Una visión desde la izquierda: Un pueblo de derechas elige a un gobierno de derecha - Lily Galili - i24news

Partidarios del Likud
Contrariamente al sentimiento de que "todo era posible" después de que fueran publicadas el martes las encuestas a la salida de la votación, los resultados con el 99% de los votos escrutados prueban fuera de toda duda que Benjamin Netanyahu es el próximo primer ministro y que va a formar un gobierno orientado a la derecha. A pesar de la sensación general de shock, realzado por las encuestas que predijeron lo contrario una y otra vez, algo sencillo y auténtico sucedió: un país donde una gran mayoría se define como de centro derecha eligió un gobierno de la derecha. De hecho, la extrema derecha ha tenido un éxito limitado, el centro se ha reducido y la izquierda sionista es casi inexistente. La lista conjunta árabe es el único partido izquierdista israelí importante, aunque eso no sea totalmente cierto. Algunas de las facciones de esa lista conjunta árabe son de extrema derecha y nacionalista árabe.
Esa es la verdad, y los resultados reflejan esta realidad. El llamamiento de la izquierda a cambiar el gobierno del país ha sido sustituido por un desagradable llamamiento a "cambiar su gente". Algo sumamente equivocado. Ya hay suficientes voces antidemocráticas en la derecha. La izquierda ya debería saberlo. Aunque ahora sean pocos relevantes, tienen ahora un papel que jugar en el proceso de preservación de la democracia aplastada por la reciente campaña, empapada con demasiados matices antidemocráticos.
Aparte del simple hecho de que las personas que tienen puntos de vista de derecha eligen a gobiernos de derecha, tres lecciones están incrustados en la victoria de Netanyahu.
La primera pertenece al propio Netanyahu. Hace apenas unos días, Netanyahu parecía casi perdido y derrotado. Su campaña, defectuosa y escandalosamente errada, iba de mal en peor. Incluso los más fervientes partidarios del Likud estaban diciendo "no" a su propio líder. Decían que permanecía "ajeno" y "desconectado", de una forma egocéntrica y egoísta. Durante los últimos cinco días, Netanyahu logró dar la vuelta a todo eso.
La fórmula era bastante simple: después de años de hablar sobre todo ante los medios de comunicación extranjeros y de visitar Washington con más frecuencia que Tel Aviv, de repente hizo todo lo contrario. Se puso en marcha una campaña ininterrumpida de entrevistas inclusive en los más marginales programas de radio y televisión, realizó visitas urgentes a poblaciones pequeñas, pronunció un discurso en una céntrica plaza de Tel Aviv ante decenas de miles de derechistas, y todo ello condimentado con una alusión racista a los ciudadanos árabes (las "manadas de votantes árabes" que supuestamente eran llevadas ante las urnas por organizaciones de la izquierda). Añadir a esto su constante ataque a la izquierda israelí, acusándolo de intentos ilegales para derrocar a su gobierno (la financiación de gobiernos extranjeros de la campaña anti-Bibi) y todo funcionó como magia.
Las multitudes que antes desertaron respondieron como se esperaba: habían querido castigarlo, y lo hicieron. Él fue presa del pánico, les rogó y les amenazó. Les prometió - contrariamente a anteriores compromisos - que diría "no" a un Estado palestino. Y luego ellos le dijeron: "OK. Eso es suficiente. El castigo ha terminado. Es hora de volver a casa, al Likud". En consecuencia, Netanyahu se acerca formar el próximo gobierno. Lo inesperado se hizo obvio. Todo depende de que el viejo-nuevo primer ministro y líder del Likud interiorice la dura lección que sus votantes querían enseñarle. Una lección de humildad.
La segunda lección es que los israelíes responden mal al sentimiento de sentirse no deseados o rechazados. Así es como la mayoría de ellos interpretaron el rechazo mundial de Netanyahu. Ellos lo vieron como un insulto personal a ellos mismos, y fueron a votar con despecho. Su propio sentido de haber sido insultados ha preservado el gobierno de Netanyahu.
La tercera lección enseña mucho sobre la psique de los israelíes. Los israelíes han tenido malas experiencias con los cambios. Durante las dos últimas décadas se han movido de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Lo han intentado todo, pero en vano. Nada ha cambiado realmente, nada ha mejorado realmente. Tienen más de lo mismo bajo primeros ministros de izquierda y de derecha, así que ¿por qué molestarse?
Isaac Herzog, el líder de la Unión Sionista, también merece mucho crédito. Casi logró lo imposible, conseguir la mayor victoria que el Partido Laborista ha logrado en décadas. Las masivas protestas sociales en 2011 resuenan con fuerza en este logro. Ofreció a los israelíes esperanza, mejores medios de vida, renovar el diálogo con los palestinos y cierta asociación con los árabes israelíes. Muchos respondieron positivamente a la opción de reemplazar la constante sensación de una catástrofe inminente por una agenda más mundana de todos los días. Funcionó bien, pero no lo suficientemente bien para él. El miedo es, presumiblemente, más potente que la esperanza. Lo conocido es más seguro que lo desconocido. La inercia es más cómoda que el cambio.
Cuando pase la sensación de euforia de la derecha por su victoria y la sensación de pérdida en la izquierda, la sociedad israelí necesitará desesperadamente tiempo para sanar. La sociedad israelí sale de esta elección herida, con cicatrices, desgarrada como nunca antes. Lo que el país necesita ahora no es solamente un primer ministro, sino un sanador.

