Wednesday, August 24, 2011

La Teoría Geary: una interpretación goy de los "como judíos (as a jews)" - CiFWatch



Recientemente me he tomado la molestia de tratar de comprender y de hallar una explicación de ese fenómeno que representan los llamados "as a jews" ("como judíos", siempre en contra de Israel), esos que gracias a Howard Jacobson también llevan el nombre de "judíos avergonzados (por Israel)" o "Finkler's". Algunos los llaman los judíos que practican el "auto-odio judío".

¿Qué es precisamente lo que puede transformar a un honesto y sensible miembro de la comunidad judía en un individuo delirante, al que los ojos se le salen de las órbitas cuando se habla de Israel, que formula las más fanáticas y absurdas tonterías en contra de Israel, y que para ello suele echar mano de las teorías de la conspiración de los Chomsky y demás amigos?

Se trata de ese mismo que, con una estúpida sonrisa de satisfacción, sigue componiendo y enviando cartas o comentarios al Guardian del estilo de:
"Muy señor mío: Como judío le escribo para disociarme y criticar las políticas del gobierno israelí..."?
Sepan que yo no soy judío, pero que si lo fuera estaría sumamente orgulloso de lo que mis correligionarios han conseguido en un abrir y cerrar de ojos de la historia. Yo sería un declarado pro-Israel, sacando pecho ante los demás y retando con un "¿entonces, qué piensa usted de todo ello?". Una democracia con derechos civiles para todos, con igualdad entre los sexos, con libertad de expresión, con libertad de fe. Un mana científico siempre repleto de maravillosos inventos, una fiesta sin fin a nivel cultural y artístico, con magníficos cineastas, músicos, escritores. Y todo ello en sesenta y tres años, y en una región sumida en la ignorancia por el despotismo, el estancamiento cultural y educativo y un pobre rendimiento en todos los ámbitos, excepto en lo que respecta a la violencia y la intolerancia. Sí, me gustaría ser un publicista de calibre de Israel. Al igual que Jacobson, aunque menos divertido.

Entonces, ¿cómo explica Jacobson la existencia de estos "Finkler´s (como judíos)"? Él los ve en parte como una expresión de la famosa y eterna disputa inter-judía, de su amor a llevar la contraria. Una especie de: "Yo soy judío, por lo tanto, ¿por qué esperan que esté orgulloso de Israel? Pues bien, no lo estoy, aunque sólo sea para enseñarles a no hacer presunciones".

Jacobson también los ve en parte como una expresión de la eterna búsqueda judía, de ese continuo auto-interrogatorio sobre la esencia del judaísmo en un mundo de no judíos, lo que conlleva a veces un sentimiento de gran orgullo, pero que en otras ocasiones también da lugar a un sentimiento de culpa por ser judío en un mundo de no judíos. Y en parte como un sentido paradójico de decepción. Antes de que existiera, existía la posibilidad de que Sión fuera un sueño maravilloso hecho realidad. Ahora que Israel existe, ¿por qué no es perfecto en todos los sentidos?

Todo esto es muy cerebral y complicado. Pero bueno, Jacobson es un intelectual y los intelectuales a veces tienen cierta dificultad en llamar al pan, pan, y al vino, vino. Pero yo, el viejo y simple Joe Geary, simplemente, no estoy convencido. ¿Por qué no? Solo basta con mirarlos, a esos "como judíos" profesionales, los Richard Silverstein, Antony Lerman, Tony Greenstein... ¿De verdad ustedes creen que son capaces de todas las maquinaciones mentales que Jacobson les atribuye? ¿De verdad piensan que se auto interrogan tanto, que están en constante agitación lógico-emocional, siempre pensando y tratanto de equilibrar sus ideas sobre identidad y pertenencia? Háganme un favor. Todos estos son judios que Dios ha olvidado, judíos del viernes por la tarde, o quizás judíos que nacieron muy tarde, en la noche del sexto día, cuando Dios ya estaba en realidad bastante cansado de judíos. Así que olvidó rellenar sus cráneos y sus columnas vertebrales se quedaron en el cajón.

No. Mi explicación es mucho más simple. El "como judío", principalmente, desea ser amado. Desesperadamente desea ser aceptado en las aguas poco profundas e hipócritas de esa izquierda occidental que siente que el mundo es su hábitat natural (esa gente que en Gran Bretaña va a juego y es reforzada por el Guardian). Pero tienen un problema. Esas personas son judías. Y una de las marcas que deben poseer, esas marcas tribales necesarias para entrar en ese club hipócrita donde se congrega esa izquierda que se quiere mundial, es el odio a Israel, también conocido como el Estado judÍo. Eso supone que para esa izquierda mundial los judíos, en principio, resultan sospechosos: primero deben pasar lo que Jonathan Freedland ha bautizado como el "test de Israel". Deben afirmar despreciar ese país, y si no es así, no obtendrán un lugar en la mesa. "Confiésenos que siente algún tipo de afinidad (con Israel) y usted mismo deberá encaminarse hacia la puerta de salida". Como Freedland comenta más sucintamente:
Si los judíos se niegan a distanciarse de Israel, entonces serán presa fácil de los abusos y de los ataques hasta que se retracten públicamente. Los progresistas pueden tener razón al reivindicar la necesaria detención de esa presión constante hacia los musulmanes en general para que se expliquen y denuncien el yihadismo o el islamismo, y ello sin venir a cuento. Sin embargo, esa misma exigencia implícita cuando se realiza sobre los judíos (y su relación con Israel) está bien y no es criticada, a menos claro que sean sionistas (!! y por ello se quejan !!). El efecto buscado es lograr que los judíos de la sociedad británica se distancien de sus compañeros (y en muchas casos familiares) judíos, en este caso, de los israelíes.
Ahí lo tienen. Los "como judíos" son aquellos que han renunciado "humildemente" al Pequeño Satán y a todas sus obras.

Y son aquellos que han traicionado a su gente, a su historia, a su tradición, y hacen una gran virtud de esa traición. Y enarbolan sus puntos de vistas anti-israelíes como un proxeneta se exhibe en su Cadillac. Cualquier historia anti-Israel alcanzará las mayores cotas entre ellos. Criticarán esa "Gaza convertida en una prisión a cielo abierto" y al "Estado de apartheid". Incluso se convierten en todo unos expertos en la falacia de reducir todos los males a la culpa de Israel ("reductio ad Israelam"), a saber, los males de Oriente Medio, más aún, del mundo entero, todos ellos están causados realmente por la existencia de la entidad sionista. Por lo tanto, nuestros "como judíos", al igual que el Fausto en sus últimos días, venden sus alma hebreas para comprar su ración de credibilidad (ante la gente de su club).

También, por supuesto, hay dinero (más entrevistas, más popularidad, libros más faciles de publicar...) y fama, si se puede llamar "fama" a publicar en el Comment is Free del Guardian.

¿Acaso no ven con que amor y dedicación esa hipócrita izquierda que se dice mundial se aprovisiona de sus "como judíos", es decir, de sus "judíos del club"? ¿Qué podría ser más útil en la campaña para deslegitimar al Estado judío que sacar a relucir a uno de estos "judíos del club" que, prestos y esforzados, se dedican a recitar el guión?

Por lo tanto, lo siento Howard Jacobson, pero no compro sus argumentos intelectuales sobre estos "como judíos, judíos avergonzados o Finkler's". Das demasiado crédito a estos vendidos. Esa es mi opinión. Tú libro se llama "La cuestión Finkler", bien, dígamos que mi respuesta es la "Teoría de Geary".

CiFWatch

Labels: , ,

Wednesday, September 29, 2010

Políticas Literarias - Colin Shindler - JPost



La definición y el significado del hecho de ser judío es una preocupación constante y eterna del pueblo judío. El escritor británico Howard Jacobson no es una excepción a todo ese ejército de comentaristas. En su última novela, donde mira a 70 rostros de la identidad judía a través de personajes de ficción, conduce al lector a una casa de espejos.

Muchas de las revisiones en la prensa británica de críticos no judíos se han desecho en alabanzas a este libro. Cómo han llegado a comprender este viaje turbulento a la judeidad es un misterio. Cómo los judíos de habla inglesa y no británicos pueden captar los caprichos de ese excéntrico mundo de habitantes disfuncionales es un misterio aún más grande. Sin embargo, esta es una lectura adictiva y ya ha sido preseleccionada para el premio Mann Booker de 2010.

Jacobson agita la trama con una mezcla de humor woodyallenesco, yidismos a mansalva y obsesiones sobre Israel y, a continuación, vierte todo ese destilado en un molde muy británico. Jacobson es un escritor mordazmente ingenioso y original. Se trata de un libro seriamente divertido que te hace reír en voz alta con su artesanía literaria. Su capacidad de retorcer el idioma inglés a voluntad es simplemente deslumbrante.

La historia gira en torno a tres personajes: Libor Sevcik, de 90 años de edad, un judío checo domiciliado desde hace mucho en Londres; Sam Finkler, un famoso académico que sustituye "Palestina” por “Israel" en cualquier conversación; y Treslove, un no judío que busca la redención, la salvación y la normalidad a través de su lucha por ser judío. El diálogo, o más bien la falta de él, entre los tres es puro marxismo, pero más de Groucho que de Karl. Sin embargo, debajo de esta anarquía retórica está la soledad. Libor y Sam han perdido recientemente a sus esposas y su vida propiedad privada está apagada y sin rumbo.

Libor recuerda a Malkie, "Nuestra conversación era vulgar. Era nuestra defensa contra el patetismo”. Sam tampoco puede olvidar a su esposa, la no judía Tyler, quien le canalizaba hacia el judaísmo mientras él huía de la madriguera, "Recita la Amida. Dime una de las 18 bendiciones". Finkler entonces trataba de mirar hacia otro lado. "Cuando ella quería burlarse de él lo llamaba Shmuelly".

Treslove, por otra parte, nunca ha sido capaz de mantener una relación con una mujer. "Sólo se dio cuenta de que la amaba cuando ella se despidió [de la BBC]". Sin embargo, descubre al amor de su vida, Hephzibah, cuando accidentalmente erraba por el Seder de Libor - celebrado en septiembre cuando los participantes de más edad aparecieron antes de la verdadera llegada de Pesaj.

Finkler, como ya lo señala el título, es el personaje más intrigante, sobre todo para aquellos que han vivido en Gran Bretaña la cascada de sentimientos anti-Israel durante la última década. El egocéntrico Finkler desde hace mucho tiempo anhelaba figurar en el buque insignia del programa de la BBC “Desert Island Discs”, durante el cual una conocida figura pública elige la música para acompañarle a él o a ella durante una sesión de introspección y aislamiento del mundo exterior. Finkler aprovecha la oportunidad para anunciar a su audiencia millonaria que "en la cuestión de Palestina, estoy profundamente avergonzado".

Su esposa no judía se avergüenza de su exhibición pública de vergüenza. "Ya lo sé”, dice ella, “tu conciencia se ha realizado. Una entidad muy conveniente, tu conciencia. Está cuando la necesitas, pero no cuando no lo deseas".

Finkler intenta defender su posición proclamando que no es propio de los judíos expresar que no les gusta lo que hacen algunos judíos. "No”, le responde su anciano antagonista Libor Sevcik , "lo que es peculiar entre los judíos es avergonzarse de serlo. Ese es nuestro numerito. Nadie lo hace mejor. Sabemos los puntos débiles. Hemos estado haciéndolo tanto tiempo que sabemos exactamente dónde meter el aguijón".

Finkler agrupa y a la vez emerge como el guía principal de los “judíos avergonzados”, lo que no debe confundirse con una campaña británica contra el tabaquismo o la discapacidad severa, lo que quiere es educar a los no religiosos en su interpretación del judaísmo. Conducidos por el maravilloso Kugle Merton, el dramatis personae de los “avergonzados” y sus multidireccionales y anárquicas discusiones sobre el judaísmo y el sionismo son demasiado familiares.

El principio de incertidumbre de Treslove - al que se ha ceñido toda su vida - es fortalecido por todo esto en su intento de romper el muro de la judeidad. Finkler se ocupa de la predica pública de su virtuosa posición con respecto a Israel, hasta que su hijo “ajudío” derriba el sombrero de un judío que defiende a Israel frente al antisemitismo. Finkler queda horrorizado ante ese acto simbólico que saca a la luz el legado silenciado del antisemitismo. A Finkler sólo le resta retirarse y dejar las declaraciones públicas (N.P.: Creo recordar que, posiblemente, el primer reconocimiento de su judeidad por parte de Freud provenga de un incidente similar que tuvo como protagonista a su padre, y creo que el propio Kafka también habló de un hecho o agresión más o menos similar que le aconteció a su padre cuando paseaban por la calle. ¿De ahí su “carácter simbólico”, más aún cuando Freud y Kafka son dos figuras judías muy reivindicadas por los judíos “no judíos”?].

Jacobson captura escenarios con una gran perspicacia y con una sutileza notable. Mientras que los académicos escriben volúmenes y profundizan en cada rincón y grieta sociológica, Jacobson captura la esencia a través de una rápida réplica ingeniosa.

A diferencia de muchos intelectuales judíos, Jacobson no se unió al coro que condenó a Israel por existir. Y ello en un hombre de la izquierda, que sin duda no habría votado a favor de Benjamín Netanyahu.

La columna semanal de Jacobson en la prensa británica ha atacado los boicots, el antisemitismo y la profunda ignorancia de la intelectualidad británica. Ha utilizado sus sagaces observaciones sobre esos judíos alienados y sus organizaciones a la moda representados en los omnipresentes "judíos avergonzados”. Asimismo, también ha criticado a esos judíos israelíes políticamente frustrados e instalados en Londres, que creen que no existe ninguna diferencia real entre la izquierda israelí y la extrema izquierda de la Gran Bretaña, entre aquellos que quieren debilitar al gobierno israelí que no es de su gusto y los que quieren abolir el Estado de Israel.

Y hablando groseramente de la Hasbara, del tratar de explicar Israel, los judíos y el sionismo al mundo, Jacobson ha hecho un trabajo mucho mejor que las habituales compilaciones y lugares comunes que provienen desde Jerusalén. Este libro sin duda será reconocida por su mérito literario y por sus exquisitos juegos de palabras, ¿pero logrará verdaderamente alterar ese pensamiento sesgado sobre el conflicto Israel-Palestina tan habitual en algunos círculos de Gran Bretaña? ¿O bien, se procederá a realizar una distinción entre sus logros literarios (buenos) y los políticos (criticables)? Sea lo que sea, Howard Jacobson ha asestado un tremendo golpe contra la cerrazón de la mente progresiva.

Labels: , ,

Thursday, August 05, 2010

El antisionismo, hechos (y ficciones) - Howard Jacobson – TheJC



Todos los miércoles, a excepción de los festivos y los días santos, un grupo antisionista llamado “Judíos avergonzados” se reúne en una habitación en el piso de arriba del Club Groucho, en el Soho, y ello con el fin de desvincularse de Israel, instar al boicot de los productos israelíes, y, por otro lado, demostrar una humanidad que muestre a los judíos “que aún no se avergüenzan” lo deficientes que son.

Los “Judíos avergonzados” se crearon como consecuencia de la confesión de su propia vergüenza por el famoso y mediático filósofo judío Sam Finkler, en su obra “Desert Island Discs”: "Mi judaísmo siempre ha sido una fuente de orgullo y consuelo para mí", dijo con toda franqueza a los oyentes de Radio Cuatro, "pero en el tema de la desposesión de los palestinos me avergüenza profundamente como judío que soy". "Quiere decir muy egocéntricamente", fue la respuesta de su esposa. Pero entonces ella no era judía, y no podía comprender a que nivel podría llegar la vergüenza en su judeidad de un judío.

Que yo sepa, no existe tal mediático filósofo judío llamado Sam Finkler, ni ninguna reunión regular de un grupo antisionista en el club Groucho. Existen solamente en las páginas de mi nueva novela, “La Cuestión Finkler”, así pues cualquier relación entre ellos y personas u organizaciones reales es, por supuesto, casual.

A pesar de que los “Judíos avergonzados” sean una invención satírica, mi novela no es principalmente una sátira. Es una triste historia de amor y lealtad y de la pérdida de ambas. Se habla de tres hombres, viejos amigos, dos de los cuales recientemente han perdido a sus esposas, y un tercero que no tiene esposa que perder.

Los viudos son judíos, pero el tercer hombre no lo es. Pero a él le gustaría serlo. Envidia a sus amigos judíos su calidez, su inteligencia, el amor que han inspirado, e incluso su pérdida. Es una amarga ironía que proteste por su admiración por todo lo judío mientras que muchos judíos protestan por su deseo de no ser judíos en absoluto. Como las ratas de los barcos que se hunden, podría parecer el único que está interesado en subir a bordo.

La causa aparente de estas deserciones es, por supuesto, Israel. No el actual Israel. A los efectos de mi relato, Israel sólo existe poéticamente, en la imaginación de aquellos que no pueden describirse adecuadamente si no es en relación con Israel.

Sucede que creo que esto es cierto en gran medida fuera de mi novela, en la realidad: que Israel realiza una función mayor de lo que es, que activa o desactiva ideas sobre la pertenencia y la separación, avivando las llamas de antiguas lealtades y enemistades. Para muchos judíos y no judíos de este país (Gran Bretaña), Israel se ha convertido en una figura del lenguaje, que da lugar a palabras y giros salvajes, un pretexto para reprimir o manifestar emociones que se originan en otra parte.

Comencé a escribir “La Cuestión Finkler” en 2008, pero llegó a ebullición en los primeros meses de 2009, en el momento de la Operación Plomo Fundido, como consecuencia de la cual comenzaron las denuncias de que Inglaterra se había convertido en un lugar desacostumbradamente espantoso para los judíos – excepto para Finkler y todos los demás que veían las acciones de Israel totalmente ajenos a las perspectivas de Israel -.

No estoy hablando sólo de las amenazas físicas e inclusive de los daños que sufrieron algunos judíos, con ataques a las personas, sinagogas, cementerios, el odio al judío expresado por alumnos de primaria, etcétera, sino de que la retórica antisionista que, en su exageración y fervor, en su carácter de hipérbole rapsódica, crecía más y más, completamente distante de cualquier realidad concebible y tan perturbadora en sí misma.

Usted no tiene que recibir un puñetazo en la cara para sentirse asaltado y golpeado: la violencia intelectual es su propia afrenta.

El estado de ánimo de esos meses encuentra inevitablemente su camino en mi novela. Quería grabar lo que supuso ser judío en este país (Gran Bretaña) por aquel entonces, cuando parecía razonable preguntarse si el odio a Israel se derramaría en odio contra los judíos - tal cosa no estaba más allá de los límites de lo posible - y si una nueva Kristallnacht estaba en perspectiva.

Dado que muchos judíos alemanes también dudaron de que estuvieran en grave peligro en la década de 1930, ¿lo inteligente hubiera sido que nosotros también dudáramos de que estuviéramos en peligro? Claro que, nos dijimos los unos a los otros, “Inglaterra no es Alemania”. El único problema con ese tipo de consuelo es que, en la década de 1930, los judíos alemanes tampoco creían que “Alemania fuera Alemania”.

Había, como sigue habiendo, un coro de amonestadoras voces judías advirtiendo en contra de gritar que viene el lobo. “No hay que hablar de la existencia del antisemitismo en este país”, nos decían y dicen, “pues si seguimos insistiendo al respecto...”. Una precaución neciamente contradictoria, ya que si el antisemitismo puede llegar a ser despertado de su sueño solamente hablando de él, entonces su sueño tiene que ser muy ligero.

Vamos a decir algo fuera de lo habitual. No creo que ser crítico con Israel haga a nadie un antisemita. Sólo un tonto podría pensarlo. Pero sólo un tonto podría pensar que la crítica de Israel no puede ser de ningún modo antisemita, o que el antisionismo es una especie de puerto en el que el antisemitismo no va a refugiarse.

En algunos casos, el antisemitismo es socorrido por el antisionismo de forma inadvertida. Me sorprendería si Caryl Churchill, autora de esa pieza teatral de propaganda odiosa, “Siete niños judíos”, resulta ser una antisemita en persona. Pero el lenguaje tiene una mente propia, y la santurronería y la mojigatería esta al acecho.

En sus afiliaciones incuestionables, el discurso envenenado de Caryl Churchill se engancha a todos los clichés habituales de la corriente antisionista y presenta una versión medieval del judío sediento de sangre que, según afirma - y yo la creo -, nunca fue su intención plasmar.

Si su obra es un pecado contra el arte y la historia, aún mayor lo es, después de verla expuesta, no darse cuenta de su resultado. “Era una víctima más”, afirmó la autora, “de la deshonesta estrategia habitual de acusar a alguien de antisemitismo por atreverse (como si eso representara a estas alturas algún tipo de heroísmo y/o heroicidad) a decir algo en contra de Israel”.

Ya conocemos esa defensa consistente en considerarse la víctima a su vez. Es una estrategia vilmente deshonesta en sí misma, grandilocuente, delirante y ególatra, y no sin un rastro de verdadero antisemitismo al repudiar como histeria y malicia la ansiedad que pueda expresar un judío. Todos esos que claman ser una minoría perseguida, vilipendiada por los judíos al acusarles de ser "antisemitas", para todos ellos el antisionismo representa su fuente de alimentación y la forma de tratar de eximirse de una justa crítica.

De hecho, según el silogismo de su razonamiento, no puede haber crítica razonable de lo que dicen puesto que todo lo que se argumente en contra de ellos debe, ipso facto, provenir de un judío sionista presto a la vendetta. Así es como los que lloran por el "chantaje" que supuestamente sufren se convierten ellos mismos en unos chantajistas. Por lo tanto, levantan un muro de inviolabilidad en torno a sus expresiones de antisionismo, y con ello se creen exonerados de todos los posibles cargos de antisemitismo, ya que los que les condenan, afirman, tienen el antisemitismo en su cerebro.

Cuando se trata de judíos antisionistas, su odio a todo lo judío a menudo está apenas disimulado, y no por lo que dicen sobre y contra Israel, sino por el desprecio que demuestran por los motivos y los sentimientos del resto de judíos que no piensan como ellos. No hay, por supuesto, nada nuevo en estos cismáticos; los judíos siempre se han reprobado apasionadamente entre ellos, y de hecho contra el judaísmo, desde sus inicios. Fue un judío quien inventó el cristianismo.

Probablemente el Monoteísmo explica este entusiasmo por la disidencia. El Dios judío exige una unidad que puede dar lugar al sentimiento positivo de rechazarla. Incluso podría ser nuestra mayor gloria el dividirnos con tal regularidad y alegría. En nuestra enorme variedad está nuestra fuerza.

Pero entonces vamos a llamar a las cosas y a lo que nos conducen por su nombre. Escondida detrás de la oposición a Israel está una manera cobarde de expresar su antijudaísmo por parte de un judío. Que la mitad del tiempo esté luchando contra su padre psíquico y no contra su país de origen no lo pongo en duda, pero aunque lo acepte, cuando hablamos del discurso político tenemos que pretender saber de que estamos hablando.

Pero aquí está la belleza de ser un novelista, podemos divertirnos atribuyendo la patología a quien queramos. Yo sé lo que realmente les molesta. Después de todo, son mis creaciones.

Labels: , ,