El nuevo “Campo Sionista” de Israel es cualquier cosa menos sionista. Al carecer de una visión del futuro, el Laborismo se reinventa con una lectura errónea del pasado - Liel Leibovitz - Tablet

La semana pasada, una joven miembro de la Knesset llamada Stav Shaffir se acercó al podio del parlamento y pronunció un discurso de 3 minutos que pronto se convirtió en una sensación en los medios sociales. Era la clase de “grito del corazón” que al cineasta Frank Capra le habría encantado: con su mata de pelo rojo, agitando los brazos, y con una inocente convicción demasiado rara en estos cuerpos legislativos, cuyos miembros son más propensos a verter agua sobre sí mismos que derramar sus corazones, el discurso de Shaffir fue el “Yo acuso” de una mujer joven.
"Os olvidasteis del Negev y Galilea cuando transferisteis 1.2 billones de shekel a los asentamientos", tronó acusando a sus colegas de la derecha. "Os olvidasteis de Israel. Abandonasteis el sionismo hace ya bastante tiempo".
Fue la expresión más elocuente hasta la fecha del tema de campaña del Partido Laborista que Shaffir espera que les lleve a la victoria electoral este mes de marzo. Cuando se unió el mes pasado a Hatnu, el partido dirigido por Tzipi Livni, el veterano partido Laborista cambió su nombre a el “Campo Sionista” y comenzó argumentando que, debido a la obsesión de la derecha con los asentamientos, habían secuestrado y corrompido la ideología fundacional de la nación, y tan sólo el Laborismo, el partido de David Ben–Gurion, podría recuperar la vitalidad perdida del sionismo y reavivar su llama original.
Puede ser una buena estrategia, pues las encuestas dan actualmente como ganador al “Campo Sionista” con 25 escaños - las últimas encuestas no dicen lo mismo -, frente a los 23 escaños que dan al Likud, pero también es muy problemático. Como bien saben los estudiantes de historia, el sionismo es notoriamente elusivo. Concebido como un movimiento para crear un hogar nacional para los judíos, su ideología tuvo siempre una multitud de interpretaciones, conteniendo a aquellos que creían que los judíos debían instalarse únicamente en la Tierra Prometida y los que estaban dispuestos a conformarse con Uganda; los que veían en el sionismo una empresa cultural y los que la entendían como una búsqueda socio-económica; los que buscaban respuestas en los cielos y los que plantaban árboles en el suelo. El sionismo podía dar la bienvenida al pragmático Ben-Gurion y al dirigente de línea dura Jabotinsky; al agnóstico Nordau y al piadoso rabino Kalischer. Era, por diseño, un movimiento extremadamente elástico.
Como tal, el intento del Laborismo de redefinir el sionismo con su propia y estrecha agenda política es una afrenta a las características que han mantenido al movimiento vibrante y exitoso. Y se trata de algo más que una pequeña cuestión: miren profundamente en el corazón del sionismo y encontrarán un núcleo espiritual que los pronunciamientos actuales del Laborismo han casi extinguido.
Para entender mejor este argumento, podemos realizar el siguiente experimento: pasear sin prisa por cualquier parte de Italia, y preguntar a cualquier persona que conozcamos si se define o no a sí mismo como garibaldista. Lo más probable es que los italianos se reirían con esa pregunta, pues en el 2015 ellos no se definirían a sí mismos en los términos de un movimiento de liberación nacional del siglo XIX.
Pero los israelíes sí lo hacen. Ellos siguen identificándose a sí mismos como sionistas, incluso mucho después de que se haya establecido ese Estado judío en el que creían, tal como sus padres fundadores, y es que el sionismo, bastante más que un pragmático y simple movimiento político, posee un fondo mesiánico cuyo objetivo no es solamente construir una patria para los judíos, sino también perfeccionar esa patria de manera que se convierta verdaderamente en la Tierra Prometida bíblica.
Es por esto que a muchos israelíes, incluso aquellos que se consideran totalmente laicos, aún les resulta difícil hablar de un sionismo independiente del judaísmo. Para ellos, la ideología fundacional no es solamente un modelo para un Estado soberano, también forma parte de un proceso milagroso que incluso aquellos sin fe han estudiado en la escuela como historia. Ben-Gurion entendió esto muy bien: su intervención en la Knesset en enero de 1956 dejaba en claro que su visión última del Estado de Israel participaba de otro mundo. "Yo soy uno de esos que creen que la creación del Estado es el principio de nuestra redención".
Sus sucesores en el partido que él ayudó a construir ya no utilizan una terminología tan mesiánica. Como dejaba en evidencia el discurso de Shaffir, para ellos el sionismo es acerca de los shekel y de reorganizar las prioridades nacionales dirigiéndolas de una comunidad de israelíes hacia otra. Esta es una agenda política perfectamente razonable, pero no tiene absolutamente nada que ver con la idea del sionismo.
¿Por qué, entonces, crearse todos estos problemas recuperando una antigua ideología? ¿Por qué no terminan funcionando, como esas generaciones de líderes laboristas del pasado, como proveedores de nuevas esperanzas en lugar de viejas ideas? En parte, porque eso les exigiría especificar en que se distinguen los Laboristas del Likud cuando se trata de salvaguardar la seguridad de Israel, una cuestión que a la luz de la reticencia de los dirigentes palestinos a participar en unas negociaciones de buena fe, se está convirtiendo en cada vez más importante, y algo que a los Laboristas, precisamente los grandes patrocinadores de estas negociaciones, les resulta cada vez más difícil explicar y comentar.
La propia Livni fue la principal negociadora de paz del primer ministro Netanyahu, y estaba de acuerdo con las políticas del gobierno en todo, desde la iniciativa de paz de John Kerry a la guerra del verano pasado en Gaza. Ella y sus nuevos socios, los Laboristas, difícilmente pueden pretender tener una agenda que ofrezca nuevas respuestas a las difíciles cuestiones de guerra y la paz a las que se enfrentan diariamente los israelíes. Así pues, en lugar de mirar hacia el futuro, los Laboristas están mirando con nostalgia hacia el pasado.
Cuando así lo hacen, es posible que los Laboristas también deban recordar algunas otras lecciones históricas. Insignificantes y mezquinas divisiones políticas enturbiaron a los sionistas de izquierda durante las décadas anteriores al nacimiento del Estado de Israel. y continuaron en pìe en décadas posteriores. Entonces, como ahora, estas divisiones no eran tanto una cuestión de ideas como de rivalidades y personalismos individuales: fiel a su estilo histórico, el otro tema importante de la campaña de este año del Laborismo-Hatnua es una exhortación a los votantes a elegir entre “nosotros o él”, es decir, elegir a Isaac Herzog-Tzipi Livni simplemente porque no son Netanyahu.
Como su hermoso discurso alcanzó su crescendo, Stav Shaffir declaró elocuentemente que ella y su partido representaban a "una política de esperanza, una política que mira hacia adelante". Lamentablemente, ese no es el caso. Si el “Campo Sionista” quiere ganar más escaños, haría bien en dejar ese eslogan a un lado y entablar un debate real sobre lo que el sionismo significa verdaderamente para la mayoría de los israelíes de hoy. Los resultados de esa discusión puede que no agraden a los Laboristas, pero van a proporcionar un servicio vital a un electorado cada vez más carente de dirección o de ideas.