
Leo en el Global un artículo que se titula “
El centroizquierda (israelí) debe tejer alianzas con los ultraortodoxos”, y que básicamente es una entrevista a Daniel Levy, uno de esos "
expertos" de la izquierda israelí que alguna vez ha comentado que quizás "
la creación de Israel fue un error", y es que el medio ambiente donde existe "
no nos quiere", por lo deberíamos vivir continuamente con la "
espada" en lugar de estar repartiendo besos todo el tiempo y practicando el Tikkum Olam al gusto laico progresista.
Ya se pueden hacer una idea de la fortaleza de espíritu de esta gente y de lo que le ocurriría a Israel si estos tuvieran el poder de decisión final para "
solucionar" el conflicto (la arabización de Israel para que así "
nos quieran" y ser "
admitidos", y al poco tiempo todas las élites seculares y sectores acomodados judíos huyendo a países occidentales, la población rusa dirigíéndose a Rusia y EEUU, y las masas pobres de mizrahim y haredis viviendo bajo el yugo árabe como unos nuevos dhimmis, y eso en el mejor de los casos).
En la entrevista, bastante breve, no se dice nada nuevo y repite el argumentario más básico de la izquierda israelí adaptado a las nuevas directrices políticas (atacar a Lapid y Bennett), pero me ha llamado la atención la nueva dinámica existente en la izquierda israelí: los hasta ahora aborrecidos haredis como nuevos y objetivos socios políticos. Pero atención, solo sobre la base de la agenda política de la izquierda israelí, el proceso de paz, ignorando nada sorprendentemente la agenda del nuevo socio haredí, la judeización ultraortodoxa de la sociedad judía israelí.
¿Cómo es posible que pretendan una alianza con los haredís sin darles nada a cambio? Y si, como resulta lógico, tendrían que realizar concesiones para consolidar esa alianza: ¿en dónde dejaría acurrucada la izquierda israelí su búsqueda de una mayor laicidad en la sociedad israelí, de una protección de los derechos de las mujeres, gays y minorías, de una liberarización de las costumbres, de una nación de ciudadanos seculares en lugar de un Estado democrático y judío?
O es que piensan "
tomar el pelo" a los haredis y darles únicamente las migajas que actualmente aún conservan: subvenciones, exención del servicio militar y el control del ámbito e instituciones judías.
¿Y qué pensaría el resto de la sociedad secular y religiosa tradicional israelí, muy mayoritaria, de esta alianza progre-haredi? No tengo ninguna duda de que esta izquierda, siempre ajena a la realidad que cuestione sus objetivos absolutos, se sacaría algún conejo de la chistera y la justificaría de una manera "
progresista".
DLevy: Yo sí creo que hay suficientes israelíes a los que les preocupa la imagen internacional de Israel. El problema es que hoy en día no existe en Israel una opción política estratégica a favor de la paz y eso es más importante que el odio hacia los ultraortodoxos.
Pregunta: ¿Por qué la izquierda en Israel hace tiempo que parece haber desaparecido?
DLevy: El centroizquierda tiene que reconstruirse y para eso, creo que deben tejer alianzas con los ultraortodoxos. Los religiosos podrían convertirse en una pieza clave en un futuro proceso de paz. Los grandes asentamientos religiosos se encuentran cerca de la línea verde [la que separa los territorios israelíes de los palestinos] y sería fácil proponer un intercambio de territorios. Otra alianza crucial para la izquierda son los partidos árabes presentes en el Parlamento israelí.
He encontrado en
Nueva Sión (la plataforma argentina de Avoda y sobre todo del Meretz) un artículo que parece traslucir la misma sugerencia de Daniel Levy, aunque centrada en denigrar a los "
vencedores" en las últimas elecciones. Es un artículo interesante de leer que parece adoptar los nuevos parámetros de la izquierda israelí, el enemigo ya no es Netanyahu sino Lapid & Bennett, y que no termina de esbozar claramente la alianza sugerida por Daniel Levy, aunque tiene un subtitulo muy revelador: "
Los ultraordotoxos como presa fácil de la burguesía bienpensante" (¿la izquierda, el Meretz en particular, no es bienpensante, y por otro lado, los ultraortodoxos no han sido presa fácil de esa izquierda?
La igualdad de la carga como coartada - Yoel Schvartz
En estos días en Israel, se repite que los grandes ganadores de las elecciones han sido Yair Lapid y Naftali Benet. Ellos, ni siquiera sus partidos: el novedoso “Iesh Atid”, de Lapid, con su lista de “estrellas” de la sociedad civil; y “Habait Haiehudi”, de Benet, la coalición de partidos de la tradicional derecha religiosa que eligió poner a la cabeza a un empresario joven, con un lenguaje jovial, “sabra”, un coqueteo permanente con el modo de vida secular y la propuesta de abandonar el conspicuo sectorialismo del viejo MAFDAL para ser una alternativa junto al volante del país.
En estas semanas de negociación del armado político de la futura coalición, ha sorprendido a más de un analista la evidente existencia de un firme “pacto” entre Lapid y Benet, el pacto de los winners que vienen por todo. En el centro del acuerdo entre ambos se encuentra el debate por el “Shivion Banetel” –la igualdad de la carga– un tema que como tantos de la política israelí, le debe resultar al que lo mira desde afuera un esoterismo bizantino. Lapid y Benet reclaman la igualdad de obligaciones civiles de la población jaredit (ultraortodoxa) con el mainstream de la sociedad israelí, la clase media.
Como casi todo en Israel, para entender la idea del “Shivion Banetel” hay que ir atrás, en este caso a los primeros años del Estado judío, cuando la devastación producida por la Shoah en Europa parecía indicar que el viejo mundo de la ortodoxia jaredit ya no tendría renacimiento, después de la masacre. Es en ese contexto que el gobierno de Ben Gurion eximió a una primera camada de jóvenes estudiantes de las academias talmúdicas, ieshivot que habían sido importadas a Israel de Polonia y de Ucrania -de lugares como Mir y Ponievitz-, de la ley de Servicio Militar Obligatorio. Es probable que detrás de esa renuncia se encontrase la decisión pragmática de no radicalizar un conflicto interno con una población cuya relación con la idea de la soberanía judía ya era de por si problemática y que de todas maneras se encontraba en franco retroceso.
Pero el Israel del siglo XX no era la Lituania del Siglo XIX, y el proceso que había comenzado a desarrollarse en la Europa de entreguerras se consolidó hasta alcanzar dimensiones impensables en la nueva-vieja tierra: la creación de una “Jevrat Lomdim”, una sociedad íntegramente dedicada al estudio de la Tora en todas sus vertientes. La “Jevrat Lomdim” es un fenómeno nuevo en la historia del judaísmo. En cierto sentido, es un fenómeno contrario a la tradición judía del estudio: los sabios de la Mishna y el Talmud, los grandes filósofos y místicos del Medioevo, los rabinos y eruditos de la Modernidad, todos tenían una profesión. El estudio de la Tora no fue, históricamente, una “profesión” –es decir, un instrumento de manutención- legítimo. Maimonides en el siglo XII la condena expresamente al sostener, en su interpretación de la Mishna, que no debe el sabio capitalizar la Tora en pos de su interés personal.
En el Israel moderno, dos factores se combinaron para darle vida a este fenómeno sin precedentes. Por un lado, la estructura de un Estado de Bienestar que se cristalizó en los primeros años posteriores a la Declaración de la Independencia, con una generosa política universal de subsidios y una red de protección social de amplio espectro. Por otro lado, la particular estructura política del sistema parlamentario israelí y la necesidad de generar alianzas que garanticen la gobernabilidad, estructura que otorgó un peso particular a los partidos políticos sectoriales -en especial los jaredim– y les permitió generar y controlar mecanismos de asignación de recursos del Estado, que produjeron verdaderos feudos sectoriales al servicio de la construcción de una sociedad de estudiantes jerárquica, dirigida con mano férrea por los lideres rabínicos y los jefes de las Ieshivot. Son estos líderes los que administran y distribuyen los recursos, y son ellos los que determinan quien, dentro de sus congregaciones, tiene de acuerdo a la ley, el derecho a gozar de la exención del Servicio Militar Obligatorio. A lo largo de los años, y con mayor intensidad a partir de la década del ‘80, este proceso se intensificó, acentuado por un crecimiento demográfico sin precedentes de la sociedad jaredit.
Esto genera amplia disconformidad en diversos sectores de la sociedad israelí. A los jóvenes indignados que salieron a las calles en el verano de 2011 -que sienten que no pueden tener acceso a una vivienda propia ni a un alquiler razonable, que en muchos casos dan tres años de su juventud y muchos meses más de sus vidas al ejército de Israel-, les cuesta aceptar que a su lado crece una sociedad, la jaredit, que sin participar en forma masiva ni en el mercado de trabajo ni en el pago de impuestos directos, ni en la defensa del Estado ni en ninguna otra forma directa de servicio a la sociedad civil, aparenta ser inmune a los cimbronazos de las crisis económicas y al indiscriminado festival de ganancias de los grandes holdings que controlan la economía israelí. Les cuesta aceptar que el Estado de Bienestar que fue desguazado por décadas de un pensamiento neoliberal obsesivo, se mantiene sin embargo intacto y hasta en aumento en un sector que tradicionalmente no participa equitativamente de las “cargas” de la sociedad.
Esta indignación es genuina y apunta a uno de los aspectos más conflictivos y sensibles del entramado social de Israel. La “Jevrat Lomdim jaredit” es tradicionalmente hostil a la izquierda israelí (y resulta particularmente antipática para la izquierda sionista latinoamericana). Sin embargo, este reclamo legítimo de igualdad termina transformándose en una coartada cuando viene de la mano de un discurso neoliberal. Tal es el caso de Lapid, cuyo insistente reclamo de igualdad en las cargas se focaliza exclusivamente en el servicio militar de los ultraortodoxos (y en menor medida, en su integración al mercado laboral). Lapid no cuestiona el modelo socioeconómico de Netanyahu, sino que, en nombre de la “igualdad”, busca extender ese modelo al sector que aparenta permanecer al margen de los recortes, de la reducción de subsidios, de la abstención del Estado. Para eso Lapid quiere ser el SHAS de la clase media (la expresión es de él), es decir representar en el Gobierno y el Parlamento los intereses sectoriales de los que lo votaron, en reemplazo del sector jaredi. El “Shivion Banetel” es una excelente bandera para simbolizar ese objetivo. Como decía recientemente el sociólogo Lev Grinberg en una entrevista en Pagina12: “Lapid apareció con algo nuevo, que atraía a los jóvenes y las clases medias que lo votaron, porque éstas quieren mantener su situación económica, no les importa ningún otro tema”.
Desde esta perspectiva, no es casual tampoco la alianza de intereses entre Lapid y Benet. Benet representa al grupo orgánico más poderoso de la política israelí: los colonos de Judea y Samaria. Detrás de su retórica modernista y cool se encuentra el interés de ese sector, que es el más transparente de los intereses: que nada cambie. Que los subsidios a los asentamientos no se toquen, que siga la construcción de nuevos barrios marcando más y más hechos en el terreno, y sobre todo que el diálogo de paz con los palestinos siga en el limbo de las buenas intenciones.
Lapid, a pesar de su discurso de leve compromiso con “el retorno inmediato a las negociaciones”, puede ser un buen socio para desviar la indignación social de las causas estructurales y del pensamiento thatcherista que ambos comparten hacia uno de los grupos marginales de la sociedad israelí, un grupo cuya identidad israelí siempre está cuestionada, un grupo cuyos intereses sectoriales nunca se disfrazan de “patriotismo”: los ultraortodoxos.
Es meritorio que la izquierda sionista, desde Avoda a Meretz, se hayan mantenido al margen de esta trampa discursiva.
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