Monday, February 02, 2015

Tony Judt está envejeciendo mal - Adam Kirsch - Tablet



La nueva colección de ensayos de los años finales del historiador dice más sobre sus prejuicios que sobre sus logros.

Fue en una fiesta a principios de 2002, pocos meses después de los atentados del 11 de septiembre, cuando escuché por primera vez a alguien declarar, como si fuera evidente por sí mismo, que el Gobierno de George W. Bush era fascista. La acusación se refutaba a si misma, por supuesto, porque las personas que viven bajo un auténtico régimen fascista no van por ahí atacando crudamente al régimen en las fiestas, pero desde luego era un síntoma de los tiempos. La paranoia post 11 de septiembre tomó muchas formas, y una de ellas consistió en la paranoia sobre el gobierno americano (y no sólo en los círculos "Truther", los círculos que ven conspiraciones ocultas tras cada suceso importante). Si usted lee a Art Spiegelman en “A la sombra de las No Torres”, por ejemplo, o a Philip Roth en “La conjura contra América”, productos ambos de los primeros años tras el 11 de septiembre, podrá observar cómo el miedo y el temor que provocaron los ataques fácilmente podría ser transferido desde los fanáticos islámicos que actualmente perpetran barbaridades a los propios Estados Unidos.

No es necesario criticar los graves delitos de la administración Bush, las guerras fallidas, la tortura y los abusos, la orwelliana vigilancia para señalar que, entre gran parte de la izquierda, el odio a George W. Bush fue una proyección psicológica o de sustitución. Esto fue particularmente cierto, creo yo, entre muchos judíos izquierdistas. Después de todo, cuando emerge un movimiento terrorista que declara que su objetivo explícito es asesinar a los estadounidenses y a los judíos, resulta mucho más cómodo para algunos judíos estadounidenses afirmar que tienen más miedo de su propio gobierno, el cual no ha ido contra ellos, antes de tener que admitir que en realidad tenían miedo de los fundamentalistas islámicos, que eran quienes les amenazaban. Condenando las injusticias de la administración Bush no les privará ser decapitado, como sucedió con Daniel Pearl en Pakistán, o que su autobús pueda saltar por los aires, como tantas veces sucedió en Israel durante la Segunda Intifada.

La historia completa de la reacción judía estadounidense al 11 de septiembre sería un tema muy interesante para que algún historiador lo estudiara y describiera, y cuando lo haga deberá dedicar un capítulo completo a Tony Judt. Pues durante los años de la administración Bush, Judt, un historiador de la Europa de la posguerra, que hasta aquel entonces era conocido principalmente por otros historiadores, surgió como el principal portavoz de una rama del izquierdismo judío americano. Escribiendo principalmente en el New York Review of Books, Judt utilizó una serie de ensayos y reseñas para hacer avanzar su escrito de acusación contra los Estados Unidos e Israel, cuyas acciones catalogó como las principales responsables de la violencia y la inseguridad en el Oriente Medio. Estados Unidos bajo Bush, argumentaba Judt, se levantó desafiante contra el derecho internacional y la opinión europea, convirtiéndose en un beligerante Estado canalla cuya invasión de Irak amenazó con destruir el orden mundial. Sin embargo, su principal crimen fue el patrocinio de Israel, cuya ocupación de la tierra palestina era la principal causa de los problemas y quejas árabes, y del odio contra Occidente. Con el tiempo, esta crítica se ampliaría dirigiéndose hacia los desarreglos económicos y sociales del bienestar en los Estados Unidos, reclamando Judt un retorno al por mayor a los valores del Estado de bienestar basándose en el modelo europeo de la posguerra.

Ahora todos esos ensayos han sido publicados en forma de libro con el título de “Cuando los hechos cambian: Ensayos 1995-2010”, y la lectura de los polémicos ensayos de Judt una década después de que fueron publicados por primera vez resulta una forma muy útil de ponerlos en perspectiva. Se hace evidente, por ejemplo, que no fueron ni la novedad ni la originalidad de las ideas de Judt las que le convirtieron en un conocido y significativo polemista. Tomemos, por ejemplo, el más discutido de todos sus ensayos, "Israel: La Alternativa", que apareció por primera vez en el New York Review en octubre de 2003. Aquí Judt argumentaba que los asentamientos de Israel en Cisjordania ya habían convertido a la solución de dos estados en algo imposible e irrealizable, por lo que la única forma de salir del estancamiento consistía en crear un único Estado binacional en Israel-Palestina. Esto, por supuesto, no era de ninguna manera una idea novedosa, y en los años siguientes sería retomado por muchos, desde Sari Nusseibeh, en su libro “¿Para qué un Estado palestino?", a Muammar Gaddafi, quien pidió la creación de un nuevo país que debería ser llamado "Isratina".

Como muchos de sus partidarios sugirieron correctamente, con la "solución de un único estado" en realidad estaba apelando principalmente a aquellos que miraban con agrado la desaparición del Estado judío o, en el otro extremo, a los fanáticos del Gran Israel que querían asegurarse de que ninguna Palestina pudiera surgir en los mapas. Judt, sin embargo, no fue un ideólogo de la izquierda. Él era un historiador con unas credenciales liberales impecables y que incluso en su juventud fue un ardiente sionista y en algún momento un kibbutznik. Lo que Judt hizo realmente fue legitimar la "solución de un único estado", la desaparición de Israel, entre los medios intelectuales, de la misma manera que Mearsheimer y Walt legitimaron que se hablara de un "lobby judío pro Israel". Con la publicación de “Israel: La Alternativa", quedó claro que muchos judíos liberales e izquierdistas estaban dispuestos a negar públicamente la necesidad o la posibilidad moral de un Estado judío.

Para el verdadero tema u objeto de su ensayo, y esto también resulta ser cierto para todos sus ensayos más apasionados, tiene poco que ver con la situación política del Oriente Medio. Se trata más bien de una “dramatización de la crisis de conciencia” que muchos judíos liberales comenzaban a sentir y ahora sufren con respecto al sionismo. Para Judt, el sionismo es un nacionalismo étnico, y si hay una cosa de la que verdaderamente se enorgullecen los liberales del siglo XX es de su rechazo del nacionalismo étnico. Como escribía Judt, “ahora vivimos en una época donde ese tipo de Estado ya no tiene lugar, en un mundo donde las naciones y los pueblos se entremezclan cada vez más y se casan a voluntad, donde los impedimentos culturales y nacionales a la comunicación han colapsado, donde cada vez más de nosotros mismos tenemos múltiples identidades electivas y nos sentiríamos desagradablemente restringidos si tuviéramos que optar por una sola de ellas. En un mundo así,  un país como Israel es verdaderamente un anacronismo".

Lo llamativo de todo este párrafo donde sintetiza sus ideas es lo profundamente ahistórico que es, y esto viniendo de un historiador. Por supuesto, no vivimos en el mundo descrito por Judt, no desde luego en el 2003, y aún menos en el 2015. Lo que sí puede ser verdad en los barrios más cosmopolitas de Europa y América, está lejos de ser cierto en el Oriente Medio, donde sunitas, chiítas, alauitas y kurdos están comprometidos en una guerra sectaria masiva que se extiende desde el Líbano hasta Turquía. Y tal como nos sugiere el ascenso de los partidos anti-inmigración y nacionalistas en la Europa actual, incluso allí, en su estimada Europa, el apetito por el multiculturalismo está disminuyendo. Pero es que para los judíos de Israel, arriesgar su futuro para construir un Estado multinacional a la moda de Judt, justo en el momento en que casi todos los estados del Oriente Medio están inmersos en guerras civiles, sería una auténtica locura o, como reconoce el propio Judt, "una mezcla poco prometedora de realismo y utopía".

La argumentación de Judt sólo tendría cierto sentido si se aplicara, no a los judíos en Israel o en los Estados-nación en general, sino a los judíos del Occidente más liberal, donde de hecho tienen "múltiples identidades electivas". A lo que se resiste Judt es a la obligación de poner la identidad judía, tal como se expresa en el sionismo, por encima de las otras identidades, como la americana, europea, liberal o cosmopolita. En otras palabras, Judt estaba redescubriendo una de las tensiones más antiguas existentes en el judaísmo, la tensión entre el universalismo y el particularismo, y le resulta imposible experimentarla. Es por eso que "Israel: La Alternativa" es una declaración de profunda impaciencia, de su deseo de que Israel desaparezca para que las obligaciones de solidaridad judía también puedan desaparecer.

Por esa misma razón, Judt se vio obligado a negar que el antisemitismo constituyera algún tipo de amenaza real para los judíos que vivían fuera de Israel. Aquí, también, su argumento ha envejecido especialmente mal en tan sólo los últimos años. En "El problema del mal en la Europa de la posguerra", una conferencia originalmente leída al público alemán en 2007, Judt instaba a los europeos a dejar de tener miedo de criticar a Israel a causa de la memoria del Holocausto. La verdad, según él, es que los judíos ya no estamos bajo amenaza: "Imaginen el siguiente ejercicio: ¿Se sentirían seguros, aceptados, bienvenidos, hoy como musulmanes... en los Estados Unidos? ¿Y cómo un "paki (pakistaní)" en algunas partes de Inglaterra? ¿Y cómo un marroquí en Holanda?... ¿O lo cierto es que ustedes se sentirían más seguros, más integrados, más aceptados, como judíos? Creo que todos sabemos la respuesta".

Por supuesto, la respuesta que propone a "todos conocemos la respuesta" es que sí, que se sentirían más seguros como judíos. Pero el número de judíos europeos que hacen aliya, o los que se quedan atrapados en las sinagogas por manifestantes islamistas, o bien los que son masacrados en los supermercados kosher, en las escuelas judías y en los museos judíos, o los que son golpeados en la calle por llevar una kipá o algún signo judío, podrían indicarle que habría que dar una respuesta diferente. Aquí, nuevamente, Judt el historiador cierra los ojos ante lo que realmente está pasando en el mundo, y todo ello con el fin de hacer avanzar esa idea que le resulta tan reconfortante de que el sionismo y sus imperativos de defensa propia están obsoletos.

Pero no son solamente en sus ensayos sobre temas judíos se revela que Judt estaba más motivado por el mito y el sentimiento que por su faceta profesional, la historia. La cuarta sección del “Cuando los hechos cambian” se dedica a lamentarse agriamente por el deceso del estado del bienestar de la posguerra, que se encarna para Judt en el sistema ferroviario británico de su juventud. "Los ferrocarriles eran y siguen siendo el acompañamiento necesario y natural para la emergencia de la sociedad civil", escribe Judt. La existencia y el funcionamiento de una red ferroviaria nacional es "algo que el mercado no puede lograr", sino algo que el gobierno debe suministrar como un bien público. Sin embargo, esta preferencia por viajar en tren parece ser una opción estética, en lugar de una necesidad económica o ambiental. Corresponde a la aversión de Judt por los todoterreno y monovolúmenes, y por ende por los estadounidenses que los compran, “por su gran tamaño y a causa de su sobrepeso..., un anacronismo peligroso".

Al igual que con Israel, la acusación de "anacronismo" se formula para sustituir el trabajo de análisis y de discusión. Porque "nosotros", de una manera instintiva, ya sentimos que se trata de algo incómodamente pasado de moda, y ya no podemos evitar las molestias mirando hacia abajo o hacia otro lado. En ninguna parte existe una argumentación concreta de por qué los contribuyentes deben pagar por una red ferroviaria que no necesitan, ni desean, ni utilizan. Del mismo modo, Judt ataca reiteradamente la era Clinton por su ley de reforma del bienestar, comparándola con la Ley de Pobres del tiempo de Dickens, sin siquiera molestarse en explicar lo que la reforma del bienestar realizó, o por qué tantas personas, incluidos los demócratas, sentían que era una buena idea. En todos estos casos, Judt abandona las responsabilidades del historiador, básicamente explicar por qué las cosas son como son, para optar por las gratificantes experiencias del editorialista, reprendiendo y exhortando sobre cómo deberían ser las cosas. El resultado es que sus ensayos leídos ahora aparentan ser más bien los síntomas de su época, en lugar de tratar de explicárnosla.

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Tuesday, September 07, 2010

Tony Judt e Israel (II). Recordando a Tony Judt, un amante decepcionado de Sión - JJ Goldberg - Forward



Si han estado siguiendo las noticias últimamente, probablemente sean conscientes de la muerte el pasado 6 de agosto de Tony Judt, historiador de la Europa moderna nacido en Gran Bretaña. Seguramente se habrán dado cuenta de la cascada de homenajes a "uno de los intelectuales más prominentes del mundo" (Toronto Globe and Mail), "un historiador de primer orden" (revista Time), "considerado como uno de los grandes escritores políticos de los tiempos modernos"(Los Angeles Times).

También habrán notado, si no lo sabían ya, que era uno de los críticos más controvertidos de Israel. Como algunos obituarios señalaron, fue un judío tan vilipendiado por otros judíos que su nombre llegó a ser virtualmente sinónimo de odio a Israel en muchos círculos. El reportero Guy Raz, de la National Public Radio, señaló que Judt "podría ser recordado por una palabra: anacronismo".

Esa es una de las cosas que Judt llamó a Israel en su famoso ensayo de 2003 en The New York Review of Books, "Israel: La Alternativa". Tanto fans como detractores citan el artículo como punto de inflexión en la relación de Judt con la comunidad judía: el momento en que pidió que Israel fuera sustituido por un solo Estado binacional de judíos y árabes.

Esto es algo que probablemente no saben: eso no es cierto. Judt nunca llamó a la destrucción de Israel o a su reemplazo por un estado binacional. Sí, "Israel: La Alternativa" se puede leer de esa manera, si se saltan los primeros 16 párrafos de los 25 que contiene. Lo que esos primeros 16 párrafos dicen es que la expansión de los asentamientos en los territorios podía haber llegado a tal punto que ya no fuera posible que Israel se retirara a sus viejas fronteras", en el que los judíos constituyeran una clara mayoría, y por tanto, fuera un Estado judío y una democracia. "La solución de dos estados forma parte todavía del consenso convencional y de una justa y posible solución", escribió Judt, pero "sospecho que es demasiado tarde para eso. Hay demasiados asentamientos, demasiados colonos judíos y demasiados palestinos, y todos viven juntos". Eso sólo dejaba dos posibilidades: mantener el control de Cisjordania y Gaza (recuerden, está escrito en el 2003, antes de la desconexión y retirada de los asentamientos) y convertirse en un estado binacional, o expulsar a millones de palestinos y convertirse en "un paria internacional". Por lo tanto, "ha llegado el momento de pensar lo impensable. La solución de dos estados, probablemente, ya esté condenada".

Pero él escribió - esta es la parte que he citado - "¿Qué pasa si la solución binacional no sólo fuera cada vez más probable, sino que en realidad fuera el resultado deseable?. Después de todo, la mayoría de los lectores de este ensayo viven en estados pluralistas desde hace mucho tiempo y son multiétnicos y multiculturales”. “De hecho, el propio Israel es una sociedad multicultural en todo menos en el nombre. Lo que falta es el reconocimiento de sus ciudadanos judíos y árabes en pie de igualdad. Lo que no sería fácil, pero nadie tiene una idea mejor". En otras palabras, si usted está atrapado en un limón llamado binacionalismo, busque un poco de limonada.

Sin duda, Judt no le puso las cosas fáciles ni al lector ni a sí mismo. Gran parte del ensayo fue una lección de historia erudita pero provocadora. El sionismo moderno comenzó, él lo señaló acertadamente, como uno de los muchos movimientos nacionalistas que surgieron en Europa hace un siglo, todos buscando crear unos estados-nación “étnicos” basados en "el idioma, la religión, la antigüedad, o las tres cosas" en medio de los escombros imperiales austriaco, ruso y otomano.

La diferencia entre el sionismo y otros nacionalismos étnicos fue que el sionismo se perdió los momentos posteriores a la Primera Guerra Mundial, momento en que los estados étnicos estaban de moda. Nació después de la Segunda Guerra Mundial, cuando por razones obvias si se recapacita el orgullo étnico estaba perdiendo su brillo.

Nacido fuera de su tiempo, Israel era en el sentido más literal "un anacronismo". Eso enloqueció a algunos, los cuales enloquecieron a Judt. Odiaba ser llamado antisemita. Nunca preconizó la abolición de Israel, y lo dijo en repetidas ocasiones, y odiaba escuchar sus ideas retorcidas de tal de forma. "Creo que todo el asunto, al final, ha sido deprimente", me dijo en 2006. Le pregunté entonces si hubiera escrito ese mismo ensayo después de ver la desconexión de Israel de Gaza. "Yo podría haber escrito un par de cosas de manera diferente", me dijo. "Muchos de mis amigos todavía creen que una solución de dos estados es posible. Yo supongo que soy más pesimista". "¿Pero… realmente piensas que la existencia de Israel es moralmente incorrecta?", le pregunté. "¡Dios mío, no", me contestó. "Por supuesto que no lo creo".

Es cierto que Judt había dicho algunas cosas desagradables sobre Israel y los israelíes. En un ensayo de 1983 calificó a Israel como "un estado beligerantemente intolerante, etno-impulsada por la fe del Estado". En uno de sus últimos artículos, el publicado en junio de este año en el New York Times, escribió que el sionismo "ha recorrido un largo camino desde la ideología de sus padres fundadores. Hoy presiona reivindicando territorios y una exclusividad religiosa y política”. Tal vez, lo más cruel que escribió quizá fuera un artículo de 2003 donde decía que
la impopularidad de las acciones de Israel afectan de gran manera a todo que los demás que se consideran judíos", y en ese sentido: "La verdad deprimente es que Israel hoy en día es malo para los judíos".

También es cierto que encontraba eso tan deprimente, porque, por mucho que odiara admitirlo, estaba apegado a Israel. Era su pasión política principal, y nunca la dejó. Él estaba molesto de que el sionismo se hubiera alejado de su idea fundacional. En su adolescencia había sido un miembro entusiasta de un movimiento juvenil sionista laborista, Dror, y llegó a convertirse en su secretario nacional en Gran Bretaña. Se pasó meses viviendo y trabajando en kibutzim. Se ofreció como voluntario en el ejército israelí durante la Guerra de los Seis Días como chofer y traductor.

La mayoría de la gente no sabe mucho acerca de su experiencia con el Dror, y es en parte porque no lo quiso. Organización más pequeña que el Hashomer Hatzair, a su izquierda, o que el Habonim, a su derecha, con el que posteriormente se fusionó, Dror era el brazo juvenil de Achdut Ha'avodah ("Unidad de Trabajo"), una rama del partido dominante en Israel, el Mapai. Predicaba una mezcla peculiar de marxismo doctrinario y de un igualmente doctrinario gran israelismo.

Fue durante y después de la Guerra de los Seis Días, como solía recordar, cuando Judt perdió la fe en la ortodoxia de su juventud. Pero supongo que no tan radicalmente como le hubiera gustado. Su socialismo no desapareció, pero se suavizó en una social democracia con pasión tolerante. En cuanto a su sionismo - bueno, eso es lo que estamos explorando en este momento, ¿no?

Sus críticos han denunciado que a pesar de su aclamada claridad y amplitud de visión histórica, perdía su objetividad contra Israel. Regularmente, desestimaba la demanda de una replica o aclaración. Por alguna razón, sin embargo, se puso sentimental conmigo, de un laborista sionista a otro.

"No puedo pretender que no está conectado a mí", dijo de Israel. "Tengo familiares allí. Yo lo conozco bien. Me siento casi como lo haría cualquiera que observara como su propio país se porta mal. Me importa mucho más que los otros países".

Yo le acusé de continuar amando a Israel. Él se mostró un tanto enojado con mi observación, pero no la negó.


PD

Como era de preveer el artículo de JJ Goldberg sobre Tony Judt levantó una tormenta de correos muchos de ellos hostiles a una supuesta “edulcoración” de la figura de Judt, El propio articulista recogió en otro artículo buena parte de esas reacciones:

Varios lectores querían saber por qué no protestó públicamente Tony Judt cuando se le etiquetaba como anti-Israel si realmente esa no era su sentimiento - y esto a pesar de que en mi artículo mencionaba que había protestado repetidamente -. Algunos lectores objetaron que no debería haber esperado para proclamar su identidad judía hasta estar en su “lecho de muerte”, aunque en realidad no se hizo tanto esperar y no hay nada que sugiera que lo hiciera en sus últimos momentos. Mi conversación con él acerca de su vínculo permanente con Israel tuvo lugar en el 2006, cuando estaba en la cúspide de su prestigio, dos años antes de enterarse de que estaba gravemente enfermo.

Más a fondo, varios lectores se hicieron eco de la idea de que hiciera públicas confidencias personales para “blanquear a un hombre que causó un daño inmenso a Israel en Europa. Sus palabras fueron mal interpretadas como antisemitismo porque nunca pudo expresarse sin echar mano de crueles hipérboles”.

Francamente, no creo que los detractores de Israel en Europa necesitaran de Judt para atacar a Israel. La Europa anti-Israel dispone de recursos propios y en profundidad para vehicular su hostilidad. Pero es verdad, como un amigo de Judt me reconoció, que “la izquierda anti-Israel fue tan rápida como la derecha pro-Israel en considerar que Judt abogaba por la eliminación de Israel”.

Las respuestas positivas a mi artículo Judt fueron a menudo muy personales. Varios de sus amigos y colegas judíos de la Universidad de Nueva York me dieron las gracias por decir la verdad sobre el verdadero Tony Judt. Por ejemplo, esta nota de Lawrence Schiffman, presidente del Departamento de Hebreo y de Estudios Judaicos de la Universidad de Nueva York, un profesor de literatura bíblica y rabínica y uno de los principales expertos del mundo en la Manuscritos del Mar Muerto:
Sólo una nota para decirle que, como colega de la Universidad de Tony Judt, sé que tiene razón en lo que escribió sobre él. Es trágico que llegará a estar tan desilusionado y escribiera de forma tan rigurosa (sobre Israel), pero nunca pudo renunciar a su apego. Yo participé en una conversación en hebreo con él y otro grupo de profesores de la universidad, y cuando él se marchó alguien dijo "todos sionistas", dando a entender que de alguna manera era uno de nosotros.
Esto es lo que me contó Ronald Zweig, director del Centro Taub de Estudios de Israel de la Universidad de Nueva York y profesor de Estudios judaicos, hebreos y de Israel:
En más de una ocasión hablé con Tony Judt sobre Israel. Estoy totalmente de acuerdo con lo que usted relató, sus puntos de vista tenían más de sofisticación que de rigurosidad crítica, pero también estaban respaldados por su afinidad con Israel. El establishment judío nunca entendió esto cuando le demonizó, al igual que la izquierda intelectual cuando le agasajó.

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Tony Judt e Israel (I) – Benjamin Kerstein – New Ledger



Cuando un hombre muere, sobre todo cuando lo hace a causa de una enfermedad horrible, la gente siempre tiende a tener un buen recuerdo de él, aunque sea por compasión con su sufrimiento. Ese parece haber sido el caso del historiador y ensayista Tony Judt, que murió este mes de una enfermedad degenerativa conocida como esclerosis lateral amiotrófica. Siendo la visión de Judt muy reducida a causa de un proceso muy rápido, y ello para un intelectual en que su época más fructífera fue victima de una invalidez que le mantenía en una silla de ruedas incapaz de respirar por sí mismo, la redacción de su obituario incita, incluso a los más críticos, a escribir con cautela. Los últimos meses de su vida fueron, sin lugar a dudas, una existencia terrible y, al final, una muerte horrible.

Sin embargo, sí podemos separar el trabajo de un hombre de su vida, creo también podríamos y deberíamos separarlo de su muerte. Desconozco la obra más famosa de Judt, la cual trata de la historia de la Europa de posguerra, aunque tengo buenas fuentes que me aseguran que es decididamente brillante. No tengo ninguna duda de que probablemente sea así, pero la verdad es que durante los últimos años de la vida de Judt fue más famoso, más celebrado y más citado por su manifiesta creencia de que el estado de Israel no debería existir.

Algunos podrán considerar que mi caracterización de su posición es injusta, pero vale la pena señalar lo que hay detrás del eufemismo conocido como "estado binacional". La postura de Judt no era tan cruda o directa, por supuesto, y ello por su naturaleza eminentemente intelectual y erudita. No obstante, el fin de Israel era más o menos lo deseado, así como el persistente rechazo de Judt y de sus defensores a reconocerlo era y es su descrédito.

La verdad es que la fealdad de ese sentimiento siempre estaba al acecho, y simplemente permanecía bajo la superficie de la estudiada gentileza liberal de Judt. Mirando hacia atrás, hacia su famoso artículo del 2003 "Israel: La Alternativa" - en el (por supuesto, ¿dónde si no?) “The New York Review of Books” -, lo que más llama la atención de él, quizás a causa de la ira desatada por la tesis de Judt, es como la crudeza y la, en ocasiones, maliciosa y franca violencia del artículo pasó inadvertida en su momento. Judt se refería al presidente Bush, por ejemplo, como a ese "muñeco de ventrílocuo que, lastimosamente, recitaba la línea política del gabinete israelí"; o bien se refería al ex primer ministro israelí Ehud Olmert como a un fascista; o citaba con aprobación al más ilustre demagogo de la izquierda israelí, Avraham Burg (que extendía esa caracterización al propio Israel); o atacaba a los defensores de Israel por hablar "con ligereza e irresponsabilidad de un resurgimiento del antisemitismo cuando Israel era criticado", lo que sería una sorpresa sin lugar a dudas para muchos de esos judíos que habían emigrado recientemente huyendo de la violencia antisemita en países como Francia; o bien regurgitaba con bastante soltura una teoría de la conspiración sobre la guerra en Irak alegando, al parecer sin el menor recelo, que "para muchos en la actual administración americana (Georges W. Bush) una consideración estratégica importante es la necesidad de desestabilizar y luego reconfigurar un Oriente Medio con una línea de pensamiento favorable a Israel”. Como para remachar el clavo, Judt se preguntaba: “¿En qué guerra (o para quién) estamos luchando?"

Judt, por supuesto, no deliraba sobre el USS Liberty o sobre un Gobierno Sionista de Ocupación en América, pero una gran parte de lo que decía era bastante desagradable, y, todo hay que decirlo, muy infantil, sobre todo para un intelectual respetado por sus conocimientos. A Judt le gustaba fingir que era alguien peculiar en lo que respecta a sus propios criterios políticos, pero en realidad compartía los mismos prejuicios del establishment liberal del que formaba parte, y sus sentimientos con respecto a Israel llevan a esa misma conclusión, al igual que sus justificaciones por ellos.

Israel, para Tony Judt, "había importado un proyecto separatista característico de finales del siglo XIX”, un proyecto que resultaba “anacrónico” para un mundo actual que ha evolucionado hacia “un mundo de derechos individuales, fronteras abiertas y derecho internacional". Representaba pues un “anacronismo" en "un mundo donde las naciones y los pueblos se mezclan y unen a voluntad; donde los impedimentos culturales y nacionales para la comunicación casi se han colapsado; donde cada vez más poseemos identidades múltiples electivas y donde nos sentiríamos molestos u obligados si tuviéramos que elegir una sola de ellas".

Resulta quizás demasiado generoso denominar a todos esos sentimientos una fantasía. Una cosa es desear que este mundo fuera un lugar mejor y otra muy diferente afirmar que ese mundo feliz ya existe, y que por lo tanto Israel lo que debería hacer es disolverse con el fin de unirse a esa utopía hecha realidad. La desesperación con la que Judt - y, se supone, sus defensores - creían en la existencia de esa “utopía realizada”, tal vez pueda ser manifestada por el grado de tergiversación necesario para poder “plasmar esa realidad”. Así Tony Judt podía afirmar en su artículo: "La civilización occidental es hoy en día un mosaico de colores, religiones y lenguas, de cristianos, judíos, musulmanes, árabes, indios y muchos otros, como cualquier visitante de Londres o París o Ginebra podrá comprender”.

Uno realmente no sabe qué hacer con declaraciones como esa, salvo destacar que son absurdas, y tal vez hacer observar adicionalmente que este “mosaico armonioso” ha dado lugar a muy graves tensiones y violencias en Londres y París, así como en muchos otros lugares de toda Europa, y que todo el continente europeo se encuentra ahora mismo muy cerca de una grave crisis social como resultado de la falta de integración de sus nuevas minorías (que en algunas zonas son ya casi mayorías) en el tejido más grande de las naciones. Uno puede lamentar esto, designar un culpable, o simplemente desear que las cosas no fueran como son, pero lo que no se puede pretender es negar esa situación cuando manifiestamente existe. Irónicamente, con la utilización de la Europa actual como el ejemplo de lo que Israel debería ser, Judt, sin darse cuenta, estaba dando un ejemplo bastante meridiano de lo que Israel, probablemente, debería evitar a toda costa.

Fuente: New Ledger

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