Saturday, August 20, 2016

Nuevo autoindulgente intento de explicar un fracaso: Los sucesores del rabino Kook son la nueva élite de Israel - Ari Shavit - Haaretz



El Geocartography Knowledge Group publicó una encuesta a principios de esta semana donde predecía que el bloque sionista de derecha (Likud-Habauyit Hayehudi-Israel Beiteinu) obtendría 41 escaños en la Knesset si las elecciones fueran hoy, con el bloque de izquierda sionista (Labor-Meretz) obteniendo sólo 13 escaños.

Según la encuesta, el partido de Naftali Bennett ganaría 16 escaños en la Knesset en esas elecciones y el partido Laborista de Isaac Herzog solamente 8 escaños. Los partidarios del campo nacional reciben tres veces más apoyos que el campo de la paz, mientras que el apoyo para el partido sionista religioso es dos veces mayor que el apoyo que se daría al partido que fundó el estado.

Incluso si se trata de un resultado extremo, refleja un estado de ánimo en un momento determinado y el paisaje que describe es muy importante. Una civilización israelí se está evaporando y otra está llegando. Mientras que casi no queda nada de la herencia de David Ben Gurion, el patrimonio del rabino Zvi Yehuda Kook Hacohen prácticamente ha logrado apoderarse del Estado de Israel.

Como judío israelí que no es ni religioso ni chauvinista, no tengo nada en contra del sionismo religioso. Todo lo contrario. En contraste con las leyendas urbanas que prevalecen en el norte y centro de Tel Aviv, el pueblo de Merkaz HaRav y Gush Emunim no ha robado nada a nadie. Lo que han estado haciendo durante los últimos 49 años es educar, de una manera impresionante, movilizando y alistando a la gente, lo cual es emocionante. Han pasado de un concentrador de energía al siguiente y así han tomado este auge, que por supuesto es legítimo.

Las vanguardias religiosas han trabajado por el buen y viejo sistema de un dunam más y una cabra más. De este modo, poco a poco, han establecido una élite y se han convertido en casi la única élite. Han convertido la kipá tricotada en la nueva hegemonía.

Tomen al diario Haaretz, por ejemplo. Cientos de buenos columnistas con talento han escrito en él en los últimos años. Docenas de buenos columnistas con talento escriben aún en él hoy en día. Pero sólo un columnista de ellos ha cambiado de hecho la realidad. Sólo Israel Harel ha establecido Ofra y puesto en pie Nekuda, y fundado el Instituto para las Estrategias Sionistas. Él es el único que realmente ha hecho algo para asegurar la existencia de un único estado aquí. Y Harel no está solo.

En el IDF, en el Mossad y en el Shin Bet encontrarán al sionismo religioso. En los nuevos medios de comunicación,  en la nueva Oficina del Fiscal del Estado y en la administración pública, encontrarán al sionismo religioso. En el comité central del Likud también encontrarán al sionismo religioso. Incluso en los movimientos por la paz y en algunos de los grupos de derechos humanos, los graduados del sionismo religioso se destacan.

Por el contrario, ¿qué es lo que ha sucedido durante la última generación en la otra parte? ¿Quién ha reemplazado a la desaparecida Hevrat Haovdim (el brazo económico del Histadrut)? ¿Quién ha tomado el lugar del marchito movimiento kibbutzim? ¿Quién ha llenado el vacío dejado por la desaparición de la corriente socialista en la educación, los proyectos de cultura del Laborismo y los periódicos Davar y LaMerhav?

¿Hay alguien allí en la actualidad como un Berl Katznelson? ¿Es posible hoy en día alguien siga los pasos de Lova Eliav? ¿Alguien ha visto últimamente a un joven Amos Oz, o A. B. Yehoshua o a un Shlomo Avineri treintañero?

Mientras que la élite que representa Bennett ha estado trabajando de manera sistemática en la educación y la política, la élite de la proviene Herzog ha dejado de pensar, actuar y conducirse como una élite. De hecho se caracteriza por su pobreza de ideas, su inacción y su debilidad de espíritu. Esa es la forma en que ha llegado a los ocho escaños que le predicen esa encuesta en la próxima Knesset. Esa es la forma en que se han convertido en una pequeña minoría quejumbrosa e irrelevante.

Esa es la forma en que han entregado el estado sin dar batalla a gente astuta y muy comprometida del Gran Israel.

¿Es revocable esta tendencia? Ciertamente. El grupo Laborista tiene muy poco tiempo para salvarse y redefinirse a si mismo. Si no lo hace inmediatamente, simplemente se extinguirá.

Pero la cuestión más profunda no se refiere a las partidos. Sólo un cambio profundo en la visión y actividades del público democrático en Israel puede devolverles a una posición de liderazgo. Sólo si los ilustrados aprenden de los zelotes comprometidos van a ser capaces de evitar que estos puedan conducir a Israel a la perdición.

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Friday, November 21, 2014

El vacío diplomático es mortal - Ari Shavit - Haaretz


Unos judíos ultra-ortodoxos miran los agujeros de bala en la ventana principal de la sinagoga atacada


Había algo escalofriante en la fría respuesta de algunos liberales y progresistas ante el odioso crimen del martes en Jerusalén. No es cierto que los cuatro fieles y el policía druso "murieran" (de forma pasiva) en un ataque en el barrio de Har Nof. No es cierto que las víctimas fueran meras "personas" (sin identidad). Lo que sucedió fue que dos fanáticos palestinos asesinaron primeramente a cuatro personas en una casa de culto judío mientras oraban. Este pogromo no estaba dirigido a esas personas como personas, sino a los judíos por ser judíos y a los israelíes por ser israelíes.

Cualquier persona que no pueda sentir una total y auténtica indignación moral ante este horror no es un verdadero liberal y progresista. Cualquier persona que no haya podido relacionarse con estos Baruch Goldstein palestinos de la misma forma con que se relacionó con el Goldstein israelí, ese que en 1994 masacró a 29 fieles árabes en la mezquita en la Tumba de los Patriarcas de Hebrón, no es un auténtico perseguidor de la paz. La implícita tolerancia de la corrección política y de los políticamente correctos hacia los palestinos asesinos es una tolerancia que no puede ser perdonada.

En cierto modo, la masacre en Har Nof nos llevó de nuevo a la segunda intifada. Esperemos que no estemos todavía allí. Esperemos que todavía podamos detener esta vorágine sangrienta. Pero hay una sensación desagradable de un regreso al tiempo de aquellos terribles días después de la cumbre de paz de Camp David de 2000, cuando el colapso del proceso de negociación fue acompañado de un estallido de la violencia. Hoy, como en la década de 2000, Jerusalén está en el ojo de la tormenta. Después de una década de prosperidad y de relativa calma en Israel, en la Autoridad Palestina y en Jerusalén, estamos una vez más de pie ante el borde.

Pero en otro sentido, esta masacre es aún más preocupante que los ataques suicidas de las brigadas Iz al-Din al-Qassam o de las brigadas de los Mártires de Al-Aqsa durante la segunda intifada. Porque esta vez no estamos hablando de una lucha nacional con atavíos religiosos, sino de una auténtica guerra religiosa. Esta vez estamos hablando de la mecha de una guerra santa en la ciudad santa. No es ninguna coincidencia que el objetivo del terror fuera una sinagoga, y que los judíos fueron asesinados mientras estaban envueltos en sus chales de oración. El fundamento claramente religioso de la actual ola de violencia hace que sea mucho más peligrosa que sus predecesoras.

Mientras que todavía no hay células organizadas de ISIS por aquí, sin embargo, el estado de ánimo y las barbaras tácticas de combate del Estado Islámico se están filtrando lentamente en el conflicto palestino-israelí. El fervor religioso del ataque en Har Nof se hace eco del fervor religioso que se observa en las actividades de ese fanático grupo islamista en Siria e Irak, y el cuchillo y el hacha utilizado en el ataque se hace eco del cuchillo del degollador en YouTube. Hay un profundo temor a que Israel esté rodeado por la nitroglicerina del Islam radical, y que Jerusalén se convierta en un detonador que plantee un riesgo sin precedentes.

Así que la cuestión es, ¿dónde está el liderazgo? La guerra de Gaza de 2014 debería habernos recordado algo que no deberíamos olvidar: que un vacío diplomático es un vacío muy oscuro. En Oriente Medio, si no hay movimientos hacia un horizonte de esperanza, hay un paso inevitable hacia un pozo de profunda desesperación. Nos enteramos de esto durante la Guerra de Desgaste, durante la Guerra de Yom Kipur y durante las dos intifadas. Incluso si no hay ninguna posibilidad de llegar a un acuerdo de paz que traiga esa utopía a su paso, necesitamos un proceso de paz para evitar la guerra. Hay necesidad de un principio de actividad diplomática que mantenga la estabilidad y evite un deterioro de la situación.

Pero desde que el secretario de Estado John Kerry abandonó la negociación israelí-palestina en la primavera, no ha habido tal principio organizador. Tampoco existe un liderazgo dispuesto a tomar la iniciativa y detener la espiral descendente. El vacío diplomático es absoluto y mortal. En primer lugar llevó a la guerra en la Franja de Gaza, y ahora está llevando a una escalada en Jerusalén.

Es por eso que estos asesinatos nos tienen que despertar a todos: israelíes, palestinos, estadounidenses y europeos. Si nosotros no iniciamos de inmediato un nuevo, creativo y realista proceso diplomático, la violencia conducirá a más violencia y el fanatismo alimentará más fanatismo, hasta que ocurra un desastre.

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Monday, July 07, 2014

Los usos de (la historia de) Lydda - Efraim Karsh - Mosaic Magazine



 En "¿Qué pasó en Lydda?" (absolutamente recomendable su lectura), Martin Kramer ha realizado un señalado servicio al poner al descubierto el bulo de una masacre israelí de civiles árabes palestinos en esa ciudad en julio de 1948. La acusación se había publicitado recientemente por el best-seller del periodista del Haaretz (uno de los más moderados y mejores, por lo que cómo será el resto), Ari Shavit, "Mi tierra prometida". Pero Lydda no es el único ejemplo de este tipo de denuncias en el momento de la fundación del Estado judío, o mucho tiempo después. Como Kramer sugiere al comienzo de su investigación, "una y otra vez en las últimas décadas, los soldados israelíes han sido constantemente acusados de asesinatos desenfrenados al entrar en combate, cuando en realidad estaban haciendo aquello para lo que cada soldado está entrenado: abrir fuego contra un enemigo armado, sobre todo cuando ese enemigo está disparando contra él mismo".

En efecto. A finales de 1947, hubo un violento intento árabe de evitar la creación de un Estado judío en consonancia con la resolución de partición de la ONU de noviembre de ese año. Tan pronto como la Haganá rechazó dicho intento fue acusado de decenas de masacres inexistentes. Lo mismo ocurrió en el período inmediatamente previo a la creación del Estado, en mayo de 1948, y la subsiguiente guerra lanzada por los países árabes para destruirlo. La caída de la ciudad de Haifa en abril de 1948, dio lugar a afirmaciones totalmente falsas de una masacre a gran escala que circuló por todo el Oriente Medio y que llegó hasta las capitales occidentales. Del mismo modo, esos falsos rumores se extendieron después de la caída de Tiberias (18 de abril), durante la batalla de Safed (a principios de mayo), y en Jaffa, donde a fines de abril el alcalde árabe fabricó una masacre de "cientos de hombres y mujeres árabes". Los propios relatos de la masacre en Deir Yasin (9 de abril), donde murieron unas 100 personas, fueron especialmente espeluznantes, con supuestos tatuajes de martillo y la hoz en los brazos de combatientes judíos y acusaciones ficticias de estragos y de violaciones.

En años posteriores, los palestinos y los simpatizantes de la causa palestina incluso han inventado atrocidades retroactivas, desconocidas para cualquier persona en el momento de su supuesta aparición. Un ejemplo notable es la "masacre de Tantura" de mayo de 1948, un evento en gran medida ausente de la propia y contemporánea historiografía árabe palestina de la guerra. Y esto por no hablar de las más recientes e inventadas acusaciones de atrocidades supuestamente cometidas por Israel, siendo las más famosas las de Jenin (2002) y Gaza (2009).

Es a este campo "repleto de historias ficticias" al que ha contribuido el destacado periodista israelí del Haaretz Ari Shavit. "En 30 minutos, a mediodía, más de 200 civiles habían sido asesinados", escribe Shavit de manera espectacular, "el sionismo llevó a cabo una masacre en la ciudad de Lydda". Pero tal como muestra de manera concluyente Martin Kramer, es mucho más probable que no hubiera ninguna masacre: sólo víctimas de una guerra, muertos o heridos en una lucha feroz entre la pequeña fuerza israelí que entró en la ciudad y la fuerza numéricamente superior de combatientes árabes locales, complementadas por las tropas de la Legión Árabe de Transjordania y sus vehículos blindados.

En sus líneas generales, la historia de la conquista de Lydda, y a continuación el éxodo obligado de la mayoría de los residentes de la ciudad, fue un asunto de conocimiento público poco después de los sucesos de julio de 1948 sobre los que escribe Shavit; en las décadas siguientes, los historiadores israelíes llenaron los huecos restantes. Pero entonces, a partir de finales de 1980, los revisionistas "nuevos historiadores" israelíes transformaron con éxito lo que el New York Times describió en su momento como "bajas" acontecidas en el transcurso de una "considerable resistencia [árabe]", en una masacre de desafortunadas víctimas.

Como Lydda (junto con la ciudad hermana capturada simultáneamente de Ramleh) también constituye el único caso en la guerra donde una importante población urbana fue desplazada por las fuerzas israelíes, el tropo de una "masacre" ganó una posición de importancia fundamental en una acusación árabe aún más grande: a saber, que hubo un plan premeditado y sistemático para desposeer y expulsar a los árabes palestinos. Shavit ha recogido esta última y falsa declaración escribiendo que "la conquista de Lydda y la expulsión de Lydda" eran "una fase inevitable de la revolución sionista" (énfasis añadido).

Sin embargo, no había nada de inevitable acerca de la expulsión de Lydda, la causa no residía en el sionismo, sino en las acciones de los líderes árabes palestinos y de sus homólogos en los Estados árabes vecinos. Si esos notables hubieran aceptado la resolución de partición de la ONU en la que se pedía la creación de dos estados en Palestina (uno judío y el otro árabe), no habría habido ninguna guerra, y ninguna perturbación habría acontecido a Lydda. En cuanto a la propia Lydda, no se preveía ningún éxodo en los planes militares de Israel para la captura de la ciudad tras desatado el conflicto por los árabes, lo que se reflejó en la fase inicial de su ocupación. El comandante israelí aseguró a sus dignatarios locales que a los habitantes de la ciudad se les permitiría quedarse si así lo deseaban. En línea con esa promesa, la fuerza de ocupación israelí también pidió un administrador competente y personal para ejecutar los asuntos de la población civil.

Todo esto se convirtió en irrelevante cuando los notables y ciertos residentes de la ciudad, en lugar de atenerse a su acuerdo de rendición con el ejército israelí, intentaron desalojar a los israelíes por la fuerza. El ejército israelí, con su tenue control sobre Lydda crudamente expuesta a la vista, acto seguido decidió "fomentar" la salida de la población hacia zonas controladas por los árabes y situadas a pocos kilómetros hacia el este, a fin de no dejar atrás un semillero potencial de resistencia armada. En una zona donde la Legión Árabe de Transjordania estaba contraatacando con fuerza, era esencial evitar cualquier interrupción de las operaciones de la guerra en curso.

Como suele suceder, esta respuesta espontánea de la Haganá a una cadena de acontecimientos inesperados sobre el terreno fue característico de la conducta general israelí. Entonces, y durante toda la guerra, a los habitantes de otras localidades árabes que se habían entregado pacíficamente a las fuerzas israelíes se les permitió permanecer en el lugar. En este sentido, Lydda era un una de las pocas excepciones que confirma la regla, y no como sostiene Shavit la regla misma.

Estas pocas excepciones, por otra parte, representaron sólo una pequeña fracción del éxodo total. De una manera mucho más general, los palestinos fueron expulsados ​​de sus hogares por sus propios líderes y/o fuerzas militares árabes que por el ejército israelí. De hecho, no hay fuentes de la época que describan la caída y la dispersión de la sociedad palestina como resultado, según palabras de Shavit, de "una fase inevitable de la revolución sionista". Aquí tenemos por ejemplo, de junio de 1949, el informe de un tanto sorprendido funcionario británico de alto rango en una misión de investigación entre los refugiados de guerra árabes en Gaza:

Mientras [los refugiados] expresan amargura contra los judíos (o para el caso, en contra de los estadounidenses o de nosotros mismos), hablan con mayor amargura de los egipcios y de otros países árabes. "Sabemos quiénes son nuestros enemigos", nos dicen, y hacen referencia a sus hermanos árabes quienes, según declaran, los persuadieron innecesariamente a abandonar sus hogares.

Martin Kramer debe ser felicitado por ayudar a recuperar estas verdades históricas distorsionadas por décadas de propaganda y de historia revisionista. En la eliminación de esta nueva "masacre fraudulenta" de Lydda, también ha expuesto la defectuosa y falsa erudición en que se basa la labor en curso para volver a escribir la historia de Israel.

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Friday, April 25, 2014

Gran, gran artículo de Ari Shavit que le será muy reprochado: Esperando al Godot palestino - Ari Shavit - Haaretz



Hay algunos momentos que un periodista nunca olvidará. A principios de 1997, Yossi Beilin decidió confiar en mí y me mostró el documento que probaba que la paz estaba al alcance. Ese por aquel entonces destacado y creativo político del movimiento laborista, abrió su caja fuerte, sacó una pila de páginas impresas, y las puso sobre la mesa como haría un jugador de poker con una mano ganadora.

Los rumores ya eran moneda corriente sobre un acuerdo Beilin-Abu Mazen(Abbas), pero sólo unos pocos tuvieron la oportunidad de ver el documento con sus propios ojos o al menos tenerlo entre sus manos. Yo fui uno de esos pocos. Con la boca abierta, leí el resumen completo de dicho documento para un acuerdo de paz que habían formulado 18 meses antes dos brillantes campeones de la paz, uno israelí y el otro palestino. El documento no dejaba nada al azar: Mahmoud Abbas está dispuesto a firmar un acuerdo permanente. El refugiado de Safed había superado los fantasmas y las ideas del pasado, y estaba dispuesto a construir un futuro conjunto palestino-israelí sobre la base de la convivencia. Si nosotros solamente evitábamos el pulgar hacia bajo del Likud, y echábamos a Benjamin Netanyahu de la oficina presidencial, Abbas se uniría a nosotros, e iría de nuestra mano para caminar hacia la solución de dos estados.

Abbas era un socio serio para una paz verdadera, el único con el que podríamos hacer un avance histórico hacia la reconciliación.

Así lo entendimos. He hicimos lo que era necesario. En 1999, derrocamos al Likud y a Netanyahu. En 2000, fuimos a la cumbre de paz en Camp David. !Pero menuda sorpresa!: Abbas no llevó el plan Beilin-Abu Mazen a Camp David, o cualquier otro proyecto de una propuesta de paz. Lo contrario fue más bien lo cierto: Abbas fue uno de los más acérrimos objetores, y su demanda de un derecho al retorno impidió cualquier avance.

Pero preferimos creer que él no podía hacerlo tan rápidamente.

Durante el otoño de 2003, ya se estaba formulando el Acuerdo de Ginebra, y estaba claro para nosotros que no había más excusas, y que ahora Abbas debía firmar el nuevo acuerdo de paz y la adopción de sus principios. !Pero menuda sorpresa!: Abu Mazen envió a Yasser Abed Rabbo (un ex ministro de la Autoridad Palestina) en su lugar, mientras él permanecía en su cómoda oficina de Ramallah. No hubo ninguna firma, y no hubo ningún acuerdo.

Pero personas tan firmes como nosotros no podíamos darnos por vencidos en nuestros sueños. Así pues, en 2008, estuvimos detrás de Ehud Olmert y de las maratonianas conversaciones que mantuvo con Abbas, y es que esa oferta no podía ser rechazada. !Pero menuda sorpresa!: Abu Mazen en realidad no se negó, simplemente desapareció. Él no dijo que sí, tampoco dijo que no, simplemente desapareció sin dejar rastro.

¿Acaso no empezamos a entender que estábamos ante el Yitzhak Shamir palestino? No, no y no. En el verano de 2009, nosotros incluso apoyamos a Netanyahu cuando hizo sus propuestas a Abbas en su discurso de Bar-Ilan, y congeló la construcción en los asentamientos. !Pero menuda sorpresa!: éste sofisticado objetor no parpadeó, ni se movió adelante. Sencillamente se negó a bailar el tango de la paz, ese que deben bailarlo dos, con el líder derechista israelí.

¿Hemos abierto los ojos? Por supuesto que no. Una vez más, culpamos a Netanyahu y al Likud, y hoy en el 2014, y pese a todo lo anterior, creímos que Abu Mazen no se atrevería a decirle que no a John Kerry. !Pero menuda sorpresa!: a su manera sofisticada y educada, Abbas ha dicho que no en los últimos meses tanto a Kerry como a Barack Obama. Una vez más, la posición del presidente palestino era clara y consistente: los palestinos no deben ser obligados a hacer concesiones. Sin duda se trata de un juego complicado que se basa en exprimir más y más los compromisos que deben realizar los israelíes, sin que los palestinos tengan que conceder ni un solo y real compromiso por su parte.

Miren, veinte años de conversaciones infructuosas no han conducido a nada. No existe ningún documento que contenga algún tipo de concesión palestina real con la firma de Abbas. Ninguno. Nunca lo hubo y nunca lo habrá. Durante los 17 años que han transcurrido desde que Beilin sacó ese documento de su caja fuerte, él se ha divorciado, se ha vuelto a casar y ha tenido nietos. Yo también me he divorciado, me vuelto a casar, y traje más hijos al mundo. Pasa el tiempo y la experiencia que hemos acumulado nos ha enseñado tanto a Beilin como a mí un par de cosas.

Pero muchos otros no han aprendido nada. Todavía están permitiendo que Abbas les engañe como a bobos mientras sigan esperando al Godot palestino, ese que nunca vendrá.

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Saturday, March 22, 2014

No habrá paz si el campo de la paz no exije a los palestinos que contribuyan a ella - Ari Shavit - Haaretz



En Washington y Nueva York, y hasta en Tel Aviv, una ofensiva global se está librando sobre el estado nacional del pueblo judío. Buscadores de la paz estadounidenses e israelíes están atacando furiosamente la exigencia de reconocer a Israel como un Estado judío.

De repente, no sólo los asentamientos son un crimen de guerra, sino que también lo es la demanda del pueblo judío de que se reconozca su derecho a la autodeterminación. De repente, la idea fundamental del sionismo, que fue reconocida en la Declaración Balfour, en la resolución de partición de la ONU y en la Declaración de Independencia de Israel, no es legítima.

La idea de que junto al Estado-nación palestino (no democrático) habrá un Estado-nación judío(democrático) hace que muchas buenas personas se ofendan. Personas que están por regla general comprometidas con la igualdad no están dispuestas a conceder a los judíos lo que de una manera firme exigen para los palestinos. Esas personas que quieren la paz están rechazando de plano la exigencia de un verdadero umbral para la paz: un verdadero reconocimiento mutuo.

Ya se hablado lo suficiente sobre la esencia de la cuestión. Es un conflicto de ceguera mutua. Nosotros no reconocíamos la existencia de un pueblo palestino con derecho a su propio estado soberano y los palestinos no reconocen la existencia de un pueblo judío que tiene derecho a su propio estado soberano.

Está claro, por lo tanto, que el fin del conflicto debe suponer el fin de la ceguera. Debe implicar el reconocimiento por cada parte de la otra, cuya existencia y derechos ha ignorado durante los últimos 100 años más o menos.

Israel ya ha abierto sus ojos. En 1993 admitió que existe un pueblo palestino, en el 2000 Israel aceptó el establecimiento de un Estado palestino y en el 2009 el líder de la derecha israelí abrazó este doble reconocimiento.

Así que ahora es el turno de que los palestinos abran sus ojos. Como Israel acepta el principio de una división de la tierra sobre la base de las fronteras de 1967, ahora los palestinos tendrán que declarar que existe un pueblo judío con un legítimo derecho a la tierra y que tiene derecho a definirse a sí mismo como un Estado judío y democrático (siempre y cuando respete los derechos de todos sus ciudadanos y conserva una plena libertad religiosa). Simple, muy simple. Obvio, muy obvio.

Sin embargo, en el momento de la verdad, de repente todo se convierte en muy complicado. Lo obvio es visto como algo surrealista, como una locura. A pesar de que Yasser Arafat ya reconoció el Estado judío, a pesar de que el plan de paz de John Kerry se basó desde el principio en el reconocimiento del Estado judío, ese término se ha convertido de repente en un insulto o una grosería.

La demanda más básica dirigida a los palestinos de repente se ve como un capricho. ¿Por qué? Porque cuando Mahmoud Abbas dice que no, muchos dentro de la comunidad internacional, y en amplios sectores de la izquierda israelí, se derrumban y se desmoronan.

Ellos carecen de la valentía necesaria para hacer frente a los palestinos y decirles "hemos llegado (con vosotros) hasta aquí". Aun cuando la posición palestina es claramente inmoral, sienten la obligación de seguir su línea.

El profesor Alexander Yakobson es un historiador que estuvo anteriormente muy activo dentro del campo de la paz. Cuando abandonó dicho campo, me dijo que su plataforma era excelente. El problema es que debajo de esa plataforma había una cláusula escrita con tinta invisible que decía que todos los principios anteriores estaban sujetos a que los palestinos no se opusieran a ellos. Así que el momento en que los palestinos vetan cualquier cosa, la plataforma de la izquierda sionista se derrumba y pierde toda su validez.

Esa tinta invisible es el auténtico problema del campo de la paz internacional e israelí. Paradójicamente, la tinta invisible es actualmente uno de los mayores obstáculos para la paz. No habrá paz si los palestinos no aportan su cuota a dicha paz. Pero los palestinos no contribuirán con su parte si las personas que quieren dicha paz, tanto en Israel como en el mundo, no insisten a que contribuyan.

Así que ha llegado la hora de que aquellos que realmente quieren poner fin a la ocupación y dividir la tierra se levanten y se enfrenten a Abbas, y le exijan que él también debe cruzar su propio Rubicón. Si él no lo hace, el deslizamiento de tierra será inmensamente peligroso. Abbas está corriendo el peligro no de enterrar al Estado judío, sino la solución de dos estados.

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Sunday, March 09, 2014

El triunfo y tragedia de "Mi Tierra Prometida" de Ari Shavit – Sol Stern – Daily Best



El libro de Ari Shavit, Mi Tierra Prometida, bien puede catalogarse de un gran éxito comercial, pero también es el libro de un escritor israelí aclamado por la crítica y que explica la complicada historia de su país a los lectores estadounidenses. Esto hizo que estuviera en la lista de best-seller del New York Times durante varias semanas y fuera elogiado profusamente en la mayoría de las principales reseñas de libros, incluyendo un delirio del editor literario del New Republic, Leon Wieseltier. Los editores de la revisión seleccionaron el libro de Shavit como uno de los 100 mejores libros del año. Mientras tanto, en las páginas editoriales de la Señora Gris (la denominación del New York Times), su conocido columnista Thomas Friedman hizo alarde del libro de Shavit como de una "lectura obligada" y se la recomendó al presidente Obama y al primer ministro israelí Bibi Netanyahu para que ambos lo lean antes de su próxima conversación o contencioso telefónico
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Shavit también ha ganado por este libro el Premio Nacional del Libro Judío (National Jewish Book Award) en la categoría de historia judía y ha dado conferencias ante un numeroso y entregado público en la Jewish Y y en sinagogas de todo el país.

Parte de esta adulación es bien merecida. Shavit es el periodista israelí con más talento de su generación. En su base de operaciones en el Haaretz (a menudo descrito como el New York Times de Israel) ejerce una triple labor - columnista prolífico, periodista y miembro del consejo editorial del periódico -. El Haaretz es un diario aún más reflexivamente de izquierdas que el NYT.  Las páginas editoriales del diario se adornan frecuentemente de diatribas políticas de una variedad de post-sionistas, posmodernos y marxistas. De toda esta mezcla, Shavit se destaca como uno de los pocos adultos de sus páginas de opinión. Al igual que la mayoría de sus colegas del Haaretz, Shavit comenzó como un entusiasta de los acuerdos de Oslo y del proceso de paz, pero luego experimentó dudas. Finalmente rompió con la izquierda israelí después de haberse convencido por los hechos sobre el terreno - es decir, los terroristas suicidas de la Segunda Intifada - que los palestinos no eran unos socios fiables para la paz o para la consecución de un compromiso y una solución de dos estados.

Shavit escribe maravillosamente en hebreo y en inglés. De hecho, Mi tierra prometida fue escrito  en inglés (no hay edición en hebreo) y está dirigido al mercado estadounidense, en particular a los judíos de América. Antes de la publicación, el autor dijo a sus amigos que su libro trataba de atraer tanto a los partidarios de la línea dura de Israel como a los grupos pacifistas, como J Street, bastante más críticos con las políticas del gobierno israelí. Cada lado, esperaba él, encontraría algo en su libro que comulgara con sus propios puntos de vista sobre el conflicto palestino-israelí. Hasta el momento, las esperanzas de Shavit se han visto cumplidas.

Es por eso que el muy progresista New Yorker seleccionó publicar un extracto de un largo capítulo del libro de Shavit donde se describía la supuesta brutal expulsión por parte del ejército israelí de los árabes palestinos de la ciudad de Lydda (Lod) durante la guerra árabe-israelí de 1948. (En sus agradecimientos, Shavit acredita que el editor del New Yorker, David Remnick, le animó a escribir el libro y a "volcarse en el manuscrito") . “Lydda es la caja negra del sionismo",  escribía Shavit en el New Yorker. "La verdad es que el sionismo no podía soportar la ciudad árabe de Lydda". Casi al mismo tiempo, el Wall Street Journal publicó un fragmento diferente del libro bajo el título: "En Israel, un sueño hecho realidad". En este fragmento, Shavit declaraba que "en Israel, el renacimiento judío se consiguió gracias al notable éxito del sionismo", "pudiéndose comprobar la transformación de los judíos en este siglo sionista. Tuvimos que venir aquí, y una vez que llegamos, hicimos maravillas".

Algunos críticos de Mi tierra prometida han sugerido que la capacidad de Shavit de equilibrar dos verdades aparentemente contradictorias - el "notable éxito del sionismo" y la "caja negra del sionismo" es precisamente la cualidad que hace a su libro tan convincente. "Shavit sabe expresar la solidaridad y la crítica a la vez", escribe Leon Wieseltier. "Propone que el sionismo fue históricamente milagroso y propone que el sionismo fue históricamente culpable". Medido solamente por el volumen de sus palabras, el libro de Shavit se inclina más hacia el lado glorioso del sionismo que hacia ese otro lado supuestamente más oscuro. Hay cuatro o cinco capítulos extremadamente ágiles que representan los logros "milagrosos" de la revolución sionista: recuperación y cultivo de la tierra, el rescate de un pueblo devastado por las sombras del Holocausto, la construcción de una economía empresarial robusta y de un renacimiento artístico y cultural. Y todas estas "maravillas" se han llevado a cabo incluso cuando el pueblo de Israel ha permanecido bajo una constante amenaza militar a su supervivencia nacional.

Shavit sólo dedica un capítulo completo a esa "caja negra" del sionismo: el relato de lo que se hizo a los árabes de Lydda por las fuerzas militares israelíes durante tres días de julio de 1948. Sin embargo, contrariamente a la opinión de Wieseltier, no tiene sentido tratar de equilibrar la condena de Shavit de los fallos del sionismo en Lydda con la descripción en su libro de los muchos logros admirables del proyecto sionista. El acto de equilibrio no funciona porque el capítulo sobre Lydda del libro de Shavit se basa en una distorsión histórica tan brutal que abruma a ese otro testimonio del lado positivo y milagroso del sionismo y, en efecto, lo que consigue es prestar apoyo a la propia narrativa histórica del movimiento palestino de una nación inocente, de unos indígenas desposeídos y de una limpieza étnica llevada a cabo por unos pérfidos colonos judíos - la llamada Nakba -. La interpretación perversa de lo sucedido en Lyyda por parte de Shavit no sólo daña la causa de la defensa del sionismo contra sus numerosos enemigos, previos y actuales, sino que también socava la posibilidad de un compromiso realista de paz con los palestinos.

Sorprendentemente, no hay nada nuevo en la descripción fáctica de Shavit de los acontecimientos acontecidos en Lydda desde el 11 julio hasta 13 julio de 1948. Todos los historiadores serios de la época han reconocido lo que sucedió en la ciudad árabe palestina durante esos tres días de violencia. Lo que hace Shavit es tomar una vieja historia fuera de contexto y darle un peso moral que es imposible de soportar.

Inmediatamente después de que David Ben Gurion declarara la independencia de Israel el 14 de mayo de 1948, el nuevo estado fue invadido por cinco ejércitos árabes. La más eficaz de todas esas fuerzas militares era la Legión Árabe de Jordania, comandada por oficiales británicos. La Legión puso cerco a Jerusalén y, finalmente, obligó a todos los judíos que vivían en la Ciudad Vieja a abandonarla a punta de bayoneta. Los jordanos también estuvieron a punto de cortar la carretera que unía Tel Aviv con Jerusalén, poniendo así en peligro el corazón del Estado judío. Lydda, (con una población de más de 40.000 árabes) estaba a sólo 11 millas al este de Tel Aviv, en la ruta a Jerusalén, y en el área asignada para el futuro Estado palestino por el plan de partición de las Naciones Unidas de 1947. (La propuesta de partición fue aceptada por los judíos pero fue rechazada por los árabes, y esa fue la razón de que Lydda se convirtiera en un campo de batalla clave en 1948).

A principios de julio, los comandantes de las fuerzas israelíes determinaron que debía eliminarse la amenaza que planteaba la Legión Árabe sobre la ciudad más grande de Israel y tratar así de asegurar el camino a Jerusalén. La necesidad militar dictaba que Lydda y varios pueblos colindantes debían ser conquistados para poder empujar hacia el este a las fuerzas jordanas, lejos de Tel Aviv.

Tal como Shavit describe la acción, una columna de blindados de las fuerzas israelíes penetró en Lydda en la mañana del 11 de julio disparando contra todo a su paso. Después de una batalla de 47 minutos más de cien civiles árabes y nueve soldados israelíes habían muerto. "Por la tarde", relata Shavit, "el sionismo había tomado la ciudad de Lydda". Sin embargo, al día siguiente los vehículos blindados jordanos volvieron de repente a la ciudad. Los soldados israelíes fueron atacados de nuevo, incluso por grupos de irregulares palestinos armados. Entonces, algunas de las fuerzas israelíes comenzaron a disparar en todas las direcciones y lanzaron granadas de mano contra algunos hogares creyendo que era de allí desde donde provenían los disparos. La segunda ola de violencia provocó la muerte de otros 200 residentes de Lydda. "El sionismo llevó a cabo una masacre en la ciudad de Lydda", escribe Shavit.

La noticia de la reanudación de los combates llegó a la sede de las fuerzas israelíes, donde el comandante de alto rango Yigal Allon le preguntó a Ben Gurion lo que debía hacerse con los árabes de Lydda. Según Shavit, "Ben Gurion hizo un gesto con su mano y dijo, deportarlos" al oficial de Operaciones Itzjak Rabin, quien informó a sus hombres de la orden: "Los habitantes de Lydda deben ser expulsados de forma rápida, sin tener en cuenta la edad". Al día siguiente, 13 de julio de 1948, treinta y cinco mil árabes palestinos partían de Lydda caminando hacia el este, hacia las líneas jordanas con poco más que la ropa que llevaban puesta.

El desnudo y fáctico relato por parte de Shavit de los combates en Lydda es coherente con varias historias de la primera guerra árabe-israelí, incluyendo el volumen de Benny Morris, “1948”, considerado por muchos como la historia definitiva del conflicto. (Morris es conocido como el decano de los "nuevos" o "revisionistas" historiadores de Israel, a causa de su pionero trabajo académico en la década de 1980, donde mostraba que Israel era mucho más responsable de la creación del problema de los refugiados palestinos de lo que habían previamente reconocido los líderes del Estado judío). Pero en su más amplia interpretación histórica de los acontecimientos en Lydda, y en su radical juicio moral, Shavit va mucho más allá del relato de Morris.

"Lydda es nuestra caja negra", escribe Shavit. "En ella reside el secreto oscuro del sionismo. La verdad es que el sionismo no podía soportar a Lydda. Desde el principio había una contradicción sustancial entre el sionismo y Lydda. Si el sionismo debía existir, Lydda no podía hacerlo. Si Lydda seguía existiendo, el sionismo no llegaría a existir. En retrospectiva, estaba muy claro. Cuando Herbert Bentwich [un líder sionista británico del siglo XIX que pasó por haber sido el bisabuelo de Shavit] vio en Lydda la torre blanca de Ramleh, en abril de 1897, debería haber visto que si un Estado judío debía existir en Palestina, una Lydda árabe no podría existir en su mismo centro".

Resulta bastante sorprendente que un libro que ha ganado un prestigioso premio de historia judía pueda incluir tantas falsedades históricas en un párrafo tan corto. Si ese fuera el caso, tal como afirma Shavit que "el sionismo no podía soportar a Lydda", a uno le gustaría preguntarle a su autor cómo se explica que el sionismo se las arreglara para poder soportar la existencia de otras ciudades árabes, por ejemplo Nazaret, donde no hubo expulsiones (la población de la ciudad es ahora de 60.000 personas) o cómo el sionismo soportó y soporta a la ciudad árabe de Umm al-Fahm (con una población árabe de unas 50.000 personas ) en un área densamente poblada de población árabe, denominada el "Triángulo", y situada en el centro de Israel.

Shavit afirma que los primeros sionistas estaban ciegos a la existencia de las otras personas que vivían en esa tierra y que codiciaban como su propia patria. Por lo tanto, argumenta de una manera absurda, su propio abuelo debería haber sabido en 1897 que un futuro estado judío significaría el fin de la Lydda árabe. El juicio de Shavit sobre la responsabilidad moral de lo acontecido en Lydda parece querer adaptar su narración al mito del pecado original del sionismo, pero va en contra de los registros históricos. Hay pruebas abrumadoras (algunas incluso incluidas en el propio capítulo de Shavit) de que la orden de expulsión en Lydda fue contingente y tomada a posteriori, más que históricamente anunciada de antemano. La decisión se tomó debido a los hechos que se desarrollaban sobre el terreno en una guerra lanzada por los países árabes y las milicias palestinas con la expresa intención de aniquilar y expulsar a los judíos de Palestina.

Al principio de la guerra, el Secretario General de la Liga Árabe, Abdul Rahman Azzam, prometió: "Esta guerra será una guerra de exterminio y provocará una masacre trascendental (de judíos) cuyo recuerdo será similar al generado por las masacres mongolas y de las cruzadas". El líder de las milicias armadas palestinas durante la guerra de 1948 fue el ex-Mufti de Jerusalén, Haj Amin al-Husseini. Al-Husseini colaboró activamente con Hitler en la implementación de la Solución Final. En una reunión en Gaza en 1947, fue reelegido Presidente del Comité Superior Árabe, el órgano político que representaba a los palestinos, y a continuación dejó en claro que el objetivo de la guerra de 1948 sería la aniquilación de los judíos de Palestina. Shavit no menciona nada de esto como parte del contexto histórico esencial cuando condena al sionismo por la expulsión de los habitantes de Lydda.

Tampoco Shavit toma en cuenta cualquiera de los varios contraejemplos bien documentados de la expulsión de los árabes de Lydda. En la ciudad mixta de Haifa, por ejemplo, el alcalde judío Shabtai Levy se reunió con los líderes árabes justo antes de que estallara la guerra. Él llegó hasta las lágrimas cuando les rogó a los representantes árabes que solicitaran a su propia gente que permaneciera en sus casas, prometiendo que no sufrirían ningún daño. Los dirigentes árabes le contestaron a Levy que habían recibido órdenes de abandonar la ciudad, e incluso amenazas de al-Husseini, y que debían obedecer. La reunión entre el alcalde Levy y los notables árabes es descrita gráficamente en Palestina traicionada, un libro del 2010 sobre los acontecimientos de 1.948 de historiador israelí Efraim Karsh. Como relata Karsh, un testigo presente en la reunión fue el mayor general Hugh Stockwell, el comandante militar británico de Haifa, y apenas un amigo del sionismo si es que se puede decir algo semejante. Karsh cita al general Stockwell diciendo a los líderes árabes, "Han tomado una decisión estúpida". Pocos días después de la reunión, los árabes de Haifa comenzaron a abandonar la ciudad.

Se podría pensar que habiendo juzgado moralmente al sionismo por lo sucedido en Lydda, Shavit diría algo similar acerca de los árabes de Haifa que se vieron obligados a abandonar sus hogares por decisión de sus propios líderes palestinos, así como reconocería la labor del alcalde sionista Levy, que intentó mantener a los residentes árabes en su ciudad evitando que se convirtieran en refugiados.

También se podría decir que Shavit parece ciego a la realidad de la historia palestina y a su propia "caja negra" no reconocida - el rechazo violento, alimentado por las creencias islámicas, de cualquier presencia judía en la tierra -. Shavit no dice casi nada acerca de las muchas masacres de judíos cometidas por los árabes, de las expulsiones de judíos de las ciudades de Hebrón y Jerusalén, y del hecho de que a ni un solo judío se le permitió permanecer en cualquier área ocupada por los ejércitos árabes durante la guerra de 1948.

Otro aspecto preocupante del capítulo de Lydda de Shavit es su falta de citas académicas. El libro no nos dirige a las notas al final del él. En su lugar, Shavit dice que el material para el capítulo de Lydda vino de "numerosos relatos de esos acontecimientos traumáticos que me relataron a principios de 1990 un determinado número de veteranos en aquellos combates". Tal vez Shavit o su editor en el New Yorker, deberían darse cuenta que confiar en entrevistas orales de hace 24 años para su interpretación de lo sucedido en Lydda hace 66 años invitaría a plantearse algunas cuestiones probatorias. Así que para el artículo del New Yorker, Shavit añadió que también había utilizado el libro de Benny Morris, 1948: Una historia de la primera guerra árabe-israelí. Pero en lugar de proporcionar credibilidad al capítulo de Lydda, a estas alturas la cita de Morris plantea aún más dudas sobre la validez de la interpretación histórica de Shavit.

En 1948 y en varios otros de sus libros, Benny Morris ha rechazado la tesis de que los sionistas fueran ciegos a la presencia de los árabes en el territorio, o que el problema de los refugiados árabes estaba predestinado. Morris no considera la expulsión de los árabes de Lydda como una especie de metáfora del tratamiento reservado por el movimiento sionista a los árabes palestinos.

Contrariamente a Shavit y a otros historiadores revisionistas de izquierda, Morris afirma en 1948 que la calamidad palestina "nació de la guerra, no de un diseño previo". Una cosa más que se puede encontrar en el libro de Morris pero que no menciona Shavit, es que después de la orden de expulsión algunos árabes lograron permanecer en Lydda y en los últimos años más árabes se trasladaron a la ciudad. Hoy Lydda tiene una importante minoría de ciudadanos árabes.

En una carta de 2010 al Irish Times, Morris resumió su opinión sobre la cuestión de la responsabilidad moral por el problema de los refugiados palestinos. Vale la pena citar a Morris, que recordemos es una extensa fuente académica para Shavit en lo referente a su capítulo sobre Lydda:
En contra de la voluntad de la comunidad internacional, que se concretó en la Resolución de la Asamblea General de la ONU del 29 de noviembre de 1947, [los palestinos] desencadenaron las hostilidades contra la comunidad judía en Palestina, con la esperanza de abortar el nacimiento del Estado judío y quizás la destrucción de esa comunidad. Pero perdieron, y uno de los resultados fue el desplazamiento de 700.000 de ellos al abandonar sus hogares. A nivel local, en decenas de localidades de toda Palestina, los líderes árabes aconsejaron u ordenaron la evacuación de las mujeres y los niños, o de comunidades enteras.
La mayoría de los 700.000 “refugiados" palestinos huyeron de sus hogares a causa del flagelo de la guerra (y en la expectativa de que, en breve, podrían regresar a sus hogares tras las victoriosas tropas invasoras de los ejércitos árabes). Pero también es verdad que en varias decenas de lugares, incluyendo Lydda y Ramla, las comunidades árabes fueron expulsadas por las tropas judías. El desplazamiento de los 700.000 árabes que se convirtieron en "refugiados", y pongo el término entre comillas ya que dos tercios de ellos se desplazaron de una parte de la Palestina Mandataria a otra, y no abandonaron propiamente su país (que es la definición usual de un refugiado), no fue por lo tanto un "crimen racista"... sino el resultado de un conflicto nacional y una guerra, con connotaciones religiosas desde la perspectiva musulmana, puesta en marcha por los propios árabes.
Para la versión publicada en el New Yorker del capítulo sobre Lyyda del libro de Shavit, se añadió un nuevo párrafo principal que intenta proporcionar una relevancia contemporánea al relato de los acontecimientos que ocurrieron hace 66 años. Tomando nota de los recientes esfuerzos de la administración Obama para avanzar en las negociaciones y "lograr la paz entre Israel y los palestinos", el párrafo se pregunta si este esfuerzo podrá tener éxito allí donde otros han fracasado. "Es posible que la respuesta se puede encontrar en la historia de Lydda", escribe Shavit. "Cualquier persona que lucha por la paz en Oriente Medio debe reconocer la tragedia de Lydda y comprender sus implicaciones".

En realidad, la interpretación de Shavit de las expulsiones de Lydda, y la atención que su libro está recibiendo, es probable que haga más difícil - no más fácil – el lograr la paz. Es sorprendente que alguien como Shavit, tan sofisticado y conocedor de las patologías en circulación entre los palestinos, no sea capaz de ver esto con claridad. La metáfora de la "caja negra" del sionismo juega directamente a favor de la falsa narrativa palestina de la Nakba, que ahora mismo es el obstáculo más importante para el logro de una visión realista de un compromiso de paz.

La palabra árabe Nakba connota una catástrofe histórica infligida a un pueblo inocente y sin ningún grado de culpa y de responsabilidad en su propia suerte - en este caso los palestinos -, por parte de  fuerza externa abrumadora - el sionismo internacional -. Así, el 16 de mayo de 2011, el New York Times publicó un artículo de opinión de Mahmoud Abbas en el que declaraba que "poco después" de que la Asamblea General de la ONU votó la partición de la "patria palestina, las fuerzas sionistas expulsaron a los árabes palestinos para asegurarse una decisiva mayoría judía en el futuro estado de Israel, y los ejércitos árabes intervinieron. La guerra y más expulsiones se produjeron".

La Nakba es el corazón de la narrativa nacional retrospectiva de los palestinos. Cada año, en el aniversario de la independencia de Israel, más y más palestinos (incluidos algunos ciudadanos árabes de Israel) conmemoran la Nakba con desfiles y manifestaciones (a veces violentas) que expresan el anhelo de un paraíso perdido. Todos los años, la leyenda incrementa y exagera las malas acciones cometidas por los sionistas en 1948, crímenes que son rutinariamente equiparados con el Holocausto.

Hacerse eco de la narrativa de la Nakba es una máxima fundamental de esa coalición de movimientos de la izquierda internacional que celebra a los palestinos como las últimas víctimas del racismo y del colonialismo occidental. La única compensación justa por la Nakba, dicen los palestinos y sus aliados internacionales, es permitir a los refugiados de Lydda y de otras ciudades palestinas su "derecho de retorno" a sus antiguos hogares en Israel. Los líderes palestinos saben que no pueden haber negociaciones serias de paz a menos que renuncien explícitamente al derecho de retorno, que es en realidad otra forma de llamar a una eliminación de Israel como un Estado judío.

Shavit también sabe todo esto, por lo que debería conocer que su interpretación de la expulsión acontecida en Lydda en 1948 será utilizada como un nuevo argumento para el derecho palestino al retorno, así como para cuestionar la legitimidad de Israel como Estado judío. En el párrafo final del capítulo sobre Lydda, Shavit escribe que recientemente subió al punto más alto de la zona, y contempló Lydda tal como es hoy. Esto le hizo pensar nuevamente sobre la tragedia ocurrida seis décadas antes. "Cuarenta y cinco años después de que el sionismo viniera hasta el valle de Lydda en nombre del pogrom de Kishinev de 1903, el sionismo instigó una catástrofe humana en el valle de Lydda", escribe Shavit. Y luego pasa a imaginarse como la gran columna de refugiados de Lydda sigue marchando: "Han pasado tantos años, y sin embargo, la columna sigue marchando hacia al este. Pero las columnas, como la columna de Lydda, nunca dejan de marchar".

Al contrario de muchas de las restantes colaboraciones de Shavit, no hay nada valiente acerca de este tipo de escritura que se muestra claramente errónea ante los hechos y se basa en una falsa interpretación histórica de ellos para imponer su lógica moral. Los refugiados de Lydda pueden seguir marchando ante la viva pero distorsionada imaginación de Shavit, pero en realidad ellos y sus descendientes - que ya suman de 5 a 7 millones de almas - se han encerrado durante los últimos 65 años en miserables campos de refugiados. Y no es por el sionismo por lo que todavía están allí. Más bien se debe a sus propios líderes y a los regímenes árabes que quieren que sigan allí encerrados.

Y ese es un crimen tan grave como las expulsiones de Lydda. Constituye el único problema de refugiados en el mundo que la comunidad internacional y la ONU se han negado a resolver mediante la integración de los refugiados en sus países de acogida. Y sin embargo, hay una cierta lógica perversa de esta política, ya que permite a los líderes palestinos continuar alimentando a los refugiados con una dieta diaria de odio hacia los judíos, junto con la ilusión de que algún día van a regresar en triunfo a sus hogares en Lydda y en otras ciudades israelíes.

Mientras tanto, los 1,5 millones de ciudadanos árabes de Israel son los únicos árabes en la región que viven en una sociedad libre y democrática y disfrutan del más alto nivel de vida entre los árabes del Oriente Medio.

Por desgracia, la "caja negra" de Ari Shavit sobre Lydda no contiene ninguna de estas duras verdades. Se trata de un "regalo" a Mahmoud Abbas y a los aborrecedores de Israel de todo el mundo. Y esa es la "tragedia" hasta ahora no reconocida del libro de Shavit.


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Saturday, February 15, 2014

Cuatro razones por las que Israel debe ser reconocido como un Estado judío - Ari Shavit - Haaretz



El ex jefe del Mossad, Meir Dagan, cree que la demanda de reconocer a Israel como un Estado judío es una tontería. Pero no es ninguna tontería, es la demanda más natural y justificada imaginable. Por cuatro razones debemos apoyar el primer ministro Benjamin Netanyahu, y a la ministra de Justicia, Tzipi Livni, cuando ponen esa demanda en la parte superior de la agenda diplomática.

La primera razón: el conflicto palestino-israelí no se inició en 1967 y no gira en torno a la ocupación y a los asentamientos. Se trata de un profundo conflicto social-nacional-religioso-cultural, cuyo fundamento es la ceguera. Durante décadas, el sionismo se negó a ver al pueblo palestino, y al hacerlo, se negó a reconocer su derecho a establecer un Estado palestino. A día de hoy, el movimiento nacional palestino se niega a ver el pueblo judío y reconocerle de esa manera su derecho a un Estado judío. Esta ceguera doble y continua es lo que encendió la guerra de 100 años entre nosotros y ellos. Es por ello que, con el fin de poner fin a esta guerra, nosotros debemos reconocer a su nacionalismo y a su estado, y ellos deben reconocer nuestro nacionalismo y a nuestro estado. Así como la paz es imposible sin un Estado palestino, la paz será imposible sin un Estado judío.

La segunda razón: el gran logro de los Acuerdos de Oslo fue conseguir que los israelíes pasaran a reconocer el hecho de que existe un pueblo palestino en la Tierra de Israel con unos derechos legítimos. El gran logro de la cumbre de paz de Camp David fue que Israel reconoció la necesidad de establecer un Estado palestino. El resultado acumulado de Oslo y Camp David supuso una revolución en Israel. Las personas que vivían en Sion reconocieron finalmente que había otro pueblo en esta tierra y admitió que tenía derecho a un estado diferente, que expresará su derecho a la autodeterminación. Por lo tanto, no hay ninguna razón por la que las personas que residen en Palestina no puedan abrir sus ojos finalmente y ver que hay otro pueblo en esta tierra, y que tiene derecho a una nación diferente que exprese su derecho a la autodeterminación. La reciprocidad no es un pecado. La simetría no es un crimen de guerra. Los que creen que los israelíes y los palestinos son iguales tienen la obligación moral de exigir a los palestinos exactamente lo que exigen de los israelíes.

La tercera razón: los palestinos no van a renunciar a la exigencia del derecho al retorno. El trauma de la Nakba es su trauma fundacional, y la experiencia de sus refugiados es la experiencia que los moldeó, y no hay un líder palestino que declare que los palestinos nunca volverán a las ciudades y pueblos que perdieron en 1948. Cualquier solución del problema de los refugiados será superficial e insatisfactoria. Pero debido a que en realidad es imposible exigir a los palestinos que cambien sus puntos de vista y conviertan su identidad, es necesario exigir que reconozcan lo siguiente: que el pueblo judío es un pueblo de esta Tierra de Israel, y que no llegaron hasta aquí desde Marte. Hay que pedirles que admitan que el pueblo judío tiene una historia propia, una tragedia propia y su propia justificación.

Los palestinos deben conceder que los judíos no son unos colonialistas europeos, sino unos vecinos legítimos. No habrá paz si los niños que crecen en el campo de refugiados de Deheisheh no saben que el país que está más alla de la frontera es un Estado judío legítimo de un verdadero pueblo judío, a los que se debe permitir vivir en paz. Son aquellos que aceptan el reconocimiento de Israel como un Estado judío quienes realmente están levantando la paz.

La cuarta razón: Un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos será en gran medida un acuerdo unilateral en el que Israel dará y los palestinos recibirán. Sólo el reconocimiento de Israel como un Estado judío convertiría el anhelado acuerdo en uno de dos caras. Mientras Israel transferirá activos concretos a su vecino, territorios y derechos, los palestinos deberan dar el único regalo que serán capaces otorgar: la legitimidad.

Meir Dagan es un israelí que goza de una gran cantidad de respeto. Su biografía es heroica, una guiada por "el derecho al poder". Pero la paz no se construye solamente por ese derecho al poder, sino por el poder de los derechos. Sin el reconocimiento explícito de los palestinos de nuestro nombre, identidad y derechos no habrá paz.

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Saturday, December 14, 2013

El sionismo, entre lo real y el ideal - Daniel Gordis



Es en esa dolorosa brecha entre lo real y lo ideal se vive realmente la vida. En nuestros matrimonios, en nuestras relaciones con nuestros hijos y nuestros padres, el abismo entre lo que somos las personas y lo que a la gente le gustaría representa uno de los aspectos y momentos más dolorosos de la vida - pero también más productivos -. Es cuando nuestra gran expectación se enfrenta a la decepción, cuando el amor se ve paralizado por la traición y el anhelo, cuando nos enteramos que un verdadero compromiso se prueba en el crisol de la angustia, en el desesperado deseo de que las cosas hubieran sido diferentes, o aún podría serlo.

El sionismo no es realmente diferente. Aquellos de nosotros que pusimos en relieve la historias de esos valientes judíos salvados de las hogueras y hornos de Europa, defendiéndose a sí mismos en la década de 1940 contra los ataques de los árabes y luego bailando en las calles de Tel Aviv en 1948, nos vemos obligados a enfrentarnos a la realidad del Estado judío, algo que siempre es un proceso profundamente doloroso. La mayoría de nosotros conocemos a personas que, una vez expuestos los aspectos más feos de Israel, se han vuelto personas implacables, unos críticos sin amor por Israel. Otros asumen precisamente la posición opuesta, negando cualquier fallo o imperfección, y para ellos cualquiera que se atreva a criticar al Estado judío se demuestra totalmente equivocado, o bien se odia a sí mismo, o peor aún.

¿Es éste realmente el mundo que queremos habitar?

El nuevo libro de Ari Shavit, "Mi Tierra Prometida: El triunfo y la tragedia de Israel", nos pone a la prueba. Tiene un par de capítulos en los que, literalmente, pude leer solamente dos o tres páginas y, a continuación, tuvo que dejar el libro. Anduve después por la sala de estar, hice una taza de té, respiré hondo, y me obligué a sumergirme a través de dos o tres páginas más, antes de tomar otro descanso.

Terminé "Mi tierra prometida" agotado, dolorido y profundamente agradecido. Porque se trata de un libro escrito por un hombre cuyo amor por Israel impregna cada página. Adora el país y lo conoce profundamente (a diferencia de esos autores de los últimos años con críticas mucho menos matizadas y para quienes Israel es poco más que una "ocupación") y desea permanecer en Israel, "pase lo que pase", como dice en su última frase. Así los defectos de Israel no provocan apenas problemas a Shavit, lo atormentan. Escribió su libro, uno lo sospecha, porque él quiere que nos atormentan también a nosotros.

Mi "Tierra Prometida" es un hábil tejido de agonía y éxtasis. Justo cuando la narración se vuelve casi insoportable, Shavit cambia el tono y nos recuerda lo maravilloso, la creatividad y la decencia en el centro del alma misma de Israel. Lo hace con el buen ojo del periodista de primer nivel que es y con el dulce oficio de un gran novelista. No es de extrañar, por lo tanto, que críticos tan dispares como Leon Wieseltier, Jeffrey Goldberg y Thomas Friedman se hayan deshecho en elogios sobre el libro.

Pero no todo el mundo lo ha hecho. Algunos, angustiados por la crítica de Shavit a su amado Israel, han tratado de demostrar que Shavit está, bueno, se equivoca.

Quizás el capítulo más doloroso de Shavit trata sobre las masacres y el exilio de los árabes de Lydda (Lod) en la Guerra de la Independencia. Cuando recientemente se publicó este capítulo en The New Yorker, las respuestas predecibles surgieron inmediatamente. Allí estaba el "Ven... Israel nació en pecado, y con violencia asesina ese día". Y allí estaba también el "No, Israel está legítimado, precisamente porque nada de eso había sucedido".

Una columna escrita por un defensor de Israel muy elocuente y bien informado, cita a un periodista, Dan Kurzman (quien, aunque prolífico, no es un historiador declarado), como base para afirmar que Lydda se había "rendido, se retractó de su palabra, masacró y mutiló a soldados israelíes (judíos), y luego, a pesar de todo esto, a los residentes se les permitió salir ilesos". Entonces, el escritor se pregunta,"¿Por qué Shavit y sus editores omitieron el hecho crucial de que Lydda se había rendido y había accedido a desarmarse y vivir en paz, y que los israelíes (las fuerzas judías)  habían acordado permitirles quedarse?" [N.P.: a mí se me ocurren dos más, ¿por qué The New Yorker seleccionó para su publicación precisamente ese capítulo? y ¿por qué Ari Shavit, sabiendo cómo debía saber los motivos de esa selección, aceptó, quizás creyendo que era buena publicidad?]

Sin duda es una pregunta justa. Así que volví a leer partes de una historia fidedigna y autorizada de esa época, el magistral libro de Benny Morris "1948". Morris escribe (págs. 286 y siguientes) que los registros de las fuerzas de defensa israelíes muestran que 250 civiles fueron asesinados, y que Ben-Gurion autorizó la expulsión de 50.000 residentes de la ciudad (y luego se jactaron en su gabinete de que todos se habían ido). Los registros del Cuarto Regimiento del IDF informaron que "unos 30.000 mujeres y niños de ... Lydda ... están sufriendo de hambre y sed en un grado que muchos de ellos han muerto". ¿Eso equivale a que a "todos los residentes se les permitió salir ilesos?" En cuanto a la "rendición", Morris escribe que "como instrumento para la rendición implícitamente [énfasis añadido] permitieron a los habitantes de Ramla quedarse", y que Itzjak Rabin dio la orden de que "los habitantes de Lydda debían ser expulsados ​​de forma rápida y sin atención a la edad" (página 290).

Yo no soy un historiador y nunca he investigado ese período. Así que yo no pretendo saber exactamente lo que ocurrió. Lo que sí parece indiscutible, sin embargo, es lo siguiente: ya que la historia de esa época es altamente controvertida, la honestidad intelectual exige que, al menos, no pretendemos otra cosa. ¿Benny Morris (un historiador de primera clase) y Ari Shavit (un periodista igualmente talentoso) nos proporcionan un relato ficticio a sabiendas? ¿O es más probable que mi país de adopción (re) naciera en circunstancias que eran mucho más complejas - y también sucias y dolorosas - que las narradas en los relatos en los que muchos de nosotros fuimos criados?

¿Estoy de acuerdo con cada afirmación en el libro de Shavit? No. ¿Personalmente escribiría una frase como "el sionismo había llevado a cabo una masacre en la ciudad de Lydda"? No creo que pudiera.

Pero aquí está el problema. Precisamente porque espero legar a mis nietos un Israel mejor que el que heredé, necesito observadores atentos, investigadores cuidadosos y autores amantes de Israel como Ari Shavit, con plumas como la suya. Pero a veces esa prosa me detiene en seco, hace que me sea difícil respirar. Relatos como estos, incluso frases con las que me enfurezco, nos obligan a reconocer, cuando sería más fácil no hacerlo, que a pesar de la justicia de su causa, nuestro país - como muchos otros - fue creado en medio de un crisol de confusión, ira, pasión y violencia. Y ellos nos obliga a preguntarnos qué tipo de narrativa vamos a crear a partir de ahora en adelante

Es esa mezcla dolorosa que Shavit cree que podemos - y debemos - afrontar, con el fin de que el núcleo moral de Israel continúe prosperando. ¿Pero podemos amar a este país sólo si es perfecto? ¿O podemos modelar un sionismo en el que nos enfrentamos a las partes complejas y dolorosas de nuestra historia a la vez que afirmamos que tenemos todo el derecho - y la necesidad - de estar aquí?

Shavit cree que somos capaces de tomar un camino intelectual y moralmente sofisticado. Él espera, tengo esa sensación, de que podemos legar a las generaciones venideras un Israel que sea profundamente judío pero profundamente comprometido con la humanidad en general, físicamente seguro y lo suficientemente confiado como para ser profundamente autoreflexivo. ¿Acaso no es eso el judaísmo?

¿Está justificada la fe de Shavit en nosotros y en que podamos ser tan sofisticados? ¿O es quizás él quien nos a sobrestimado? Por el bien de todos, debemos esperar - y debemos asegurarnos - que no se equivoca.

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Thursday, November 21, 2013

Cómo Bush nos ha dirigido hacia un Iran nuclear (y como se exculpa de ello a Obama) - Ari Shavit - New York Times


 Israel desagradablemente sorprendido por la falta de reacción de EEUU ante el vicioso y violento discurso de Khamenei (contra Israel) (ver aquí)

 Los negociadores estadounidenses e iraníes comenzaron ayer una segunda ronda de conversaciones en Ginebra en busca de un acuerdo sobre el programa nuclear de Irán.

Si se firma un acuerdo, representaría una victoria iraní y una derrota americana. Los iraníes serían capaces de mantener su programa nuclear y continuarán enriqueciendo uranio, mientras que los estadounidenses y sus aliados aflojarían el cerco económico de Irán y permitirán al líder supremo de Irán, el ayatolá Ali Khamenei, el oxígeno económico necesario para sostener su régimen autocrático.

Sí, la carrera de Irán hacia la bomba se ralentizará, pero un acuerdo también garantizaría que eventualmente puede cruzar la línea de meta. La mentalidad de Ginebra se asemeja a una mentalidad de Munich: Se crearía la ilusión de paz en nuestro tiempo al tiempo que prepara el camino para un Irán nuclear en nuestra época.

Pero no culpo a Obama. De hecho, esta derrota estadounidense se puso en marcha mucho antes de asumir el cargo.

Tres presidentes americanos, cuatro primeros ministros israelíes y una docena de líderes europeos prometieron que nunca sucedería en realidad lo que está sucediendo. Que no sucedería lo que es casi una realidad. La bomba iraní está casi aquí mismo.

¿Por qué Occidente no fue capaz de movilizar sus recursos políticos, económicos y militares para forzar a Teherán a que abandonara sus ambiciones nucleares? La respuesta puede ser descrita como un error que se puede deletrear.

Después del 11-S, los Estados Unidos estaban decididos a contraatacar y destruir los santuarios terroristas mostrando su poderío imperial. El presidente George W. Bush optó por hacer todo esto en Afganistán e Irak. Afganistán puede haber sido un error, pero fue una decisión comprensible: Al Qaeda contaba con el apoyo de los talibanes y había encontrado refugio en el territorio controlado por los talibanes. Pero la invasión de Irak fue un error incomprensible, ya que no había vínculos entre Saddam Hussein y los 19 terroristas que atacaron Nueva York y Washington en septiembre de 2001.

Si Mr. Bush hubiera decidido demostrar el liderazgo estadounidense y ejercer el poder estadounidense con el lanzamiento de una campaña diplomática contra Irán en lugar de la campaña militar contra Irak hace 10 años, la posición internacional de los Estados Unidos sería mucho mejor en la actualidad. La decisión de la administración Bush de ir tras Irak en lugar de Irán fue fatal, y las consecuencias a largo plazo son solamente ahora cada vez más evidentes, a saber, un devastador fracaso estadounidense en la batalla para evitar un Irán nuclear, y que se refleja en la disposición de Washington a firmar un acuerdo imperfecto.

La responsabilidad de Mr. Bush por el desastre que ahora se despliega es doble: No pudo apuntar Irán hace una década y ha creado un clima que hace muy difícil apuntar hoy a Irán. La administración Bush no inició un asedio político-económico sobre Irán cuando era débil, y Mr. Bush debilitó América por agotamiento de su poder económico y militar en una guerra inútil. En esos momentos se necesitaba la voluntad americana para defenderse de una verdadera  amenaza global, pero la determinación necesaria ya no está aquí. Se ha perdido en la causa equivocada.

La forma correcta de hacer frente a la amenaza iraní habría sido establecer una amplia coalición entre Rusia, la Unión Europea, los países árabes sunitas, Israel y los Estados Unidos. Esto habría colocado a los líderes de Irán ante una amenaza real y les hubiera obligado a abandonar su proyecto nuclear, al igual que Libia lo hizo en 2003.

El Partido Republicano podría haberlo hecho en 2003 o 2005 o 2007. Pero los líderes republicanos desperdiciaron la oportunidad. Peor aún, los Estados Unidos se empantanaron en Irak y Afganistán, lo que chupó todo el oxígeno de los pulmones de América. Bush le pasó a Obama una nación que había perdido en gran parte la resolución que antes había poseído. Cuando nos enfrentamos a una amenaza real para la paz mundial, la voluntad de los Estados Unidos está gastada. Se había evaporado en las violentas calles de Basora y Bagdad.

Claro que el señor Obama también ha cometido errores. Después de llegar a la oficina, perdió el tiempo en una política inútil de compromiso y en unas sanciones ineficaces. Hizo caso omiso de los británicos, franceses, israelíes, egipcios y saudíes que le advirtieron de que estaba siendo ingenuo y dio la espalda a las masas iraníes que buscaban la libertad en junio de 2009. Cuando Mr. Obama finalmente hizo suya la diplomacia asertiva y las sanciones punitivas en 2011 y 2012, ya era demasiado poco y demasiado tarde.

Pero el señor Obama estaba operando dentro de las ruinas humeantes del desastre estratégico que había heredado.

Después de Irak, Estados Unidos es una nación traumatizada, con una capacidad de atención limitada para los problemas del Oriente Medio. El imperio está cansado. Se ha perdido el ardor y la sabiduría necesaria para hacer frente a la más cruel de las regiones del mundo y al más peligroso de los poderes del mal en el mundo.

El acuerdo de Ginebra que se está negociando es una ilusión. El llamado presidente moderado de Irán, Hassan Rouhani, también es una ilusión. Así como la esperanza de que el líder supremo de Irán puede ser apaciguado. Y porque los Estados Unidos han perdido la oportunidad para una diplomacia asertiva, el abandono de todas las opciones ante la mesa de negociaciones es algo desastroso.

En lugar de perseguir un peligroso acuerdo provisional, Occidente debe insistir en que todas las centrifugadoras de Irán dejan de girar mientras el acuerdo final se negocia. El presidente Obama tenía razón al exigir un congelamiento de los asentamientos en Cisjordania en 2009. Ahora él debe exigir un congelamiento total de las centrífugadoras en Irán.


Cómo Obama nos lleva hasta un Iran nuclear - Jonathan Tobin  - Commentary

En la página editorial del New York Times, el columnista del Haaretz Ari Shavit escribe que si se firma un acuerdo nuclear estadounidense-iraní "representaría una victoria iraní y una derrota americana", ya que sería "garantizar que [Irán] finalmente cruzaría la línea de meta [nuclear]". Sería el producto de una "mentalidad de Munich" que crearía "la ilusión de paz en nuestro tiempo al tiempo que prepara el camino para un Irán nuclear en nuestra época". Sería un acuerdo profundamente dañino, ya que es "una ilusión", al igual que el denominado "presidente moderado" de Irán, Hassan Rouhani, también es otra ilusión. Los aliados ignorados por Obama, "quienes le han advertido que estaba siendo ingenuo", y los Estados Unidos han "perdido la oportunidad para una diplomacia asertiva". Ahora Obama está llevando a cabo "un acuerdo provisional muy peligroso".

Así que, naturalmente, Shavit culpa de todo ello a Bush.

A los cinco años de presidencia de Obama, es un poco tarde para echar la culpa de los previsibles resultados de la diplomacia irresponsable de Obama sobre Bush. En 2009, Bush dio a Obama una estructura P5 +1 en funcionamiento, después de haber declarado que los EEUU se dirigían a Irán a través de un marco multilateral, ya que un "grupo de países pueden enviar un mensaje más claro a los iraníes", y "podrían encontrar nuevas sanciones si se necesitaban", más allá de las ya aprobadas, e inútiles, por las múltiples resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. La administración Bush también anunció que estaba "convencida de que si se les daba la oportunidad de elegir a sus líderes libremente y con justicia, el pueblo iraní elegiría un gobierno que... elegiría el diálogo y una conducta internacional responsable", en lugar del terrorismo y de las armas nucleares.

Pero no fue Bush quien a partir de entonces:
(a) se mantuvo mudo cuando el régimen iraní robó las elecciones y brutalmente reprimió una revuelta popular. 
(b) ante cada fracaso a la hora de lograr que Irán respondiera a su mano extendida, se limitó a anunciar que todavía había "tiempo y espacio" para que pudieran responder. 
(c) quien se opuso sistemáticamente a las sanciones más severas del Congreso, sólo para reclamar los créditos cuando ellas, finalmente, se promulgaron.  
(d) actualmente está empujando para realizar un mal negocio, argumentando que aunque esas sanciones llevaron a Irán a la mesa de negociaciones, unas sanciones ahora más fuertes provocarían que la abandonaran. 
(e) se muestra palpablemente presuroso apostando por un acuerdo "poniendo más tiempo en el reloj", ahora que el tiempo se acaba e Irán se está acercando a la línea de meta.
El jueves pasado, en el curso de su conferencia de prensa por el ObamaCare, Obama fue preguntado por los críticos que sostienen que sólo con sanciones más severas se logrará que Irán capitule. Él respondió que el propósito de las sanciones "era llevar a los iraníes a la mesa de negociaciones" y que para un acuerdo era necesario "dar más tiempo y espacio" para comprobar si Irán está "preparado para resolver efectivamente este problema". "Así podremos comprar algunos meses adicionales" afirmó Obama.


Pero el propósito de las sanciones no era llevar a Irán a la mesa, sino hacer que Irán cumpla con las resoluciones vinculantes de la ONU, y más meses adicionales son precisamente lo que Irán necesita para completar su programa nuclear. Obama está a punto de devolverles 10 mil millones de dólares, y reducir las sanciones, dándoles más tiempo y espacio para cruzar la línea de meta. De este fiasco no se puede culpar a Bush.

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Monday, September 30, 2013

Netanyahu debe instar a una suspensión del programa nuclear de Irán - Ari Shavit - Haaretz



Aquí hay algo que no se suele escuchar por estos lares: Israel tiene la razón.

E Israel tiene la razón porque la diplomacia durante la última década ha fallado, las sanciones de años recientes han fracasado e Irán está muy cerca de su meta. Israel tiene la razón porque las promesas solemnes que había recibido de los Estados Unidos antes de las elecciones presidenciales han resultado vacías y vanas.

Israel tiene la razón porque resulta claro que la firmeza de Occidente de cara a Teherán era imaginaria. Israel tiene la razón porque Irán ha cruzado todas las líneas rojas que el mundo le ha había dibujado desde el 2010, y el mundo se encuentra paralizado. El demonio nuclear iraní es un verdadero demonio que luego podrá desencadenar y cambiar todo.

Pero precisamente porque Israel tiene la razón se encuentra aislada. La comunidad internacional del 2013 sufre de shock traumático. Esto se debe a la crisis económica y a los conflictos en Irak, Afganistán, la Plaza Tahrir y Siria. Los estadistas que se reunirán esta semana en la sede de la ONU en Nueva York representan a una política débil, que trata de blanquear la situación y solo pretenden engañarse a sí mismos. El mundo carece de la gestión o del sostén apropiado, además de carecer de la visión de la necesidad existente de plantar cara al programa nuclear iraní . Así pues, al no querer ni tener en cuenta el hecho de que Israel tiene la razón, prefiere conducir a Israel en una esquina.

La persona que hoy encarna la rectitud de Israel más que nadie es Benjamin Netanyahu. Esta vez el primer ministro de Israel debería recibir aplausos en Nueva York, pues ha sido el único hombre de Estado que puso a Irán en el centro de la agenda internacional, y tenía la razón.

Netanyahu ha sido el único estadista que promovió y realizó esfuerzos para detener el programa nuclear iraní, y tenía la razón. Él fue el único hombre de Estado que sostuvo, incluso antes de que se desencadenaran los acontecimientos de Siria, que sólo una amenaza militar junto con una iniciativa diplomática estratégica podría hacer frente a un Estado radical con armas de destrucción masiva.

Pero a pesar de que fue el triunfador por su gran argumento ideológico sobre Irán, nadie está dispuesto a escuchar las verdades sombrías de las que les habla Bibi. Nadie va a dejar que Netanyahu arruine la gran fiesta de la ilusión. Las naciones ahora están unidas en su deseo de no dejar que el profeta de Jerusalén, ese que anticipó los acontecimientos no deseables, torpedee ahora una paz comercializada por el nuevo héroe de moda, el moderado vendedor de ilusiones de Teherán.

Hace doce años, Ariel Sharon pronunció su discurso de Checoslovaquia [N.P.: sobre la tentación de convertir a Israel en la nueva Checoslovaquia, una reedición del pacto de Hitler y Chamberlain en 1938]. Netanyahu tiene todas las razones para pronunciar esta semana su propio discurso de Checoslovaquia en las Naciones Unidas. El espíritu de Munich está en el aire. Hay similitudes preocupantes entre el espíritu en 1938 de Londres y de París y el espíritu actual de Londres y Nueva York. La tentación de hablar de Churchill es fuerte, pero Netanyahu no debe caer en la tentación. Debe decirle al mundo la verdad que se niega a escuchar, pero tiene que poner una propuesta creativa y práctica sobre la mesa.

La propuesta es simple: la suspensión. Tal como el presidente de los EEUU Barack Obama exigió que las conversaciones entre israelíes y palestinos estuvieran vinculadas a una suspensión de la construcción en los asentamientos, Netanyahu debe exigir que las conversaciones entre estadounidense e iraníes deben estar atadas a una suspensión de los avances en la capacidad nuclear de Irán.

La escusa que ahora se utiliza es que el presidente iraní Hassan Rohani es diferente. El argumento que se emplea es que Rohani está dispuesto a renunciar al programa nuclear por la prosperidad económica. Bueno, si fuera así, Rohani no debería tener demasiados problemas para estar de acuerdo en que mientras él y su gente llevan a cabo las negociaciones, el enriquecimiento de uranio y la construcción de centrifugadoras deben ser suspendidas por completo. Ni un kilogramo más debe ser enriquecido, ni una centrifugadora más.

La iniciativa de la suspensión es vital, pues es la única que va a poner de relieve que los iraníes y la comunidad internacional dan pruebas de decir la verdad. Si es rechazada, estará claro para todos a quién y a qué nos enfrentamos. Si es aceptada, la presión del tiempo atómico se aliviará y no habrá ninguna razón para tomar decisiones apresuradas. Sólo una propuesta de congelar el programa nuclear iraní inmediatamente podrá alejar a Israel de la esquina en la que se le ha aislado.

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Saturday, July 06, 2013

Turquía en el Nilo - Ari Shavit - Haaretz



La semana que Hosni Mubarak fue derrocado, a un funcionario israelí de alto rango se le preguntó qué pasaría en Egipto. El funcionario respondió en su idioma preferido, el inglés: "Turquía uno, Turquía dos o Irán" - un gobierno aparentemente democrático dirigido por el ejército, un gobierno aparentemente democrático dirigido por el Islam, o un régimen islamista -.

Dos años y medio más tarde, la posibilidad de que Egipto se convierta en Irán puede comenzar a descartarse claramente. El país del Nilo no parece poder convertirse en una teocracia gobernada por los Hermanos Musulmanes en un futuro próximo. Pero desde el comienzo de 2011, las otras dos posibilidades han estado compitiendo entre sí en El Cairo.

Lo que está ocurriendo ante nuestros ojos es un intento egipcio bien organizado de sustituir la nueva alternativa turca de un gobierno religioso con apariencia democrática por la vieja alternativa turca de un régimen militar con apariencia democrática.

Pero a medida que la Turquía uno sustituye a la Turquía dos, una tercera opción emerge: el desorden. Si bien la amenaza islámica para el futuro de Egipto está disminuyendo, lo verdaderamente novedoso es la amenaza creciente del caos. La buena noticia es muy buena: el Islam político no es invencible. La onda religiosa que inundó el Oriente Medio en los últimos dos años no es la última ola histórica.

A partir de hoy, los Hermanos Musulmanes parecen haber fallado a la hora de establecer un régimen duradero y una realidad duradera. Mientras que la revolución soviética fundó una tiranía que duró 70 años, la revolución islámica sunita no ha sido capaz de establecer un sistema político que funcione que preserve su hegemonía incluso durante un año. El que temía un siglo de oscuros califatos parece haberse equivocado. Todas esas personas que creían en la fuerza vital de los nuevos egipcios y en su deseo de libertad estaban en lo cierto. En un tiempo extremadamente corto, nuestros vecinos del sur parecen haberse enterado de que el Islam no es la solución, y que ellos deben buscar la solución en otro lugar.

Pero las malas noticias son preocupantes. El Egipto de 2013 se presenta como un estado sin solución. Por un lado, la economía se derrumba y se acerca rápidamente al colapso. Por otro lado, no hay fuerza civil para imponer la ley y el orden. Las expectativas de la era de Google son altas, pero la realidad de las bocas hambrientas resulta intolerable. Entre las expectativas y la realidad no hay punto de encuentro, y entre el espíritu de la libertad y una república que se desmorona no hay punto de partida.

Por lo tanto, Egipto se está convirtiendo en un estado disfuncional e ingobernable, sin esperanza. Donde Mubarak y Morsi han fracasado, es muy probable que haya un nuevo fracaso. Dos diferentes tendencias parecen alzarse al pie de las pirámides. Una de ellas es mundial, una rebelión de la clase media urbana. Lo que comenzó en la plaza Tahrir, se trasladó a la plaza Rothschild en Tel Aviv, estalló en Estambul y se desbordó en Río de Janeiro, ha regresado a Tahrir a lo grande. Al igual que en el resto del mundo, en Egipto, los jóvenes conectados a Internet ya no están dispuestos a aceptar no estar conectados a los grifos del gobierno, y por lo tanto tratarán de derrocarlo.

La segunda tendencia es propiamente árabe: el colapso de la tiranía secular y el fracaso de la tiranía religiosa, han generado un malestar constante. En ausencia de un dictador fuerte, de un cadí inteligente o de una democracia jeffersoniana, no hay nadie para regular la vida pública y frenar a las masas.

La fusión de la rebelión global con la pérdida del miedo árabe ha liberado en El Cairo del 2013 una explosiva conmoción que ningún régimen puede soportar. Ni el régimen anterior, ni el actual, ni el próximo. En ausencia de un gobierno, una emocionante y aterradora situación repleta de levantamientos se ha generado, pero unos levantamientos que están llevando a Egipto al borde de un abismo.

En última instancia, la única posibilidad es una Turquía. En el actual Egipto y en el actual Oriente Medio, cualquier esperanza sobre lo que más generales iluminados podrían dar, dará menos. Pero la cuestión es si permanecerá abierta la posibilidad de que el ejército egipcio sea capaz de potenciar a su pueblo la iluminación moderna. El caos aguarda en el umbral. El nuevo peligro que se cierne sobre el Oriente Medio es el completo desorden.

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Saturday, June 29, 2013

Léanlo: Sorpresa, sorpresa: Benjamin Netanyahu tenía razón - Ari Shavit - Haaretz



Si Israel fuera un país sano, habría estado preocupado esta semana con una sola cosa: The Economist. El semanario británico es la revista líder de noticias de calidad en Occidente, uno de los pocos medios de comunicación que dan voz al discurso estratégico y económico serio de la élite global. Por lo tanto, cuando The Economist declaró esta semana que es imposible detener el programa nuclear de Irán, el significado de esta declaración fue dramático.

A través de The Economist, la corriente principal de la comunidad internacional reconoció que su campaña contra la nuclearización de Irán ha fracasado. Y a través de esta revista, la escuela que favorece contener a un nuevo Irán nuclear salió del armario.

Mientras Israel estaba ocupado con espectáculos de luz en forma de reality shows políticos [N.P.: alusión al cumpleaños de Peres], The Economist informó esta semana que una muy difícil realidad estratégica está tomando forma alrededor de Israel. Lo que el mundo nos prometió que nunca sucedería está ocurriendo en este mismo momento. Lo que los más altos funcionarios del establishment de defensa de Israel prometieron que nunca sucedería, en realidad está sucediendo. Irán se está convirtiendo en una potencia nuclear, mientras que Israel (que está hundido en sus sueños de verano) se encuentra solo.

De 2009 a 2012, un intenso debate en torno a Irán en Israel. Por un lado estaban los optimistas: el presidente Shimon Peres, el entonces jefe del Mossad Meir Dagan, el entonces jede del Shin Bet Yuval Diskin, el entonces jefe de las Fuerzas de Defensa de Israel Gabi Ashkenazi, el establishment de Defensa, los principales medias creadores de opinión y todos esos refrescantes espíritus que nos vendían la esperanza de lo mejor. En el otro lado, enfrente, se encontraba un mancillado y sombrío pesimista: el primer ministro Benjamin Netanyahu.

América está ahí, nos dijeron los optimistas. No, no lo está, nos dijo el pesimista. Hay una mano oculta que resolverá las cosas, nos dijeron los optimistas. No, no lo hay, dijo el pesimista. Hay tiempo, nos dijeron los optimistas. No, no lo hay, dijo el pesimista. El programa nuclear de Irán debe ser detenido durante el otoño de 2012, dijo el pesimista. No, nos dijeron los optimistas, el programa nuclear de Irán no es el problema, el problema es el el primer ministro.

Durante tres años y medio, los optimistas fueron un periodista a otro y de un americano a otro, diciendo que el pesimista era un peligroso proveedor de pesimismo que veía a un grano de arena como a una montaña y que no entendía que el mundo no dejaría que Irán fuera nuclear. Durante tres años y medio, los optimistas ataron las manos del pesimista sobre la base de la triple promesa de América, la mano oculta y el tiempo.

Pero de repente, esta semana, llega The Economist y nos dice que la promesa absoluta de los optimistas era una falsa promesa. Pero ya es demasiado tarde. Los caballos de uranio enriquecido ya han huido de los establos. Los optimistas internacionales y los optimistas israelíes estaban equivocados a lo grande.

Sorpresa, sorpresa: Benjamin Netanyahu tenía razón.

Es posible criticar su conducta. Es obligatorio criticar ciertos aspectos de su política. La opción militar israelí no debería haber sido la principal opción en la mesa. La generosidad hacia Ramallah debería haber formado parte de la batalla de Jerusalén contra Teherán. Pero Netanyahu entendió el desafío iraní mejor que otros, y leyó el mapa de la campaña contra Irán mejor que otros.

Mientras que los optimistas fueron engañados por sus ilusiones, el pesimista leyó correctamente la realidad. Mientras que el establishment de defensa y de los medias fueron presas de la debilidad y la apatía, el pesimista mantuvo las alarmas en funcionamiento. Sin embargo, debido a que ni el hundimiento de Occidente ni las fiestas de cumpleaños en Israel permitieron prestar atención a sus advertencias, el mundo ha entrado en una nueva y peligrosa realidad estratégica. ¿Gritar que viene el Lobo? ¿Un Lobo? Sí, un Lobo, un lobo estratégico con dientes nucleares está ahora a la puerta.

Tal vez todavía sea posible refutar la evaluación de la situación de The Economist. Tal vez un bloqueo diplomático y económico completo e inmediato de Irán podría aún conseguir que suspenda su programa nuclear con el fin de preservar su régimen. Pero cualquier persona que quiera refutar la profecía del desastre diplomático en vez del militar debe actuar de inmediato. Se nos acaba el tiempo. Realmente estamos fuera de tiempo.

Despertar a un minuto de la medianoche va a resultar difícil. Pero despertar un minuto después de la medianoche puede llegar a ser catastrófico.

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Thursday, January 03, 2013

El éxito de Naftali Bennett es consecuencia del fracaso del centro-izquierda israelí - Ari Shavit - Haaretz



Soy un votante israelí desesperado, le digo al presidente y líder de Habayit Hayehudi, Naftali Bennett. Yo no soy de la izquierda lunática, pero creo que en ese tipo de sionismo ilustrado que ahora parece irse por el desagüe. Yo creo en un Estado judío y democrático que ahora parecer irse evaporando. Y creo en la división de la tierra, a lo que usted está tratando de poner fin. Además, cuando veo la flacidez y la miseria de mi propio campo ideológico y la energía y auge del suyo, me siento horrorizado.

¿Qué puede hacer usted, Naftali Bennett, dígame, para que la gente como yo, que ven el final de nuestro Israel, se contagie del auge de su Israel? ¿Me puede persuadir a mí y a mis lectores que usted no anuncia realmente el final del Estado que tanto hemos amado?

Desde que se convirtió en una estrella política, Bennett, de 40 años, ha ganado un poco de peso. Después de un día agotador de intervenciones en la campaña electoral, se sienta frente a mí en un café en algún lugar del centro del país. Pide un plato picante asiático y actualiza rápidamente su cuenta de Facebook mediante su ordenador portátil - para apoyar a Avigdor Lieberman y en contra de la Oficina del Fiscal del Estado -. Entonces, él me mira con los ojos de un líder de un grupo del movimiento Bnei Akiva de la juventud religiosa nacional, y trata de calmar mis preocupaciones.

"El sionismo surgió gracias al secularismo", me dice. "El establishment religioso muy dogmático en la diáspora, no fue capaz de iniciar el sionismo sin el compromiso secular de [Theodor] Herzl. Pero el sionismo laico era un sionismo existencial que contemplaba al Estado de los judíos como un Estado refugio”.

"Un estado que ya tiene 64 años no puede seguir existiendo con el ethos de un Estado refugio, con la seguridad como único objetivo. Si este fuera el motivo de nuestra existencia, hay muchos lugares que son más seguros para los judíos, como Melbourne, en Australia, o Nueva Jersey. Ellos allí no envían a sus hijos al ejército y los misiles no vuelan sobre sus hogares. Por lo tanto, ha llegado el momento de pasar del sionismo existencial del que tú procedes a un sionismo judío. Es necesario basar nuestra vida nacional sobre una base judía, y es necesario dar al Estado una verdadera coloración judía”.

"Yo no apoyo la coerción religiosa, pero sí creo que el judaísmo es nuestro". “¿Qué por qué?  Pues porque el judaísmo es la razón de nuestra existencia, la justificación de nuestra existencia, y el sentido de nuestra existencia. Sé que para tú tribu esto resultará difícil. Les será difícil porque tú tribu estableció el Estado con un espíritu secular y socialista. Y como ves la sociedad es cambiante y el estado también debe serlo, y por eso vosotros os sentís como si estuvierais perdidos. Vuestra sensación es que esta casa que había sido vuestra casa ya no lo es”.

"Yo no soy indiferente a vuestro sufrimiento. También estoy personalmente conectado a vuestro ethos. Cuando yo era niño, las cartas de Yoni [un héroe de guerra, Yoni Netanyahu, quien dirigió y cayó durante el rescate de Entebbe] y el libro de Meir Har-Zion [un célebre comando militar] estuvieron al lado de mi cama. Así que para mí no se trata de táctica ni de cosmética. Toda mi vida he tenido un pie aquí y otro allí”.

"Tienes razón", continúa. "Lo que está sucediendo es una revolución. Detrás del éxito de Habayit Hayehudi hay profundas fuerzas que están cambiando la faz del país. Pero para mí en particular, es importante poder ser un puente para ti. Uno de los mayores desafíos de mi punto de vista es poder llegar a conectarte también con el sionismo religioso".

Pero tú pretendes anexionar el 60% de la Ribera Occidental. Menachem Begin, Yitzhak Shamir y Benjamín Netanyahu, todos ellos, se abstuvieron de tomar esa medida extrema. La implementación del plan Bennett enterraría la solución de dos estados de una vez por todas. La implementación del plan Bennett perpetuaría la ocupación y convertiría a Israel en un estado leproso de apartheid. A pesar de que tú eres una persona que procede de la alta tecnología y que desde Ra'anana ha visto mucho mundo, de continuar con tus pretensiones, estarías ignorando por completo al mundo. Usted traería el desastre sobre todos nosotros provocando que la comunidad internacional nos condene, y a causa ello, cerca de un tercio de todos los israelíes se sentirían totalmente alienados de ese nuevo Israel que usted quiere construir.

El presidente de Habayit Hayehudi me dice que la reacción internacional le preocupa, y por lo tanto esa anexión de la mayoría de los territorios (de la zona C) no se realizará inicialmente, sino que será fruto de un largo proceso. Él cree que, en última instancia, el mundo estará ocupado con el colapso económico de Grecia, con el abismo fiscal de los Estados Unidos y con la masacre en Siria, por lo que es posible que el mundo acepte finalmente los hechos sobre el terreno y la empresa de asentamientos israelíes. Ya en 1981, cuando el entonces primer ministro Begin estaba a punto de aplicar la ley israelí a los Altos del Golán, Shimon Peres y Amos Oz también le advirtieron de que tal decisión convertiría a Israel en un estado leproso. Se aprobó la Ley de los Altos del Golán, hemos recibido algunas críticas y aquí estamos.

Bennett dice que la escisión interna israelí le preocupa mucho más. En consecuencia, llevará a cabo un diálogo con el centro y con la izquierda tal como está dialogando ahora mismo conmigo. Pero después de expresar esos comentarios "políticamente correctos", Bennett se endereza y declara que nosotros intentamos Oslo y luego la desconexión, y ya hemos visto lo que ha pasado. Si un Estado palestino surgiera en Judea y Samaria (Cisjordania), se pondría en peligro a Israel tanto con los misiles como con los refugiados. Cuando se está en el extranjero y se lee la revista The Economist, también el establecimiento de Palestina parece inevitable. Pero cuando él viaja a Jerusalén a través de Ariel, entiende que eso no va a suceder. No va a suceder, enfatiza. Los 400.000 colonos en Judea y Samaria no harán esto posible. Y cuando el número de colonos llegue a un millón, no habrá una persona en el país que no entienda que esta es la realidad. Habrá un millón, no hay duda de eso. Después de la anexión, la dinámica económica tendrá su efecto y las personas que acudan a esas zonas las convertirán en una parte integral del Estado de Israel.

Pero esto no significaría en ningún caso un apartheid. Por el contrario, afirma que los palestinos podrán viajar por toda Judea y Samaria, sin barreras y sin ver a ningún soldado en unas carreteras compartidas de alta velocidad, que les servirán tanto a ellos como a los colonos judíos. Ellos también tendrán libertad de movimiento, tendrán puestos de trabajo y tendrán prosperidad económica. Ellos mismos lo elegirán, tendrán que pagar los impuestos para sí mismos y van a dirigir sus propias vidas en todos los aspectos. Y al final, Jordania es Palestina. No hay ninguna posibilidad de que entre el río y el mar surja un Estado palestino. La solución de dos estados está muerta. No hay necesidad de enterrar la solución de dos estados porque ya está enterrada.

¿Y si se adopta una decisión diferente?, le pregunto. Si el momento de la evacuación llega finalmente, ¿usted se negará a obedecer esa orden o o se negará a no obedecerla? ¿Va a comportarse de la manera que le dijo a Nissim Mishal (en el Canal 2) [y hace un gesto de rechazo], o va a comportarse de la manera que usted prometió dos días después?

Bennett habla con una franqueza sorprendente acerca de los días difíciles que tuvo que soportar después de esa “negativa a obedecer a las ordenes del ejército” y que desató una gran tormenta política la semana pasada. Admite que, cuando dijo lo que dijo, hablaba desde el corazón y expresó sus verdaderos sentimientos. Pero el pasado sábado se lo pensó en silencio y llegó a la conclusión de que él ahora ya es un líder, le incumbe pues otro tipo de responsabilidad. Él no puede desatar la unión y romper con las Fuerzas de Defensa de Israel, o bien rebelarse contra una decisión de un gobierno legítimo si quiere comportarse como un estadista.

¿Qué va a hacer cuando un soldado de izquierdas se niegue a obedecer una orden y atribuya su rechazo al ejemplo de la declaración de Naftali Bennett? Él todavía cree que evacuar a un pueblo judío o a una aldea árabe es algo terrible, y el acto de la expulsión de los judíos o de los árabes de sus casas es un acto que no debe llevarse a cabo. Sin embargo, si el gobierno toma la decisión, la adoptará. Y no va a seguir las instrucciones de los rabinos que prediquen una negativa. En ese complicado enfrentamiento entre valores contradictorios, la unidad del Estado y del ejército se impone.

¿Y el Estado de Derecho?, le pregunto. ¿Qué opinas acerca de la supremacía de la ley y la supremacía de la Corte Suprema? Ahora hemos sacado los guantes. A Bennett le brillan los ojos. En su opinión, la revolución constitucional fue un terrible accidente. Se paralizó el país y todavía sigue paralizando al país. Lo que hizo el ex presidente del Tribunal Supremo, Aharon Barak, me dice Bennett, fue verter azúcar sobre el motor. El activismo judicial ha hecho que, hoy en día, sea imposible hacer aquí lo que hizo el ministro de finanzas Pinhas Sapir cuando fundó la Compañía nacional del agua. Los jueces de la Corte Suprema y los fiscales generales están silenciando todo el sistema.

Tomemos el caso del comandante general Yoav Galant, dice el mayor (en la reserva) Bennett. Supongamos que Galant fuera el mejor candidato para jefe de estado mayor, pero que por temor a la Corte Suprema de Justicia el mejor candidato fuera descalificado. ¿Quién asume la responsabilidad por el daño que esto causa al Estado de Israel y a los soldados que puedan ser asesinados por no permitir que el mejor estuviera al mando? Esta es una situación intolerable de una autoridad sin responsabilidad, y hay una necesidad de una reforma integral. Es necesario cambiar la forma en que los jueces son seleccionados y en la que actúan los fiscales y la abogacía del estado. Si tiene el suficiente poder político, Naftali Bennett dará lugar a una contrarrevolución judicial.

Conocí a Bennett hace seis años. Había regresado, horrorizado, de la Segunda Guerra del Líbano, y se preguntó qué debía hacer como ciudadano tras la estela de esa guerra. El Bennett de 2006 se mostraba sensato, decidido y bastante impactante. Y tampoco estaba solo. En esos momentos, un buen número de soldados de la reserva, de oficiales de la reserva, de académicos y empresarios - de la derecha y de la izquierda - , sentían que tenían que contribuir a rehabilitar el país de la ruina que acababan de experimentar.

Sin embargo, mientras los activistas de izquierda perdieron el rumbo o simplemente se fueron a su casa, Bennett se convirtió por vez primera en el jefe de la oficina de Benjamin Netanyahu. A continuación, se fue a la Ribera Occidental y fundó Yisrael Sheli en 2010. Recientemente se hizo cargo de Habayit Hayehudi y se ha convertido en la sorpresa de estas elecciones. Ha conseguido convertir al sionismo religioso en lo que ninguna brillante estrella de nuestro ámbito (el centro-izquierda y la izquierda) ha conseguido lograr para el sionismo secular liberal.

Así que, cuando Bennett cierra su portátil, me estrecha la mano y se desvanece en la noche, queda claro para mí que su narrativa no es sólo la historia de un éxito angustiante. El relato de estas elecciones del 2013 es también la historia de nuestro fracaso.


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