Sunday, June 09, 2013

La conquista improvisada de Jerusalén - Abraham Rabinovich - NYTimes



Los paracaidistas israelíes que salían a través de un almacén repleto de armas en el Monte del Templo de Jerusalén aquel día - 7 de junio 1967 - dejaron escapar una pequeña muestra de alegría cuando se encontraron con una caja de refrescos. Saciando su sed por vez primera desde que capturaron la Ciudad Vieja, charlaron conmigo, un periodista estadounidense, sobre las probables consecuencias de la guerra.

A pesar del ritmo desconcertante de los acontecimientos ocurridos desde que la guerra había comenzado dos días antes, los soldados simplemente ya habían pensado en sus implicaciones políticas. "Debemos mantener todo el territorio que capturamos", dijo uno. "Ellos comenzaron esta guerra". El soldado se estaba refiriendo a la península del Sinaí y a la Ribera Occidental, pues la batalla en el frente sirio aún no había comenzado. Otro habló de mantener el único territorio necesario para la seguridad. Un tercero se centró en Jerusalén. "Pueden tener todo el resto, pero no nuestra santa ciudad". A cambio de la paz, dijo otro soldado, a los jordanos también se les podría devolver su parte de Jerusalén.

En esta discusión informal, antes de que se dispararan los últimos disparos, los parámetros del debate político que ocuparía a Israel, a los árabes y a gran parte de la comunidad internacional en las próximas décadas, ya estaban establecidos. El impacto de la conquista por Israel de la parte antigua de Jerusalén en la Guerra de los Seis Días aún permanece, en contraste con la no planificada, casi improvisada, naturaleza de la propia conquista.

En vísperas de la guerra, el alto mando israelí tenía la intención de evitar una batalla con Jordania que solo lograría desviar sus fuerzas del frente egipcio. Aunque las Fuerzas de Defensa de Israel tenían planes que abarcaban objetivos en gran parte del Oriente Medio, no tenía ninguno para la Ciudad Vieja de Jerusalén, allí donde se hallaba el foco de la oración judía durante milenios, y a solamente un tiro de piedra de la parte israelí de la ciudad. No había ni siquiera una sugerencia sobre por cuál de sus siete puertas se debía penetrar, en el caso de que se declarara una guerra.

Al llegar a Jerusalén, el ministro de Defensa Moshe Dayan hizo hincapié ante el comandante del sector jordano, el general Uzi Narkis, de que el próximo enfrentamiento debía centrarse únicamente en Egipto. Narkiss quería evitar provocar una confrontación con Jordania. Cuando los aviones israelíes volvieron de su primera ataque aéreo en Egipto el 5 de junio, el primer ministro Levi Eshkol envió un mensaje al rey Hussein: Israel no atacaría a Jordania si Jordania no atacaba a Israel. Hussein, no obstante, había firmado un pacto de seguridad con Egipto y no podía mantenerse al margen de la guerra.

Incluso después de que Jordania envió tropas a la frontera con Israel, Eshkol buscó un alto el fuego. Sólo cuando la radio árabe anunció un ataque inminente en el Monte Scopus, un enclave israelí detrás de las líneas de Jordania, Israel movilizó a una brigada de paracaidistas para romper las defensas de Jordania en la ciudad y establecer vínculos con los 120 hombres de esa guarnición.

Ese contraataque aún fue visto como limitado. Tras la captura israelí del Sinaí en 1956, Israel se había visto obligado por las superpotencias a retirarse. Los líderes de Israel esperaban que unas presiones similares se aplicarían sobre todo territorio recientemente capturado. "Vamos adelante", dijo Eshkol a su gabinete, "a sabiendas de que nos veremos obligados a retirarnos" de la parte jordana de Jerusalén y Cisjordania.

Irónicamente, fueron los ministros religiosos los que estaban más en contra de la conquista de la Ciudad Vieja. "El mundo nunca aceptaría el dominio judío sobre los lugares sagrados cristianos", argumentaron. Haim Moshe Shapira, el jefe del Partido Religioso Nacional, dijo que si Israel se veía en la necesidad de capturar la Ciudad Vieja, la mejor solución era la internacionalización. "Para Jordania no la devolveremos", dijo. "Para el mundo, sí". Sin embargo, y a medida que la guerra avanzaba, al igual que se volvía evidente la dimensión de la victoria de Israel sobre Egipto y las fuerzas aéreas árabes, las mentalidades empezaron a cambiar.

En el momento en que el curso de la batalla llevó a los paracaidistas israelíes hasta las murallas de la Ciudad Vieja, el gabinete ya había llegado a considerar su captura como un dictado histórico que un Estado judío no podía evitar abrazar. Una hora después de que el Consejo de Ministros autorizó un ataque a la Ciudad Vieja, un vehículo semioruga que llevaba al comandante de la brigada de paracaidistas irrumpió a través de la Puerta del León frente al monte de los Olivos. La mayor parte del batallón jordano dentro de los muros habían huido durante la noche y sólo una breve escaramuza se desencadenó.

Ese mismo día, en su camino de regreso desde el Muro de las Lamentaciones, el jefe del Estado Mayor, el general Yitzhak Rabin, recaló en el sótano del puesto de mando de Narkiss para discutir los movimientos en avances rápidos con sus colegas. En un momento dado, el futuro primer ministro les preguntó: "¿Cómo podemos controlar a un millón de árabes?". La pregunta todavía se plantea medio siglo después.

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Friday, October 08, 2010

Los documentos (liberados de la Guerra del Yom Kippur) no muestran el abatimiento de Moshe Dayan - Abraham Rabinovich - JPost



Si a Israel le diera por erigir estatuas a sus generales, Moshe Dayan, hasta octubre de 1973, habría merecido el pedestal más prominente en el panteón militar, incluso tal vez uno más alto que el de Nelson en Trafalgar Square. En todo caso, a raíz de la Guerra de Yom Kippur la opinión pública le ha relegado a un nicho modesto.

Resulta escalofriante leer el testimonio de Dayan en una reunión del gabinete, un día después del estallido de la guerra, que gracias al protocolo que ha liberado documentos de los Archivos del Estado acaba de hacerse público. No hay nuevas revelaciones, ni siquiera con respecto a las instrucciones de Dayan para evacuar las fortificaciones asediadas de la línea Bar-Lev y la posibilidad de dejar atrás a los heridos si fuera necesario.

Aunque algunos medios de comunicación han montado un escándalo ante estas instrucciones, de hecho eran una opción de consenso entre los comandantes. El protocolo no refleja en su plena medida el desaliento que abatió a Dayan durante los primeros días de la guerra. Se le muestra haciendo una revisión coherente de la situación en los dos frentes - crítica, pero no sin esperanza - sobre la base de los informes que llegaban a la sala de dirección de la guerra y a sus propios viajes a los frentes.

Fue en las conversaciones privadas con la Primer Ministro Golda Meir y con algunos de sus generales donde utilizó la frase "el Tercer Templo está en peligro", lo que significa que la existencia misma de Israel se veía amenazada, una evaluación que minó el espíritu de todos aquellos que la oyeron.

El general Moshe Peled, en su camino hacia el Golán a la cabeza de su división blindada responsable de la ejecución de un exitoso contraataque, vio a Dayan sentado en una roca al lado de la carretera viendo como el humo de la batalla se elevaba hacia las alturas. Peled puso una mano alentadora sobre el hombro de Dayan sólo para ver como su viejo amigo y vecino comenzaba a llorar.

Estas instantáneas nos proporcionan una imagen errónea. El shock inicial por el ataque sorpresa de dos poderosos enemigos que habían sido eliminados con tanta facilidad sólo seis años antes provocó que la mente de unos veteranos guerreros se congelara tratando de comprender lo que les resultaba incomprensible. Les llevaría unos días antes de que pudieran regresar a sí mismos y tomaran la iniciativa. Dayan se sorprendió al darse cuenta de que Israel estaba luchando en una guerra que no había preparado, que la fuerza aérea estaba siendo neutralizada por los misiles SAM suministrados por la Unión Soviética, que los tanques de Israel estaban siendo diezmados por el nuevo misil Saager y que los ejércitos árabes estaban luchando con un espíritu que nunca habían mostrado antes.

Más allá de los dos ejércitos atacantes, Dayan vio a otros ejércitos árabes sumándose a la lucha, como ellos hicieron. Fue la amplitud de su visión la que nos puede explicar la profundidad de su desesperación.

Sin embargo, al cabo de dos o tres días encontró el equilibrio.

No obstante, desde el principio y durante toda la guerra ofreció sabios consejos a sus jefes militares y al gabinete. El jefe de Estado Mayor, el Teniente General David (Dado) Elazar, fue uno de los pocos líderes que no perdió la cabeza (Ariel Sharon fue otro de ellos) y su conducta y méritos en esta guerra le colocaron no sólo en el panteón militar de Israel, sino en el de la historia.

David Elazar tuvo la suerte de tener a Dayan como caja de resonancia y como socio estratégico.

La posterior Comisión Agranat no solicitó el relevo de Dayan, en mi opinión correctamente, ya que a los ministros de defensa no se les supone que deban ser "jefes de staff". Sin embargo, en el período previo a la guerra, Dayan sí se mostró más preocupado que sus generales por la acumulación de fuerzas árabes. "No se está tomando suficientemente en serio a los árabes", les dijo el día antes de la guerra. Fue solamente su insistencia en que la 7ª Brigada Blindada fuera remitida al Golán unos días antes de la guerra lo que impidió que se perdieran las Alturas del Golán.

Tras su caída e inmovilidad inicial, mantuvo durante el resto de la guerra la necesaria perspectiva de los que toman las decisiones. Al describir a sus compañeros de gabinete el desempeño de las tropas que habían cruzado el canal, les dijo que estaban luchando con prudencia, pero también con valentía. "Es una cosa maravillosa y terrible. Tenemos que reducir la velocidad y pensar por lo que estamos peleando. No es por el Muro Occidental (de Jerusalém)".

A medida que el sentido de la guerra giraba favorablemente, el comportamiento de Dayan sugirió a algunos su deseo de morir en combate. Visitó los frentes cada día, exponiéndose innecesariamente al fuego de los francotiradores y de la artillería, como si quisiera expiar lo que había sucedido teniendo la muerte de un soldado.

Al final, la "expiación" consistió en formar parte del gobierno de posguerra de Menahem Begin y jugar un papel de liderazgo en el logro de un acuerdo de paz con Egipto.

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