Thursday, October 20, 2011

La terquedad israelí salvó a Shalit, pero a que precio - Yehuda Ben Meir



La decisión sobre el acuerdo de Gilad Shalit está detrás de nosotros. El gabinete, el organismo gubernamental con la autoridad para tomar tal decisión dio al primer ministro, Benjamin Netanyahu, una gran mayoría para llevar a cabo la operación. La decisión nos obliga a todos.

Cada uno de nosotros comparte la alegría de Noam y Aviva Shalit con todo su corazón. Los Shalit son personas nobles, y es difícil imaginar su horrible sufrimiento durante los últimos cinco años y medio y la del propio Gilad, el soldado israelí que ha vuelto a casa.

Pero esa gran alegría se mezcla con la tristeza, el dolor por la liberación de cientos de asesinos terroristas que por la ley y la justicia deberían haber acabado sus vidas tras las rejas. Y no hay dolor por el terrible sufrimiento de miles de israelíes cuyos seres queridos fueron brutalmente asesinados por estos terroristas. Hoy en día se siente que la justicia ha sido violada. La nación entera tiene que abrazar a Aviva y Noam Shalit, pero nuestra responsabilidad común nos exige no hacer caso omiso del terrible sentimiento que aflora desde cientos de hogares israelíes, cuyas familias perdieron sus seres más queridos en los ataques terroristas asesinos.

Una vez más, la decisión sobre la oferta está detrás de nosotros. Pero es importante aprender las lecciones del acuerdo. Una serie de lecciones sin duda saldrán a la luz con el tiempo, pero una, la más importante, ya se destaca. Algunas personas afirmaban hace años que hay que rendirse a las demandas de Hamas y realizar el intercambio a cualquier precio. Y como Hamas nunca se muestra flexible y cede en una sola demanda, ese era "el único acuerdo posible".

Pero cometieron un gran error. La leyenda de que las organizaciones terroristas nunca ceden, y que solamente el "racional" Israel puede y debe hacer concesiones se ha revelado como una gran mentira. Israel hizo grandes concesiones, pero resulta que como Israel mostró su firmeza - y hemos tenido a primeros ministros, el actual y su predecesor, que no se inclinaron ante la opinión pública y supieron cómo dibujar líneas en la arena - Hamas aprendió también a ser flexible y cedió en muchas de sus demandas.

Debido a la terquedad y la constancia israelí, Hamas se vio obligado a realizar dos serias concesiones. La primera se refiere a quienes serían liberados. Hamas retiró su exigencia original de liberar a Abdullah Barghouti, Ibrahim Hamed, Sayad Abbas, Hassan Salameh, Saadat Ahmed, Marwan Barghouti y otros, y eso debieron aceptarlo los miembros más importantes de su ala militar y los más claros símbolos de terror. Hay algo de exageración en las palabras del jefe del servicio de seguridad Shin Bet de que los líderes de Hamas siguen en prisión, pero al menos hay un núcleo de verdad en ello.

La segunda concesión, la cual merece que se elogie a Netanyahu, fue el acuerdo de Hamas a expulsar de Gaza, y su envío al extranjero, de 203 de estos terroristas puestos en libertad - casi la mitad de los terroristas que cometieron los actos más graves y dos tercios de los que viven en Cisjordania -. Es verdad, es mejor estar en el extranjero o en Gaza que en una prisión israelí, pero los liberados no pueden regresar a casa. Para ellos se trata solamente de una medio libertad.

La expulsión dentro de la narrativa palestina resulta una pesadilla y una bandera roja. Así pues, el acuerdo supuso para Hamas, y Netanyahu insistió en ello decididamente, una píldora muy amarga. Y ahora estamos presenciando sus esfuerzos para justificar dicha píldora con su afirmación de que los israelíes insistieron y no había otra opción. A veces vale la pena escuchar a los portavoces de Hamas.

Es posible que sin todas las protestas públicas, las manifestaciones y el comportamiento irresponsable de los medios de comunicación en los últimos años - que sólo ha fortalecido la idea errónea de Hamás de que Israel aceptaría todas sus demandas - , Gilad Shalit habría estado en su casa hace ya mucho tiempo y por un precio más bajo.

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Thursday, June 23, 2011

Cambie la coalición - Yehuda Ben Meir - Haaretz



Se puede escribir un libro [N.P.: sería necesaria una colección] acerca de los errores cometidos por la izquierda israelí, sobre sus planteamientos exagerados o extremistas, y sobre su alejamiento de la realidad. En un primer momento, los errores de la izquierda realmente no parecían ser algo de lo que tuvieramos que preocuparnos excesivamente. Pero lo lamentable es que las posturas y declaraciones de la izquierda han influido en amplios sectores de la opinión pública israelí, incluso en aquellos afectos a las posiciones moderadas y equilibradas.

Es difícil subestimar el impacto que han tenido las ideas de la izquierda en el fortalecimiento en Israel de la extrema derecha, incluyendo el sector extremista. Un ejemplo clásico es el reconocimiento del Estado de Israel como Estado judío. No está claro por qué el presidente Barack Obama puede destacar en sus discursos que Israel debe ser un "Estado judío y la patria del pueblo judío", mientras que Benjamin Netanyahu no puede decir lo mismo (sin que lo critiquen por ello). No está claro por qué el gobierno de Francia puede, en un documento oficial presentado a las dos partes, hablar de "dos estados para dos pueblos", por no hablar de resoluciones de la ONU que se refieren explícitamente al Estado judío, mientras que en Israel utilizar semejante terminología es casi criminal [N.P.: para la izquierda].

En su editorial del 17 de junio, el Haaretz afirmaba que la demanda realizada a los palestinos de que reconozcan a Israel como el Estado nacional del pueblo judío, en el cual todos los judíos del mundo serían bienvenidos si desearan emigrar, es equivalente a pedir que los palestinos renuncien a su "ethos nacional". Ningún líder palestino, señalaba el editorial, "estaría de acuerdo con ese demanda".

¿Realmente es así? Si los palestinos efectivamente no están dispuestos a aceptar el hecho de que el pueblo judío tiene por lo menos alguna relación con este país, y que en el marco de la voluntad de dividir el territorio entre los dos pueblos debe haber un consentimiento expreso al Estado judío existente, y que ese estado debe ser accesible para los inmigrantes judíos, al igual que el Estado palestino estará abierto a cualquier palestino, en definitiva, si todos estas realidades son inaceptables para los palestinos, entonces resultará cierto que este conflicto es realmente insoluble. La propuesta de que Israel de marcha atrás ante tales elementales demandas causa un daño incalculable al proceso de paz.

El gobierno de Israel puede ser legítimamente criticado por su falta de acción, pero dicha crítica debe ser equilibrada, razonable y convincente. El problema no son las palabras de Netanyahu, sino sus hechos. Los principios que presentó ante el Knesset reflejan el consenso nacional, el problema en realidad es que nadie cree que él tenga la intención de ponerlos en práctica.

Netanyahu obtuvo la falta de credibilidad que su imagen evoca. No es realista presentar estos principios de paz... y luego realizar un guiño a Tzipi Hotovely y Danny Danon [diputados del ala dura del Likud]. Y no es razonable hablar de bloques de asentamientos y a continuación realizar trucos destinados a promover la construcción de locales en los territorios que están fuera de estos bloques.

La falta de credibilidad de Netanyahu se deriva de un pecado original, y ese pecado original es la coalición que estableció hace dos años. Un primer ministro que realmente quiera liderar un proceso diplomático de largo alcance no puede formar una coalición que impida cualquier movimiento hacia dicho proceso de paz. En la víspera de las elecciones, Netanyahu afirmó que su gran error durante su primer mandato como primer ministro fue no improvisar un gobierno de unidad. Creo que estaba siendo honesto cuando hizo estas declaraciones, por lo tanto, la repetición actual de dicho error resulta particularmente atroz.

Pero no es demasiado tarde. La coalición actual no es una unión inseparable y puede ser alterada. Si Netanyahu tiene voluntad para ello, podrá hacer los cambios internos necesarios. Para ello será preciso correr un riesgo político, pero la disposición a correr riesgos por un objetivo nacional supremo es una de las marcas del liderazgo. Esa es la verdadera prueba que espera a Netanyahu, y la historia juzgará la decisión que tome.

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Saturday, January 22, 2011

Tres artículos tres, sobre el innombrable del que todo el mundo habla: Avigdor Lieberman



Los feinschmeckers (exquisitos) velan por ti, Israel - Yehuda Ben Meir - Haaretz

Puede que Lieberman no sea un racista o un fascista, pero es un demagogo, un populista y un divisor, y eso ya es bastante malo.

Los antiguos sabios judíos decían que uno podía ganar (o perder) todo un mundo en una hora. El ministro de Asuntos Exteriores Avigdor Lieberman tenía una oportunidad de oro para ganar un mundo dentro de la arena política israelí. El hombre que dirigía un partido no demasiado importante fue nombrado ministro de Asuntos Exteriores del Estado de Israel y así entró a formar parte de ese selecto grupo de los Moshe Sharett, Abba Eban, Moshe Dayan, Shimon Peres y Yitzhak Shamir.

Yo por mi parte considero que además de que a todos se les debe dar la oportunidad de desempeñar puestos de parecida responsabilidad, también es preciso que se les otorgue el crédito necesario para que demuestren su valía. Las personas no sólo deben beneficiarse de la presunción de inocencia, sino además de la presunción de estar capacitados para realizar su trabajo. Y así escribí una columna en este diario en el que afirmaba que "Lieberman no es ni un racista ni un fascista", aunque no estaba de acuerdo con sus formas y con muchas de sus posiciones.

Por desgracia, Lieberman ha demostrado que no era digno de ese crédito. No esperábamos de él que cambiara de opiniones, por contra sí esperábamos que se comportara de una manera responsable y propia de un estadista, acorde con la posición que ocupa, al igual que de otro de sus compañeros de partido, el ministro de seguridad pública. Algunos esperaban que el nombramiento de Lieberman para tan alto cargo, y con tanta responsabilidad, le transformara de un mero político en busca de votos en un líder de talla nacional. Cuanto más altas son las expectativas, más fuerte es la caída.

La primera metedura de pata de Lieberman fue su escandalosa aparición en la Asamblea General de Naciones Unidas. La persona que habla en nombre de Israel en la apertura de la Asamblea General – ya sea el primer ministro, el ministro de Asuntos Exteriores o el embajador adjunto - debe presentar las posiciones de su gobierno, no las suyas propias o de su partido. Lieberman humilló al Estado de Israel y lo presentó como un país debilitado y dividido (dentro de su propio gobierno).

La aparición de Lieberman ante la conferencia de los embajadores de Israel fue indigna. El ministro de Asuntos Exteriores tiene derecho a presentar unas posiciones que difieran de las de su primer ministro, a pesar de que esto no resulte deseable. Sin embargo, y en todo caso, el lugar idóneo para presentarlas sería una reunión de su partido, Yisrael Beiteinu, o un debate en la Knesset, cuando hable en nombre de su partido, y no desde luego en una reunión de embajadores de Israel, cuya función es regresar a sus destinos y presentar las posiciones de Israel con una voz unificada. El discurso de Lieberman ante ellos, denunciando las políticas del primer ministro de su propio gobierno, resultó vergonzoso.

Peor aún fue su “horror show” de la semana pasada, cuando acusó rotundamente a todos los grupos de derechos humanos de Israel de socavar al Estado y al IDF, además de complicidad con el terror (que extendió al propio Haaretz). De hecho, hay grupos en Israel que han cruzado las líneas rojas y superan lo que es permisible en un país democrático, y por ello deberían hacer cara al sistema legal establecido. Pero eso está muy lejos de una acusación genérica y excesiva que linda claramente con la incitación. Eso es realmente macartismo.

Lieberman puede que no sea racista ni fascista, pero es un demagogo y un populista, además de divisor, y por eso es tan nefasto.

A los miembros del Likud, a quien apodó feinschmeckers (exquisitos), les propongo que no se emocionen. El propósito del judaísmo es educar a los seres humanos para que sean personas que tiendan a la excelencia, y esa es también la esencia de la Torá cuyos "caminos son caminos deleitosos, y todas sus veredas son de paz (para el espíritu)".

Cuando todo estaba dicho y hecho, el pueblo estadounidense rechazó al senador McCarthy y lo envió a su casa caído en desgracia. Si Lieberman persiste en su camino, ese también será su destino.


Lieberman es bueno para Israel - Yoaz Hendel – Ynet

Avigdor Lieberman no será recordado en nuestros libros de historia como el mayor éxito diplomático que hayamos tenido por aquí. No hay controversias al respecto. Un ministro de Asuntos Exteriores efectivo se supone que es un mentiroso profesional, mientras que Lieberman tiene una tendencia populista a presentar la verdad desnuda, y precisamente donde no se debe hacer.

Por otro lado, hasta la llegada de Lieberman, el Estado de Israel intentó repetidamente el enfoque opuesto durante años y años, y eso tampoco funcionó. Los diplomáticos israelíes con su pulido inglés sonreían amablemente, incluso cuando la hipocresía internacional resultaba abrumadora. Los ministros de Exteriores parecían inclinar la cabeza en una especie de gesto judío típico de la díaspora cuando cualquier líder mediocre nos quería soltar su reprimenda.

En términos generales, hasta que llegó Lieberman se habló cortésmente pero no sucedió ni se consiguió nada.

Lieberman, el colono contundente con un pesado acento ruso, dice, de hecho, lo que todos saben y no se atreven a decir en voz alta. Y no estoy hablando solamente de las personas que le votaron, sino también de todos esos centristas e izquierdistas que hacen un esfuerzo extra para mantenerse alejados de su influencia, como si la verdad fuera contagiosa.

Lieberman se atrevió a decir ante la Asamblea General de la ONU que la paz con los palestinos no prevalecerá por aquí en los próximos años. Lieberman es el que criticó a Turquía para su elección de unir sus fuerzas al eje del terror islámico, y todo ello mientras funcionarios públicos israelíes realizaban declaraciones que más bien daban la impresión de que Ankara sólo es un amigo ligera y temporalmente confundido.

No debemos olvidar, por supuesto, la razón actual de los ataques contra Lieberman: su crítica pública de la contribución prestada por los grupos radicales de izquierda israelíes a la deslegitimación de Israel en el mundo.

Dejen de lado por un momento los ataques de los medios de comunicación, los llamamientos de los líderes de la izquierda, los decretos anti-Lieberman, y examinen durante unos segundos las palabras de Lieberman en función de su contenido. ¿Hay alguien en este país que tenga alguna duda de que lo que dice no está exento de razón? Yo no soy uno de los partidarios de Lieberman y no me gustan muchas de sus “cualidades y actitudes”. Su retórica es exagerada y las sospechas de corrupción que la policía ha presentado en su contra son elementos muy problemáticos. Sin embargo, a pesar de ello, no se puede negar la verdad cuando él la pone de manifiesto.

Cuanto más se escuchan las voces de la manada que gritan a coro que sus formas son fascistas, o cuanto más hombres de letras se enfrenten a cualquier propuesta que formule tildándola de macartismo, o bien cuanto más políticos se pongan de perfil o se alejen de él para evitar las críticas de los medios de comunicación, más se pone de manifiesto la necesidad de Lieberman como parte del discurso político en Israel.

Al igual que un estado democrático necesita de las actividades de organizaciones de izquierda que operen legalmente con el fin de descubrir las verdades desagradables, también necesitamos el modelo de Lieberman para que nos recuerde que, en ocasiones, el emperador va desnudo.


¿Quién debe temer a Lieberman? - Alexander Yakobson - Haaretz

Voy a aventurar una respuesta: al final del término de este gobierno, no habrá menos libertad en el Estado de Israel que existía al comienzo del mismo. Todos los proyectos de ley que buscan frenar la libertad de expresión no serán aprobados en última instancia, o sí lo serán pero en versiones que no violen la libertad de expresión, o serán interpretados por el sistema judicial de manera que no perjudiquen la libertad de expresión, o serán anulados por el Tribunal Supremo por contravenir la libertad de expresión.

Las organizaciones de izquierda van a seguir funcionando libremente. La comisión parlamentaria de investigación sobre la integración de los árabes en la administración pública, encabezada por el diputado árabe Ahmed Tibi, tiene más oportunidades de influir en la realidad sobre el terreno (aunque sea modestamente) que la comisión de investigación sobre las organizaciones izquierdistas de derechos humanos iniciada por Avigdor Lieberman.

Los representantes de los partidos árabes también servirán en la próxima Knesset. Ahmed Tibi podrá seguir diciendo que Israel es un Estado democrático de los judíos y un Estado judío para los árabes, y seguirá presidiendo lo más probablemente, como vicepresidente de la Knesset, las sesiones de este parlamento judío y democrático.
Eso no significa que el horror show de Yisrael Beiteinu no cause un daño real. El daño causado repercutirá, sin lugar a dudas, a la calidad de la vida pública y democrática de la cultura política de Israel. Muchas cosas malas pueden suceder en una sociedad, incluso aunque el sistema democrático y la libertad de expresión no se vean alterados. Daños diplomáticos sin duda los habrá, y ya se han producido. Pero el mayor daño lo sufrirá el Likud.

El objetivo político de Lieberman es, naturalmente, competir con el Likud y atraer a sus votantes. Lieberman no puede competir con el primer ministro Benjamin Netanyahu negándose a ceder territorio, y es que él mismo ha declarado su apoyo a un intercambio de territorios. Asimismo, no puede demostrar demasiados logros ante sus votantes rusos y seculares en lo que se refiere a asuntos de religión y de estado (conversiones, matrimonios laicos). Sólo puede escoger las disputas con los árabes y con la izquierda. Y eso siempre funciona.

Ante esta situación, los dirigentes del Likud pueden elegir entre dos posibilidades: la primera es dejarse arrastrar por Lieberman ante el temor de ser acusados de ser demasiado blandos con los árabes y los izquierdistas. Ese es el camino fácil de los políticos débiles. Dios no lo quiera que tengamos que pensar que nuestro primer ministro es un político débil. Si este es el ámbito de la competencia entre ambos partidos, y esta es la cuestión principal, la victoria de Lieberman está asegurada.

El Likud no tiene ninguna posibilidad de ser “más Lieberman” que el propio Lieberman. La única manera que tiene el Likud de afrontar con éxito esta competencia es atacar de manera abierta y decidida al líder de Yisrael Beiteinu y a su línea de acción. Si hay alguna cosa que aman y respetan los corazones de los votantes de la derecha, inclusive más que el interés nacional, es el orgullo nacional. Los líderes del Likud deben decirle a la opinión pública, y además es la pura verdad, que la libertad de expresión israelí es un asunto de orgullo nacional. Es la “alta tecnología” de la democracia israelí, ojala los restantes aspectos del gobierno y de la sociedad de Israel estuvieran al mismo nivel.

En Israel existe una verdadera libertad de expresión, y no hablamos del típico país occidental pacífico y sin amenazas externas (¿qué hay de tan especial antes esas ventajosas circunstancias?), sino de un país envuelto en un conflicto nacional largo, complejo y difícil, en el corazón del Oriente Medio, y en una sociedad donde la gran mayoría de las personas que lo habitan provienen de países no democráticos. Y ante esas circunstancias representa una de las mayores victorias de la libertad existentes.

La crítica limpia y justa debe ser aceptada. La libertad de crítica de que se goza aquí - también para las críticas injustas - es una fuente de orgullo. Es una pena echar a perder esa fuente de orgullo como consecuencia de los intentos de cerrar la boca a unos pocos. No obstante, y de todos modos, esos intentos pueden terminar en el fracaso y la desgracia.

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Thursday, October 21, 2010

La ley de Ciudadanía VI - El juramento de fidelidad de la Ley de Ciudadanía no es racista, pero podría destruir a Israel - Yehuda Ben Meir – Haaretz

La enmienda a la Ley de Ciudadanía decidida por el gobierno no es una ley racista, de hecho no hay un ápice de racismo en la misma. Lord Balfour, quien se comprometió a establecer un “hogar nacional para el pueblo judío en la Tierra de Israel” - un compromiso que se incluyó en el Mandato de la Liga de las Naciones Unidas - no era un racista. Las Naciones Unidas no actuaron de forma racista cuando decidieron el establecimiento de un Estado judío y un Estado árabe en la Tierra de Israel. David Ben-Gurión, que el 14 de mayo de 1948 declaró "el establecimiento de un Estado judío en la Tierra de Israel que se conocerá como el Estado de Israel", tampoco era un racista. Ni tampoco lo es el presidente de los EEUU, Barack Obama, quien ha declaró desde la tribuna de la ONU que Israel es "la patria histórica del pueblo judío".

El significado del término "Estado judío", en el contexto del debate actual, no es religioso, sino nacional, y entre los firmantes de la Declaración de Independencia se incluían ateos manifiestos y absolutos. Este término dice que existe un pueblo judío, que el judaísmo no es sólo una religión sino que también conforma un pueblo, y que el pueblo judío tiene pleno derecho a establecer su Estado nacional en su patria histórica.

Contrariamente a la opinión prevaleciente entre los círculos de la extrema izquierda y del liberalismo político radical, el Estado-nación no está desapareciendo de la faz de la tierra, más bien se da el caso contrario. Nunca he podido entender por qué hay personas que están dispuestas a luchar por el derecho del "pueblo palestino" a su libre autodefinición, mientras que ese mismo deseo de autodefinición del pueblo judío se les antoja racista.

Nada de esto, sin embargo, resta valor a la estupidez de la decisión del gobierno. Esta es una enmienda innecesaria, dañina y peligrosa, y es que debido a que no hay necesidad de ella, el Estado de Israel, que ya se enfrenta a muchos frentes y a muchos enemigos, puede llegar hasta el punto de abrirse otro frente, esta vez el del 20% de sus ciudadanos. El gobierno ha entrado en una pendiente resbaladiza con su decisión, y no se sabe dónde terminará.

Es evidente que el objetivo de quienes están detrás de la enmienda a la Ley de la Ciudadanía no es la misma enmienda, sino sólo un presagio de lo que vendrá. La enmienda, de hecho, no tiene importancia práctica. No es relevante para los 1,5 millones de ciudadanos árabes de Israel (sumando a los residentes árabes del Jerusalém oriental) o para sus descendientes, o para los judíos, sino que tendrá una aplicación, tal vez, para 10 casos cada año [N.P.: Obviamente parece desconocer su incidencia sobre un posible retorno de un determinado número de refugiados palestinos, sobre la reunificación familiar y sobre su posible extensión a la Ley de Retorno].

La verdadera intención es cambiar la Ley Orgánica de la Knesset, por lo cual se produce el juramento de cada miembro de la Knésset en el momento de tomar posesión de su escaño, cuando al juramento de "ser leal al Estado de Israel" se añadan las siguiente palabras: "como un Estado judío y democrático". Esto, con el fin de evitar que los miembros árabes de la Knesset, la mayoría o la totalidad, se niegan a realizar ese juramento y por lo tanto a servir en la legislatura.

Hay sin duda una cuantos judíos que estarían encantados de ver una Knesset sin representantes árabes. Tal vez eso sea posible entender o disculpar, pues con sus actuaciones en la Knesset algunos de esos representantes árabes se han ganado honesta y sobradamente el gran malestar que la población judía siente hacia ellos. Sin embargo, para el Estado de Israel eso sería un hecho grave, y por esa razón, la decisión sería desastrosa. Después de todo, la diputada Hanin Zuabi del partido (pan-árabe) Balad no representa a la opinión pública árabe en Israel.

Una sociedad sana y viva no busca intencionadamente crear un conflicto con un 20% de sus miembros, sino que actúa para que se integren en la sociedad y aumente su grado de identificación con el Estado, por lo que no tratará de aislarlos y crear entre ellos sentimientos de alienación y odio.

La imagen de Israel como un país democrático es de vital importancia para el país. Una enmienda a la Ley Orgánica de la Knesset que mantenga a los representantes árabes fuera será muy perjudicial para nuestra imagen y provocará un daño inimaginable al Estado. Es de esperar que el primer ministro recupere su sentido común antes de que sea demasiado tarde.

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