Saturday, July 16, 2016

La continua fijación de los europeos con los judíos no debe extenderse a los EEUU - Michael Oren - Newsweek



"Los argumentos más feroces que se expresan en este parlamento son sobre Israel". Estas palabras pronunciadas por el presidente del Comité de Asuntos Exteriores de Holanda me sorprendieron. Pero no lograron perturbar a los otros miembros del comité, tanto de la izquierda como de la derecha. Por el contrario, todos ellos estuvieron fácilmente de acuerdo. Al final, sólo yo exhibí sorpresa.

"Déjenme ver si lo entiendo", les dije, "su país está en crisis económica, decenas de miles de refugiados se están concentrando en sus fronteras y la UE corre el riesgo de derrumbarse, y sin embargo, el problema que más les ocupa es... Israel".

Mis anfitriones asintieron unánimemente. Sin embargo, aunque impactante, la conversación no fue de ninguna manera inusual. Como presidente del Subcomité de Asuntos Exteriores del Parlamento israelí, con frecuencia me reuno con legisladores europeos.

Ya sean holandeses, belgas o alemanes, todos ellos informan el mismo fenómeno: Israel, y después la seguridad, más los refugiados y la economía, son los que provocan sus debates más amargos y polémicos. Y cada vez que escucho esto, me asombro nuevamente. En este juego, pronto me di cuenta de ello, no está la identidad de Israel, sino la de los europeos. Para ellos, el Estado judío es exactamente eso, un estado de los judíos contra el que Occidente se define una vez más a si mismo.

Así ha sido durante más de dos mil años. Los antiguos mundos helénicos y romanos desafiaron teológicamente a un judaísmo que rechazaba su politeísmo y la divinidad de los reyes, y amenazados por la creciente demografía de la poblaciones judías, designaron a los judíos como ese Otro.

Los primeros pogromos y expulsiones a gran escala se llevaron a cabo en Roma y Alejandría, mucho antes del nacimiento del cristianismo. "¿Cómo se podría considerar la admisión de un pueblo semejante a la ciudadanía, o bien permitirles derechos políticos?", escribió Apión, un antisemita del primer siglo de nuestra era. "Los alejandrinos tenían razón al detestar a los judíos", proseguía. A principios del siglo II, la comunidad judía de Alejandría que una vez tuvo casi un millón de miembros, casi había desaparecido.

Losesfuerzos de la pagana Europa para definir su oposición a los judíos se intensificaron aún más cuando el continente fue controlado por la Iglesia. En contraste con los cristianos que eran representados como "espiritualmente elegidos, controlando el poder y filantrópicos", los judíos fueron retratados como "los asesinos de Cristo, condenados a ser apatridas y presas de su materialismo". Del mismo modo que después de la destrucción del Segundo Templo en el año 70, las monedas romanas mostraron a un orgulloso legionario que sostenía una lanza sobre una humilde mujer judía, las catedrales medievales retrataron a la Iglesia apuntando con una cruz con forma de lanza sobre una mujer judía con los ojos tapados por una venda (alegoría de la sinagoga ciega o cegada a la verdad y el conocimiento).

Y, como en la antigua Judea, la alteridad de los judíos justificaba su expulsión. "Debemos evitar hacernos socios de sus palabras y delirios diabólicos por medio del blindaje y la protección frente a ellos", escribió Martin Luther en 1543. De hecho, durante el Renacimiento, gran parte de Europa Occidental fue judenrein .

La Ilustración apenas cambió esta situación. Como David Nirenberg revela en su épico estudio sobre el antijudaísmo, la "tradición occidental y los pensadores de la Ilustración estaban obsesionados con los judíos y el judaísmo". Desde la Asamblea de la Revolución Francesa a la filosofía de Hegel, Kant y Schopenhauer, los europeos debatieron largamente si los judíos eran aún plenamente humanos, y mucho menos dignos de la ciudadanía.

La emancipación fue finalmente alcanzada, pero sólo después de amargas disputas que en muchos casos nunca cesaron. El caso Dreyfus, que comenzó un siglo después de que Francia liberara a sus judíos no fue, de hecho, sobre Dreyfus, sino sobre Francia, si el país sería liberal y secular o militantemente católico. Marx destacó el judaísmo como la antítesis del comunismo. Para Hitler, los judíos fueron los no arios por excelencia.

Pero, ya sea en la antigua Roma o en el Munich del siglo XX, los judíos permanecieron necesarios. Sin ellos, los europeos pusieron un gran empeño en especificar quiénes eran y no eran ellos mismos. Y ese papel continúa en la actualidad. Al igual que el antisemitismo en Europa fue precristiano, así también ha persistido después de que la Unión Europea descartara al cristianismo como una de las fuentes de la identidad europea. El mismo gobierno holandés que está poniendo a la venta decenas de sus iglesias nacionales se divide acremente sobre las políticas de Israel hacia los palestinos.

Mientras que lidian con una economía fallida y con amenazas masivas a su seguridad, los líderes franceses tienen tiempo para poner en marcha una iniciativa de paz en Oriente Medio que Israel rechaza [N.P.: y votar en la Unesco contra la herencia y la historia judía].

Dirigiéndose al Parlamento Europeo este mismo mes, el presidente palestino Mahmoud Abbas repitió una difamación medieval europea acusando a los judíos de envenenar los pozos palestinos. Abbas posteriormente se disculpó, ello no impidió que los diputados europeos le dieran una ovación puestos en pie.

La continua fijación de Europa con los judíos presenta un gran desafío para Israel, y sin embargo el peligro es mucho mayor si esta obsesión se traslada a los Estados Unidos. El debate sobre Israel es cada vez más un debate sobre América. En las elecciones actuales sobre todo, las plataformas pro-Israel se asocian con opiniones fuertes sobre la política exterior, una posición firme contra el extremismo islámico y la voluntad de asumir el liderazgo mundial.

Por el contrario, las posiciones que se autodescriben como "imparciales" sobre los temas israelíes son susceptibles de estar acompañadas de un retroceso de la fuerza militar, de una gran dependencia de la ONU y de otras organizaciones internacionales, y de un enfoque en los asuntos internos.

"Israel tiene que recordar a los Estados Unidos lo que es", me dijo recientemente un miembro de una delegación del Congreso de visita en Israel.

Incluso más que con los legisladores europeos, mi reacción fue de sorpresa, junto con el sentimiento de alarma. "No", le contesté, "los estadounidenses no necesitan Israel para definirse a sí mismos". Y los judíos, pensé, no son necesarios para servir como crisol o anverso de la identidad de otra nación. En Europa, ese papel se tradujo en un sufrimiento incalculable para mi pueblo y nos sigue afectando hoy en día.

América, eso espero, tiene la suficiente confianza en sí misma para determinar ella misma su lugar en el mundo, para debatir su futuro abiertamente e incluso con rigor, pero sin hacer referencia a los judíos y a nuestro Estado-nación.

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Wednesday, June 17, 2015

Michael Oren: Periodistas judíos liberales estadounidenses dirigen el asalto anti-israelí en los medios estadounidenses - Haaretz



El ex embajador de Israel en los Estados Unidos, Michael Oren, afirma que ciertos periodistas judíos estadounidenses son en gran parte responsables de la cobertura anti-israelí en los principales medios de comunicación estadounidenses y el "doble estándar" que se aplica en su cobertura del Estado judío. Oren también escribe que el antagonismo hacia Netanyahu es demostrable en periodistas judíos como Thomas Friedman y Leon Wieseltier, y que se asemeja al antagonismo histórico hacia los judíos.

El nuevo libro de Oren, "Aliados", que se publicará la próxima semana, ya está cosechando grandes titulares por su dura condena del presidente Obama y sus políticas hacia Israel. Pero Obama no es el único blanco de Oren: él también crítica a los judíos liberales estadounidenses y a su "religión", el Tikun Olam, y se vuelve devastadora cuando se trata de ciertos periodistas judíos estadounidenses.

Oren rechaza la afirmación de que los "judíos controlan los medios de comunicación" como un bulo antisemita, pero luego parece proceder a prestarle credibilidad cuando "refleja el número desproporcionado de periodistas judíos - en relación con su proporción con la población estadounidense -". Él continúa diciendo que "la presencia de tantos judíos liberales estadounidenses en la prensa impresa y en la pantalla rara vez se traduce en apoyo a Israel. Lo contrario es a menudo lo cierto, ya que algunos periodistas judíos utilizan su judeidad como una credencial para criticar a Israel".

"Yo soy judío, parecen estar diciendo constantemente algunos de ellos, pero yo no soy uno de esos judíos - los colonos, los rabinos, los mizrahim, los líderes israelíes o los soldados del IDF -".

Debido a este comportamiento de estos periodistas judíos americanos, afirma Oren, Israel es sometido a las normas y a las pruebas más duras y exigentes, mucho mayores que con cualquier otro país extranjero. Oren destaca la "maliciosa" página de opinión del New York Times, "una vez reverenciada como una interfaz de ideas, ahora tristemente reducida a una caja de resonancia para una sola de ellas, esa que a menudo excluye la legitimidad de Israel", pero afirma que este diario no está solo. "The New Yorker y el New York Review of Books, prensa editada por directores judíos, rara vez publican informes que no sean incriminatorios sobre los asuntos israelíes".

Oren dice que fue especialmente doloroso para él los artículos hipercríticos con Israel en los que sus redactores "eran judíos". Reflexionando sobre lo que podría conducir a estos articulistas a ser "tan críticos" contra su "Estado-nación", Oren afirma que algunos han "deducido que atacar a Israel les resulta provechoso como elemento promocionador de su carrera - el equivalente del judío muerde a perro judío -, sobre todo para salvar a algunos de estos 'expertos' de la oscuridad profesional".

A otros los compara con esos "judíos americanos de clase alta de ascendencia alemana, y su histórico desprecio por los inmigrantes judíos de Europa del Este", esa chusma que hablaba yidish y que "supuestamente provocaron que todos los judíos quedarán mal y hablaran mal".

Y otros, escribe finalmente Oren, "son unos judíos asimilados en una enorme medida, y sienten resentimiento por Israel porque les complica aún más su identidad ya en conflicto (y su relación con su gente, especialmente en la izquierda)".

Oren especula después si la hipercrítica hacia Israel de los periodistas judíos liberales estadounidenses no se derivará de una "sensación de inseguridad y de miedo a un posible incremento del antisemitismo". Muchos de ellos apoyaron a Obama con su preferencia por el "poder blando".

Una de las principales razones del desdén de Oren por Obama es el concepto promovido por esta misma prensa liberal judía estadounidense de un Obama como "primer presidente judío", diciendo que "eso sería cierto si ser judío en América significara optar por debilitar el poder militar, el nacionalismo americano y el sentimiento de tribu o de identidad unitaria".

Al mismo tiempo, Oren expresa asombro ante el hecho de que los periodistas judíos estadounidenses en general no se hayan sentido "impresionados" por el currículum personal de Benjamin Netanyahu, cuyo "CV es más elocuente que incluso los más brillantes de la administración Obama".

Oren relata una conversación en la que acusó a Leon Wieseltier de albergar un "odio patológico" hacia Netanyahu y como Wieseltier le contestó que estaba de acuerdo con él.

"El antagonismo provocado por Netanyahu", continúa Oren, "parece haber sido desencadenado tradicionalmente por los judíos liberales americanos. Nosotros, los judíos, parece que siempre estamos a la última según la visión de los demás: eramos comunistas según los capitalistas, eramos capitalistas a ojos de los comunistas, somos nacionalistas para los cosmopolitas,  y para los patrioteros representamos al Judío Internacional".

Es por eso que Netanyahu ha sido tildado de "imprudente" por fuentes de la Casa Blanca, de "intransigente" por el New York Times, y, sin embargo, criticado por el Haaretz por "no tomar decisiones".

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Cómo Obama abandonó a Israel - Michael Oren - WJS



"Nadie tiene el monopolio de cometer errores". Cuando fui el embajador de Israel en los Estados Unidos desde 2009 hasta finales de 2013 esa fue mi respuesta estándar a los periodistas cuando ellos me preguntaban quien era más responsable - el presidente Barack Obama o el primer ministro Benjamin Netanyahu - por la crisis en las relaciones entre los Estados Unidos e Israel.

Nunca sentí que estuviera mintiendo cuando lo decía. Pero si en verdad ninguno de estos dos líderes monopolizó los errores, sólo uno de ellos los cometió deliberadamente.

Israel cometió un grave error en la forma en que anunció la expansión de los barrios y las comunidades judías en Jerusalén sobre las líneas fronterizas que existían antes de la Guerra de los Seis Días en 1967. En dos ocasiones, la noticia llegó durante las reuniones de Mr. Netanyahu con el vicepresidente Joe Biden . Un sólido amigo de Israel, Mr. Bidense lo tomó comprensiblemente como una ofensa. Incluso cuando la Casa Blanca se puso de pie de parte de Israel, bloqueando las resoluciones hostiles en las Naciones Unidas, la expansión de asentamientos continuó a menudo.

En una reunión en la Oficina Oval en mayo del 2011, Mr. Netanyahu supuestamente le dio una "conferencia" a Obama sobre el proceso de paz. Más tarde ese mismo año, informó su respaldo al contendiente republicano Mitt Romney en las elecciones presidenciales. Esta primavera, el primer ministro criticó la política iraní de Obama ante una sesión conjunta del Congreso que se organizó sin siquiera informar previamente al presidente.

Sin embargo, muchos de estas chapuzas de Israel no fueron cometidas por Mr. Netanyahu personalmente. En los dos episodios que afectaron al vicepresidente Biden, por ejemplo, los anuncios fueron emitidos por funcionarios de nivel medio que también cogieron al primer ministro israelí con la guardia baja. Sin embargo, él personalmente se disculpó con el vicepresidente.

El único error premeditado de Mr. Netanyahu fue su discurso ante el Congreso, en el que le recomendé que no acudiera. Incluso esa decisión, sin embargo, se produjo como reacción a un error calculado del presidente Obama. Desde el momento en que entró en la oficina presidencial, Obama promovió una agenda que defendía la causa palestina y el logro de un acuerdo nuclear con Irán. Tales políticas le habrían puesto en desacuerdo con cualquier líder israelí. Pero Obama planteó un reto aún más fundamental, abandonando así los dos principios básicos de la alianza de Israel con los Estados Unidos.

El primer principio es "no a luz del día". Estados Unidos e Israel siempre pueden estar en desacuerdo, pero nunca abiertamente. Si así lo hacen, lo que lograrían es alentar a los enemigos comunes y hacer a Israel más vulnerable. Al contrario de lo que opinan muchos de sus detractores, Obama nunca ha sido anti-Israel y, en su haber, hay que resaltar que fortaleció significativamente la cooperación de seguridad con el Estado judío. Él se apresuró a ayudar a Israel en 2011 cuando el bosque del Carmel fue devastada por el fuego. Y sin embargo, inmediatamente después de su primera investidura, Obama "puso las diferencias a la luz del día" entre Israel y Estados Unidos.

"Cuando no existe la luz del día", les dijo el presidente a los líderes judíos estadounidenses en 2009, "Israel sólo se sienta en el banquillo y erosiona nuestra credibilidad ante los árabes". Esta explicación ignoraba la retirada israelí de Gaza en el 2005 y sus dos ofertas anteriores de un Estado palestino para Gaza, casi toda Cisjordania y la mitad de Jerusalén, ambas ofertas rechazadas por los palestinos.

Mr. Obama también anuló el compromiso del presidente George W. Bush de incluir los principales bloques de asentamientos judíos de Jerusalén dentro de las fronteras de Israel en cualquier acuerdo de paz. En lugar de ello, insistió en una congelación total de la construcción israelí en dichas áreas - "ni un solo ladrillo" fue su lema, algo que más tarde le ordenó a Mr. Netanyahu -, y ello sin solicitar al mismo tiempo similares sustantivas demandas a los palestinos.

De una manera totalmente consecuente con estos hechos, el presidente palestino Mahmoud Abbas boicoteó las negociaciones, se reconcilió con Hamas y buscó la condición de Estado en la ONU, todo ello en abierta violación de sus compromisos con los Estados Unidos, pero él nunca pagó un precio. Al contrario, la Casa Blanca condenó rutinariamente a Mr. Netanyahu por la construcción en zonas que incluso los negociadores palestinos habían aceptado en las negociaciones que seguirían siendo parte de Israel.

El otro principio básico que no se respetó fue el de "sin sorpresas". El presidente Obama lo derogó en su primera reunión con Mr. Netanyahu en mayo de 2009, cuando le exigió abruptamente un congelamiento de los asentamientos israelíes y la aceptación de la solución de dos estados. Al mes siguiente, el presidente Obama viajó al Oriente Medio, evitando de manera deliberada a Israel, para hacer frente al mundo musulmán desde El Cairo.

Los líderes israelíes solían recibir copias por adelantado de las principales declaraciones de la política estadounidense sobre el Oriente Medio y podían presentar sus observaciones. Pero Obama pronunció su discurso de El Cairo sin consultar a Israel, dando un apoyo sin precedentes a los palestinos y su reconocimiento al derecho de Irán a la energía nuclear.

Del mismo modo, en mayo de 2011 el presidente Obama alteró 40 años de política de los Estados Unidos apoyando las líneas de 1967 con intercambios de tierras - anteriormente la posición palestina - como la base para la paz. Si Mr. Netanyahu pareció darle una "conferencia" el presidente Obama al día siguiente, fue porque le habían asegurado desde la Casa Blanca, y utilizándome a mí, que tal cambio no tendría lugar.

Israel también se vio sorprendido al enterarse de que Mr. Obama se ofreció a patrocinar una investigación del Consejo de Seguridad de la ONU sobre los asentamientos y a respaldar los esfuerzos egipcios y turcos para obligar a Israel a revelar sus supuestas capacidades nucleares. Netanyahu finalmente accedió a una moratoria de 10 meses en lo referente a la construcción en los asentamientos, la primera moratoria desde 1967, y respaldó la creación de un Estado palestino. Sin embargo, él se vio sorprendido posteriormente por el poco crédito que recibió tras realizar estas concesiones por parte de Mr. Obama, quien más de una vez le desairó públicamente.

El abandono de los principios de "no a luz del día" y "sin sorpresas" culminó con el programa nuclear iraní. A lo largo de mis años en Washington, participé en discusiones íntimas y francas con funcionarios de los Estados Unidos sobre el programa iraní. Pero paralelamente a las conversaciones, llegaron las declaraciones y las fugas de parte de la administración Obama, por ejemplo, cada vez que los aviones de combate israelíes atacaron convoyes de armas con destino a Hezbolá en Siria, declaraciones destinadas a disuadir a Israel de atacar a Irán de forma preventiva.

Finalmente, en el 2014 Israel descubrió que su aliado principal había estado negociando durante meses en secreto con su enemigo mortal. Las negociaciones dieron como resultado un acuerdo provisional que la gran mayoría de los israelíes considera un "mal negocio" con un régimen genocida irracional. Obama, sin embargo, insistió en que Irán era un gobierno racional y potencialmente una "muy exitosa potencia regional".

Esa tan reivindicada "luz del día" entre Israel y los EEUU no podía haber dado lugar a una mayor oscuridad de Mr. Obama sobre el asunto iraní. Y para los israelíes que han escuchado en repetidas ocasiones la afirmación del presidente Obama de que "siempre estaría detrás de Israel" y que "no estaba mintiendo sobre la opción militar (que permanecería abierta)", sólo les quedaba por ver como le decía a un entrevistador israelí que "una solución militar no arreglaría" la amenaza nuclear iraní. El asombro no podría haber sido mayor.

Ahora, cuando el Oriente Medio está patas arriba y la existencia de aliados confiables es una rareza, los EEUU e Israel debemos volver a restaurar los principios de "no a la luz del día" y "sin sorpresas". Israel no tiene alternativa a los Estados Unidos como fuente de ayuda para su seguridad, para su respaldo diplomático y para un apoyo popular abrumador. Los EEUU no tienen sustituto para un estado que, aunque pequeño, sigue siendo democrático, militar y tecnológicamente robusto, estratégicamente ubicado y sin reservas pro-estadounidense.

Los últimos seis años han visto sucesivas crisis en las relaciones entre los Estados Unidos e Israel, y es necesario dejar las cosas claras. Pero la mayor necesidad es asegurar un futuro de mínimos errores y evitar una mayor erosión de nuestra vital alianza.

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Monday, October 18, 2010

El fin de la invisibilidad de Israel - Michael B. Oren - NYTimes



Casi 63 años después de que la Naciones Unidas reconocieran el derecho del pueblo judío a la independencia en su patria - y más de 62 años después de la creación de Israel -, los palestinos se siguen negando a reconocer el carácter judío del Estado. "Israel puede llamarse como quiera", dijo el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, mientras que, según el Haaretz, su jefe negociador, Saeb Erekat, afirmaba que la Autoridad Palestina nunca reconocería a Israel como Estado judío. En 1948, la oposición a la legitimidad de un Estado judío provocó una guerra. Hoy en día, amenaza la paz.

El Sr. Abbas y el Sr. Erekat respondían así a la petición del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, para que los palestinos reconozcan a Israel como el Estado-nación del pueblo judío, lo que permitiría a su gobierno considerar y aprobar la prolongación de la moratoria sobre la construcción en Cisjordania. "Un paso de ese tipo por parte de la Autoridad Palestina sería una medida que fomentaría la confianza", explicó el Sr. Netanyahu, y señaló que Israel no estaba exigiendo ese reconocimiento como requisito previo para las conversaciones directas. En efecto, ese reconocimiento "abriría un nuevo horizonte de esperanza y de confianza entre amplias capas de la opinión pública israelí".

¿Por qué debería importar tanto que los palestinos o cualquier otra pueblo reconozcan a Israel como el Estado-nación del pueblo judío? De hecho, Israel nunca buscó un reconocimiento similar en sus tratados de paz con Egipto y Jordania. Algunos analistas han sugerido que el Sr. Netanyahu no hace más que promover una demanda táctica que bloqueará cualquier oportunidad para una paz que en realidad no desea.

Sin embargo, la afirmación de la judeidad de Israel es el fundamento mismo de esa paz, es su ADN. Al igual que Israel reconoce la existencia de un pueblo palestino con un derecho inalienable a la autodeterminación en su patria, así también los palestinos deberían reconocer ese mismo derecho al pueblo judío, reconociendo así la conexión de casi 3.000 años del pueblo judío con su patria y su derecho a su soberanía en ella. Esta aceptación mutua es esencial para que ambos pueblos puedan vivir el uno al lado del otro, conformando dos estados coexistiendo en una paz genuina y duradera.

Así pues, ¿por qué no existe reciprocidad por parte de los palestinos? Después de todo, el derecho de los judíos a un Estado es un principio del derecho internacional. La Declaración Balfour de 1917 solicitó la creación de "un hogar nacional para el pueblo judío" en la tierra conocida entonces como Palestina y, en 1922, la Sociedad de Naciones citó la "conexión histórica del pueblo judío" con esa tierra como una de las "bases para la reconstrucción de su Hogar Nacional". En 1947, las Naciones Unidas autorizaron el establecimiento de "un Estado judío independiente", y recientemente, al dirigirse a la Asamblea General, el presidente Obama proclamó a Israel como "la patria histórica del pueblo judío". ¿Por qué entonces no pueden los palestinos decir simplemente que "Israel es un Estado judío"?

La razón de ello quizás estriba en que gran parte de la identidad palestina, como pueblo, está edificada en torno a la negación de ese mismo estatus a los judíos (como pueblo). "No voy a permitir que se pueda decir (escribir) de mí que he confirmado la existencia del supuesto Templo debajo del Monte", dijo Yasir Arafat al presidente Bill Clinton en el 2000.

Para los palestinos, reconocer a Israel como Estado judío también significa aceptar que los millones de palestinos que residen como refugiados en los países árabes deberían ser reubicados dentro del futuro estado palestino y no dentro de Israel, lo cual, si llegara a suceder, transformaría a Israel en otro estado palestino excepto por el nombre. Hacer la paz con el Estado judío quiere decir que la solución de dos estados no es una solución de dos etapas, como muchos palestinos lo desean, siendo la segunda de ellas la disolución de Israel.

Es precisamente por esto por lo que los israelíes buscan la seguridad básica que supondría que la Autoridad Palestina esté dispuesta a aceptar nuestro estado tal como es, aceptando lo que somos. Los israelíes tienen que saber que más concesiones por nuestra parte no nos harán más vulnerables al terrorismo y más susceptibles a nuevas demandas sin fin. Aunque el reconocimiento de Israel como Estado judío no nos proteja de posteriores asaltos o presiones, eso nos demostraría que los palestinos son serios acerca de la paz.

El núcleo del conflicto palestino-israelí ha sido la negativa de los palestinos (y del mundo árabe) a reconocer a los judíos como uno de los pueblos nativos de la región y dotado con el derecho al autogobierno. La crítica de las políticas israelíes a menudo sólo sirve para ocultar este hecho, por lo que la paz sigue eludiéndonos.

Instando a los palestinos a reconocer que sus vecinos serán permanentes y tienen su propia legitimidad, el Primer Ministro Netanyahu está señalando el camino para salir del actual callejón sin salida: de hecho está identificando el único camino para la convivencia.

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