Israel, Estado (judío) soberano o Estado del pueblo judío – Shlomo Avineri versus Yehezkel Dror - Haaretz

Una violación de la soberanía - Shlomo Avineri
El presidente de la Agencia Judía para Israel, Natan Sharansky, sugirió la semana pasada en una entrevista con Jonathan Lis que debía ser la Agencia Judía, y no el Gran Rabinato de Israel, la entidad que conjuntamente con el Ministerio del Interior determinaría la validez de las conversiones en los casos de los candidatos a la inmigración.
Esto parece una propuesta razonable y tiene mucho sentido, sobre todo a la vista de las dificultades que el Gran Rabinato plantea con respecto a la validez de las conversiones realizadas en el extranjero, incluso por rabinos ortodoxos. Sin lugar a dudas, la propuesta es probable que cuente con el apoyo de aquellos que observen con preocupación - y con razón – la composición actual del Rabinato, representativa de los sectores más conservadores, si no los más oscurantistas, del campo religioso.
Muchos consideran que la alianza impía entre el Ministerio del Interior, regido por el Shas, y el Gran Rabinato, es un ejemplo más de un poder público controlado por los elementos religiosos más extremistas, en particular a la luz de las ignorantes declaraciones de unos cuantos rabinos sobre asuntos relacionados con los ciudadanos árabes de Israel, los extranjeros y las mujeres.
Pero el panorama es más complicado. No hay muchos en Israel que sean conscientes de la estructura de la Agencia Judía dirigida por Sharansky, quien es un símbolo de la solidaridad judía. La Agencia constituye el vínculo institucional entre el mundo judío y el Estado de Israel, y por lo tanto su composición representa esta asociación. Recientemente, se han introducido cambios que aumentan la representación de la diáspora, especialmente de las federaciones judías de América del Norte.
La composición de las instituciones de la Agencia Judía (la asamblea general, que incluye hasta a 518 delegados, y el consejo de administración, que cuenta con 120 miembros) se compone actualmente de la siguiente manera: el 50% representa a la Organización Sionista Mundial, el 30% a las diversas Federaciones, y el 20% representa a la United Israel Appeal (Keren Hayesod). Dado la importancia de los representantes de la OSM, en parte también procedentes del extranjero, está claro que los representantes de Israel son una minoría.
Tiene sentido que los representantes de la Diáspora conformen la mayor parte de la Agencia Judía, y que sean ellos los que determinan su gestión, incluyendo la selección del presidente: en vista de que la Diáspora judía - a través de las federaciones en los Estados Unidos y la United Israel Appeal en el resto del mundo - son los responsables de la mayoría del presupuesto de la Agencia, es justo que ellos decidan cómo gastar el dinero asignado para una variedad de objetivos de la organización, incluida la inmigración, la educación judía en la diáspora y la absorción de inmigrantes. Esto es obvio, ya que el que paga manda.
Pero la propuesta de Natan Sharansky daría lugar a un organismo que, estando formado por una mayoría de no israelíes, tendría el poder de decidir quien tendría derecho a inmigrar a Israel. Ese derecho existe gracias a la Ley de Retorno israelí, pero ponerlo en manos de un organismo que es controlado por los judíos de la Diáspora violaría la soberanía de Israel en un asunto esencial. Los delegados de la asamblea general de la Agencia y su consejo de administración lo componen personalidades judías muy estimadas, algunos de ellos filántropos y otros funcionarios y activistas en docenas de respetadas entidades judías en el extranjero. Pero no hay ninguna razón para poner en sus manos la decisión sobre quién tiene derecho a inmigrar a Israel. Ellos no viven aquí.
Sharansky ha sugerido anteriormente que los judíos de la diáspora podrían participar en las decisiones de la política israelí con relación al proceso de paz y al estatuto de Jerusalén, en otras palabras, que la gente que no va a soportar las consecuencias de unas decisiones políticas podría determinarlas. La propuesta actual también tiende a desdibujar las líneas entre los ciudadanos israelíes, que viven en Israel y asumen las consecuencias de las decisiones, y los judíos de la Diáspora, que si bien pueden ser ardientes defensores de Israel, han elegido - y están naturalmente en su derecho - no vivir aquí y no participar en el renacimiento de la empresa más revolucionaria que el pueblo judío jamás haya conocido.
La solución a la cuestión que plantea Sharansky es una decisión del gobierno israelí que ponga dicho asunto en manos de un organismo gubernamental israelí - el Ministerio de Justicia, por ejemplo -, y que a la vez garantice un enfoque pluralista. Los poderes que forman parte de la estructura del Estado judío no deben ser transferidos a manos de un organismo cuya mayoría de miembros no son sus ciudadanos.
Hacia un Estado de todos los judíos - Yehezkel Dror
El artículo de Shlomo Avineri nos ofrece una presentación aguda de la importancia de Israel como un Estado soberano, a diferencia de su papel como Estado del pueblo judío. Esto, de hecho, es una cuestión con muchas implicaciones para el futuro del pueblo judío en su conjunto y de Israel en particular, y exige un examen en profundidad.
La cuestión afecta a la naturaleza misma del pueblo judío y a su relación con el Estado de Israel.
El Prof. Avineri está en contra de una propuesta del presidente de la Agencia Judía, Natan Sharansky, de que sea su organización, y no el Gran Rabinato de Israel, quien deba tener la autoridad para confirmar la legitimidad de las conversiones con el fin de permitir la inmigración a Israel de acuerdo con la Ley de Retorno de Israel. Su crítica es que al hacerlo violaría la soberanía de Israel. Con todo mi respeto por el Prof. Avineri, me parece que su posición es errónea.
No son conceptos formales tales como "soberanía" (que está experimentando muchos cambios, como lo demuestra su erosión en la Unión Europea) los que proporcionan la respuesta sobre la naturaleza de Israel. En su lugar, es necesaria una clarificación normativa-ideológica.
Yo diría que la razón de ser de Israel viene delimitada en gran medida por su naturaleza y por sus funciones básicas como Estado del pueblo judío. Su misión principal es asegurar la prosperidad a largo plazo del pueblo judío, además del fortalecimiento de su seguridad física, por una parte, y del aumento de su importancia moral-espiritual a nivel mundial como expresión de una entidad social representativa de una civilización cultural y religiosa, por la otra.
Por esta razón, los líderes judíos de Israel se consideran a sí mismos en gran medida como líderes del pueblo judío en su conjunto, y como tal, tratan de conseguir los conocimientos necesarios de la dinámica de las comunidades judías en todo el mundo, los cuales carecen en la actualidad la mayoría de ellos. La Diáspora constituye un importante activo estratégico para Israel, e Israel a su vez tiene que comportarse como el principal activo estratégico de la Diáspora.
El arte de gobernar Israel tiene que tener en cuenta cada vez más las consecuencias de sus decisiones para el futuro de todas las partes del pueblo judío. La Diáspora, por lo tanto, debe participar de una manera institucionalizada - inicialmente con una función consultiva - en las decisiones del Estado que tengan implicaciones cruciales para el pueblo judío en su conjunto, como la determinación del estatuto de Jerusalén. Tales decisiones, después de todo, tendrán un impacto tanto para las generaciones venideras de los judíos de la Diáspora como para los judíos que vivan en Israel.
La Agencia Judía tiene que ser rediseñada de manera que en el “personal de la Agencia Judía" se encuentren representados por igual los judíos de Israel y las comunidades de la Diáspora. Al mismo tiempo, el papel de los partidos políticos israelíes en la determinación de la representación de Israel en la Agencia debería reducirse, al igual que la de los filántropos a la hora de representar a la Diáspora.
Debe entenderse que poner la "soberanía del Estado de Israel" en el centro, sin asegurarse de que sea realmente el Estado del pueblo judío, implicaría el incremento de la distancia entre Israel, como Estado que sería cada vez más "normal", y los judíos de la Diáspora, como ciudadanos de sus respectivos países. Esto representa un grave peligro adicional a la vista de la crisis que se avecina en las relaciones entre Israel y la Diáspora, con la llegada de una generación que no ha experimentado ni el Holocausto ni el establecimiento del Estado judío, algo que tendrá graves consecuencias para el judaísmo y para el pueblo judío en su conjunto.
Así, como una amarga ironía de la historia, los grandes logros del sionismo al dar a luz al Estado de Israel pueden causar la extinción del pueblo judío como una civilización y una entidad cultural excepcional de una enorme importancia.
No he comentado aquí la propuesta de autorizar a los organismos de la Agencia Judía el juzgar la validez de las diversas formas de conversión, un proceso que requiere experiencia y mucho cuidado. Pero la clave principal para el examen de este problema, así como de muchos otros, incluso de los temas más críticos, se encuentra en la elección entre un Israel como un "Estado soberano", en el sentido habitual del término, y la proposición contraria a la misma, en bastantes aspectos sobre todo, como “Estado del pueblo judío” (compatible con su conformación como Estado democrático de todos sus ciudadanos).
Este problema primordial debería estar en la agenda del discurso público en Israel, ya que no es menos crítico para el futuro que el proceso de paz.
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