Monday, October 17, 2016

Gran artículo y un libro muy recomendable: Judíos contra sí mismos - Gabriel Schoenfeld - Mosaic



J Street es una organización que se describe como "pro-Israel" y pro-paz, y que se proclama "dedicada y comprometida con el futuro de Israel", sin embargo, como Edward Alexander observa en su importante nuevo libro, “J Street no pierde ninguna oportunidad para ennegrecer la reputación de Israel y muy pocas oportunidades para fomentar campañas para deslegitimarlo".

Y J Street no está sola. Otras organizaciones judías similares, algunas de ellas sin las pretensiones de J Street de un pretendido compromiso sionista, han estado proliferando en los últimos años, tanto en los Estados Unidos como en el extranjero. En los Estados Unidos, se incluyen entre otras, Judíos por la justicia para los palestinos, Jewish Voice for Peace, Judíos contra la ocupación, Judíos por una Palestina Libre, Judíos por la justicia en el Oriente Medio, y una multitud de ramas y vástagos locales

En “Judíos contra sí mismos”, Alexander se ocupa de este curioso y perturbador fenómeno que da el título a su libro. Un profesor emérito de la Universidad de Washington, Alexander es un estudioso distinguido de la literatura americana e inglesa y un ensayista cuya erudición está ornamentada con un ingenio chispeante. Entre sus libros de gran prestigio están: “La idea judía y sus enemigos” (1988), un examen de los diversos hilos del liberalismo intelectual, del racionalismo y del relativismo que, tras la Ilustración, han estado durante mucho tiempo en tensión, o en oposición directa, con los principios centrales de la tradición judía.

En “Judíos contra sí mismos”, Alexander se involucra en un proyecto que está relacionado, pero que implica girar sobre una roca. Su investigación examina el tema de la desfiguración crítica de unos judíos que difaman a su propio pueblo. A través de los siglos, escribe Alexander, “ha existido una interacción fructífera" entre los apóstatas judíos y los antisemitas del mundo, existiendo una contribución judía distintiva a "la política y la ideología del antisemitismo" en sí mismo.

El patrón se repite con una extraña persistencia. En el siglo XIII, Nicholas Donin, en París, abandonó el judaísmo para abrazar la orden franciscana, y su primer acto fue ayudar a dirigir a los cruzados en contra de sus correligionarios judíos franceses, pereciendo miles como resultado de ello. A raíz del testimonio de Donin contra el Talmud en la llamada Disputa de París (1240), los judíos de Francia fueron obligados, bajo pena de muerte, a entregar sus sagrados volúmenes rabínicos a las llamas. Más tarde, en ese mismo siglo, el apóstata Pablo Christiani convenció al rey Luis IX de obligar a sus antiguos hermanos, por decreto papal, a llevar una insignia que les identificara. En los albores del siglo XV, otro apóstata, Johannes Pfefferkorn, se dio a conocer con la predicación del mensaje de que "quién ataca a los judíos, realiza la voluntad de Dios, y quien busca su beneficio (el de los judíos) incurrirá en su condenación".  Aflicciones terribles siguieron a esta requisitoria.

Pero el principal foco de Alexander en “Judíos contra sí mismos” es la época moderna, comenzando con el siglo XIX. En esa coyuntura, la ruta de la traición a través de las estaciones de la cruz (la conversión religiosa) fue suplantada por la ruta más fácil, pero aun así espinosa, de la asimilación. Alexander nos proporciona el ejemplo de Karl Marx. Nació judío, fue bautizado a la edad de seis años en la iglesia luterana y luego fue ateo militante por convicción, sin embargo fue considerado despectivamente por muchos como "el judío Marx", desencadenando la furia del revolucionario ante todo contra sus antiguos parientes, sobre todo si llegaban a ser sus rivales políticos o intelectuales. Para Marx, el socialdemócrata  E. Bernstein era "el pequeño judío Bernstein",  el socialista Fernando Lassalle era "un descendiente de los negros que se adhirieron a la marcha de Moisés de Egipto (suponiendo que su madre o su abuela, por el lado paterno, no se hubieran cruzado con un negro)", y los judíos polacos, que decía que se “multiplicaban como piojos”, eran la "más sucia de todas las razas".

En el siglo XX, y especialmente en el actual, el autorechazo de los apóstatas judíos con respecto al de épocas previas dio un giro novedoso. Incluso aunque conservan su marca de rechazo hacia los judíos, es realmente el Estado de Israel el que con más frecuencia sirve como conveniente sustituto, y a menudo lo hacen agitando la bandera del judaísmo o de los propios "valores judíos”. Alexander cita el resumen conciso de Cynthia Ozick de ese tipo de fenómeno: mientras que "los Nicholas Donin y los Pablo Christianis del pasado abandonaban sus lazos judíos e incluso los subvertían... los Nicholas Donins y Pablo Christianis de nuestro propio tiempo corren a abrazar sus supuestos lazos judíos, incluso a medida que los mancillan y denigran".

Gran parte de "Judíos contra si mismos" es una excursión a través de las diversas formas de esa inversión histórica que identificada por Ozick se ha desarrollado en nuestro propio tiempo. Por lo tanto, "sionistas contra Israel" es el irónico oxímoron que Alexander emplea para describir a esos judíos que proclaman su amor por Israel, incluso a medida que se dedican a calumniarlo. Uno de sus objetivos es Peter Beinart, apodado por un acólito "el alma de J Street" y autor de "La crisis del sionismo", donde sostenía que el peor (y casi único) enemigo de Israel era él mismo. "Beinart se llama a sí mismo un sionista, pero uno 'democrático' ", escribe Alexander, con este último término dándole la licencia de fustigar a Israel a cada paso. Por ejemplo, pese a que Israel se retiró de Gaza en 2005, el desarraigo de sus propios ciudadanos provocó un trauma nacional y grandes gastos, Beinart insiste en que sigue siendo un territorio "ocupado" porque Israel mantiene un "bloqueo" marítimo.

Alexander es mordaz:
Posiblemente puede que Beinart no sea consciente que Hamas, que va a la guerra contra Israel cada dos o tres años, no lo hace porque 'resiste' a una ocupación inexistente, o porque espera un triunfo militar disparando miles de cohetes contra los civiles israelíes. Más bien, va a la guerra porque sabe que un contraataque israelí para detener los cohetes y destruir los túneles, inevitablemente provocará la muertes de árabes civiles y su subsiguiente victoria propagandística proporcionada por esos mismos liberales y progresistas (especialmente los judíos), para quien todas las barbaridades palestinas son prueba de la mala fe de Israel.
Alexander también dedica varios capítulos al movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) que ha señalado a Israel, entre todos los países del mundo, como el único que merece la expulsión de la familia de las naciones. Algunos de los judíos que encabezan este movimiento de boicot con asombrosa fidelidad, escribe Alexander, "tienen todos los adornos exteriores de la apostasía medieval". Por ejemplo, Marc Ellis, un fiel seguidor y propagandista académico del BDS,y anteriormente un director de Estudios judíos en la Universidad de Baylor, reconoció orgullosamente durante un Yom Kippur no arrepentirse de sus propias transgresiones a la santidad de una sinagoga, al "confesar públicamente los pecados de (los otros) judíos contra los árabes palestinos" frente a una audiencia cristiana

El apóstata judío de la Edad Media, escribe Alexander, fue especialmente útil para su nueva iglesia si este renegado conocía y podía leer los textos judíos, o si él mismo había sido un practicante de lo que los cristianos estimaban la traición judía, y por lo tanto conocía al mundo judío desde el interior. Por otra parte, según la ley judía (Halajá), todavía era un judío a pesar de haber renunciado a su antigua lealtad e identidad, y así atrajo una notable autenticidad y fiabilidad a sus revelaciones difamatorias contra los judíos.

Los judíos apóstatas de nuestra época moderna, con diversos grados de realización y de identificación judía, juegan un papel análogo con Israel, el judío entre las naciones. Para los que odian a Israel y que son numerosos en el mundo musulmán, en Europa y en los recintos académicos occidentales y de los Estados Unidos, los Marc Ellis, los Noam Chomsky, las Judith Butler, los Glenn Greenwalds y otros como ellos son los "buenos judíos", aquellos cuyas palabras y escritos son las "pruebas" que demuestran las afirmaciones más fantásticas sobre un satánico Israel: "Tel Aviv" (según Richard Falk) estaba detrás del atentado del maratón de Boston; Israel (de acuerdo con Norman Finkelstein) ha realizado experimentos médicos al estilo de Mengele con los prisioneros palestinos; "Israel (según Philip Weiss) es una mancha en la civilización", cuya existencia misma es un acto de agresión y un cáncer que debe ser extirpado de la faz de la tierra.

¿Cómo se explica toda esta patología? Uno puede entender el impulso que llevó a algunos judíos a abandonar la fe de sus padres en el mundo medieval, esos judíos que se enfrentaron en muchos casos a la demanda de convertirse bajo la amenaza de la espada. El milagro es cuántos judíos se mantuvieron firmes, y cuán pocos de aquellos que optaron por el bautismo ante las amenazas de muerte pasaron luego a traicionar a sus antiguos parientes. Sin embargo, la apostasía moderna con traición incluida, y sin amenazas de por medio, es más un misterio.

Alexander no tiene ninguna explicación única para ella, y por una buena razón: no hay una única explicación, aunque fugaces pistas aparecen entre la niebla de la psicología humana individual. Aquí y allá, somos capaces de obtener una visión de la naturaleza del trastorno. Karl Marx ofrece una. "El autodesprecio", escribió en su juventud, "es una serpiente que muerde constantemente en tu seno. Te chupa la sangre del corazón y lo mezcla con el veneno del odio y de la desesperación". Estas reveladoras palabras, como señala Alexander, "prefiguran el propio destino psíquico [de Marx]".

Una figura mucho menor dentro de la historia del pensamiento occidental, el fallecido profesor de historia de la Universidad de Nueva York, Tony Judt, nos ofrece una visión desde otra dirección. Poco antes de su muerte en el 2010, Judt había llamado magistralmente en el New York Review of Books a la disolución del Estado judío, como si su desaparición no afectara en ningún momento a los millones de judíos que vivían, respiraban y habitaban en esa tierra. "Hoy en día", escribió Judt en la justificación de su propuesta, “los judíos no israelíes se sienten ahora más expuestos a las críticas y más vulnerables al ataque por cosas que no han hecho... El comportamiento del autodesignado Estado judío afecta a la forma en que todo el mundo mira a los judíos”.

Esta es una apostasía que no está arraigada en un temor a la muerte por apuñalamiento, disparos o violencia, sino el temor y la angustia ante un posible ostracismo social en el medio social e ideológico donde uno se mueve, la agonía ante una posible torpeza en una cena o en una sala de profesores que desate las miradas o las palabras de desaprobación.

Alexander comenta mordazmente: "Judt no vio nada 'desproporcionado' en recomendar el politicidio de Israel - la destrucción de Israel - como cura para su propia inseguridad", o bien como podríamos añadir, “en apoyo de su autoestima”.

Después de leer el capítulo tras capítulo del libro de Alexander, uno siente que este libro nos enfrenta a una mezcla de alarma y repulsión. Vivimos en una era en la que los supervivientes de la catástrofe más grande que jamás ha afectado al pueblo judío siguen aún viviendo entre nosotros, sin embargo, un pequeño pero influyente grupo de judíos, sobre todo del mundo occidental, imitan la despreciable conducta de un pequeño número de sus antepasados, ambos fortaleciendo las intenciones de los más virulentos antisemitas, incluyendo a genocidas. El odio a los judíos es una larga historia que nos sugiere un carácter infeccioso. Por las pruebas recopiladas aquí, el virus ha encontrado unos huéspedes judíos muy dispuestos a recibirlo, y algunos de ellos puede que sean de los primeros a los que destruirá.

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Friday, August 05, 2016

Los nuevos apóstatas judíos - Edward Alexander y Paul Bogdanor - Algemeiner



El 1 de agosto, la profesora Hasia Diner, de la New York University, y la profesora Marjorie Feld, de la Babson College de Massachusetts, salieron a las páginas de Ha'aretz para denunciar al único estado judío del mundo por ser racista, colonialista, reaccionario y agresivo, y - por encima de todo esto -, por ser judío. La difamación de Israel ha sido durante mucho tiempo la razón de ser de este periódico. "Cuando se trata de difamar a  judíos", dice un personaje de Philip Roth en "Operación Shylock" , "los palestinos son pisherkes [yidish] de poca monta si lo comparamos con el Ha'aretz".

El 2 de agosto, la misma publicación (tal vez como resultado de algunas discrepancias internas) publicó una poderosa refutación del historiador Jonathan Sarna de la universidad de Brandeis. Jeffrey Goldberg, de Atlantic Monthly, declaró en twitter que estaba "preparado para dejar (de leer) el Ha'aretz". Más tarde, agregó: "cuando los neonazis te envían correos electrónicos con enlaces a un artículo del Ha'aretz que declara que Israel es el mal, pienso que ha llegado la hora de tomarse un descanso y dejar de leerlo" [N.P.: el artículo era de Gideon Levy, uno de los "justos" de Mario Vargas Llosa].

Tanto Feld como Diner nos comentan lo que podría denominarse sus cuentos desconversion, "del sionismo a la Israelofobia", donde prima el odio a Israel, a su gente, y más aún, a los judíos de la diáspora que reconocen que la seguridad de Israel es un deber moral para esta generación. Feld insinúa que despertó de sus "delirios" sionistas por las efusiones de Noam Chomsky, un escritor que prácticamente no dice nada sobre el tema de Israel sin equiparar a la nación judía con la Alemania nazi. Su aversión a la comunidad judía estadounidense se expresó de la siguiente manera en 1988: "La comunidad judía es profundamente totalitaria. Ellos no quieren la democracia, ellos no quieren libertad". Palabras sin duda bellas y conmovedoras. ¿Serán también música para los oídos de estas profesoras de historia desilusionadas?

Diner, más que Feld, tiene ideas muy personales, algunas de los cuales pueden superar los delirios de Chomsky. Por ejemplo, afirma que "la muerte de un gran número de comunidades judías fue el resultado de la actividad sionista que ha empobrecido al pueblo judío". ¿Fue "la actividad sionista", y no el Tercer Reich y sus colaboradores, la que aniquiló a los judíos de Europa? ¿Fue "la actividad sionista", y no las dictaduras árabes, la que expulsó a una población judía de un país árabe tras otro y que habían habitado durante más de mil años? ¿Y fue que "la actividad sionista", y no la devastación dejada por el comunismo, la que llevó a que más de un millón de judíos salieran de la Unión Soviética?

Diner se queja de que "la insistencia singular de Israel en ser un Estado judío y sionista" la obligó a renunciar a sus puntos de vista sionistas. "¿Constituyen los judíos una raza o una etnia?", se pregunta. "¿Significa un Estado judío un estado racial?". Y nosotros nos preguntamos: ¿es esta una profesora de historia judía? ¿Acaso no sabe que los judíos se encuentran en todas las razas, y que cualquiera puede llegar a ser judío? ¿Ninguno de sus colegas de la universidad NYU le dice que el "estado racial" de Israel es el único estado que ha existido en esa zona y que ha traído a sus costas a decenas de miles de judíos africanos como ciudadanos libres e iguales?

"La Ley del Retorno", afirma Diner, "no puedo contemplarla más que como una ley racista". Sin embargo, otros países libres tienen sus propias leyes de retorno, sin ocasionar ninguna protesta por parte de esta profesora de moral tan elevada. La constitución de Armenia, por ejemplo, permite a los individuos "de origen armenio" adquirir la ciudadanía a través de un un procedimiento simplificado, La constitución de Lituania proclama:  "Todo el que es étnicamente lituano tiene el derecho a establecerse en Lituania". Las constituciones de Ucrania y Polonia tienen disposiciones idénticas.

¿Por qué la furia que despierta Israel a las profesoras Feld y Diner, por ser un Estado judío, no la dirigen también contra Gran Bretaña, un estado cristiano, con una iglesia protestante oficial, un monarca protestante y un sistema estatal de educación protestante? Otros estados autodeclarados cristianos, y que tienen numerosos ciudadanos no cristianos, son bastiones progresistas como Dinamarca, Finlandia, Grecia y Noruega. Y no hablemos de todos los estados cuyos nombres comienzan con "República Islámica de..." o "Unión Árabe...", y que se encuentran entre los más entusiastas partidarios patrocinadores de actos como "Semana del Apartheid Israelí".

Puesto que la gente de Israel ha estado bajo asedio militar, así como ideológico, a lo largo de su existencia, nuestro dúo de profesoras progresistas difícilmente podrían evitar el tema de las atrocidades que ha sufrido la población civil judía. Pero se ocupan de esta tema como, por desgracia, uno podría haberse esperado. Diner escribe: "Aborrezco la violencia, las bombas, las puñaladas, o como individuos normales duramente oprimidos recurren a la ira y a la frustración. Y sin embargo, no me sorprende cuando lo hacen, después de tantas décadas de ocupación, sin evidencia de progreso". ¿Pueden estas historiadoras no ser realmente conscientes de que el terrorismo contra los judíos en la patria judía comenzó décadas antes de la "ocupación"?

Tal como Paul Berman observa sobre los defensores de la violencia terrorista de esta especie, "cada nuevo acto de asesinato y de suicidio asesino da testimonio de cuán opresivos han sido los israelíes. El terror palestino, desde este punto de vista, mide la culpa exclusiva de Israel. Cuán más grotesco es el terror, más profunda es la culpa...".

Feld y Diner son al menos francas. Ni siquiera se molestan en ocultar cual es el objetivo final y lógico de la campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS). Diner no sólo boicotea a todo Israel, sino también a muchos de sus correligionarios en la diáspora. "Siento una sensación de repulsión", explica, "cuando entro en una sinagoga al frente de la cual la congregación ha plantado un lema del estilo de 'Estamos con Israel'. Sólo que yo no iré y evitaré a muchos organismos judíos donde Israel funciona como un icono de la identidad judía".

Mientras fanáticos genocidas construyen bombas nucleares en Irán; mientras Hezbolá se arma con más de cien mil misiles en el Líbano; mientas hombres, mujeres y niños son asesinados con cuchillos y vehículos en Israel; mientras niños pequeños en una escuela judía y clientes de una tienda de delicatessen kosher son masacrados en Europa; mientras sinagogas e instituciones comunitarias están fortificadas ante la pesadilla interminable de la violencia islamista en todo el mundo... judíos que odian a Israel se enorgullecen de su propia perfidia rehuyendo sus compañeros judíos.

"Todo aquel que se separa de la comunidad judía, mostrando indiferencia cuando está en peligro, no tiene ningún lugar en el mundo por venir", así declaró Maimónides, el más grande de todos los sabios judíos, en el siglo XII ( Leyes del arrepentimiento, iii). Pero si este veredicto parece demasiado remoto y anticuada para las profesoras Diner y Feld, quizás el siguiente, elaborado a la altura del Holocausto, les haga reflexionar: "La historia de nuestro tiempo puede resultar un día una lectura amarga cuando se demuestre como algunos judíos fueron tan moralmente inciertos como para negarse, cuando estaban obligados, a arriesgar su propia seguridad con el fin de salvar a otros judíos que estaban condenados a la muerte en el extranjero" (Ben Halpern, agosto de 1943).

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