Esos judíos que creen en jauja: un mundo sin enemigos - Aryeh Tepper - Jewish Ideas Daily
El cielo de Safed, donde reina la paz
En 1931 Isaac Babel publicó una corta historia titulada "Argamak", en la cual un judío intelectual con "sed de paz y de felicidad" se unía a una división de la caballería roja compuesta por cosacos que odiaban a los judíos. El comandante de la división comprendió la extraña elección de ese judío. Así que escogió un preciado semental de uno de los cosacos y se lo dio al judío para que lo montara. El cosaco mientras estaba furioso. El judío, sintiendo el odio del cosaco, le preguntó al comandante: "¿Por qué me has creado un enemigo?" Sin molestarse en disimular su desprecio, el comandante le replicó: "Te entiendo perfectamente... Tu objetivo es vivir sin hacer enemigos... Todo lo que haces es en función de ese ideal, así pues tú no puedes tener enemigos".
Más de 80 años después, esos judíos de Babel siguen existiendo.
Durante la reciente mini-guerra de Israel con Hamas, la revista Slate publicó un artículo de su escritora legal, Dahlia Lithwick, titulado, "Yo no volví a Jerusalén para estar en una guerra". Lithwick vivió en Israel de niña en 1977, el año de la visita de Anwar Sadat a la Knesset israelí. Ella regresó recientemente con sus hijos durante un año, en parte para ampliar sus horizontes más allá de un mundo americano compuesto por "partes iguales de comodidad y de Lego". Ella no se esperaba que incluiría una guerra con Hamas.
El artículo comienza con un recuerdo de la visita de paz de Sadat, en honor de la cual Lithwick y su hermano pequeño "construyeron hasta la mitad de la noche una bandera egipcia enorme". Pero al final termina con su sueño de paz, afirmando que, en contra de la guerra que se libra fuera de su ventana, "no tenemos nada de qué hablar más que de la paz". Entre sus sueños, Lithwick trata de luchar a brazo partido con sus propios sentimientos acerca de lo que era obviamente una situación psicológicamente dolorosa para ella. Pero también afirma que entiende el estado de ánimo en la sociedad israelí en su conjunto: "Confíen en mí cuando les digo que todos - absolutamente todos - están sufriendo y están tristes... Cochinamente tristes. Todo lo que veo es tristeza".
El artículo también intenta trascender el conflicto, evitando estudiadamente una identificación exclusiva con el sufrimiento israelí. Se preocupa no sólo de "nuestros amigos aquí que están siendo amenazados", sino también de los "niños inocentes en ambos lados que están siendo traumatizados por crecer en este lugar" y los relatos "desgarradores de sótanos quemados y zapatos de bebé desperdigados en cada lado por este conflicto". "Estoy preocupada", escribe, "por los niños aterrorizados en Gaza".
El editor de Slate tuitea el artículo y dice que es "brillante". Fue elogiado como reportaje convincente por gentes muy críticas con Israel como Andrew Sullivan. Y es que en primer lugar, ella se armó de valor para escribir su artículo y para ir a Israel, más allá de la "comodidad y de Lego". El problema es que la interpretación del artículo del estado de ánimo nacional de Israel contradice todo lo que sé de mi experiencia de haber vivido tres guerras de Israel y la propia cobertura de los medios de comunicación israelíes del conflicto.
Estuve en Israel durante la Intifada Al-Aqsa de 2000-2005, cuando los autobuses y las cafeterías eran voladas, durante la guerra de 2006 en Líbano, cuando caían misiles contra los civiles israelíes en el norte, y durante la guerra de 2008 en Gaza, cuando los misiles y cohetes caían sobre los civiles israelíes en el sur. Desde luego existía un dolor profundo e inexpresable por los que murieron, pero la opinión pública israelí en su conjunto tenía un espíritu de lucha desafiante, fuerte y decidido. Los extranjeros reforzaban la moral de los demás. Todos los días, se dieron ejemplos de ayuda mutua. La gente acogió en sus hogares a familias completas y ajenas durante largos períodos de tiempo. Se soñaba, pensaba y argumentaba acerca de cómo se podía ganar una guerra que probablemente duraría una generación.
Durante la última guerra y sus secuelas, yo estaba temporalmente en Nueva York, pero en todas mis conversaciones con amigos y familiares en Israel, trabajadores e intelectuales, sefardíes y ashkenazis por igual, no escuché o noté ninguna tristeza.
También he seguido el conflicto en los medios de comunicación israelíes. Los israelíes aprobaban o desaprobaban la gestión de la guerra del gobierno de Netanyahu, con críticas procedentes de la izquierda y de la derecha. Sin embargo, una encuesta reveló que la operación militar en Gaza disfrutó de un apoyo del 91% entre la opinión pública judía israelí. Después del séptimo día de combate, se organizaron manifestaciones en todo el país en contra de un cese al fuego y a favor de una invasión terrestre sostenida. El ethos israelí no se caracteriza por la tristeza. Los israelíes saben que la lucha será larga, y creen que luchan por una causa justa.
Y sobre el tema del sufrimiento en ambos lados, la simpatía indiferenciada en este caso no refleja fuerza moral, sino torpeza moral y debilidad. Si desea poner fin al sufrimiento en ambos lados, sin lugar a dudas se debe derrotar a Hamas. Hamas es una organización virulentamente antisemita que ataca a conciencia a los civiles israelíes del otro lado de la frontera, y que se esconde detrás de los civiles palestinos en su territorio. O como Hamas proclama con orgullo: " Nosotros amamos la muerte más de lo que ustedes aman la vida".
El artículo del Slate podría haber reflejado verdaderamente el lado israelí del conflicto aunque hubiera reconocido la humanidad y el sufrimiento de ambas partes. Pero no lo hizo, y no lo hizo por accidente, sino porque tomar partido significa nombrar a un enemigo, algo para lo que la gente como Lithwick no está preparada - ni dispuesta - a aceptar. "No tenemos nada de qué hablar más que de la paz", escribió ella, como si la victoria no se pudiera discutir. No es de extrañar que ella sienta tristeza ante su deseo frustrado de vivir sin enemigos. Pero es extraño que proyectara esa tristeza sobre la sociedad israelí.
Slate nos proporcionó tal vez con este artículo el ejemplo quizás más concentrado y manifiesto de la dimensión más profunda de la actual "desilusión" con respecto a Israel del sector más liberal y progresista de los judíos-estadounidenses: Israel es un recordatorio inquietante de que no vivimos en el final de la historia. El mundo es el mismo que siempre, o alguna vez, fue, dividido entre amigos y enemigos.
¿Necesitamos estar tristes por ello? Por supuesto que no. Theodor Herzl entendió que "el enemigo es necesario para un mayor esfuerzo de nuestra personalidad", después de todo, fue el perenne odio al judío el que originalmente le impulsó a la acción. Como el crítico y escritor africano-americano Albert Murray ha enseñado a lo largo de su carrera, para los héroes, los dragones son simplemente oportunidades para hacer su trabajo. Tal como Dios o el destino lo quiso, el sionismo todavía exige un ethos judío heroico.
¿Pero estos liberales y progresistas judíos-americanos poseen actualmente los recursos intelectuales y espirituales para identificarse con este espíritu? Queda abierta la cuestión de si poseen el coraje suficiente para poder rechazar la ilusión reconfortante de que los judíos podrán existir sin enemigos. Si optan por aferrarse a esa ilusión, un futuro muy triste les espera.
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