El Otro interior: Los marranos, identidad escindida y modernidad emergente - Yirmiyahu YovelLa creación del moderno Estado de Israel despertó muchas empresas culturales aletargadas, tal vez ninguna tan dramática como el descubrimiento de esos judíos perdidos hace ya tiempo. Cada década más o menos, otra tribu de supuestos descendientes del Israel bíblico - marcados por unos usos peculiares de los símbolos judíos y/o una observancia religiosa ecléctica, con un puñado de oraciones en hebreo- se revela que han mantenido la llama en alguna zona remota del mundo, desde África al subcontinente. La repatriación a Israel de los miembros de estos restos de antiguos judíos exiliados - ya sean los Bene Israel de la India, los falashas de Etiopía y los Lemba de Sudáfrica - ha sido uno de los aspectos más inspiradores del moderno "
crisol de las diásporas" que ha animado la idea sionista.
Aunque los relatos históricos singulares de estos grupos han diferido en gran medida, todos han sido categóricos a la hora de considerarse descendientes auténticos de alguna de las legendarias "
diez tribus perdidas", desaparecidas de la historia en el siglo VIII a.C., y han insistido en ser plenamente reconocidos como judíos, y aunque se han enfrentado a toda una serie de obstáculos a la hora de adaptarse más fácilmente a la población judía mayoritaria, esos obstáculos, aunque a menudo resentidos, se han esforzado denodadamente por superar a través de ceremonias de conversión formales y finalmente con su inmigración a Israel.
Pero hay una aleccionadora excepción a este escenario. A comienzos del siglo XX, una serie de comunidades en Portugal fueron desenterradas como "
Marranos", es decir, descendientes de esa otrora orgullosa nación cripto-judía que surgió cuando los judíos ibéricos se vieron obligados a bautizarse y luego fueron perseguidos durante siglos por los Inquisición española. (Marrano es un epíteto despectivo para esos españoles "
puercos" o "
sucios" que eventualmente se convirtieron y que fue la denominación estándar para esta comunidad de conversos, o convertidos.) Otros grupos de marranos han sido hallados en comunidades rurales en casi todos los territorios que fueron colonizados por España y Portugal, de América del Sur a Texas y Nuevo México, así como en lugares como Turquía, donde los refugiados de la Inquisición fueron recibidos por el Imperio Otomano.
Obligados a ocultar su verdadera identidad religiosa en su interior con el fin de sobrevivir en las sociedades medievales hispanas católicas, los restos distantes y diluidos de los marranos (o los "
nuevos cristianos judaizantes", como a veces se les llama), a menudo tuvieron que realizar grandes sacrificios para observar lo que conocían, y apenas recordaban, de la tradición judía, y de esa forma mantener su credo de que "
la salvación proviene solamente de la Torah de Moisés". Siglos de vida enfocada hacia el exterior como cristianos, manteniendo al mismo tiempo, por lo general sin recordar el por qué, elementos y vestigios de la fe judía original, conllevaba un severo peaje psicológico. El secretismo y la evasión de cualquier manifestación exterior de sus prácticas judías residuales, todo eso combinado con una vida pública de piadoso catolicismo, se afianzó durante siglos junto con un temor profundamente arraigado, rayano en la paranoia, a ser descubiertos. Como era de esperar, la mayoría de los marranos contemporáneos han tendido a temer que vuelva a descubrírseles como judíos y se han resistido a reunirse con el pueblo de Israel, de quienes fueron separados cruelmente hace medio milenio.
Los historiadores judíos han estado durante mucho tiempo divididos sobre la compleja cuestión de "
la judeidad de los marranos”. En un extremo está la llamada de historiografía judía de Jerusalém, que ha mantenido tercamente que, a pesar de su desconexión de siglos, los marranos se mantuvieron como judíos en los aspectos más significativos. En el polo opuesto están historiadores como Benzion Netanyahu (el padre de 100 años del primer ministro israelí), quienes dando relevancia a las opiniones de la práctica totalidad de las autoridades rabínicas que abarcan casi cinco siglos, han insistido en que inicialmente eligieron el bautismo y posteriormente trataron de aprovechar la oportunidad de evitar la pre-Inquisición de Portugal, por lo que los Marranos perdieron su pertenencia a la nación judía y se situaron ellos mismos fuera de la historia judía.
En su ambiciosa nueva obra, el intelectual e historiador Yirmiyahu Yovel rechaza todos esos enfoques, favoreciendo en cambio un retrato de los Marranos como ni judíos ni cristianos, sino algo sui generis, "
el Otro interior", en una formidable frase que sirve de título para su libro, la summa de su distinguida carrera como estudioso de Baruch Spinoza y del judaísmo premoderno. Más importante aún, Yovel cree que el fenómeno de los marranos marca un nuevo y significante elemento dentro de la narrativa histórica judía, uno que anticipa formas de identidad judía que emergerán en la Europa de la post-Ilustración.
La historia desgarradora de los Marranos se inicia con la conversión forzosa de decenas de miles de judíos durante la conquista cristiana de España (Como siempre, el mito de Al-Andalus sigue activo, sino como explicar la falta de mención de la conversión forzosa de judíos al Islam por obra de almohades y almorávides, y donde uno de los afectados fue Maimónides). Los judíos habían vivido en la Península Ibérica desde el siglo VIII [desde antes], y pesar de que fueron objeto de conversiones forzosas y de pesquisas por parte de la Iglesia sobre la sinceridad de esas conversiones en el Reino de Aragón a mediados del siglo XIII, la existencia continuada de una comunidad de judíos secretos comienza con la ola de pogromos que se desató en Sevilla en 1391. Ninguna comunidad judía importante se salvó. El eminente filósofo judío Hasday Crescas fue testigo de esos horrores en Barcelona:
Usando arcos y catapultas, las turbas atacaron a los judíos reunidos en la Ciudadela derribando sobre ellos la torre. Muchos de ellos santificaron el nombre de Dios [es decir, murieron por la religión judía], entre ellos mi propio y único hijo, un inocente cordero... Algunos se suicidaron, otros saltaron desde la torre... Pero el resto se convirtió... Y a causa de nuestros pecados, hoy no hay nadie en Barcelona que se le pueda llamar un israelita.
A pesar de la referencia de Crescas a "
muchos" mártires, el registro histórico sugiere que la mayoría de los judíos españoles ante el dilema de “muerte o cruz", escogió la cruz. A lo largo de la siguiente centuria de persecución cristiana se alcanzó el punto culminante con la expulsión definitiva de todos los judíos de España en 1492, donde unos 200.000 judíos salvaron su estancia aceptando el bautismo y, al menos en apariencia, una vida cristiana. Ochenta mil de sus hermanos, quizás con más capacitados para poder sobrevivir fuera, escaparon a Portugal, la cual se creía como más tolerante, pero en poco tiempo también ellos se debieron enfrentar a un destino cruel: las conversiones en masa de 1497, seguidas por un Real Decreto que prohibía a los nuevos cristianos abandonar el país. El resultado neto de esta trampa despiadada a los conversos portugueses fue que Portugal se convirtió en el epicentro permanente del marranismo en Portugal y sus colonias.
Es cierto que para un número significativo (según algunos historiadores, más de la mitad) de estos conversos la nueva "
fe" sólo era una fachada, únicamente consecuencia de una coerción letal. No sólo seguían siendo judíos en el fondo, sino que continuaron durante siglos observando elementos del ritual religioso judío, con gran riesgo para sus vidas. Esta histórica y notable tenacidad de los marranos ha generado una imagen popular de ellos dentro de la memoria judía, no sólo como plenamente judíos – algo muy dudoso vista su opción por la conversión y por las posteriores altas tasas de matrimonios con cristianos no judíos -, sino como justos heroicos que sacrificaron sus vidas "
en aras del Cielo".
Uno de los notables logros de Yovel es desafiar esos términos equivocados que complican su adopción por los historiadores. Yovel relata vívidamente unas abundantes biografías de conversos que ilustran el complejo espectro de sus identidades y creencias desde el ferviente católico al piadoso judaizante, hasta aquel profundamente escéptico acerca de las dos religiones, lo cual Yovel identifica como una de las primeras manifestaciones de la moderna laicidad judía.
Según la visión de Yovel, el romanticismo judío sobre los marranos asume falazmente que el generalmente escaso y residual comportamiento judaizante de parte de los conversos acredita su condición de judío. (Sus colegas académicos, observa con triste ironía, a menudo aceptan al pie de la letra los "
descubrimientos" de las prácticas judaizantes entre los cristianos nuevos consecuencia más bien del exceso de celo de los inquisidores). Entre sus fascinantes refutaciones está la noción de la persistencia entre un gran número de marranos de la práctica de cocinar a fuego lento el guiso del Sabbath, conocido entre los judíos españoles y marroquíes como adafina (los judíos estadounidenses lo llaman cholent). Si bien la génesis de este guiso, que se preparaba antes de la puesta del sol del viernes, se encuentra en la prohibición bíblica de encender un fuego en el mismo día de reposo, Yovel observa que su perdurable popularidad entre los conversos apenas constituye una prueba de la observancia del Sabbath:
La meticulosa preocupación de los inquisidores por esta práctica nos desvela su querencia por la identificación de judíos secretos y ocultos. La adafina, con sus ingredientes y su prolongada cocción, no era un elemento distintivo del culto judío sino de la gastronomía judía... Es muy conocido que las preferencias por ciertos alimentos, especialmente los distintivos dentro de las diferentes gastronomías, son los últimos hábitos y costumbres en desaparecer a la hora de la asimilación de los inmigrantes, por ser los hábitos más sujetos a la nostalgia del grupo, y el último bastión de las características étnicas.
El que incluso esos marranos que mantuvieron en secreto sus prácticas religiosas no aprovecharan el largo período de gracia dado en Portugal, desde 1507-1536, cuando se les concedió el permiso de abandonar el país sin demasiadas trabas, convence aún más a Yovel de que sus creencias judías eran apenas fervientes. Sin embargo, no llega tan lejos como la opinión sostenida por Benzion Netanyahu (de cuya obra se burla de Yovel), quien sólo ve en la historia subsecuente de los marranos un fenómeno no judío. Yovel sugiere una provocativa analogía con las creencias de los modernos:
La mayoría de marranos judaizantes ya no anhelaban el judaísmo como una realidad concreta, sino como un ideal, como un sueño infinito. Esto es similar al ansia contemporánea judía por el Mesías, expresada en el dicho "el año que viene en Jerusalén", el cual tampoco es pronunciado con una intención concreta... A los judíos se les ha educado para esperar un Mesías que realmente no viene... no en nuestra vida, sino en una era mesiánica, la cual siempre es diferida y proyectada más allá del presente.
Por supuesto, no había nada distante o desapasionado acerca de la fe mesiánica de las víctimas de la Inquisición y de la expulsión de España. Don Isaac Abarbanel, el mayor erudito judío que abandonó España en 1492, elaboró tres tratados donde registraba su visión de esas calamidades como el anuncio de los tiempos mesiánicos. El fervor mesiánico era aún más ferviente entre los marranos que lograron escapar de Portugal en las décadas posteriores. En un libro por otra parte tan exhaustivo, el silencio de Yovel sobre la posterior susceptibilidad de los marranos en el siglo XVII, cuando se desarrollo el falso movimiento mesiánico de Shabbetai Zevi, resulta desde luego sorprendente. Se dio especialmente el caso de que, después de la conversión al Islam del Mesías Shabbetai Zevi, muchos de sus seguidores en el Imperio Otomano, sobre todo en la ciudad griega de Salónica, asumieron una falsa identidad islámica, llegando a ser conocido como los "
Donmeh".
Que hoy se sepa que un número importante de esos Donmeh descendían de marranos portugueses no resulta sorprendente. Fueron entrenados en el arte del disimulo religioso mucho antes de convertirse en sabateanos (seguidores de Shabbetai Zevi). Lo que resulta un poco más chocante son las acusaciones procedentes de los islamistas radicales y de una variedad de antisemitas de la actual Turquía de que sus enemigos, empezando por el fundador de la democracia secular turco, Kemal Ataturk, eran conspiradores Donmeh. Dada la obsesión de Yovel con el grado de modernidad que prefiguraban los marranos, su omisión de este fascinante capítulo es lamentable.
En cualquier caso, Yovel sostiene que durante esa época, un número significativo de conversos desarrolló una hostilidad activa hacia todos los dogmas religiosos y las autoridades eclesiásticas. Citando las numerosas declaraciones y confesiones de marranos recogidas en los archivos de la Inquisición que reflejan un desprecio por las creencias sobrenaturales, concluye que muchos de estos conversos habían sustituido la fe judía no por la cristiana, sino por una creciente preocupación "
por asuntos mundanos y seculares” y por una “
mayor indiferencia y escepticismo respecto a los aspectos religiosos”.
Los ejemplos que aduce - especialmente referentes a la dieta alimenticia y a otros “h
ábitos étnicos” - generalmente son convincentes, pero hay casos donde la observancia religiosa por parte de los marranos sugiere más piedad que la reseñada. Consideren este concluyente testimonio de un inquisidor:
En la ciudad de Sevilla, un inquisidor, le dijo al duque: "Si vuestra merced desea saber cómo los marranos guardan el Sabbath, subamos a la torre”. Subieron y allí le dijo: "Mira a su alrededor: esa es una de marranos, y ahí hay otra, y allí hay muchos otras más. Usted comprobará que no sale ningún humo de esas casas a pesar del duro invierno, y es porque no encienden el fuego, ya que hoy es sábado".
Que Yovel no distinga esta forma de observancia del Sabbath de una mera afición a unos hábitos gastronómicos, revela el grado en que su tesis general tiende a veces a nublar su juicio. Después de todo, una cosa es seguir disfrutando de los platos favoritos de la abuela y otra muy distinta congelarte en tu propia casa con el fin de santificar el Sabbath. Yovel tampoco presta demasiada relevancia a la medida en que los elementos de la liturgia y el ritual marrano se aferraban a la tradición judía.
Sin embargo, la detallada historia económica de los marranos portugueses que nos proporciona Yovel nos sirve para reforzar su imagen de una clase definida menos por lo espiritual que por los lazos mundanos. Fue durante el período de amplia tolerancia real, después de la masacre de judíos en la Lisboa de 1506, cuando la gran mayoría de los marranos que se quedaron en Portugal llegaron a dominar la clase mercantil y eran conocidos como “
homens de negocios” (empresarios). Yovel sostiene que las experiencias históricas singulares de los marranos, los rituales secretos y el escepticismo religioso interiorizado, les ayudaron a formar sólidas redes comerciales internas, que a su vez forjaron en ellos un nuevo tipo de identidad, menos arraigada en las lealtades medievales de Dios, la Iglesia y el Rey que en una más moderna, y de género secular, solidaridad étnica.
Hubo otro elemento de gran alcance para esa “
otredad” de los marranos. Las sospechas que desencadenaban entre los piadosos "
cristianos viejos" ibéricos estos descendientes de los conversos a la hora de aplicar correctamente ese catolicismo adoptado, no eran solamente consecuencia de la persistencia en ellos de estrafalarios restos de prácticas religiosas judías. Salía a relucir algo más profundo y más ominoso que el mero prejuicio religioso: a saber, el odio racial, posiblemente la primera manifestación abierta del mismo en la historia judía. Si bien los famosos estatutos de limpieza de sangre de 1449 y 1467 que condujeron a las matanzas de cristianos nuevos en España fueron revocados en última instancia, ellos renacieron en Portugal en la década de 1550, reflejando los sentimientos más profundos tanto del clero católico como de los campesinos ibéricos, así como la verdadera naturaleza de las masas de judíos que fueron bautizados.
Yovel captura brillantemente los efectos a largo plazo en la identidad y en la conciencia de los marranos del hecho de estar atenazados entre las contradictorias exigencias de la Inquisición, la cual aparentemente sólo les requería "pureza de fe", y los estatutos de carácter racial de “
limpieza de sangre”, que a la vez les exigía una "
pureza de sangre":
La Limpieza se sangre forzó la designación de esos judíos como marranos, mientras que la Inquisición les negaba su derecho a adoptar dicha identificación. Así pues, aunque los marranos desearan aceptar esa denominación de judíos unidos por su falta de “limpieza de sangre”, no se les permitía hacerlo. La Inquisición negaba a esas personas el derecho a ser lo que las normas de pureza de sangre les negaban.
Esto dejó a los marranos como suspendidos en el limbo... La oposición existente entre lo que declaraban los estatutos de “limpieza de sangre” y lo que demandaba la Inquisición tuvo efectos complementarios. Se produjo la típica situación del marrano residiendo en una especie de exilio interior, una persona de identidad inestable y, en parte y en un sentido metafórico, relegado a ser un nuevo judío errante.
Ese desarraigo, interiorizado en la mente de los marranos, le lleva a Yovel a concluir que se convertirá en la propiedad común de los modernos judíos: "
Lo que les sucedió a los conversos en los confines de la experiencia ibérica fue un fenómeno excepcional en su época, el cual prefiguró la condición fundamental de los judíos en los tiempos modernos". Para ello esboza una serie de similitudes en lo referente a esa identidad dividida de los marranos y de los judíos modernos y secularizados, esos que, en palabras del poeta hebreo Judah Leib Gordon, aspiraban a “
ser judíos en sus tiendas y hombres cuando salían fuera". Y entonces, por supuesto, se produjo la confrontación de esos judíos europeos occidentales profundamente asimilados, incluso convertidos, con el racismo moderno.
Ahora todos somos marranos: esa es la provocativa tesis de Yovel. Pero como con cualquier obra escrita bajo el hechizo de una gran idea, los problemas que conlleva abundan. Yovel ve la “
influencia marrana” en demasiados lugares y ámbitos, incluso cuando los vínculos son escasos y abstractos. Por un lado, incluso los maskilim del siglo XIX, los judíos ilustrados, lejos de ocultar su identidad tenían la intención de adaptar el judaísmo a la cultura europea, precisamente para asegurar su supervivencia. Judah Leib Gordon era un hebreo, no un poeta ruso, y su pasión fue la renovación de la antigua lengua e identidad de los judíos, por lo que en ningún caso ocultarla. El propio Yovel no puede dejar de admitir que todos sus paralelismos fascinantes son sobre todo de interés fenomenológico, además de no haber demostrado nada de una importancia histórica concreta: "
¿Debe considerarse a los marranos como los predecesores, o como una anticipación, de la Haskalá, el movimiento que promovió la modernización judía? No del todo".
Quizás la refutación más sorprendente de la teoría de Yovel sea la autodeterminación de los propios remanentes marranos. Su sentido retrato de la comunidad marrana de Belmonte en el que nos refiere la renuencia de sus miembros a reintegrarse en una comunidad judía contemporánea o a repatriarse a Israel, nos lo comunica rotundamente: "
Esta es su tradición venerada, la forma en que sus antepasados siempre mantuvieron su religión, y así es como que debe ser... El secreto se había convertido en algo tan importante para los marranos como un valor religioso. La máscara había adquirido un significado ritual en sí misma, y la dualidad se practicaba ahora por si misma".
PD. Un anterior post dedicado a esta obra,
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