradicional sobre la UE. La solución a los problemas de Europa —y de España— sigue pasando por “más Europa”. Por ejemplo, si nos fijamos en la ponencia que el primer partido de la oposición, el PSOE, ha aprobado en la Conferencia Política que se ha celebrado del 8 al 10 de noviembre de 2013, ya el título de la parte dedicada a Europa lo dice todo: “Otra Europa es posible. Hacia una Europa Federal”. Aunque la ponencia señala que el discurso de “más Europa” debería quedar complementado por el de “otra Europa”, en realidad todas las propuestas que se incluyen en este documento lo único que hacen es plantear la profundización del proceso de integración europea. La “otra Europa” soñada por los socialistas no deja de ser, por tanto, la “más Europa” de siempre.

Por su parte, aunque las alusiones del PP a Europa se hacen en una clave más utilitarista, y menos anclada en la idea de valor, también encontramos en los documentos oficiales del PP alusiones a esta tesis que podríamos llamar de “más Europa”. Por ejemplo, en el programa electoral del PP para las pasadas elecciones de 2011, se dice lo siguiente: “El Partido Popular está firmemente comprometido con el proyecto europeo. Haremos de la política hacia la Unión Europea la prioridad de nuestra acción exterior, que seguirá basada en el gran consenso nacional que siempre ha inspirado el proyecto europeo en nuestro país”. Es decir, la misma cantinela desde hace 30 años.

Con respecto a las élites intelectuales, aunque aquí las voces son ligeramente más disonantes, en general la música que suena sintoniza también lo que hemos identificado aquí como la tesis de “más Europa”. Así, hemos realizado un análisis de todos los artículos de opinión (tribunas y cuartas páginas) que se han publicado en este diario sobre Europa a lo largo de 2013: de acuerdo con nuestros cálculos, el 84% de estos artículos pueden inscribirse dentro de la tesis de que la única salida para España y para la UE es hacer reformas que profundicen en la Unión (política, económica, social) europea.

Dicho de otro modo: para nuestras élites, parece que España es el problema, y Europa sigue siendo la solución. Pero para la sociedad, Europa empieza a ser parte también del problema, más que de la solución. Ante este divorcio en las opiniones de unos y otros, la pregunta es: ¿es más Europa la única respuesta?, ¿o tiene razón la sociedad, y debemos adoptar una posición mucho más crítica con la UE?, ¿deben los partidos políticos hacerse eco de lo que piensa la sociedad, o es la sociedad la que está equivocada, la que debe cambiar?

Lo óptimo sería por supuesto que la UE se transformara profundamente, fuera mucho más democrática y abierta, y no estuviera tan dominada por un país, Alemania, que además hace de acreedor de los países periféricos. Pero cabe hacerse dos reflexiones al respecto, una más optimista, la otra más realista. Si somos optimistas, podemos decir que estos cambios que auspicia la tesis de “más Europa” vendrán, aunque tardarán en venir. Y si somos algo más realistas, lo que podemos decir es que el problema no solamente es de tipo temporal, sino que en realidad lo que ocurre es que no se ve nada claro cuáles son los incentivos que tendrían los países que actualmente dominan el marco político y económico comunitario para modificar el statu quo: al fin y al cabo, la situación actual les va bastante bien.

En cualquier caso, si pensamos que “más Europa” tardará en llegar, debemos de empezar a pensar qué deberíamos hacer como país mientras tanto. Y si no llega nunca, entonces con más razón todavía. “Más Europa” no puede ser la única solución a los problemas de España en el marco europeo. La sociedad parece haberlo entendido ya, pero las élites políticas e intelectuales de nuestro país todavía no.

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Saturday, September 07, 2013

Los aspirantes a maestros de Europa - Bruce Bawer - FrontPage



Se está volviendo patético. ¿O farsa es una palabra más adecuada? Es la definición de lo que está sucediendo cuando los políticos de la Unión Europea, los funcionarios y sus publicistas, promotores y parásitos bien surtidos se lanzan en una campaña a gran escala para transformar a la gente del continente en impulsores entusiastas del proyecto de la élite de la Unión Europea (UE) y sólo para fracasar ignominiosamente? ¿Y entonces, tras no haber aprendido la lección en absoluto, hacer otro intento de seducir a la plebe? ¿Y cuando esto falla, otro intento más y otro?

Durante años, la clase dirigente europea ha estado luchando por conseguir que la plebe europea acepte el superestado de la UE, ese que la inmensa mayoría de los europeos nunca votó, y que constantemente ha estado drenando hacia esa élite europea la autoridad legislativa, ejecutiva y judicial de las diversas administraciones locales, y que los funcionarios nacionales hicieron votar. La aparente determinación de los tecnócratas de la UE en aprobar - sin mandato alguno - las estrictas leyes que rigen absolutamente todo tipo de inimaginables  actividades dentro de las fronteras de ese superestado irrita cada vez más a los ciudadanos de a pie. Y los efectos desastrosos del euro han llevado a más y más gente a pensar que su país estaría
mejor solo. Sin embargo, los esfuerzos para ganarse a los ciudadanos de a pie siguen sin disminuir. El martes, el New York Times (y en el Global en España) publicó un inane artículo de opinión estúpidamente titulado "La solución para Europa: el Poder del Pueblo", escrito por Daniel Cohn-Bendit y Félix Marquardt.

¿Quiénes son estos dos? Bueno, Marquardt, según la información del NYTimes "dirige una empresa de relaciones públicas". En un reciente perfil se introducen algunos detalles más: es un mocoso ricachón que fue expulsado de una serie de escuelas, pero que gracias al dinero en efectivo de sus padres y su suave encanto metrosexual terminó como un brillante relaciones públicas de alto nivel - un accesorio en Davos y una estrella en Paree - . "Todo París", se nos dice, "quiere cenar en su casa" (Uno de los que han cenado allí - en octubre de 2010 -. es el brutal dictador de Kazajstán, Nursultan Nazarbayev).

En cuanto a Cohn-Bendit, es una especie de celebridad europea que se hizo un nombre como un líder anarquista en las revueltas estudiantiles de mayo de 1968. El NYTimes castamente lo describe como un "miembro del Partido Verde alemán en el Parlamento Europeo". Un artículo en el Guardián proporciona una información más colorida: en la década de 1970 trabajó en un "jardín de infancia anti-autoritario", y más tarde contó sus "constantes coqueteos con los niños", que en algunos casos casi llevaron a la actividad sexual. ¿A dónde se dirigiría con estos precedentes si no es a la política? (No obstante, Cohn-Bendit ahora sostiene que en realidad nunca tuvo relaciones sexuales con los niños, que se limitó a decir que casi las tuvo con el fin de épater la bourgeoisie [escandalizar a la burguesía]).

Christopher Booker, en el prólogo del libro de 2011 del presidente checo Václav Klaus, "Europa: la ruptura de las ilusiones", arrojaba más luz sobre Cohn-Bendit. En 2008, cuando la República Checa estaba a punto de hacerse cargo de la presidencia rotativa del Consejo de Ministros de la UE, Cohn-Bendit y otros peces gordos de la UE viajaron hasta Praga para reunirse con Klaus, que no es precisamente un fan de la UE. Tras ser recibidos amistosamente por el presidente, Cohn-Bendit "bruscamente enarboló delante de Klaus una bandera de la UE" y trató de intimidar a Klaus en la conferencia de prensa sobre diversas cuestiones, a lo que Klaus respondió: "Tengo que decir que nadie me ha hablado en tal estilo y en tal tono en los últimos seis años. Usted hoy no está aquí en las barricadas de París. Pensé que esas formas terminaron para nosotros hace 19 años". Cuando la conferencia terminó, Klaus llegó a la conclusión que la "post-democracia... domina las normas de la UE".

Así pues, este par de "personalidades" públicas argumentaban en el NYTimes que lo que "los políticos nacionales ... ven como el alfa y el omega del buen gobierno moderno, el Estado-nación, se está convirtiendo rápidamente en una estructura política obsoleta". Pero por el contrario, los acontecimientos recientes están demostrando la notable tenacidad del Estado-nación, y eso es precisamente lo que ha Cohn-Bendit y Marquardt se quieren cargar. En pocas palabras, no pueden soportar el hecho de que los ciudadanos todavía se identifiquen fuertemente con su propio país en lugar de con la UE. Cohn-Bendit y sus compañeros de armas se han mostrado ansiosos durante décadas de hacer marchar a Europa hacia un valiente mundo post-nacional, pero la inmensa mayoría de los europeos, malditos sean, se niegan a
seguir su doctrina. Los ciudadanos tienen esta peculiaridad frustrante: se aferran obstinadamente a la idea de que en realidad pertenecen a sus propios países, y deben tener voz y voto en la forma en la que se les regula.

Pero Cohn-Bendit y Marquardt no se darán por vencidos. Los jóvenes europeos de hoy, advierten, se enfrentan a tener menor nivel de vida que sus padres. Y sólo hay un remedio. ¿Mas horas de trabajo? ¿Vacaciones más cortas? ¿Prestaciones sociales y subsidios menos pródigos? No: "la integración acelerada" en la UE. ¿Por qué? Porque cuando menguan las poblaciones europeas, la única manera de mantener a Europa en el juego es completar el trabajo de fusión de sus Estados-nación en una sola entidad soberana. Que esa integración en la UE haya sido un desastre económico sin paliativos es una verdad incómoda que los Cohn-Bendit y los Marquardt prefieren ignorar en su afán de llevar el proyecto de la UE hacia su plena floración. "Ha llegado el momento", proclaman seguros de si mismos, "de los movimientos transnacionales... de base transversal y transgeneracional, donde el movimiento de las multitudes obtengan los fondos necesarios para llevar la integración europea al siguiente nivel". Y ello mediante movimientos de base. Esto si que es de risa: dos miembros y cabezas de serie de la élite europea, incapaces de hacer de su sueño una realidad, dicen en el NYTimes que será la chusma europea de la UE quién les hará el trabajo por ellos [N.P.: imagino que sin hacerles perder sus puestos de privilegio]. En tiempos desesperados, supongo, se requieren medidas desesperadas.

Pero para estar seguros, mientras Cohn-Bendit y Marquardt reclutan a un ejército de súbditos para llevar su causa a la victoria, no solicitan a sus peones cualquier tipo de entrada en los grandes planes de la UE. A ellos eso ya les funcionó, y al parecer sería el punto final, la chusma sólo necesita escuchar y obedecer. Aquí está su programa parcialmente: "Dejar que los finlandeses nos enseñen acerca de la educación, los franceses sobre el cuidado de la salud, los alemanes sobre el empleo flexible, los suecos sobre la igualdad de género". Y, obviamente, Cohn-Bendit y sus colegas decidirán quién va a "enseñar" a quién.

No importa si la gente del país X no quiere copiar la solución para sus problemas del país Y, no, estos señores tienen una visión, una visión que consiste en enseñar la puerta a "los políticos tradicionales elegidos por cuatro o cinco años por los ciudadanos de un territorio soberano", y dar rienda suelta a cambio a los "virtuosos de la UE en el arte de gobernar", ya que son los únicos capaces de adoptar "la adecuada dirección en temas como la escasez de recursos, la deforestación, el desempleo crónico, el calentamiento global y el agotamiento de la pesca".

Las soluciones a los problemas de Europa, en definitiva, "tienen que ser transnacionales, o no serán soluciones reales en absoluto". ¿Por qué? Cohn-Bendit y Marquardt no lo dicen. Ni siquiera tratan de exponer sus argumentos. Su artículo de opinión está lleno de afirmaciones injustificadas, escrito en el lenguaje de la utopía y ajeno a un cálculo económico y social realista. "Los europeos", escriben, "deben dejar de ser engañados por la ilusión de autobombo de sus líderes nacionales con respecto a la formulación de las políticas, y con la idea de que el Estado-nación sigue siendo el vehículo apropiado para nuestros tiempos".

"Autobombo, engaño". Esto es aún más divertido. Y son estos dos quienes acusan a los demás de "autobombo y engaño" porque no están dispuestos a aceptar que los pueblos de Europa sean meros peones en el tablero de ajedrez. Hay una necesidad urgente, escriben, de un "marco que permita a todos los europeos abrazar verdaderamente el proyecto de la Unión Europea". ¿Qué quieren decir? A los europeos se les ha dado todas las oportunidades para abrazarlo, y en vano. ¿Qué tipo de "marco" iba a cambiar esto? ¿Hacer que la propaganda a favor de la UE en las escuelas y en los medios de comunicación se intensifique aún más? ¿Quieren campos de reeducación?

Estos artículos de opinión suenan cada vez más como los artículos que pudiera haber escrito un tirano europeo del siglo XX. "Europa va a cambiar para mejor", escriben los autores, "cuando la mentalidad de los políticos europeos que se eligen en sus circunscripciones nacionales estén de acuerdo en transferir el poder a las instituciones verdaderamente europeas". Napoleón, Hitler y Stalin también tuvieron grandes visiones de lo que serían capaces de lograr si hubieran podían conseguir que todo el continente estuviera bajo su pulgar.

La Comisión Europea y el Parlamento, Cohn-Bendit y Marquardt insisten en que se debe dar el poder a "la autoridad que se lo merece". ¿La autoridad que se lo merece? ¿Soy solamente yo quien siente un escalofrío ante estas palabras? El desprecio de los autores por la democracia - el derecho de los pueblos de Europa a forjar su propio futuro - es palpable y manifiesto, y cuando utilizan la palabra "post-nacional", lo hacen en realidad, tal como discernía Klaus, significando "post-democracia". Su mensaje a las masas europeas está claro como el día: callar, sentarse y estar agradecidos de que sus vidas están en las manos de estos magníficos maestros.

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