Thursday, April 04, 2013

Ahora resulta que lo de las "jaquecas" de Pilatos era una boutade ejemplificadora. Pues que noticia más guay...


Muchos de quienes hayan leído nuestro texto de la semana pasada se habrán percatado ya de que no era sino un divertimento de quien esto escribe. Ni existe – que sepamos – Niclas Schneeschmelzer, ni la idea de que la crucifixión de Jesús se debió a los dolores de cabeza de Pilato ha sido –que sepamos– aventurada seriamente por nadie. Las citas en alemán –excogitadas para dotar de mayor pedigree al asunto– eran apócrifas, así como todo lo relacionado con los “nuevos descubrimientos epigráficos y arqueológicos” (Crisipo y Sedonio, debo confesarlo, fueron los primeros nombres que se me vinieron a la cabeza). A fortiori, es pura invención todo lo dicho sobre la recepción del imaginario artículo en la SBL, la SNTS y el mundo teológico germanoparlante, y una completa ridiculez lo afirmado sobre su “trascendencia”.

¿Por qué, entonces, molestarse en escribir un texto así en un blog como este? Aparte de que la realidad del mundo humano es solo soportable con una considerable dosis de buen humor (y algunos de mis amigos y yo –espero que también algunos lectores – nos hemos reído de buena gana con el texto), existe una razón de peso: el disparate consistente en sostener que la crucifixión de Jesús tuvo como causa una jaqueca (o, si se prefiere, pues queda más chic, una "cefalea tensional") de Pilato no ha sido sostenido (que sepamos), pero lo esencial es que podría haberlo sido con toda naturalidad. La prueba incontrovertible es que (como ya apunto al referirme en el texto de la semana pasada a varios autores reales) ideas no menos disparatadas que esta han sido presentadas en los últimos años en respetadísimos foros exegéticos internacionales. Para muestra, daré en próximos posts unos cuantos botones. Atención: el resto de este texto NO es una broma.

Por ejemplo, en el año 2007, el profesor de Cambridge Justin Meggitt –con quien me tomé una cerveza en una terraza de Amsterdam antes de darme cuenta de que él era el perpetrador de lo que sigue – publicó un extenso artículo en el Journal for the Study of the New Testament (una revista cuyo antiguo director manifestaba hace años que rechazaba el 80% del material que recibe) titulado ‘The Madness of King Jesus: Why Was Jesus Put to Death, but His Followers Were Not?’. La tesis central de este artículo puede sintetizarse con las propias palabras del autor: “Las autoridades romanas no creyeron que Jesús fuera un pretendiente real. En lugar de ello, le juzgaron loco […] los Romanos ejecutaron a Jesús porque pensaron que estaban liquidando a un lunático iluso” (página 384). El autor está tan encantado con su idea que la ha transformado en un libro, cuya aparición está anunciada para octubre de 2013. Su título, que no es necesario traducir, no deja lugar a dudas: The Madness of King Jesus: The Real Reasons for His Execution.

Meggitt echa mano de su erudición para llenar de citas su artículo, pero aun así no puede evitar que su idea sea una solemne majadería. La majadería no estriba en la idea qua talis de que unos seres humanos pueden crucificar a otros por un quítame allá esas pajas (los seres humanos –esos individuos creados, al parecer, a imagen de Dios – hacen de todo a sus congéneres, incluyendo abrirlos en canal con un machete mientras respiran), sino en el hecho de aventurar – contribuyendo de este modo a la desforestación del planeta y a hacer desperdiciar a otros su valioso tiempo – una ocurrencia para épater le bourgeois cuando las razones de la crucifixión de Jesús (y de otros) están suficientemente claras desde siempre para cualquiera que haya estudiado un mínimo de historia y derecho romanos, y tenga asimismo oídos para oír.

Pero, además, es que la hipótesis de Meggitt no tiene ni pies ni cabeza. Por poner un solo ejemplo, pasa por alto con alegre despreocupación el hecho de que la tradición parece atestiguar la fama de maestro elocuente que tuvo Jesús, y hombres así no suelen ser considerados simplemente lunáticos. Además, el bueno de Justin no explica por qué Jesús fue ejecutado específicamente mediante la pena de crucifixión: los romanos no solían, que sepamos, crucificar a los orates.

Las geniales ocurrencias de Justin -que además de haber sido publicadas en JSNT, me consta que han sido discutidas en sesudos seminarios de Nuevo Testamento - están, con mucho, lejos de ser las más esperpénticas que se hayan perpetrado en los últimos años. Las hay mucho más insensatas (e incluso mucho más divertidas en su insensatez), como veremos en próximas entregas.

Así pues, si alguien se tomó en serio el texto de la semana pasada no debe sentirse especialmente avergonzado, pues este tipo de ideas son precisamente el aire que se respira en el enrarecido mundo de la exégesis bíblica y el así llamado “estudio histórico de Jesús”, un mundo en el que la más sofisticada erudición y la parafernalia académica concomitante conviven amigablemente con la falta de rigor más desvergonzada y la incurable insensatez general.

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Sunday, March 31, 2013

Una sorprendente explicación de la crucifixión de Jesús, el judío mesiánico: la culpa fue de las jaquecas de Pilatos


Si ustedes han estado alguna vez en las procesiones sevillanas de Semana Santa, tendrán muchas obras de arte donde elegir, pero las veces que he estado siempre me he decantado por "Nuestro Padre Jesús de Pasión", de la Archicofradía Sacramental de Pasión, y creado de la mano del maestro de Sevilla, Martinez Montañes hacia los años 1612-1618, es una de esas obras que cuando la situas en un paso, en Sevilla, en cualquiera de sus calles, en silencio, sabes que no puede pasar desapercibida. Y esto independientemente de sus creencias...


(En el estupendo blog de Antonio Piñero, nos encontramos nuevamente con una de las siempre sorprendentes colaboraciones de Fernando Bermejo, esta vez dirigida a hacernos partícipes de una nueva interpretación del por qué de la crucifixión de Jesús, el judío mesiánico y sectario (más que marginal), y desde luego para nada un cristiano al uso posterior)


En vísperas de la Semana Santa, la última sensación exegética proviene, como las directrices financieras y como en los viejos tiempos, de Alemania. Nacido en Tübingen, el doctor en teología por Marburg y en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico, el Prof. Dr. Dr. Niclas Schneeschmelzer, de confesión católica, ha publicado recientemente un inusualmente amplio artículo en la prestigiosa revista Zeitschrift für die neutestamentliche Wissenschaft en el que aborda, una vez más, el asunto de los motivos de la crucifixión de Jesús y propone una intrigante hipótesis. El indudable interés de su propuesta nos ha impelido a presentar sus ideas centrales a nuestros lectores.

El especialista de Tübingen comienza su análisis con un status quaestionis en el que repasa varias de las hipótesis barajadas en los últimos años: la de J. J. Meggitt publicada en el Journal for the Study of the New Testament; la de H. Bond, según la cual la ejecución de Jesús fue con toda probabilidad “una crucifixión rutinaria”, o la de Joel Green (en The Death of Jesus in Early Christianity, Peabody: Hendrickson 1995), según la cual la lógica subversiva del amor hizo de Jesús un peligro en la lógica violenta del Imperio Romano. Al tiempo que muestra el interés de tales propuestas, el autor esgrime algunas objeciones y argumenta –citando a autores tan respetados como John P. Meier en el ámbito anglosajón o R. Riesner en el ámbito alemán – que la causa de la muerte de Jesús sigue siendo un “enigma” (riddle, Rätsel).

El punto de partida propiamente dicho de la tesis del autor es una reconsideración de las noticias sobre Pilato que se encuentran en Flavio Josefo y en Filón de Alejandría, las cuales según el autor testimonian que Pilato estaba sometido a una constante presión (“ständiger Druck”) en razón de su cargo. El autor analiza ulteriormente los episodios neotestamentarios referidos a los galileos cuya sangre fue mezclada por Pilato con sus sacrificios (lo que incluye una extensa discusión de las ideas vertidas por J. Blinzler en su artículo “Die Niedermetzelung von Galiläern durch Pilatus”, Novum Testamentum 2, 1957) así como a la violenta sedición (stásis) mencionada por Mc 15,7 y Lc 23,19.

En este contexto, el autor prosigue afirmando que resulta sorprendente que el impacto psicológico de tales episodios sobre el prefecto no se hayan tomado hasta ahora apenas en consideración a la hora de sopesar las razones de la muerte de Jesús. En su opinión, la tensión acumulada durante varios años de gobierno, así como la generada por los más recientes episodios violentos de los que nos informan los Evangelios, debieron de producir en el prefecto una preocupación adicional, ansioso como estaba de hacer un buen papel ante Tiberio (y acaso también ante Sejano). Queda por dilucidar si fue la causa principal. Siguiendo la communis opinio, Schneeschmelzer asegura que fueron las autoridades judías las que, llevadas por la ira creciente contra Jesús, presionaron al prefecto para eliminarle. Ahora bien, ¿por qué Pilato se atrevió a condenar a un hombre al que a todas luces consideraba inocente?

Una hipótesis, según el autor nunca barajada anteriormente pero extremadamente plausible, es que Pilato padeció con toda probabilidad en esa época de Pascua severísimos episodios de dolores de cabeza (“An jenen Tagen leidete wahrscheinlich der Prefekt Pontius Pilatus an einen schrecklichen Kopfschmerz…”), que el autor identifica en lo que sigue de modo más técnico y preciso. De hecho, el autor dedica entonces toda una sección de su artículo a una exposición de casos de somatización en función de problemas de ansiedad (“cefalea tensional”), y a la aparente presencia de tales casos en la literatura clásica, desde la tragedia griega hasta las obras de Plauto y Apuleyo. La erudición y virtuosismo es perceptible en el hecho de que Schneeschmelzer no solo toma en cuenta la literatura médica moderna, sino que también correlaciona su análisis con multitud de datos tomados del Corpus Hippocraticum.

Un dato adicional traído a colación por Schneemelzer es que la mujer del prefecto acostumbraba a soñar de modo conspicuo por las noches. Como texto de prueba, el autor aduce Mt 27, 19: “porque hoy he sufrido mucho [pollà gàr épathon] en sueños [kat’ ónar] por causa de él”, cuya posible historicidad es defendida con un ingenioso y pormenorizado argumento (que lamentablemente no es posible desarrollar aquí). Debe suponerse, prosigue el autor, que los frecuentes sueños agitados de esta excitable matrona despertaban a Pilato, turbando ulteriormente su reposo. Ahora bien, concluye el de Tübingen con indudable lógica, “la falta de sueño (Mangel an Schlaf)" solo pudo acrecentar la irritabilidad del prefecto (“die Irritabilität des Prefekts vermehren”).

En una sección ulterior dedicada a los dos crucificados con Jesús según los cuatro evangelios canónicos, el autor de Tübingen cita al egregio escriturista católico Joseph Fitzmyer, quien en su comentario al Evangelio de Lucas escribió: “We are not told whether they are Jews or pagans” (Fitzmyer, The Gospel According to Luke, vol. II, Doubleday, New York, 1986, p. 1509). A raíz de esta observación y otras similares insinuadas en la amplia literatura exegética, el autor plantea la intrigante posibilidad de que los dos individuos crucificados por Jesús no fueran judíos sino paganos.

Más aún, mediante una compleja argumentación que integra recientes descubrimientos epigráficos y arqueológicos, el autor incluso aventura la posibilidad de que fueran dos sirvientes del pretorio, de nombres Cris[ipo] y Sedonio, provenientes de Sebaste o de Cesarea, a quienes Pilato, en un arrebato de funesta irritación, habría decidido escarmentar junto a Jesús. El autor, no obstante, reconoce prudentemente que este es el aspecto más especulativo de su hipótesis.

Aunque el profesor de Tübingen ha presentado su idea tan solo como una “conjetura probable”, esta ha despertado ya una amplia atención en los círculos exegéticos. La hipótesis está siendo discutida apasionadamente en las principales cátedras de Teología y Nuevo Testamento de al menos Alemania, Austria y Suiza. Las secciones dedicadas al estudio de Jesús y a la aplicación de la medicina y las ciencias sociales al estudio del Nuevo Testamento en la Society of Biblical Literature y la Studiorum Novi Testamenti Societas están preparando actualmente seminarios internacionales para evaluarla.

Dada la trascendencia del asunto, la próxima semana añadiremos algunos comentarios al respecto.


PD. La próxima semana más...

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Tuesday, April 24, 2012

El discreto encanto de la teología: Los "teólogos" y sus distorsiones, o la insondable divinidad - Fernando Bermejo



Las noticias acerca de dignatarios eclesiásticos cristianos espiando, condenando o censurando a los así llamados teólogos como presuntos desviados, herejes o distorsionadores no llaman la atención al historiador, pues son la tónica general de una religión cuyas sagradas escrituras contienen ya numerosos anatemas de correligionarios, sin excluir en ello tendencias asesinas (siguiendo en esto la estela de la actividad de su amoroso Dios, incluso antes de llegado el Dies irae: ahí tenemos, por ejemplo, la conmovedora historia de Ananías y Safira en el capítulo 5 de los Hechos de los Apóstoles). El resto de la historia de la sedicente religión del amor proporciona ejemplos inagotables de la caridad con que cada día los cristianos se tratan entre sí.

Aunque a uno le susciten espontáneamente simpatía minorías y censurados, en estos casos debemos refrenar nuestros impulsos para poder comprender en qué consisten realmente estos rifirrafes intra-cristianos. De hecho, bien mirado, censurados y censuradores acostumbran a parecerse extraordinariamente entre sí – desde luego, mucho más de lo que casi todos ellos parecen dispuestos a reconocer –. Para empezar, no en vano muchos dignatarios episcopales entre los censuradores gustan de darse ínfulas intelectuales (aunque la mayoría no distingan la ética de la química o la hipóstasis de la apocatástasis) y muchos a quienes censuran no son otra cosa que sedicentes teólogos, mientras que los mismos - también sedicentes - teólogos examinados son a menudo eclesiásticos a los que, como tales, generalmente no les habría desagradado en absoluto ascender en el cursus honorum obteniendo cada vez más altas dignidades.

Por otra parte, todos ellos, condenadores y condenados, censuradores y censurados, comparten las Fantasías Fundamentales de la Fe. Todos creen a pies juntillas en una enorme cantidad de cosas pintorescas (que ellos llaman “verdades”), incluyendo la incomparable superioridad del cristianismo sobre el resto de las visiones del mundo, la creencia en que algunas palabras pronunciadas a modo de conjuro les facultan para transmitir el así llamado Espíritu divino, en que el predicador visionario Jesús de Nazaret fue – y no solo en cuanto homo sapiens – el No-Va-Más, en que en comparación con él sus contemporáneos eran unos tarados espirituales y morales (y que por eso lo mataron), en que los no creyentes no son humanos comme il faut, y otras muchas cosas no menos ocurrentes y divertidas.

Condenadores y condenados, censuradores y censurados se parecen, asimismo, por su modus operandi. Habiendo adquirido sin mucho esfuerzo, gracias a su incorporación en un colectivo clerical, prestigio y reconocimiento social (además de otras ventajas que los sociólogos de la religión llaman “compensadoras”), todos ellos resultan idénticos en el hecho de ser vendedores de Humo, especialistas en la Nada, expertos en lo Indemostrable, consumados doctores en Charlatanería, administradores de la Confusión, turiferarios del Mito y trileros de la Esperanza.

Todos ellos se asemejan, en fin, en que proclaman ser los “verdaderos seguidores” de Jesús. Aunque ninguno sienta el más mínimo respeto por la Ley de Moisés que el visionario galileo respetó, y aunque ni uno solo de ellos albergue, ni en sueños, las muy concretas esperanzas ni el amor del judío por su pueblo, todos se llenan la boca con la pretensión de ser los intérpretes más fieles de su “espíritu” – algo tanto más fácil cuanto que Jesús, ay, no puede levantarse de su tumba para desmentirlos –. Para todos ellos, Jesús es el comodín que – convenientemente deshistorizado y mistificado – usan permanentemente y sin que se les caiga la cara de vergüenza.

Por lo demás, a diferencia de las verdaderas e incontables víctimas – los perseguidos, los ninguneados, los destrozados, los torturados, los quemados – de esa misma Iglesia a la que tan gozosa y orgullosamente todos ellos pertenecen, a los “teólogos” censurados de hoy en día no les ocurre ni les ocurrirá nada realmente grave. Al menos mientras no cambien las tornas, las jerarquías de turno no tienen ya el poder para arruinar la vida de quienes no se postran como borregos ante ellos. De hecho, hoy en día, a los censurados por sus queridos colegas las censuras les sirven incluso para aumentar las ventas de sus libros y su presencia mediática (ser censurado puede añadir incluso un plus de “malditismo” que a muchos no les desagrada en absoluto, en especial cuando no les priva de los privilegios de que hasta el momento han gozado en sus Iglesias). En cualquier caso, quienes necesitan consuelo, apoyo, una mano o una palabra amiga, no son ellos. Las verdaderas víctimas de este mundo – y se cuentan por decenas y cientos de millones – no se encuentran ciertamente en las poltronas de los “teólogos”.

De hecho, los “teólogos” condenados o censurados tienen hoy grandes grupos de fans. Cuando las víctimas de la Iglesia eran condenadas, nadie levantaba un dedo por ellas (como no fuera para añadir alguna ramita a la hoguera). Pero los teólogos modernos – que acostumbran a llevar vidas bastante agradables – tienen lectores, simpatizantes y seguidores que se cuentan por cientos y aun por millares, que se movilizan por Twitter y Facebook de inmediato cuando los más encarnizados perros del Señor se sueltan de sus correas para lanzar sus ataques. Objeto del aplauso de muchos, no son en absoluto – y por fortuna – víctimas de la soledad ni de la opresión.

El apoyo de que gozan los “teólogos” es algo que resulta francamente comprensible, pues cumplen una función imprescindible e impagable en calidad de esthéticiennes de la fe. Dada la más que dudosa plausibilidad de muchas de las creencias de las corrientes cristianas mayoritarias (aunque en ella no le van a la zaga otras creencias, religiosas o no), no pocos de los creyentes que se permiten la funesta manía de pensar – incluyendo a los así llamados teólogos – acaban sintiendo la imperiosa necesidad de algún tipo de ajuste balsámico para afrontar un sistema de ideas y mandamientos que les resulta opresivo, no del todo inteligible o convincente, o al menos ocasionalmente inquietante. Trinidad, cristología, soteriología, escatología, moral cristiana (sin olvidarnos de saberes tan enjundiosos como la mariología o la josefología) sobreabundan hasta tal punto en afirmaciones peregrinas, disparatadas y esperpénticas y generan tal número de rompecabezas que cualquier cerebro no irreparablemente dañado necesita una buena cantidad de ajustes para poder seguir conviviendo con tales engendros sin morirse del susto, de risa, de bochorno o de mala fe.

A esta labor de ajuste estético, maquillaje y aun de lifting se dedican los así llamados teólogos, mediante una más o menos alambicada jerga y la utilización oportuna de disiecta membra extraídos por lo general de la filosofía, la antropología o la sociología, con el objeto de intentar dotar de una cierta respetabilidad a una visión del mundo en la que, junto a algunas ideas bonitas y – en raras ocasiones – incluso sublimes, la más desbocada fantasía, la insensatez, la incoherencia y la arbitrariedad campan a sus anchas. De este modo, gracias a los cosméticos y afeites teológicos, muchos cristianos – comenzando por los propios “teólogos” – logran convencerse de que los delirios en que creen merecen realmente el asentimiento, y acaban comulgando con una considerable cantidad de ruedas de molino.

No obstante, los intentos de racionalizar el delirio solo pueden engendrar nuevos delirios, en un interminable y delirante ciclo cuya contemplación es uno de los medios más efectivos de convencer al espectador de que la humanidad es una especie con la que, al menos si de racionalidad se trata, no hay nada que hacer. No obstante, a quien está instalado en el delirio, la racionalización del delirio – siempre y cuando coincida con sus propias intuiciones racionalizadoras – puede llegar a proporcionarle un bálsamo efectivo, lo que explica que cierta clase de personas, al leer las obras de algunos “teólogos”, experimenten un sentimiento de alivio e incluso de placentera liberación. Esto permite comprender, a su vez, la constitución de los mencionados grupos de fans teológicos y la profunda veneración que sus miembros sienten por sus gurús. De hecho, basta con que los “teólogos” logren colocar algún interrogante en el mundo mítico en el que respiran, o dar una versión aparentemente menos enloquecida de alguno de los comunes desatinos, para ipso facto hacer creer a muchos – y ante todo, a ellos mismos – que son mentes privilegiadas y aun adalides de la Ilustración.

Por supuesto, como siempre entre cristianos – y entre humanos en general –, lo que a unos les produce alivio, a otros les causa una insoportable urticaria. Y ahí tenemos a los Cancerberos de la Fe, a los Guardianes de la Ortodoxia, a los Teólogos de la Uniformidad y a quienes los jalean, a los que ni siquiera conservan la necesidad de racionalizaciones ulteriores porque el Amén ha embutido sus existencias hasta el punto de que el sentido de su vida consiste en asentir sin rechistar a lo que diga el catecismo o el papa de turno. Cuanto menos seguros se sienten de sí mismos, más necesitan que otros concuerden con ellos y más nerviosos les ponen aquellos cuya voz no es un eco exacto de la suya. Y así, cum vociferatione, invocan las llamas del infierno no solo para quienes sin la menor duda se lo merecen (ateos e infieles de toda laya), sino también para sus propios correligionarios, aunque estos crean básicamente lo mismo que ellos. Lo bastante ciegos para no reconocer sus propias y descomunales distorsiones, acusan de distorsiones a sus semejantes. Quien esté libre de pecado… o ex falso quodlibet.

Pocos como Jorge Luis Borges han visto con tanta lucidez en qué consisten las disputas teológicas, su inanidad última y el carácter funesto de sus consecuencias. En su cuento “Los teólogos”, narra el fatal enfrentamiento de dos de ellos, Aureliano y Juan de Panonia, uno de los cuales consigue que el otro acabe quemado en la hoguera y más adelante obtiene un desenlace parecido. El memorable relato termina así:
El final de la historia sólo es referible en metáfora, ya que pasa en el reino de los cielos, donde no hay tiempo. Tal vez cabría decir que Aureliano conversó con Dios y que Éste se interesa tan poco en diferencias religiosas que lo tomó por Juan de Panonia. Ello, sin embargo, insinuaría una confusión de la mente divina. Más correcto es decir que en el paraíso, Aureliano supo que para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona”.
Exactamente igual, cabría apostillar, que para la impía mente del ateo.

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Sunday, February 19, 2012

Completamente de acuerdo con F.Bermejo (Juan el Bautista y Jesús de Nazareth) - Antonio Piñero


Una recreación del rostro de Jesús no muy "cristianamente correcta" por parte del Discovery Channel

Me paso por el Blog de Religión de Antonio Piñero y me encuentro con un post donde da paso a un comentario inicial de una contribución de Fernando Bermejo en la revista Bandue. Su artículo se titula "La relación de Juan el Bautista y Jesús de Nazaret en la historiografía contemporánea: la persistencia del mito de la singularidad de Jesús” y parece bastante interesante.

Antonio Piñero comienza su comentario del mencionado artículo, que le ocupará varios post, destacando:
El planteamiento de la cuestión por parte de Bermejo comienza por afirmar que todo personaje, y más si ha dejado impacto es singular. Esto es obvio, pero también lo es para que alguien, en el ámbito de la historia pueda ser considerado absolutamente singular hacen falta argumentos absolutamente poderosos y convincentes.

Es más, la singularidad absoluta, como se pretende en ocasiones al calificar así la figura de Jesús, es casi imposible en la historia. Y en segundo lugar “la posibilidad de hallar términos de comparación para lo pretendidamente singular en la Palestina del s. I e.c. está singularmente limitada por la escasez de fuentes disponibles”. Hay que observar, además, como punto de partida es que la impresión popular sobre la pareja Juan Bautista y Jesús era que el segundo era como un Bautista redivivo (“Se enteró el rey Herodes, pues su nombre se había hecho célebre. Algunos decían: Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas”. «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» (Mc 6,14); “Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas»” (Mc 8,28))

La segunda observación de Bermejo es que “De hecho, la incomodidad que la impronta de la fuerte personalidad del predicador palestino Juan el Bautista creó en los autores de los Evangelios –cuyo indiscutible héroe parece haber sido uno de los seguidores de aquel– los llevó a introducir en el relato de Marcos alteraciones deliberadas, cuya implausibilidad ha sido reconocida por la crítica moderna”. Y el ejemplo está en las modificaciones del relato del bautismo de Jesús desde el mismo Evangelio de Marcos (que añade una teofanía, es decir, una audición de una voz divina, y la visión de un símbolo, una paloma, para firmar que Jesús no era de modo alguno un pecados, sino “el Hijo amado, en el que Dios se complace” (Mc 1,11), hasta el Evangelio de Juan donde el bautismo ha sido eliminado Y sustituido por una proclamación de Juan Bautista de la divinidad y de la función de mártir de Jesús cuya muerte como cordero (pascual) eliminará los pecados del mundo. Es bien sabido que todo la imagen que se desprende de este cambio en el episodio del bautismo ha sido considerado totalmente implausible por la crítica moderna incluso católica.

La tercera observación respecto al estado de la crítica sobre la relación Juan Bautista y Jesús es la siguiente “La lectura crítica de los Evangelios y de la noticia relativa a Juan el Bautista en Flavio Josefo (Antiquitates Judaicae 18, 116-119) ha permitido obtener una visión sensiblemente distinta: la reconstrucción histórica de la figura de Jesús a partir del s. XVIII ha corrido pareja con la de la figura de Juan, lo cual ha redundado en el descubrimiento de la importancia de este y de su relevancia e idiosincrasia en el judaísmo palestino del s. I d.C."

A su vez, esto ha permitido reconocer sin ambages el impacto decisivo que Juan tuvo sobre la figura de Jesús y la continuidad en el mensaje de ambos individuos/ sujetos. Hasta tal punto es así, que –a pesar de las limitaciones de las fuentes disponibles– una comparación detallada arroja como resultado la existencia de numerosísimos paralelismos y semejanzas entre ambos predicadores, lo cual resulta obviamente muy relevante para una correcta categorización socio-religiosa del galileo como un profeta popular de liderazgo y, por ende, como contribución a un juicio histórico equilibrado sobre los orígenes del cristianismo”.
Sin embargo, lo que me parece más destacado, y elemental, es una nota final de F.Bermejo que subraya Antonio Piñero:
"Es menester tener en cuenta que una buena parte de los resultados virtualmente seguros obtenidos en la historia de la investigación contradicen la imagen de Jesús consagrada en la visión eclesiástica. Por ejemplo, Jesús fue religiosamente un judío (en ningún sentido el “fundador” del cristianismo); fue bautizado por Juan (lo que permite traslucir su conciencia de pecado); tomó muchas ideas de Juan (su originalidad es limitada); ciñó su predicación a Israel (no fue un universalista, y albergó prejuicios antipaganos); creyó en la llegada inminente del Reino de Dios (es decir, se equivocó); no contradijo la Torá ni se salió de su marco (no “superó” el judaísmo en ningún sentido); fue arrestado y ejecutado por la autoridad romana, verosímilmente por razones políticas (su destino es comparable al de tantas figuras históricas). Estos resultados, nolens volens, obligan a postular un alto grado de discontinuidad entre Jesús y su imagen en las corrientes cristianas históricamente exitosas. En otro lugar he conjeturado que este hecho explica la existencia de una corriente exegético-teológica (tanto católica como protestante) en la que, sin fundamento argumentativo suficiente, se proclama la irrelevancia del estudio histórico de la figura de Jesús"

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Monday, January 23, 2012

Punto final. Antijudaísmo cristiano, el cuento de nunca acabar - Fernando Bermejo


La crucifixión blanca de Chagall, un judío en la cruz

Dado que las cuestiones planteadas en mi post de la semana pasada [N.P.: que adjunto a continuación] han generado numerosos comentarios de todo signo y condición, escribo hoy para aclarar algunos extremos y dejar aún más claro lo que pienso al respecto.

1.- En mi post anterior, señalé que – como han argumentado detenidamente muchos respetados autores a los que sería paranoide (por no decir, simplemente: idiota) acusar de paranoicos – el antijudaísmo forma parte del núcleo duro del pensamiento cristiano. Comencé haciendo referencia a varios autores y autoras bien conocidos en la investigación sobre este tema, y como obra muy reciente cité un libro de Amy-Jill Levine (una estudiosa bien conocida en la investigación sobre Jesús, y que es la única mujer judía que forma parte del consejo de redacción del Journal for the Study of the Historical Jesus, integrado mayoritariamente por varones cristianos), evidentemente no como argumento de autoridad, sino precisamente porque esta autora es una de las que ha reflexionado sobre el instructivo hecho de que se puede ser un cristiano inteligente, bienintencionado e incluso progresista, y al mismo tiempo tener sin embargo instalado en lo más profundo tics antijudíos, que se manifiestan aun inconscientemente. Dado que yo he escrito un simple post (no un artículo o un libro), resulta poco razonable (como hace algún lector) pedir que yo reproduzca los ejemplos que pone esta autora. Quien esté interesado, tiene una amplia bibliografía disponible.

2.- La idea de que se puede ser un cristiano inteligente y bienintencionado (e incluso progresista) y al mismo tiempo tener sin embargo instalado en lo más profundo tics antijudíos resulta contraintuitiva (uno esperaría que el cristiano inteligente y bienintencionado – como en general las personas inteligentes y bienintencionadas – haya superado totalmente tales prejuicios), pero lo contraintuitivo no es, ni mucho menos, siempre falso (no es necesario llegar a niveles subatómicos y hablar de física cuántica para advertirlo). Y es precisamente porque esta idea refleja un hecho incontrovertible por lo que me parece interesante reflexionar sobre ella en compañía de nuestros lectores. Que muchos cristianos pretendan negar a toda costa esta verdad es muy comprensible (es ciertamente una verdad difícil de digerir), y ya solo esto permite comprender el escasamente caritativo tono de los comentarios de algunos lectores.

3.- No estará de más decir explícitamente que, aunque el antijudaísmo forma parte del núcleo del pensamiento cristiano, y aunque por tanto los tics antijudíos aparecen por doquier en la exégesis y la teología cristianas, hay cristianos capaces (tras un arduo trabajo intelectual y emocional) de deshacerse de algún modo de aquél. De hecho, personas como G. F. Moore o Charlotte Klein fueron cristianos (esta última nació judía). Pasa con esto lo mismo que con la figura histórica de Jesús: al igual que los estudiosos cristianos que son capaces de distinguir nítidamente entre historia y teología son una muy exigua minoría (pero existen), los cristianos que son capaces de superar su antijudaísmo son una muy exigua minoría (pero existen). Omnia praeclara rara.

4.- Como ejemplo del alcance del tic antijudío en personas a las que nadie acusará (tampoco, nótese bien, el autor de estas líneas) de cabal antijudaísmo puse el ejemplo de una afirmación reciente de un teólogo español, que repito aquí:
Los mismos procedimientos y calumnias con que hace dos mil años otros amargaron la vida a Jesús de Nazaret... hasta asesinarlo
Queda perfectamente claro que, aunque aquí no se nombre a los judíos, son los judíos los referidos. No es solo que – a pesar de lo que intenta argumentar un lector - no parece poder decirse que los romanos calumniaran a Jesús, sino que la continuidad expresada en la frase – procedimientos y calumnias... hasta asesinarlo – no puede evidentemente referirse a las autoridades romanas, las cuales (que sepamos) tuvieron contacto directo con Jesús solo al final de la vida de este. El texto se refiere obviamente a judíos, y afirma que estos asesinaron a Jesús. Y esto reproduce la fabulación, contenida en los Evangelios canónicos (y tras ellos en innumerables obras cristianas) acerca de los adversarios (judíos) de Jesús empeñados en eliminar a este desde el principio, hasta que al final lo consiguen. La frase del teólogo delata, por tanto, quiérase o no, un tic antijudío.

5.- A diferencia de lo que dice un lector, yo no “juzgo” al teólogo en cuestión. Me limito a poner nombre a lo que hace. Dar a entender que los judíos asesinaron a Jesús es reproducir una aberración histórica con gravísimas consecuencias morales, aunque se haga de paso y sin mencionar a los judíos. Me limito a poner otro ejemplo de cómo una persona que seguramente no cree ser (y sin duda no puede ser calificada de) “antijudía” puede decir cosas que delatan, en el fondo, profundos prejuicios antijudíos. Y puede hacerlo porque el mito cristiano fundamental, que este teólogo comparte, es intrínsecamente antijudío (v. infra). El simple interés del caso es que hablamos de un teólogo progresista en la España contemporánea, no de un teólogo nazi ni de un discípulo de Bultmann en la Alemania de la posguerra, algo que nos quedaría un poco más lejos.

6.- Tienen evidentemente toda la razón los lectores que afirman que los judíos son como los demás humanos y se les puede criticar. Gran verdad, a fe mía, pero yo jamás niego perogrulladas. Y podría ser que algunas autoridades judías hubieran tenido una cierta participación en el arresto de Jesús, y afirmar esto no implicaría antijudaísmo. Cierto, pero yo no he afirmado lo contrario. Así pues, las proclamas de algunos lectores sobre que no resulta antijudío postular que pudo haber una participación judía en el destino de Jesús no tocan en lo más mínimo a mi argumento ni constituyen un argumento contra mí (véase lo que sigue).

7.- El antijudaísmo se evidencia no en la aceptación de algún tipo de participación judía en la muerte de Jesús – y por ello ni Ed Sanders ni B. Ehrman necesitan padecer de antijudaísmo –, sino en postular (por prejuicios teológicos) determinados modos de participación para los cuales no hay fundamento histórico. Por ejemplo, existe una diferencia muy sustancial entre afirmar que las autoridades judías, tras una acalorada discusión y como mal menor, decidieran parar los pies a un Jesús políticamente peligroso colaborando en su arresto para evitar el probable derramamiento de mucha sangre inocente (como puede deducirse de una lectura crítica del Cuarto Evangelio: Juan 11, 47-50) y afirmar que esas autoridades judías, por odio o envidia, utilizaron “procedimientos” (torticeros) y “calumnias” para “amargar la vida” a Jesús hasta “asesinarlo”. La diferencia entre ambas ideas es abismal, y espero que todo lector sea capaz de verla (pues quien no la viera, francamente padecería de un gravísimo problema de percepción). La primera no implica antijudaísmo, la segunda sí.

8.- Y aquí se halla el problema (o uno de ellos): que la suma de calumnias e interpretación in pessimam partem que sobre las autoridades judías nos regalan a menudo los Evangelios es aceptada como fiable (¡cómo no, si son considerados Sagrada Escritura!) en el mundo cristiano, comenzando por el mundo de la exégesis y la teología. Así, la muerte de Jesús (el gran Jesús, el paradigma de todas las virtudes, el individuo único al que se adora) se explica por el odio y la envidia que por él sentían muchos de sus correligionarios, espiritualmente muy inferiores y que no eran capaces de soportar su maravillosa superioridad espiritual.

Este cuento cristiano es al mismo tiempo un cuento chino, no porque los correligionarios de Jesús fueran tipos maravillosos (los jerarcas religiosos judíos no fueron seguramente mejores, moralmente hablando, que los jerarcas cristianos – entre los cuales hay gente muy noble y decente, pero también una gran cantidad de cínicos y miserables –), sino por dos razones que tienen todos los visos de ser históricamente fiables:
1ª) Jesús de Nazaret fue crucificado, es decir, ejecutado con una pena romana según el derecho romano 
2ª) los propios Evangelios ofrecen información abundante que apunta a que los romanos tuvieron razones suficientes para crucificar a Jesús (sin necesidad alguna de ser instigados a ello por judíos; v. infra).
9.- Presupongo en todos nuestros lectores la capacidad de (a) distinguir entre asesinato y ejecución; (b) entender que en muchos casos no existe distinción real entre ambas, pues muy a menudo, en el mundo humano, la ejecución es un asesinato encubierto. Confío en que los lectores presupongan que también yo tengo esta doble capacidad (aunque algún amable lector parece sugerir lo contrario). Por tanto, debo de tener alguna razón para haber observado que las autoridades romanas responsables de la muerte de Jesús habrían considerado la crucifixión como una ejecución (legítima), no como un asesinato (arbitrario): “el poder romano habría dicho que fue ejecutado por un crimen de lesa majestad”. Pues bien, establecer una distinción en el caso de Jesús de Nazaret entre asesinato y ejecución, presupone una visión determinada de cuáles fueron con mayor probabilidad las razones de la crucifixión de este personaje. Esta visión no puede ser explicada en dos líneas, aunque hace tiempo dediqué (también mi colega A. Piñero) algunos posts a esta cuestión. En apretada síntesis, digamos que existe un buen número de detalles en los propios Evangelios que explican suficientemente por qué Jesús fue crucificado por los romanos: la acusación contenida en Lucas 23, 2 respecto a la prohibición de Jesús de dar tributo al César (en conexión con una lectura crítica de Marcos 12,13-17); la exigencia de Jesús a sus discípulos para la adquisición de espadas en Lucas 22,36-38; la presencia de armas en el grupo de los discípulos y la resistencia armada en el arresto; la violencia implicada en el episodio del Templo; la conexión establecida en Juan 11,47-50 entre la creencia en (el mensaje de) Jesús y una intervención romana; el juicio por Pilato; el titulus crucis (pretensión de ser “rey de los judíos”); la noticia evangélica sobre una (probablemente muy reciente) sedición en Jerusalén; la crucifixión de Jesús entre “lestai”, etcétera.

10.- Aunque la aplastante mayoría de exegetas y teólogos cristianos (por no hablar de los cristianos en general) pasan de puntillas por estos datos evangélicos, intentan negar su validez u ofrecen de ellos interpretaciones rocambolescas o forzadas, la convergencia de todos esos indicios apunta en el sentido de que Jesús de Nazaret, aun sin ser un zelota, no fue ajeno a la resistencia política contra Roma. Esto explica del modo más sencillo y natural que Jesús fuera crucificado, es decir, ejecutado por un delito de lesa majestad. Por tanto, al escribir que Jesús de Nazaret no fue asesinado por los judíos, sino ejecutado por los romanos, estoy afirmando que la reconstrucción histórica más probable de los acontecimientos permite concluir que Jesús – a diferencia de muchas víctimas totalmente inocentes que en el mundo han sido, son y serán – parece haber sido objetivamente concausa de su propia muerte (aunque a mí personalmente - ¿hace falta decirlo? – toda ejecución me repugna). Y que su muerte puede explicarse sin necesidad alguna de postular un sórdido complot por malévolos judíos de nariz ganchuda y torva mirada, que conspiraron contra él para asesinarlo, movidos por el odio, la envidia y la mala baba.

11.- El problema, por supuesto, es que la admisión cabal de esta explicación de la muerte de
Jesús hace que el mito cristiano central se derrumbe hecho añicos. Se derrumba la fantasía del “Jesús víctima pacífica e inocentísima”, se derrumba la fantasía de los “romanos benévolos o al menos engañados”, se derrumba la fantasía de las “autoridades judías malas malísimas que odiaban a Jesús porque lo sentían como infinitamente superior moral y espiritualmente a ellos”, se derrumba, en definitiva, el mito evangélico central.

Dado que es de prever que los cristianos, y en primer lugar los intelectuales cristianos, harán todo cuanto esté en su mano para no reconocer que el mito cristiano central no parece merecer el menor crédito, puede entenderse que para apuntalar tales resistencias prefieran seguir ateniéndose a lo esencial del relato contenido en los Evangelios canónicos (que para eso son sus Sagradas Escrituras), aunque no pocos elementos de ese relato sean no solo históricamente inverosímiles sino también moralmente deletéreos. Así se explica que personas que jamás admitirán conscientemente ser antijudías – y de las que ciertamente no se puede decir que defiendan una concepción cabalmente antijudía – puedan seguir padeciendo toda su vida inconscientes tics antijudíos.


Antijudaísmo y hardware cristiano - Fernando Bermejo

A lo largo del siglo XX, diversos estudiosos (George Foot Moore, Samuel Sandmel, Charlotte
Klein o Ed Sanders, entre otros) denunciaron repetidamente – a veces, expresando comprensible hartazgo – la existencia de prejuicios antijudíos en la exégesis y la teología cristianas (incluyendo a los autores más representativos de estas), y la caricaturización del judaísmo concomitante.

En 2006, la estudiosa judía Amy-Jill Levine, en su libro The Misunderstood Jew (El judío malentendido) mostró cómo en las últimas décadas, exegetas y teólogos cristianos siguen caricaturizando el judaísmo de tiempos de Jesús (una magnitud, añadamos, en buena parte desconocida). Levine no se refiere a fundamentalistas ignorantes y cerriles o a teólogos dogmáticos ultramontanos, sino que pone ejemplos de retórica antijudía extraídos de las obras de gente considerada tan progresista como los teólogos de la liberación Gustavo Gutiérrez o Leonardo Boff, o de teólogas cristianas feministas.

Como afirma Levine, “el mal de la interpretación antijudía bíblica y teológica es tan pernicioso, tan omnipresente, que afecta incluso a aquellos que buscan su erradicación [:] el antijudaísmo es promovido incluso por las mejores instituciones, los teólogos más progresistas y los más sensibles de entre quienes trabajan por la justicia y la paz”. En una palabra, estamos hablando de un aspecto que forma parte del hardware cristiano.

Hace algunas semanas, un conocido teólogo de nuestro país, con fama (según creo) de progresista – y cuyo nombre, dado que no voy a hacer un elogio ni una crítica individualizada, prefiero omitir –, dejaba constancia en una entrevista reflejada en las páginas de Religión Digital de las disputas entre cristianos católicos en la España contemporánea. El párrafo, refiriéndose a católicos conservadores que critican a otros, terminaba de esta guisa (literal):
En el fondo, reproducen hoy los mismos procedimientos y calumnias con que hace dos mil años otros amargaron la vida a Jesús de Nazaret... hasta asesinarlo
Dado que las fuentes disponibles no nos dicen que los romanos “amargaran la vida” a Jesús de Nazaret (excepto, claro, en sus últimos momentos) y dado que no dice que lo calumniaran, pero dado que sí dicen que esto lo hicieron algunos de sus correligionarios, si la transcripción de la entrevista está bien hecha, nuestro teólogo parece estar efectuando una comparación de algunos cristianos contemporáneos con los adversarios judíos de Jesús. O sea, el teólogo en cuestión está afirmando que Jesús no solo fue “asesinado” (aunque el poder romano habría dicho que fue ejecutado por un crimen de lesa majestad: que si la pretensión de ser rey de los judíos, que si una intervención violenta en el Templo de Jerusalén en plena Pascua, que si las armas del grupo: ya saben), sino que fue asesinado por sus adversarios judíos.

Ciertamente, se dirá, esto es lo que se espera que diga un teólogo cristiano – tanto más si es un eclesiástico –, pues no en vano los cristianos llevan un par de milenios distorsionando la historia de este triste modo. Y, en efecto, esto es lo que uno espera de un teólogo, por muy progresista que se declare (o los demás le declaren): que reproduzca los mitos fundamentales derivados de las Escrituras que juzga sagradas y que sostienen su visión del mundo, y la de aquellos que lo leen. Al mismo tiempo, sin embargo, es la propia intelligentsia cristiana la que no deja de presumir de haber sido alcanzada de lleno por la Ilustración, de saber qué es eso de la crítica histórica y las Tendenzen, y de haber dejado atrás los más burdos prejuicios antijudíos.

El aserto del teólogo es tanto más elocuente, cuanto que no está escribiendo sobre el judaísmo explícitamente, y por tanto lo que sale de su boca es sin duda lo que realmente piensa (y lo que sabe que los suyos comparten con él) en el fondo de su corazón y de su cabeza. Tal vez el teólogo no quisiera decir lo que dijo, pero el caso es que es eso exactamente lo que dijo, perpetuando de este modo una de las distorsiones más repulsivas, aberrantes y deletéreas que debemos a la concepción cristiana del mundo, y que ha sembrado en este (y seguirá sembrando) inacabables males. Este es solo un ejemplo – entre los miles que podrían mencionarse - del antijudaísmo que forma parte del hardware cristiano, que sigue operativo hoy en día y que seguirá siéndolo, tal vez, durante siglos. Pero si esto lo hace un teólogo cultivado, que sin duda lee muchos libros, y al que hay que suponer una cierta inteligencia e incluso tal vez una cierta sensibilidad moral (digo “tal vez”, porque lamentablemente ambos valores no siempre van parejos), uno puede deducir fácilmente qué (no) harán los demás.

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Sunday, January 22, 2012

El antijudaísmo cristiano, o la realidad inexistente - Fernando Bermejo



El año pasado, una colega y amiga que trabaja en el ZfA (el Centro para la investigación del antisemitismo, de la Technische Universität de Berlín) me remitió copia de un trabajo en curso, que contiene diversos datos sobre la historia del antijudaísmo sumamente interesantes. Recupero uno de ellos, pues creo que puede ser muy revelador para que nuestros lectores más reflexivos comprendan mejor algunas reacciones suscitadas por algunos textos de este blogger.

A principios de los años 50 del s. XX, mucho antes de que se hubieran publicado obras sobre la responsabilidad de los ciudadanos corrientes en el Tercer Reich tan relevantes como la de Christopher Browning (Ordinary Men. Reserve Police Battalion 101 and the Final Solution in Poland), un grupo de psicólogos alemanes llevó a cabo un estudio relativo a los prejuicios de la sociedad germana y al grado de complicidad que esta tuvo con el antijudaísmo y el antisemitismo de entonces.

Uno de los experimentos consistió en lo siguiente. Se seleccionaron varias afirmaciones acerca del judaísmo que se encontraban expuestas en términos virtualmente idénticos tanto en los discursos de gerifaltes y publicaciones nazis (alguna, procedente incluso de Der Stürmer) como en obras y homilías de pastores y teólogos cristianos de los años 30 y 40. Las frases versaban sobre la inferioridad espiritual y moral del judaísmo, la responsabilidad de los judíos en la muerte de Jesús, la necesidad de superar el judaísmo o la superación (“Aufhebung”) del judaísmo por Jesús y el cristianismo.

Las frases eran leídas por los entrevistados, quienes – aunque podían comentar y matizar su respuesta aparte – debían ofrecer una respuesta clara (“” o “No”) a la pregunta “¿Calificaría Vd. esta afirmación como un ejemplo de Judenhass ('odio a los judíos', 'antijudaísmo')?

En una de las pruebas, las frases eran mostradas a los entrevistados como formando parte de un documento gráfico plagado de simbología del NSDAP: fotos de Goebbels, Hitler o Julius Streicher, portadas de Der Stürmer, uniformes de las SA, esvásticas, etc. En otra – realizada con algunos días o semanas de diferencia –, las frases formaban parte de un contexto visual religioso: cruces, fotos de iglesias y eclesiásticos en sus púlpitos, y expresiones típicamente cristianas. No variaba el contexto argumentativo, sino únicamente el contexto simbólico.

Pues bien, los resultados del estudio son en extremo elocuentes. Mientras que en el caso del contexto nazi la respuesta a la pregunta “¿Calificaría Vd. esta afirmación como un ejemplo de Judenhass?” fue un en un 94% de los casos, cuando la misma afirmación era situada en un contexto cristiano la respuesta fue un NO en un 81%.

La lógica de esta paradoja es fácilmente comprensible, pero por si acaso no estará de más explicitarla. Los sujetos del estudio ya no se identificaban mayoritariamente con el partido nazi – con lo cual podían ser más objetivos a la hora de juzgar sus características negativas –, pero en su mayor parte seguían identificándose con su religión, sus pastores y teólogos. La identificación ideológica y emocional con sus Iglesias impedía a la mayor parte de encuestados mantener la imparcialidad necesaria para juzgar como antijudío precisamente lo que ellos mismos habían considerado antijudío en otro contexto.

Tal como lo expresó lapidariamente uno de los investigadores: “El prejuicio propio niega la existencia del prejuicio ajeno, tanto más comprensiblemente cuanto que ambos son exactamente el mismo”.

Quien tenga oídos para oír, que oiga.

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Saturday, January 21, 2012

El espíritu de Jesús, o los pobrecitos judíos - Fernando Bermejo


Que mejor para ilustrar este post que un "Jesús ario" y kitsch.

En un divertido post de Fernando Bermejo de hace unos pocos días  (la verdad es que había desatendido durante meses el blog donde escribe):

Jesús apareció en Galilea cuando el pueblo judío vivía una profunda crisis religiosa. Llevaban mucho tiempo sintiendo la lejanía de Dios. Los cielos estaban "cerrados". Una especie de muro invisible parecía impedir la comunicación de Dios con su pueblo. Nadie era capaz de escuchar su voz. Ya no había profetas. Nadie hablaba impulsado por su Espíritu. Lo más duro era esa sensación de que Dios los había olvidado [...] Los primeros que escucharon el evangelio de Marcos tuvieron que quedar sorprendidos. Según su relato, al salir de las aguas del Jordán, después de ser bautizado, Jesús «vio rasgarse el cielo» y experimentó que «el Espíritu de Dios bajaba sobre él». Por fin era posible el encuentro con Dios”. (negritas originales)

Paráfrasis (cuasitargúmica [N.P.: e irónica del párrafo previo]):

Allá por el siglo I (de hecho, desde hacía ya mucho, mucho tiempo), los judíos eran un pueblo sumamente desgraciado. No sabían qué era realmente la fe o el amor, no tenían ni la más remota idea de lo que significaban la esperanza o la alegría. Conceptos como “interioridad”, “autenticidad”, “bondad”, “libertad”, eran desconocidos para ellos, y las experiencias de tales realidades no digamos. ¡Ay, qué páramo tan desolado, qué desierto! Esos zarrapastrosos judíos vivían en un estado de perpetua desesperación y congoja, padeciendo todos ellos el más espantoso raquitismo espiritual y moral. Rezaban, pero siempre tristísimos, sintiendo que era inútil. Acudían al templo (los templos: también el de Elefantina), pero por rutina u obligación, y siempre acongojados. Frecuentaban las sinagogas, pero la pesadumbre y el abatimiento les atenazaban. Es que les reconcomía el desaliento, vamos. En realidad, la vida espiritual (es un decir) de aquellos pobres diablos carecía totalmente de sentido. La más completa desesperación empapaba hasta el último rincón de la vida de Palestina (y de la diáspora). Si conserváramos retratos de esos tarados, serían copias de “El grito” de Munch. Claro que milagrosamente, con Jesús –que era judío, sí, pero un judío tan raro y especial que superó el judaísmo (bueno, el judaísmo y lo que se le pusiera por delante)– todo cambió: por primera vez (el cur tam sero ya pasó de moda), la religiosidad esclerotizada y muerta revivió y todo fue, para decirlo en una sola palabra, superguay. Jesús inauguró la autopista hacia el cielo y creó el espacio wi-fi para chatear con Dios.

Breve comentario:

Algún lector ingenuo podría pensar que las palabras del texto entrecomillado que sirve de obertura a este post han sido extraídas de algún polvoriento, rancio y obsoleto tratado sobre el judaísmo escrito a principios del siglo XIX (o del XVI), o tal vez de la obra de alguno de los no pocos exegetas y teólogos centroeuropeos que abrazaron de modo entusiasta el nazismo, y que –como los exegetas y teólogos en las décadas siguientes– siguieron utilizando la categoría de Spätjudentum (“judaísmo tardío”) como fácil sparring para el incesante enaltecimiento de la identidad cristiana. O que quizás proviene de la caricatura reiterada por algún charlatán sin la menor formación ni sentido crítico, de los muchos que pueblan los púlpitos y las calles del mundo. En realidad, esas palabras las ha escrito hace unos días un blogger de Religión Digital [N.P.: y para que algunos comprueben que no soy acrítico con los que comparten mi nombre], sacerdote y escritor, un intelectual cristiano considerado experto en Jesús y su mundo, cuyo nombre prefiero omitir. Al fin y al cabo, las cosas que escribe las han dicho y escrito antes miles como él, las dicen y escriben hoy en día miles como él y las escribirán y dirán miles como él en el futuro. Miles y miles.

- Observación inútil 1:

Más allá del hecho evidente de que la realidad humana es crisis permanente, la idea de que el judaísmo vivía una profunda crisis religiosa en tiempos de Jesús porque los pobrecitos judíos sentían la lejanía de Dios –idea típica de la más rancia exégesis cristiana durante siglos (pero que uno, ingenuamente, creía habría pasado a mejor vida en las mentes de individuos mínimamente reflexivos)– no resiste el menor escrutinio crítico. El sentido común, el conocimiento más elemental del fenómeno religioso y desde luego el conocimiento del judaísmo en el período helenístico (el tiempo de Hillel, Hanina ben-Dosa, Honi el trazador de círculos, el Maestro de Justicia, el autor del libro de Jonás, Juan el Bautista, de ciertos legistas que resumían la Ley exactamente igual que Jesús, etc., etc., etc.) muestra no solo su carácter falso sino también ridículo. En realidad, no tiene el rango de idea: no es más que una solemne majadería.

- Observación inútil 2:

La solemne majadería de que el judaísmo vivía una profunda crisis religiosa hasta que llegó Jesús de Nazaret solo puede ser mantenida en virtud, bien de una crasa ignorancia, bien de la asunción de una caricatura de la religión judía generada por sentimientos antijudíos hondamente arraigados secularmente en la exégesis y la teología cristianas, bien de una combinación de ambas. Como es difícil admitir en el blogger tan supina ignorancia, se impone la segunda explicación. Un nuevo tic antijudío (desde hoy dejo de señalarlos, porque para qué).

- Observación inútil 3:

La mera observación de las majaderías que se encuentran por doquier en el discurso de aquellos a quienes cabría suponer una mínima formación tanto de su inteligencia como de su sensibilidad demuestra que todo el esfuerzo crítico de siglos, la acribia filológica, el pausado análisis de las fuentes, el estudio riguroso de la historia, el desenmascaramiento de los prejuicios ideológicos, el afán por aquilatar el juicio de modo cada vez más preciso y la búsqueda de imparcialidad son tareas absoluta y totalmente inútiles cuando se dan de bruces contra los inveterados prejuicios y las pulsiones verborreicas de los predicadores-escritores. Lo cual es, desde un punto de vista, profundamente trágico; pero, desde otro, no menos profundamente cómico.

- Observación inútil 4:

En un mundo en que la razón y el amor por la verdad tuvieran más fuerza que la necesidad del autoengaño y la autocomplacencia a toda costa, a quienes escribieran en serio cosas a la vez tan manifiestamente falsas y denigratorias se les proveería gratuitamente de un pico y una pala, y se les obligaría (eso sí, con extrema amabilidad y caritativa dulzura) a picar piedra en una cantera durante un período no inferior a seis meses, antes de volver a permitirles coger un bolígrafo, una máquina de escribir o un ordenador.

PD. Por cierto, saben cual es el título del último post de este blogger que con tanta suficiencia habla de esos pobrecitos judíos tan alejados de Dios... - aunque no se lo crean, era de esperar -: "Otro mundo es posible".

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