Monday, November 01, 2010

¿Por qué no pueden tener éxito (las negociaciones de Obama)? - Mordechai Kedar - Bitterlemons


Mordechai Kedar en su salsa

El "proceso de Washington" que se inició a principios de septiembre de 2010 estaba destinado a ofrecer una solución concertada a esas cuestiones que todos los acuerdos anteriores entre Israel y los palestinos habían pasado por alto. Esto se iba a lograr mediante unas negociaciones directas y continuas en un plazo de uno a dos años, y con la participación intensiva de EEUU bajo la estrecha supervisión del presidente Barack Obama, la secretaria de Estado Hillary Clinton y el senador George Mitchell.

Es evidente que esta fórmula, y en particular su calendario, tiene por objeto proporcionar un importante logro político al presidente Obama con respecto a las elecciones presidenciales de 2012 mejorando sus posibilidades de reelección.

Sin embargo, menos de un mes después de que el actual proceso de negociación comenzara, y después de una congelación de la construcción en los asentamientos de diez meses durante la cual los palestinos se negaron a negociar directamente, Israel ha reanudado la construcción de asentamientos. Esto proporciona a los palestinos una excusa legítima a los ojos de la Casa Blanca y del mundo para detener las conversaciones.

La construcción de asentamientos nunca fue hasta ahora una justificación para un estancamiento diplomático. Esta vez, sin embargo, la cuestión de los asentamientos ha sido aprovechada por los palestinos como una especie de "asiento eyectable" que les permite evadir unas negociaciones que no les permiten mantener a flote cuestiones fundamentales como los refugiados. Ellos prefieren explotar los puntos de controversia como los asentamientos y ganar puntos con la Casa Blanca en lugar de ser acusados de permitir que el proceso se colapse.

Es ingenuo pensar que un conflicto que ha durado más de 60 años se puede resolver en dos años de negociaciones, por más directas y continuas que sean. Un verdadero fin del conflicto no se podrá lograr al menos hasta otra generación, y por varias razones relacionadas con los temas centrales.

Israel es percibido por muchos palestinos, así como por otros muchos árabes y musulmanes, como una entidad ilegítima. Israel exige que sus vecinos lo reconozcan como un Estado judío o por lo menos como el Estado del pueblo judío, mientras que el Islam considera al judaísmo como una religiión que ha dejado de ser pertinente desde el advenimiento del Islam. Los judíos no son o no representarían más que a unas comunidades religiosas que pertenecen étnicamente a los pueblos en los que viven o residen, mientras que la Tierra de Israel, desde el río Jordan hasta el mar Mediterraneo, es una tierra santa islámica "Waqf". En consecuencia, los musulmanes y los árabes no pueden reconocer a Israel como un Estado legítimo, una condición sine qua non para un acuerdo de paz exitoso.

La cuestión del Monte del Templo y de la mezquita Al-Aqsa es la más difícil de resolver. Los judíos consideran al Monte como un lugar sagrado judío e insisten en mantener su soberanía sobre él, aunque muchos evitan entrar en dicho lugar precisamente debido a su carácter santo. La destrucción de restos y antigüedades judías por las autoridades del Waqf palestino en 1996, demostró a los israelíes que los palestinos no atribuyen importancia a los restos de la cultura judía en el Monte del Templo [N.P.: No estoy tan de acuerdo con esta opinión. Precisamente la destrucción de restos judíos que evidencian la vinculación del pueblo judío con ese lugar demuestra que el Waqf sabe y valora su importancia]. Por su parte, el objetivo de los palestinos es localizar su capital en Jerusalén, a pesar de que nunca fue la capital de Palestina y nunca fue sede o residencia de ningún califa, emir o sultán árabe o islámico.

En cuanto a la cuestión de los refugiados, un retorno masivo de los palestinos a sus hogares de 1948 es percibido por la sociedad israelí como una fórmula para un suicidio nacional colectivo. Los israelíes, tanto de izquierda como derecha, están unidos a la hora de rechazar ese retorno masivo. Esa opinión también es compartida por el mundo: el Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictaminó en marzo de 2010 que los griegos que huyeron o fueron expulsados del norte de Chipre, cuando los turcos invadieron la isla en 1974, no gozan de un "derecho de retorno". Este es un precedente muy relevante [N.P.: Lo sorprendente es que la parte occidental, y en especial la europea, se cuida mucho de expresarlo claramente, algo sorprendente tras el mencionado precedente de Chipre].

Por contra, entre los refugiados palestinos del Líbano, Siria, Jordania y la Autoridad Palestina, la narrativa del retorno sigue siendo dominante, y su ejecución se espera como inminente. Cualquier intento por parte de la dirección de la OLP de llegar a un compromiso sobre el derecho al retorno les pondría en grave conflicto tanto con los refugiados como con sus anfitriones, los estados árabes (que en buena medida desean desprenderse de ellos).

También hay razones de por qué los dirigentes israelíes no tratan de avanzar en las negociaciones sobre el estatuto definitivo. Una se refiere a las fronteras y a los asentamientos. Los acontecimientos que siguieron a la retirada unilateral de la Franja de Gaza y el norte de Samaria en el año 2005, lo que supuso el abandono de 26 asentamientos y la retirada de sus habitantes, han llevado a una reevaluación de la utilidad de dichas retiradas entre muchos israelíes (los cerca de 8.000 misiles, cohetes y morteros lanzados desde allí contra los civiles del sur de Israel). Ningún gobierno israelí actual puede persuadir a la Knesset y al público en general de llevar a cabo una evacuación masiva de los pobladores de las comunidades que se establecieron en Judea y Samaria (tanto sobre la base de decisiones gubernamentales como en aquellos terrenos que fueron adquiridos legalmente a los árabes palestinos).

En segundo lugar, los israelíes temen que si un Estado palestino con continuidad territorial se establece en Judea y Samaria, nada impedirá que, en algún momento, caiga bajo el control de Hamas - ya sea mediante unas elecciones, como en enero de 2006, o a través de un golpe militar, como en Gaza en junio de 2007 -. Ni la Casa Blanca ni las Naciones Unidas pueden prometer a Israel que eso no va a suceder. Por consiguiente, Israel tampoco se fía de que a través de unas negociaciones se evite el establecimiento de tal estado. Además, el fracaso de las fuerzas de la ONU, el FPNUL, a la hora de impedir el rearme de Hezbollah en el sur del Líbano, disuade a muchos israelíes a la hora de confiar en que una fuerza internacional regule con eficacia la separación entre israelíes y palestinos.

En conclusión, el núcleo del problema, las cuestiones finales son tan complejas que su solución en un futuro previsible no parece posible. Cualquier persona - en este caso, el gobierno de Obama - que empuje a las dos partes hacia unas negociaciones sobre una solución global puede generar una crisis o un conflicto innecesario.

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Thursday, September 02, 2010

Los árabes moderados: ¿una ayuda o un obstáculo? - Elliot Jager - Jewish Ideas Daily



En el relanzamiento de las conversaciones directas entre Israel y la Autoridad Palestina, la atención se centrará en Mahmud Abbas y Benjamin Netanyahu. Pero el enfermo presidente de Egipto, Hosni Mubarak, también estará presente, al igual que el rey Abdalá II de Jordania. Para mantener su buena fe como árabes moderados, los dos hombres ayudaron a persuadir a Abbas para que reanudara las negociaciones cara a cara con Israel. Lo mismo hicieron otros estados árabes en la órbita de EEUU, como Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos.

Su apoyo era necesario: abandonado a sus propios recursos, el políticamente debilitado Abbas, sin duda hubiera preferido quedarse en casa. Él y su equipo ya están amenazando con abandonar las conversaciones cuando expire el 26 de septiembre la moratoria de Israel sobre la congelación de la construcción en los asentamientos. Dentro del ámbito palestino, la participación de Abbas en las conversaciones de Washington ha desatado la oposición de dirigentes de todas las facciones de su propia organización, la OLP; Khaled Hamas Mashaal ha declarado que las conversaciones son "ilegítimas" y que no son vinculantes para el sistema de gobierno palestino, y otros diez grupos de rechazo, respaldados por Siria, han igualmente condenó las conversaciones.

Por lo tanto, si aún siendo motivo de duda y discusión, Abbas parece que desea sinceramente querer romper el ciclo de rechazos autodestructivos tan característicos de la política árabe palestina en el siglo pasado, necesitará sin duda el respaldo inequívoco y verdadero de Mubarak, Abdullah y del resto. Pero, ¿El Cairo y Ammán tomarán la iniciativa? Si la historia previa sirve de guía, la respuesta es no.

A su regreso de una ronda de negociaciones en Camp David en el 2000, Yasir Arafat fue directamente a buscar el apoyo de Mubarak. Sin embargo, lejos de alentarle a un compromiso con Israel, Mubarak se opuso rotundamente. Por su parte, Abdullah, que había llegado al trono el año anterior, mantuvo la cabeza gacha. Hoy, la situación es en todo caso aún menos favorable a una paz con Israel.

En Egipto, el partido de Mubarak acaba de nominar al gobernante de ochenta y dos años para un sexto mandato presidencial, en caso de que lo quieran los votantes egipcios. (Los rumores abundan de que podría hacerse a un lado en favor de su hijo Gamal). Mientras tanto, los egipcios están amargados por el miserable desempeño a nivel económico del régimen y se mantienen cínicos acerca de las perspectivas de una reforma política. Pero cuando se trata de Israel, se endurece la opinión: Mubarak, quien patentó el paradigma de la "paz fría", es criticado por ser demasiado blando con Israel. Los apagones asolan el campo egipcio en medio de un verano de un calor sofocante, lo que ha acelerado las demandas de que Egipto deje de exportar gas natural a Israel.

La posición de Abdullah es posiblemente aún más complicada, porque gran parte de la población de Jordania es palestina. La presencia del rey en Washington ha sido denunciada por los sindicatos de Jordania como una traición a los palestinos. La asociación de químicos jordanos se ha negado a invitar a sus colegas israelíes para una conferencia internacional prevista para este otoño en Ammán. El gobierno jordano, bajo una intensa presión debido una economía en problemas, se enfrenta a un boicot de inspiración islamista para las próximas elecciones parlamentarias previstas para noviembre.

Al menos, Abdullah, Mubarak y Abbas pueden ganar algunos puntos ante la administración Obama sólo por presentarse juntos ante Netanyahu. Los árabes del Golfo ni siquiera hacen eso. Tímidos pese a estar utilizando la habitual retórica sobre la necesidad del establecimiento de una paz, son rotundamente condenados por ello en casa. A la larga, ese jugar con el tiempo de los árabes moderados resulta insostenible: agitan el patio mientras que a la vez rechazan ofrecer nada tangible a los israelíes que desean un acuerdo. Los estados árabes ya instrumentaron la creación y la perpetuación del problema palestino, con lo que solamente lo agravaron. Si alguien tiene una obligación moral para intentar resolverlo son ellos. Un buen comienzo sería explicitar a Abbas que le apoyarían sin reservas en caso de que se decida a negociar con Israel de buena fe.

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Las conversaciones de paz de Obama sobre Israel y Palestina pueden fracasar - Yossi Beilin - Bloomberg



Las conversaciones de paz entre el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y el presidente palestino Mahmoud Abbas que se celebran en Washington, no tendráa éxito en la búsqueda de una solución permanente al conflicto.

Esas conversaciones patrocinadas por el presidente americano Barack Obama y la secretaria de Estado Hillary Clinton, no son más que otro intento cuyo fracaso no dejará de tener consecuencias. Si las negociaciones fracasan, se producirá un aumento de la frustración y del escepticismo en lo que respecta a una posible resolución del conflicto israelo-palestino. El acuerdo de seguridad entre los dos lados, que garantiza el actual estado de calma, puede verse afectado y existir el peligro de brotes de violencia.

Si existiera la más mínima posibilidad de éxito en estas conversaciones, diría que valía la pena hacer un intento más. Sin embargo, en esta situación, no hay casi ninguna posibilidad de que eso suceda, mientras que las graves consecuencias de un fracaso parecen evidentes y dolorosas. Hago un llamamiento a la administración de EEUU para que se de prisa y cambie el objetivo de las conversaciones. Deben abordarlas tratando aquellas cuestiones que estén dispuestos a ponerse en práctica, y no esas otras que se ven obligados a negociar como resultado de la presión norteamericana: en suma, preconizar unas negociaciones sobre un acuerdo parcial y temporal.

Digo esto con no poco dolor. Durante décadas, he estado pidiendo un acuerdo de estatus permanente y me he opuesto a las soluciones provisionales.

Cuando comenzó el proceso de Oslo, creí que sería posible ir mucho más allá de un documento de principios antes de un acuerdo provisional. Cuando traté de persuadir al entonces primer ministro Yitzhak Rabin de impulsar unas negociaciones sobre un acuerdo de estatus permanente, él se opuso con firmeza. Según Rabin, el fracaso de este enfoque podría significar que no se llegará a un acuerdo adicional, incluso de carácter preventivo.

Estaba equivocado, y hemos visto por donde ha ido el camino propuesto en los Acuerdos de Camp David de 1978: gobierno palestino autónomo durante cinco años, sólo al final de los cuales las negociaciones sobre el estatuto permanente comenzarían.

Un mes después de que los Acuerdos de Oslo fueron firmados en el césped de la Casa Blanca en 1993, llegué a un acuerdo con el presidente de la OLP, Yasser Arafat, para abrir unas negociaciones secretas sobre las cuestiones del estatus permanente con Mahmoud Abbas.

Los entendimientos entre nosotros, que nunca se firmaron y que se suponía que fueron presentados a Arafat y Rabin, se discutieron durante dos años y formaron un esquema bastante detallado para un acuerdo completo.

Tras el fracaso de las conversaciones de Camp David en 2000, y después de que Ariel Sharon llegara al poder en Israel en 2001, el secretario general de la OLP Yasser Abed Rabbo y este articulista, conjuntamente con varias docenas de israelíes y palestinos, intentamos elaborar el acuerdo más detallado de la historia para obtener un acuerdo permanente entre Israel y Palestina: la Iniciativa de Ginebra.

Hace aproximadamente un año hemos publicado unas 500 páginas de anexos, lo cual parece resolver todos los conflictos entre Israel y los palestinos. Pero las dos partes nunca estarían de acuerdo en firmar un acuerdo hoy en día.

Hay dos posibilidades. Una es esperar hasta que haya nuevos líderes que sustituyan a los actuales, aunque eso podría implicar una pérdida de tiempo y de oportunidades, y representar una apuesta por lo desconocido. Nadie sabe si los próximos líderes van a estar más interesados en un acuerdo de paz que los actuales.

La segunda es cambiar el objetivo de las conversaciones y tratar de mantener unas conversaciones sobre un acuerdo pragmático temporal, según la “segunda fase (un Estado palestino con fronteras temporales) de la hoja de ruta", o bien una tercera retirada de Cisjordania que Israel aún le debe a los palestinos según el acuerdo provisional de 1995 (según las zonas A, B Y C que representan los diferentes grados del control palestino del territorio).

Este no es un asunto sencillo. Al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu le resultaría difícil convencer a sus votantes de la necesidad de arrancar los asentamientos y retirarse de la mayoría de Cisjordania sin existir una mención a un final del conflicto, o de otras ventajas que se derivarían de un acuerdo de paz permanente.

Los palestinos tendrían miedo de que cualquier acuerdo temporal se convierta en una figura permanente y que el mundo se engañe y crea que este conflicto regional se ha resuelto, a pesar de que cuestiones como los refugiados y el estatuto de Jerusalém que no serían incluidas en dicho acuerdo.

La manera de superar está oposición inicial es garantizar que, tras la firma del acuerdo provisional, haya una declaración presidencial donde se definirían los principios detallados para un acuerdo de estatus permanente, así como una clara posición de los Estados Unidos. Al mismo tiempo, se pediría a los países árabes que pongan en marcha parcialmente la iniciativa árabe de paz de 2002 hacia Israel, y envíen representantes comerciales a Israel, o muestren otro tipo de señales del comienzo de unas relaciones normales, incluso si no conlleva diplomáticos permanentes.

Netanyahu no fue votado por la derecha para dividir Jerusalém oriental o resolver, ni siquiera simbólicamente, el problema de los refugiados palestinos. La distancia entre sus posiciones y las reivindicaciones mínimas de la parte palestina pragmática no se puede salvar. Incluso cuando habla de una voluntad de aceptar la solución de dos estados, e incluso cuando hace promesas de sorprender, vuelve a una larga lista de posiciones que no permiten llegar a un compromiso histórico.

Abbas no puede implementar un acuerdo de paz con Israel mientras Hamas retenga el control de Gaza, pues Gaza no formará parte de la solución, por lo que no puede haber ningún "paso seguro" entre Cisjordania y Gaza. Además, no será posible trabajar en el intercambio de territorios entre Israel y Cisjordania debido a que el área designada para ello (de la parte israelí) es la región que rodea la Franja de Gaza, y ningún gobierno israelí se comprometerá a entregar territorio adyacente a Gaza mientras esté aún bajo el control de Hamas.

Esta situación significa que tenemos que seguir una línea de pensamiento que nos lleve, en esta fase, a una solución que no sea la ideal, pero que es mucho mejor que la continuación de la situación actual: un acuerdo parcial.

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