A pesar de las críticas desde el exterior, los israelíes se mantienen unidos sobre la anexión - Efraim Inbar - Al Monitor

El plan del gobierno de unidad nacional de extender el control israelí al Valle del Jordán ha suscitado muchas más críticas en el extranjero que en Israel. El acérrimo debate ideológico sobre el futuro de los territorios adquiridos en 1967 ha terminado. La Península del Sinaí fue cedida en 1979-82. La importancia de la seguridad de los Altos del Golán siempre ha sido una cuestión de consenso entre los israelíes, con más de un 70% de apoyo a que Israel mantenga el control de la zona. La guerra civil en Siria sólo solidificó estas posiciones populares, mientras que el reconocimiento de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán por parte de los EEUU en 2019 puso fin a este asunto. De igual manera, Gaza ya no es una manzana de la discordia después de la retirada unilateral de 2005.
En lo que respecta a Judea y Samaria, hay una mayoría a favor de la partición y el mantenimiento de los bloques de asentamientos, Jerusalén (el Monte del Templo en particular) y el Valle del Jordán. Una encuesta reciente encargada por el Instituto de Estrategia y Seguridad de Jerusalén confirmó que más del 60% de los israelíes (y más del 70% entre el público judío en general) están a favor de extender la legislación israelí a esas zonas. La composición actual de la Knesset favorece la incorporación del Valle del Jordán a Israel.
El proceso de Oslo con los palestinos fue alimentado por el deseo de separarse de las zonas árabes densamente pobladas. El establecimiento de una Autoridad Palestina en 1994 fue una partición de facto, aunque desordenada, y muy pocos israelíes abogan por la reconquista de las ciudades de la Ribera Occidental. Además, Israel construyó una barrera de seguridad en la Ribera Occidental en 2002 que marcaba una posible frontera futura, lo que indicaba la determinación de separarse de los centros de población palestinos.
Según una encuesta realizada en 2018 por el Índice de Paz, la mitad del público judío israelí piensa que los palestinos merecen un estado independiente pero creen que la solución de dos estados sería imposible de implementar.
El actual debate territorial gira en torno a la cantidad de tierra que debe cederse al control palestino. En su mayor parte, no está formulado en base a un razonamiento ideológico sino en una evaluación pragmática de lo que se necesita para la seguridad de Israel. Los israelíes parecen entender que están atrapados en un trágico conflicto con los palestinos y se reconcilian en gran medida con la idea de que el Estado judío tendrá que vivir de su espada en un futuro previsible.
El rechazo palestino de las propuestas de partición (del primer ministro Ehud Barak en 2000, del primer ministro Ehud Olmert en 2007 y del presidente estadounidense Barack Obama en 2014) refuerza el sentimiento israelí de no tener otra opción. Hasta ahora, las críticas de la extrema izquierda en Israel y en el extranjero apenas han tocado el consenso y la solidaridad israelíes. Las partes asociadas al fallido proceso de paz de Oslo lo han pagado muy caro en términos electorales.
La superación de muchas de las divisiones sociales de Israel ha creado una sociedad más fuerte capaz de soportar las pruebas inevitables de un conflicto prolongado en el futuro.
Los debates sobre el sistema económico óptimo de Israel han desaparecido hace tiempo. Casi todos los israelíes están de acuerdo en que el capitalismo es la mejor manera de crear riqueza. Las políticas gubernamentales en este sentido cuentan con un amplio apoyo. El Likud, y principalmente el Primer Ministro Benjamin Netanyahu, han estado abogando por una economía de mercado mientras estaban en el poder durante la mayor parte de las dos últimas décadas. La mayoría de los partidos israelíes se adhieren a una ideología de libre mercado, mientras que el Laborismo, que critica la orientación capitalista del país, no ha tenido mucho éxito en las últimas elecciones.
Otra brecha social, la división Asquenazis-Sefardíes, también se ha vuelto mucho menos divisiva. El número de matrimonios mixtos está aumentando (más del 20%) y es más aceptable socialmente, ofuscando las diferencias étnicas. La erosión de las prácticas socialistas y la privatización de una economía centralizada en el período posterior a 1977 contribuyeron al crecimiento de una clase media no asquenazí. El número de políticos sefardíes en los planos local y nacional ha aumentado considerablemente junto con un crecimiento similar en las altas esferas del IDF.
La movilidad social también ha aumentado gracias a un mayor acceso a la enseñanza superior. La apertura de numerosos colegios en los últimos tres decenios trajo consigo un aumento espectacular de la proporción de estudiantes universitarios de origen sefardí. La Oficina de Estadística de Israel ha dejado de contabilizarlos porque los jóvenes menores de 40 años no se consideran sefardíes sino de origen israelí, ya que nacieron en el país.
Las tensiones previsibles entre los recién llegados y los miembros establecidos de la sociedad en un país absorbente de inmigrantes como Israel no han persistido. La mayoría de los inmigrantes de la antigua Unión Soviética, a pesar de algunas dificultades, están muy integrados. Los judíos etíopes, de origen muy diferente, también han tenido dificultades pero se están integrando gradualmente, como lo demuestra el aumento del número de oficiales subalternos en las unidades de combate, estudiantes universitarios, miembros del Knesset y ministros del nuevo gobierno de unidad nacional.
Podría decirse que la única división dentro de la sociedad israelí que aún tiene importancia social, cultural y política es la división religiosa-secular. Sin embargo, el conflicto no es entre dos campos claramente definidos entre los que se podría encontrar un modus vivendi razonable. La proporción de judíos ortodoxos dentro de la sociedad está creciendo (alrededor del 32%), mientras que el laicismo está perdiendo terreno (el número de judíos autodefinidos como seculares es de alrededor del 40%). Un gran número de israelíes también se identifican como tradicionalistas, en el centro del continum ortodoxo-secular. Precisamente porque hay judíos de diferentes grados de observancia y conocimiento significa que hay espacio para la mediación y el entendimiento. Un estudio de Van Leer de 2019 sugiere que el discurso sobre la polarización secular-religiosa en Israel es superficial y no refleja la compleja realidad.
No todo es perfecto en la sociedad israelí ni en la economía del país. Sin embargo, el nivel de vida aumenta continuamente. A medida que la crisis del coronavirus se extendía en Israel, el informe anual de las Naciones Unidas sobre la felicidad en el mundo para el año 2020 (publicado en marzo) informaba que Israel ocupaba el 14º lugar en el mundo. El país cayó un puesto en la encuesta del año pasado y tres puestos desde su 11º puesto en 2018. El Índice de Voces Israelíes publicado en mayo de 2019 mostró que el 82% de los israelíes están orgullosos de los logros de su país.
Esos datos refutan la imagen común de una sociedad israelí profundamente desgarrada e indican una fuerte cohesión social capaz de soportar las presiones externas contra una decisión popular.
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