Saturday, December 15, 2012

Esos judíos que creen en jauja: un mundo sin enemigos - Aryeh Tepper - Jewish Ideas Daily


El cielo de Safed, donde reina la paz

En 1931 Isaac Babel publicó una corta historia titulada "Argamak", en la cual un judío intelectual con "sed de paz y de felicidad" se unía a una división de la caballería roja compuesta por cosacos que odiaban a los judíos. El comandante de la división comprendió la extraña elección de ese judío. Así que escogió un preciado semental de uno de los cosacos y se lo dio al judío para que lo montara. El cosaco mientras estaba furioso. El judío, sintiendo el odio del cosaco, le preguntó al comandante: "¿Por qué me has creado un enemigo?" Sin molestarse en disimular su desprecio, el comandante le replicó: "Te entiendo perfectamente... Tu objetivo es vivir sin hacer enemigos... Todo lo que haces es en función de ese ideal, así pues tú no puedes tener enemigos".

Más de 80 años después, esos judíos de Babel siguen existiendo.

Durante la reciente mini-guerra de Israel con Hamas, la revista Slate publicó un artículo de su escritora legal, Dahlia Lithwick, titulado, "Yo no volví a Jerusalén para estar en una guerra". Lithwick vivió en Israel de niña en 1977, el año de la visita de Anwar Sadat a la Knesset israelí. Ella regresó recientemente con sus hijos durante un año, en parte para ampliar sus horizontes más allá de un mundo americano compuesto por "partes iguales de comodidad y de Lego". Ella no se esperaba que incluiría una guerra con Hamas.

El artículo comienza con un recuerdo de la visita de paz de Sadat, en honor de la cual Lithwick y su hermano pequeño "construyeron hasta la mitad de la noche una bandera egipcia enorme". Pero al final termina con su sueño de paz, afirmando que, en contra de la guerra que se libra fuera de su ventana, "no tenemos nada de qué hablar más que de la paz". Entre sus sueños, Lithwick trata de luchar a brazo partido con sus propios sentimientos acerca de lo que era obviamente una situación psicológicamente dolorosa para ella. Pero también afirma que entiende el estado de ánimo en la sociedad israelí en su conjunto: "Confíen en mí cuando les digo que todos - absolutamente todos - están sufriendo y están tristes... Cochinamente tristes. Todo lo que veo es tristeza".

El artículo también intenta trascender el conflicto, evitando estudiadamente una identificación exclusiva con el sufrimiento israelí. Se preocupa no sólo de "nuestros amigos aquí que están siendo amenazados", sino también de los "niños inocentes en ambos lados que están siendo traumatizados por crecer en este lugar" y los relatos "desgarradores de sótanos quemados y zapatos de bebé desperdigados en cada lado por este conflicto". "Estoy preocupada", escribe, "por los niños aterrorizados en Gaza".

El editor de Slate tuitea el artículo y dice que es "brillante". Fue elogiado como reportaje convincente por gentes muy críticas con Israel como  Andrew Sullivan. Y es que en primer lugar, ella se armó de valor para escribir su artículo y para ir a Israel, más allá de la "comodidad y de Lego". El problema es que la interpretación del artículo del estado de ánimo nacional de Israel contradice todo lo que sé de mi experiencia de haber vivido tres guerras de Israel y la  propia cobertura de los medios de comunicación israelíes del conflicto.

Estuve en Israel durante la Intifada Al-Aqsa de 2000-2005, cuando los autobuses y las cafeterías eran voladas, durante la guerra de 2006 en Líbano, cuando caían misiles contra los civiles israelíes en el norte, y durante la guerra de 2008 en Gaza, cuando los misiles y cohetes caían sobre los civiles israelíes en el sur. Desde luego existía un dolor profundo e inexpresable por los que murieron, pero la opinión pública israelí en su conjunto tenía un espíritu de lucha desafiante, fuerte y decidido. Los extranjeros reforzaban la moral de los demás. Todos los días, se dieron ejemplos de ayuda mutua. La gente acogió en sus hogares a familias completas y ajenas durante largos períodos de tiempo. Se soñaba, pensaba y argumentaba acerca de cómo se podía ganar una guerra que probablemente duraría una generación.

Durante la última guerra y sus secuelas, yo estaba temporalmente en Nueva York, pero en todas mis conversaciones con amigos y familiares en Israel, trabajadores e intelectuales, sefardíes y ashkenazis por igual, no escuché o noté ninguna tristeza.

También he seguido el conflicto en los medios de comunicación israelíes. Los israelíes aprobaban o desaprobaban la gestión de la guerra del gobierno de Netanyahu, con críticas procedentes de la izquierda y de la derecha. Sin embargo, una encuesta reveló que la operación militar en Gaza disfrutó de un apoyo del 91% entre la opinión pública judía israelí. Después del séptimo día de combate, se organizaron manifestaciones en todo el país  en contra de un cese al fuego  y a favor de una invasión terrestre sostenida. El ethos israelí no se caracteriza por la tristeza. Los israelíes saben que la lucha será larga, y creen que luchan por una causa justa.

Y sobre el tema del sufrimiento en ambos lados, la simpatía indiferenciada en este caso no refleja fuerza moral, sino torpeza moral y debilidad. Si desea poner fin al sufrimiento en ambos lados, sin lugar a dudas se debe derrotar a Hamas. Hamas es una organización virulentamente antisemita que ataca a conciencia a los civiles israelíes del otro lado de la frontera, y que se esconde detrás de los civiles palestinos en su territorio. O como Hamas proclama con orgullo: " Nosotros amamos la muerte más de lo que ustedes aman la vida".

El  artículo del Slate podría haber reflejado verdaderamente el lado israelí del conflicto aunque hubiera reconocido la humanidad y el sufrimiento de ambas partes. Pero no lo hizo, y no lo hizo por accidente, sino porque tomar partido significa nombrar a un enemigo, algo para lo que la gente como Lithwick no está preparada - ni dispuesta - a aceptar. "No tenemos nada de qué hablar más que de la paz", escribió ella, como si la victoria no se pudiera discutir. No es de extrañar que ella sienta tristeza ante su deseo frustrado de vivir sin enemigos. Pero es extraño que proyectara esa tristeza sobre la sociedad israelí.

Slate nos proporcionó tal vez con este artículo el ejemplo quizás más concentrado y manifiesto de la dimensión más profunda de la actual "desilusión" con respecto a Israel del sector más liberal y progresista de los judíos-estadounidenses: Israel es un recordatorio inquietante de que no vivimos en el final de la historia. El mundo es el mismo que siempre, o alguna vez, fue, dividido entre amigos y enemigos.

¿Necesitamos estar tristes por ello? Por supuesto que no. Theodor Herzl entendió que "el enemigo es necesario para un mayor esfuerzo de nuestra personalidad", después de todo, fue el perenne odio al judío el que originalmente le impulsó a la acción. Como el crítico y escritor africano-americano Albert Murray ha enseñado a lo largo de su carrera, para los héroes, los dragones son simplemente oportunidades para hacer su trabajo. Tal como Dios o el destino lo quiso, el sionismo todavía exige un ethos judío heroico.

¿Pero estos liberales y progresistas judíos-americanos poseen actualmente los recursos intelectuales y espirituales para identificarse con este espíritu? Queda abierta la cuestión de si poseen el coraje suficiente para poder rechazar la ilusión reconfortante de que los judíos podrán existir sin enemigos. Si optan por aferrarse a esa ilusión, un futuro muy triste les espera.

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Monday, July 25, 2011

La lealtad de los sefardíes - Aryeh Tepper - Jewish Ideas Daily


En 1881-1882 un grupo de judíos yemenitas llegaron a pie a Jerusalén. Los nuevos inmigrantes se establecieron en la aldea de Silwan/Siloé, fuera de los muros de la Ciudad Vieja de Jerusalén


Rabino Yehuda Solomon Alkali (1798-1878)

En un reciente artículo en el Haaretz, el polémico articulista de la izquierda radical, Gideon Levy, hizo sonar la alarma de que los sionistas religiosos de Israel - los de la kippa de punto -, se han unan con los ultra-ortodoxos y los sefardíes para conformar "una tribu unificada de zelotes". ¿Pero por qué los ultra-ortodoxos y sefardíes llegarían a formar parte de esa coalición? Según la narrativa de Levy, ambos grupos comparten una historia de discriminación sufrida a manos de la izquierda sionista.

Al igual que todo texto fundamentado en la demagogia, el de Levy se apoya en un núcleo de verdad: los sefardíes y los ultra-ortodoxa han sufrido, en distintos momentos y por diversas razones, una discriminación tanto por parte del Estado como por lo que convencionalmente se llama en Israel "el ala izquierda, ashkenazi, que conforma la élite laica". Esta generalización es en sí misma un poco estúpida, pero es una base suficiente para el ataque de Levy. La moraleja de esta fantástica historia narrada por Levy es que a medida que la derecha israelí se está convirtiendo en "una tribu unificada de zelotes" gracias a su pasado común de discriminación sufrida a manos de la izquierda israelí, entonces el tablero político israelí, de derecha a izquierda, se ha convertido - agarrénse sus sombreros - en una sociedad racista y sectaria.

Por desgracia, "estas manchas" de la sociedad israelí no son el único objetivo de Levy. Al reducir el nacionalismo de los sefardíes israelíes a una especie de "falsa conciencia" atribuible a la discriminación sufrida [N.P.: no en los países árabes de donde procedían, sino a manos de la izquierda ashkenazi ya en Israel], Levy (un judío alemán, y esto es relevante) rechaza el auténtico e históricamente arraigado nacionalismo de los judíos sefardíes, y para ello Levy echa mano de un racismo paternalista que encima pretende deplorar. También se echa de menos en su "relato" las tensiones que en la actualidad caracterizan las relaciones entre los sefardíes y los ultra-ortodoxos con el resto de la sociedad israelí. En última instancia, la realidad es mucho más rica y más interesante que una simplista polémica que Levy lleva al terreno antisionista.

Las raíces de esa realidad se remontan a los judíos sefardíes que contribuyeron a desarrollar la idea sionista, como el poeta Emma Lazarus , el rabino Henry Mendes, y el rabino nacido en Sarajevo Yehuda Alkalai (1798-1878), un proto-sionista cuyo libro "Minhat Yehuda" (La ofrenda de Judá) interpretaba la visión tradicional de la redención en términos terrenales. Decididamente adelantado a su tiempo, Alkalai apelaba a hacer revivir el hebreo como lengua hablada y a elegir una asamblea constituyente judía en la Tierra de Israel, donde se trasladó al final de su vida.

Aunque no se puede negar que los judíos europeos y rusos constituyeron el motor inicial del movimiento sionista moderno, igualmente de innegable es el enorme atractivo que tuvo el sionismo para las masas de judíos del Norte de África y de Oriente Medio.

Tomemos el caso de los judíos yemenitas. Sabemos por los documentos de la Guenizá de El Cairo que los judíos del Yemen tenían vínculos con los judíos de la Tierra de Israel durante el período medieval. Así por ejemplo, el rabino Ovadia Bartinoro, un importante jurista del siglo XV, menciona la aliya de los judíos yemenitas. Estas olas de inmigración a Israel continuaron hasta el siglo XX. Entre las dos guerras mundiales, aproximadamente 15.000 judíos del Yemen llegaron a Israel, una cifra bastante notable, ya que el movimiento sionista estaba comenzando a establecerse en el Yemen por esa época.

El carácter independiente del sionismo yemenita fue vigorosamente formulado por el erudito yemenita, jurista y traductor, el rabino Joseph Kapach, en un discurso pronunciado ante la Knesset en 1982. La ocasión fue una celebración patrocinada por la Knesset de los 100 años de inmigración yemenita a Israel, y allí el propio Kapach comenzó su disertación dejando claro que la aliya desde el Yemen tenía mucho más de un siglo de antigüedad. Incluso señaló que el término "sionismo" era desconocido en Yemen, ya que "el movimiento sionista fue creado como un remedio contra la hostilidad que sufrían los judíos europeos mediante la aliya, pero que sin una enfermedad no había necesidad de un remedio".

Como el espíritu de autarquía de Kapach dejaba en evidencia, "ningún tipo de discriminación había sido necesaria para alimentar los deseos sionistas (de aliya) de los judíos del Yemen".

Una contundente revalorización de las ideas de Kapach, es decir, de la existencia previa de una arraigada "identidad sionista", ha sido recientemente formulada por un diputado rebelde del Shas (partido ultra-ortodoxo sefardí), el rabino Haim Amsalem, y fue dirigida contra los propios líderes ultra-ortodoxos de su partido, el Shas. De acuerdo con Amsalem, el Shas, al imitar las normas ultra-ortodoxas ashkenazis, está convirtiendo a los sefardíes israelíes, unos nacionalistas (sionistas) naturales, en antisionistas. Esto con referencia a la "tribu unificada de zelotes" del relato de Levy.

Quizás la polémica más interesante en contra del establishment ultra-ortodoxo ashkenazi fue promovida por el Gran Rabino sefardí de Jerusalén y Gran Rabino de Marruecos, Shalom Messas. En su comentario sobre el episodio de los espías del libro de Números, Messas compara a los sefardíes con la figura bíblica de Caleb, quien poseía un amor natural por la Tierra de Israel. Por el contrario, comparaba a los askenazíes ultra-ortodoxos con la figura de Josué, que "superintelectualizaba" su conexión con la Tierra de Israel como consecuencia de los años de estudio de la Torah con Moisés, y que, como resultado de ello, tuvo necesidad de la ayuda divina para salvar las faltas de sus espías. A la luz de las posiciones expresadas por los rabinos Kapach, Amsalem y Messas, el torpe agrupamiento por parte de Gideon Levy de los sefardíes y los ultra-ortodoxos (ashkenazis) en la misma categoría, parece estar muy alejada de la verdad.

Por supuesto, hay que tener mucho cuidado con la pintura a base de grandes brochazos practicada por Levy, y reconocer que la elección de vestir una kippa de punto puede representar una gran variedad de posiciones ideológicas. Los usuarios de esa gama de kippas van desde la burguesía nacionalista religiosa, que a menudo detesta el uso de dicha kippa por los nacionalistas radicales, a los estudiantes y seguidores de la línea dictada por la influyente yeshiva Har Hamor, quien antes profanarían el sábado que levantar una mano contra un oficial de policía.

Sin embargo, Levy está muy familiarizado con la gran ignorancia de su público, el cual mayoritariamente reside fuera de Israel, lo cual es tristemente predecible y le asegura los elogios por sus artículos "extraordinariamente provocadores". El artículo de Levy no era nada más que eso, pero no acertaba a demostrar como la ciega pasión anti-Israel, en personas que hasta pueden llegar a ser inteligentes, tanto en Israel como en el extranjero, les hace no poder distinguir lo que tienen delante de su nariz o lo que está debajo de las kippas de otras personas.

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Friday, June 03, 2011

Recuerden Farhud - Aryeh Tepper – Jewish Ideas Daily


Fosa común de las víctimas del Farhud

El final de 2.500 años de vida judía en Irak comenzó durante dos días de junio de 1941. Durante 30 horas aterradoras, turbas de saqueadores árabes iraquíes, soldados y civiles, mataron a 137 judíos e hirieron a miles, dejando decenas de casas saqueadas y destruidas más de 600 empresas de propiedad judía. El caso llegó a ser conocido como el Farhud, un término kurdo que alude a una ruptura mortal de la ley y el orden. Al cabo de diez años, casi toda la comunidad judía de Irak había huido.

Dejando a un lado su nombre exótico, Farhud no fue una erupción aislada de violencia anti-judía en un rincón alejado del mundo. Según los historiadores Shmuel Moreh y Robert Wistrich, fue al menos en parte una extensión de la guerra de exterminio nazi desencadenada contra los judíos. Moreh fue el editor de una colección de ensayos sobre Farhud publicado originalmente en 1992, y que recientemente ha sido revisada y actualizada para su traducción al inglés. Marcando el septuagésimo aniversario del ataque, él y Wistrich, un distinguido historiador del antisemitismo, presidieron recientemente un coloquio titulado provocativamente "El nazismo en Irak", con la esperanza de elevar la conciencia pública sobre dicho evento y la lucha contra la "negación del Farhud" entre los árabes iraquíes actuales.

En el simposio, Wistrich señaló que en 1941 los judíos iraquíes "se encontraron en el fuego cruzado de tres formas convergentes de antisemitismo": el antisemitismo de los nacionalistas iraquíes, el antisemitismo de los exiliados palestinos en Iraq y el propio antisemitismo de los nazis alemanes. Tanto los iraquíes como los diferentes grupos de palestinos estaban profundamente influenciados por el nazismo.

Consideremos el caso de Yunus al-Sabawi, un periodista iraquí que se convirtió en ministro de Economía y gobernador de Bagdad. Al-Sabawi también resultó ser el autor de una traducción al árabe del Mein Kampf de Hitler. En el prefacio de la obra, él celebraba al "gran aventurero, al gran líder alemán que pasó de ser un simple soldado al liderazgo de una de las naciones más avanzadas y desarrolladas cultural y científicamente del mundo". Durante el mismo Farhud, los grupos paramilitares organizados por al-Sabawi recibieron la orden de participar en los ataques.

O consideren el papel desempeñado por los exiliados palestinos. Alrededor de unas 400 acomodadas familias palestinas se habían trasladado a Irak después de los disturbios anti-judíos promovidos en Palestina en los años 1936-39. El exiliado palestino más destacado fue el mismo orquestador de los disturbios: Haj Amin al-Husseini, el mufti de Jerusalén, cuyas conexiones con el nazismo en general, y con Hitler en particular, están bien documentadas. Sin embargo, el mufti no estaba solo en la canalización de los ideales nazis: en su propio relato de los acontecimientos que condujeron al Farhud, los propios oficiales británicos - que gobernaron Irak de alguna manera desde 1914 a 1955- observaron el efecto electrizante de los grupos de jóvenes iraquíes y sus profesores pro-nazis palestinos.

Luego está el papel desempeñado por los nazis alemanes por sí mismos en el Farhud. El Dr. Fritz Grobba fue el enviado alemán destinado en Bagdad, hablando con fluidez árabe, persa y turco, difundió con éxito el mensaje nazi adaptándolo a las sensibilidades locales. Ya en 1939, Grobba predecía en un informe a Berlín que "un día la ira de las masas entrará en erupción, y el resultado será una masacre de judíos".

El nazismo ejerció una doble atracción para los árabes palestinos e iraquíes. Su antisemitismo contactó con ciertas poderosas corrientes de la tradición árabe e islámica, y su animadversión contra los británicos resonó en el anti-imperialismo promovido por los nacionalistas árabes, los cuales despreciaban a esos ocupantes británicos empeñados en frustrar sus aspiraciones. Irónicamente, muchos judíos en Palestina veían a los británicos en términos similares (lo cual no les impidió ponerse del lado de los británicos en la lucha contra Hitler). Sin embargo, los judíos de Irak eran naturalmente más favorables a Gran Bretaña, y fueron considerados en consecuencia por los nacionalistas iraquíes como una quinta columna.

También existieron afinidades más profundas entre el nazismo y el nacionalismo árabe. Con respecto a los baasistas (el partido Baas), el grupo nacionalista que pasaría a dominar el país durante las últimas cuatro décadas del siglo XX, Wistrich afirmó en una entrevista:
“El tipo de personas que fundaron el movimiento baasista... se inspiraron en la Alemania nazi. El renacimiento nacional alemán, incluyendo su ideología anti-judía, en realidad les apelaba. El Tercer Reich representaba el militarismo, la gloria, la obediencia, la unidad nacional, una fe mesiánica-política… y la eliminación de los judíos”
Todo esto arroja luz para la comprensión de la historia contemporánea de los conflictos palestino-israelíes. De acuerdo a la narrativa convencional, las raíces de ese conflicto se encuentran en la ocupación de Israel de los "territorios palestinos" a partir de 1967. Sin embargo, una descripción más precisa y mejor pondría la cuestión en el contexto de los 100 años de continua guerra librada por la parte dominante dentro del mundo árabe-musulmán (es decir, los árabes y musulmanes) para liberar al Oriente Medio de sus minorías: de los bereberes a los kurdos y los judíos, y en los últimos tiempos, los cristianos.

Situándonos en esta perspectiva, las consecutivas intifadas orquestadas contra Israel por la OLP de Arafat representan, según escribe Moreh, "la continuación de los apedreamientos de los judíos de Irak por parte de los palestinos del mufti Haj Amin al-Husseini y sus asociados tras recalar en Bagdad".

Tanto Moreh como Wistrich argumentan que Farhud debe ser contemplado como una parte de la Shoah. Se trata de una propuesta discutible, de hecho en el simposio se expresaron las objeciones al considerar que, a diferencia de Europa, los judíos de Irak a efectos prácticos no fueron objeto de exterminio. Pero no hay duda de que la propia matanza, y el papel del nazismo en su promoción y en la complicidad, merecen un lugar prominente dentro de la conciencia colectiva judía. Setenta años después, resulta sorprendente y aterrador considerar como los nacionalistas árabes, los nacionalistas pan-árabes y los islamistas, fuertemente apoyados por sus partidarios europeos, siguen considerando a Israel como un puesto avanzado del "imperialismo occidental" en el Oriente Medio.


Mas información en Holocaust Memoriam Museum

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Friday, May 27, 2011

Israel y el sentimiento de culpa occidental - Aryeh Tepper – Jewish Ideas Daily



"Enfréntate a tus privilegios". Así reza un "sutil y coercitivo" mensaje ubicado en los finos y elegantes colegios de artes liberales de América. ¿Por qué coercitivo? Porque, como Wilfred McClay explica en un reciente ensayo en First Things, lo que tales mensajes o señales están realmente diciendo a los estudiantes es "siéntanse culpables". Siéntanse culpables por el dinero que les permitió llegar hasta aquí y por las ventajas que adquirirán y recibirán por su estancia entre nosotros. Ah, y mientras tanto, "páguennos unos 50.000$ al año para que nosotros podamos certificar el privilegio que disfrutan y por el que deben disculparse".

Este desfile de mensajes absurdos y auto edificantes (auto congratularios) no se limitan a las escuelas de educación superior. Como observa McClay, los hombres y mujeres modernos son regularmente invocados a sentirse culpables de algún delito o tragedia - “el colonialismo, la esclavitud, la pobreza estructural, la contaminación del agua, la deforestación" -, sucesos que a menudo se produjeron antes de su existencia y que están más allá del alcance de su vida cotidiana.

Al explorar por qué la culpa juega un papel tan importante en la cultura occidental contemporánea, McClay cita al escritor francés Pascal Bruckner, el cual identifica la "denuncia mecánica de Occidente" - una empresa que está en el núcleo de gran parte del pensamiento occidental moderno - como un vestigio masoquista de "la vieja noción del pecado original". Esa noción, resume McClay, se ha transformado en un remordimiento insidioso y sin control.

McClay profundiza el análisis de Bruckner señalando que los modernos expresan su sentimiento de culpa no sólo por los supuestos crímenes de su civilización, sino, y significativamente, por "las cosas de las que nos sentimos más orgullosos", especialmente nuestro “dominio tecnológico, nuestro conocimientos del mundo, de sus causas y efectos, y nuestro poder para darlos forma y alterarlos". Ese mismo poder, escribe McClay, deja a nuestra conciencia hiperactiva expuesta a un bombardeo interminable de males, reales o imaginarios, por los cuales debemos sentirnos culpables.

¿Qué hacer con esta culpa? En un mundo post-religioso, donde los medios tradicionales de búsqueda de la absolución y de la redención ya no son predominantes, "la poderosa e inextinguible necesidad de los seres humanos de sentirse moralmente justificados" busca otros mercados, muchos de ellos problemáticos. Uno de esos mercados, escribe McClay, es el culto santurrón del “fortalecimiento personal” a través del "perdón" y la ausencia de “crítica o juicio sobre los demás”. Otro mercado, y relacionado con el anterior, consiste en la santificación y fascinación por ciertos grupos definidos como "víctimas per se", y es mediante la identificación con esas víctimas como tales, donde los hombres y mujeres modernos pueden participar terapéuticamente de una especie de "sufrimiento compartido", afirmando así su propia inocencia y descargando su carga moral.

Sin embargo, una lógica perversa se mueve detrás de estas actitudes y actúa de una manera corrosiva. Puesto que no hay víctimas sin victimarios, un corolario obvio de la identificación con las víctimas es la proyección de la propia culpabilidad sobre un "designado opresor" que "desempeñe el papel de chivo expiatorio". Y es por esta lógica que, paso a paso e inevitablemente, el culto de la búsqueda de la inocencia suele venir de la mano con la tiranía de la corrección política, y con un discurso altamente vicioso que designa y envía al ostracismo a los supuestos villanos marcados con ese feo sello por gran parte del mundo intelectual y académico contemporáneo

El análisis de McClay es muy profundo y sugestivo. Por otra parte, aun cuando se lamenta del proceso por el cual nociones religiosas fundamentales como "el pecado y la expiación" han sido reemplazados por patológicas contrapartidas modernas, no todo se reduce a identificar esa infautada obsesión por el victimismo, la cual que en cierto sentido es un producto perverso del propio cristianismo. Su ensayo, en particular en su análisis de los chivos expiatorios, apunta en numerosas direcciones, y se espera que continuara ampliando su fascinante estudio de muchas de ellas.

En particular, McClay resulta muy útil para comprender cómo y por qué se ha invertido tanta cantidad de energía en señalar al Estado de Israel, y por implicación al pueblo judío, como una especie de fuente del mal contemporáneo. Adoptando el modelo de McClay a la moral contemporánea, al igual que Israel sirve para el papel de victimario, los palestinos sirven para el papel de víctimas ejemplares e inocentes, y es que mediante la identificación con la “víctima actual”, y posicionándose en contra del culpable designado, uno afirma su propia estatura moral y proyecta toda la culpa sobre del cabeza de turco de rigor, el cual es expulsado en sentido figurado al desierto (al igual que el chivo expiatorio).

¿Cómo se explica la obsesión del Occidente democrático por este tema específico? Después de todo, si usted está buscando víctimas y opresores, ¿por qué no empezar por ejemplo con el Congo, donde, según un nuevo estudio, 48 mujeres son violadas cada hora? Si comparamos la atención fugaz que genera esa horrible noticia y la comparamos con la cantidad de tinta derramada por la decisión de Israel de expandir los barrios judíos ya existentes en el este de Jerusalén, apreciaremos cuán sesgado es el criterio moral de los guardianes de la conciencia occidental.

Muy provechoso e importante es aquí como McClay traza la influencia subterránea de la culpabilidad. Consideremos, por ejemplo, la evidente influencia del reconocimiento del Holocausto en la percepción pública de los judíos. Visto a través de la lente de McClay, el legado del Holocausto inicialmente atribuyó a los judíos una especie de “prestigio perverso”, una especie de marca o sello de “víctima certificada”. Pero ¿por cuánto tiempo? En retrospectiva, parecía sin duda previsible que, una vez que los judíos llegaron a ejercer el poder en un Estado judío (Israel), deberían comenzar a ceder su dudosa plaza de honor como “víctimas certificadas”. A continuación, se hizo necesario encontrar unos sustitutos, ¿y quién encajaría mejor en ese papel que esos que pueden ser identificados, según algunos, como “víctimas de las antiguas víctimas”, es decir, de los propios judíos, los cuales a su vez se habrían transformado según algunos círculos de opinión en los nuevos nazis? Todo el desarrollo es una manifestación especialmente grotesca de lo que McClay define como "los enormes problemas creados por el culto a la propia victimización”.

Y es que viejas corrientes de opinión están contribuyendo. Como señala McClay, la "nueva sensibilidad" de la culpabilidad es un descendiente directo pero secularizado de los conceptos cristianos. En este sentido, es difícil no ver en las actuales representaciones, implícitas y muchas veces explícitas, del conflicto israelí-palestino cómo a los palestinos se les ha asignado el papel de hijo sufriente de Dios, y a los israelíes el papel de judíos pérfidos (¿seguidores de Caifás o de Barrabas?), en una repetición secularizada del drama de la crucifixión.

La terrible ironía que encierra todo esto es que a pesar de la devoción y el esfuerzo de muchos cristianos durante el último medio siglo a la hora de desvincularse, y expiar, el antisemitismo tan profundamente arraigado en la tradición cristiana, aún existen bastantes “ilustrados” en la actual sociedad post-cristiana que se han sentido lo suficientemente liberados como para poder abrazar algunos de los más siniestros tropos antisemitas.

Finalmente, Friedrich Nietzsche hace una breve aparición en el ensayo de McClay, y es más que posible que una potente dosis de la teoría del resentimiento de Nietzsche haya hecho su trabajo en el trasvase y acumulación de la culpa sobre los judíos. El resentimiento era el término que empleó Nietzsche para describir la hostilidad que el débil proyecta sobre el fuerte. También era un instrumento de venganza psíquica, como una especie de endeble conjuro donde el universo moral y su condición de debilidad les justifican y hacen superiores frente a la condición, valores y códigos de conducta de sus amos. Desde esta perspectiva, Israel es "pecado" a los ojos de sus detractores ya que se lo ligan precisamente con la fuerza y el éxito (por no hablar de su asociación con el Gran Satán americano).

Por supuesto, Nietzsche era de la opinión de que la Cristiandad, que elevó la debilidad y el sufrimiento sobre la clásica celebración griega del vigor heroico, era en sí misma culpable de causar un daño permanente a la moral occidental. McClay, por el contrario, es de la firme opinión de que sólo son reprobables esas debilitadoras y masoquistas nociones de culpa, que de hecho son una perversión de la cristiandad - y añade - y del judaísmo. Esta cuestión sería un tema interesante para un debate filosófico y teológico. En el ínterin, sólo podemos estar agradecidos a Wilfred McClay por su análisis y muy necesaria contribución a una cuestión no sólo de ámbito intelectual, sino verdaderamente existencial.

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Tuesday, February 08, 2011

¿Quién es Uri Avnery y por qué es importante? - Aryeh Tepper - Jewish Ideas Daily


(Artículo algo desmesurado, conozco algún artículo de Uri Avnery que es razonable, aunque desconocía bastante de su intrahistoria).

La decisión por parte del liderazgo de Jerusalén en la década de 1990 de admitir a Yasir Arafat y a su tropa en el corazón de la tierra de Israel, ha demostrado ser uno de los principales errores políticos del país, pagado con la moneda de una guerra terrorista de cinco años que traumatizó a la sociedad israelí y transformó el sueño de una paz entre israelíes y palestinos en una prolongada pesadilla. ¿Cómo sucedió y a qué se debió? De acuerdo con Amnón Lord, un editor y periodista israelí que apoyó los acuerdos de Oslo hasta que los autobuses empezaron a estallar en las ciudades israelíes en 1996, una gran parte de la respuesta radica en la influencia poco conocida pero inmensa de la izquierda revolucionaria israelí, y, en particular, de un "actor importante en la historia de Israel".

Amnón Lord delineó en primera instancia su tesis en un libro, “La izquierda israelí: del socialismo al nihilismo” (en hebreo, 2002), basado en gran parte en su propia trayectoria política. En el capítulo final, dirigió su atención sobre Uri Avnery (nacido en 1923), al mismo tiempo periodista, editor y ex miembro de la Knesset, y un agitador a tiempo completo y un icono cultural. Ahora bien, en su nuevo libro, “Asesinato entre amigos” (en hebreo), cuyo subtítulo es "Uri Avnery: Una historia de la guerra política", Amnón Lord continúa donde lo dejó. Se trata de un curioso libro marcado de forma intermitente por un afecto personal por Avnery, que bien podría derivarse de la enfebrecida inmersión juvenil del propio Amnón Lord en esos mismos pantanos radicales que ahora contempla con horror. Pero no hay duda de su aversión actual hacia ellos.

Avnery es celebrado en Israel y en todo el mundo como un "valiente activista por la paz y un defensor de los derechos humanos”, y ha ganado numerosos premios en reconocimiento a sus esfuerzos ya que, entre otras cosas, fue el fundador de Gush Shalom ("El Bloque de la Paz"). Es no menos ampliamente admirado como un pensador independiente que desde hace muchas décadas es capaz de decirle la verdad sin temor al poder. En el meticuloso libro de Amnón Lord, Uri Avnery surge como una persona totalmente diferente, un hombre consumido por el odio a cuya canalización dedicó gran parte de su vida, conjuntamente con la difusión de la propaganda soviética.

Siguiendo la trayectoria de Uri Avnery, Amnón Lord se centra particularmente en sus primeros años. Antes de la fundación del Estado de Israel en 1948, el joven Avnery oscilaba entre la extrema derecha y la extrema izquierda. El hilo conductor de esa ambivalencia era su desprecio por la democracia liberal, tanto es así que en 1941 escribió que prefería como alternativas la utopía comunista o la nazi. (Su más que evidente ceguera ante el antisemitismo de los nazis volvería a emerger en los últimos tiempos con su abrazo a Arafat y la OLP.) Después de que la Unión Soviética saliera victoriosa de la Segunda Guerra Mundial, adoptó en su totalidad la perspectiva soviética.

No fue el único en este sentido. Por increíble que pueda parecer hoy, el 20% de los miembros de la primera Knesset (el parlamento israelí), la mayoría de ellos provenientes del partido Mapam, estaban abiertamente identificados con Stalin. Cuando el primer ministro David Ben-Gurion excluyó a los comunistas de Israel de su gobierno, los comunistas israelíes le “devolvieron el favor” creando una organización clandestina que planeaba, en diferentes etapas, montar un golpe de Estado y abrir las puertas del norte de Israel a una esperada invasión del Ejército Rojo.

Tanto como Avnery odiaba la “democracia burguesa", Amnón Lord nos desvela ese otro odio similar dirigido esta vez contra el judaísmo, estando ambos vinculados en la mente de Avnery. Junto con otros miembros talentosos de su generación, soñaba con un vuelco de las bases tradicionales de la identidad judía y con la configuración de una nación progresista de lengua hebrea que se conectaría y lideraría las fuerzas del "antiimperialismo" en todo el Oriente Medio. (La respuesta compensatoria de Ben-Gurion a este sueño fue enraizar Israel a su pasado bíblico y alinearla con las potencias occidentales). Aunque Avnery luchó y fue herido de gravedad en la Guerra de Independencia de Israel, realmente estaba luchando por un ideal muy diferente. Después de 1948, su odio hacia el judaísmo se transformó a la perfección en el odio hacia al estado judío.

Lo que le proporcionó notoriedad y le ganó un público mucho más amplio fue Haolam Hazé ("Este Mundo"), un tabloide semanal antisistema que comenzó a publicar en 1950. Haolam Hazé apelaba igualmente a un público masivo y a los intelectuales utilizando una prosa sencilla, sensacionalistas exclusivas y, quizás lo más importante, semidesnudos de mujeres que aparecían en la última página. Era también, según Amnón Lord, una publicación frentista.

Evitando hábilmente el lenguaje comunista, y seminalmente influenciado por los métodos periodísticos del legendario propagandista Willi Münzenberg (activista político comunista, agente del Komintern y fabuloso propagandísta de la causa, fue asesinado en Francia en 1940 por orden de Stalin), Haolam Hazé logró influir en una generación de jóvenes intelectuales progresistas agitando al mismo tiempo su descontento con la política y la sociedad israelí, apelando a su incipiente ardor moral.

En este sentido, uno de los principales logros de Avnery fue la simpatía que suscitó al solicitar, ya en la década de 1950, un Estado palestino. Su enfoque fue negativo. Bastantes años antes de que hubiera "territorios ocupados", Avnery ya se dedicaba sin cesar a realizar comparaciones entre Israel y la Alemania nazi, a demonizar al estado judío utilizando un lenguaje que más tarde se convertiría en algo habitual en las Naciones Unidas y en los medios "progresistas" mundiales. En la década de 1980, como miembro de la Knesset, se convertiría en el primer israelí que se reunió con Arafat, en el momento en que el ejército israelí estaba sitiando a Beirut Este, donde el inventor del terrorismo moderno se escondía. Sus incansables esfuerzos para convencer a la opinión pública israelí de que la causa de la OLP era la causa de los derechos humanos llevaron hasta el día en que los acuerdos de Oslo fueron sellados en Washington en septiembre de 1993. Cuando Arafat regresó triunfante a Gaza en 1994, invitó a Avnery a las celebraciones.

Asesinato entre viejos amigos” es un libro defectuoso por una serie de razones: el libro no contiene un índice de contenidos, Amnón Lord, a veces obsesivamente, sigue el rastro de historias que contribuyen poco o nada a la narración, y las conexiones entre los acontecimientos en los que se basa a veces son pocos convincentes.

Sin embargo, y en líneas generales, el libro resulta muy útil a la hora de localizar las raíces retorcidas de un aspecto de la cultura política israelí que pide a gritos que sea revelado y desenmascarado, en particular por aquellos elementos responsables de la izquierda israelí que no desean ver empañado el buen nombre de dicha Izquierda.

Porque existe, después de todo, una izquierda sionista liberal representada, entre otros, por la eminente jurista Ruth Gavison y por el académico y ex político Amnón Rubinstein, los cuales sí están total y absolutamente comprometidos con el futuro democrático y judío de Israel.

También existe una izquierda no sionista, representada por el académico y polemista Yehouda Shenhav, cuyos argumentos multiculturalistas, aunque cuestionables, al menos están motivados por una simpatía genuina por todos aquellos que en Israel se ven relegados a los márgenes de la sociedad.

Por contra, la izquierda revolucionaria representada por Uri Avnery y otros como él no han hecho más que proporcionar más veneno e incitar así a un mayor derramamiento de sangre, mientras que deliberada y conscientemente mostraban su complicidad con algunos de los enemigos más mortales del pueblo judío.

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Sunday, January 30, 2011

La semilla de Israel - Aryeh Tepper - Jewish Ideas Daily



Hasta los tiempos modernos, los límites de la identidad judía eran claros y estrictos. Si usted había nacido de una madre judía, o si se había convertido conforme a la ley religiosa judía (la Halajá), usted era judío. Si no era así, no lo era. Sin embargo, a lo largo del siglo XX las definiciones tradicionales fueron superadas por las altas tasas de matrimonios mixtos entre judíos y no judíos en la Diáspora.

Ahora, debido a estos acontecimientos en la Diáspora, y especialmente en la ex Unión Soviética, el problema de los matrimonios mixtos está también presente en el Estado judío. De acuerdo a la Ley del Retorno, cualquier persona con un abuelo judío puede inmigrar y solicitar la ciudadanía israelí, y eso es lo que hicieron durante la década de 1990 cientos de miles de ex ciudadanos soviéticos: individuos que se identificaron como judíos a efectos de la Ley de regresar no lo eran de acuerdo con los criterios halájicos. Estos nuevos israelíes se han convertido en parte de la sociedad israelí, sirviendo en el ejército, estudiando en sus colegios y universidades, integrándose como israelíes en la fuerza laboral y casándose con otros israelíes. A principios del siglo XXI, ¿que es lo que debe hacerse acerca de este fenómeno?

En general, los líderes israelíes, tanto políticos como religiosos, no han respondido al problema o han respondido de manera insuficiente, ya sea mediante preferir ignorarlo por una parte, o, por el contrario, exigir una conversión al por mayor de acuerdo con las más rigurosas e inflexibles normas religiosas. Una valiente excepción es la protagonizada por el rabino Hayyim Amsalem, miembro de la Knesset por el partido político sefardí Shas.

En 2010, Amsalem publicó en hebreo una obra importante, Zera Yisrael ("La Semilla de Israel"), argumentando que, cuando se trata de los no judíos descendientes de judíos, las cosas realmente no pueden ser ni tan claras ni tan estrictas. Para ello Amsalem recurre a una gran cantidad de fuentes autorizadas, demostrando que esas personas que pueden ser vistas como no judías estrictamente, sin embargo pertenecerían legalmente a la categoría que da título a su libro. Ellos, aunque pudieran no ser judíos, a través de sus orígenes seguirían estando relacionados sin lugar a dudas con el pueblo judío, y esta conexión tiene importantes ramificaciones.

La ramificación inmediatamente más importante, según Amsalem, es que estos descendientes no judíos de judíos no sólo deben ser alentados a convertirse, sino que a la vez las normas para su conversión deben ser relativamente leves:
Necesitamos especificar con claridad que se comprometan por lo menos a comportarse como judíos "tradicionales". Esto significa abandonar completamente su religión anterior, negar la idolatría, observar el ayuno de Yom Kipur, abstenerse de comer jametz en Pesaj, mantenerse kosher, encender las velas de Shabbat, usar los tefilín (las filacterias rituales), y así sucesivamente.
Desde la perspectiva de las autoridades ultra-ortodoxas, las exigencias de Amsalem representan una estúpidez absoluta. Según ellos, ser judío significa observar puntualmente todos los mandamientos. Lamentablemente, Amsalem ha sido brutalmente atacado por la prensa ultra-ortodoxa y declarado persona non grata por su propio partido político. Y, sin embargo, como él demuestra, los ultra-ortodoxos no son las únicas autoridades para el tema de la conversión, siendo la autoridad tradición legal judía mucho más amplia y permisiva que la visión ideológica de los ultra-ortodoxos.

Especial atención debería prestarse a la invocación de Amsalem a los judería "tradicional". Si bien suele ser la costumbre dividir a los judíos en dos campos, seculares y religiosos, una encuesta realizada en el 2002 a los judíos de Israel revelaba que la mayoría de ellos no pertenecían ni a los unos ni a los otros, sino a algo intermedio. Ese algo intermedio se caracteriza por un amor a la tradición, junto con un compromiso con la libertad individual. Esta tolerante posición, viendo lo que se estila por el Oriente Medio, que prima el peso de la religión, pero a distancia, y observa los mandamientos, pero no todos ellos y no todo el tiempo, es lo que se conoce con el nombre de judíos "tradicionales".

Amsalem querría que las nuevas conversiones de estos judíos procedentes de la reciente inmigración se ajustaran a las prácticas de este segmento de la sociedad israelí. Después de todo, estas son personas que son propensas a contraer matrimonios con judíos "tradicionales" de Israel, y fue debido a su preocupación por el bienestar de ambos grupos por lo que Amsalem compuso su libro principalmente. Por eso, y por su deseo de anticiparse a las demandas de los liberales religiosos, influenciados por el judaísmo reformista americano, que replican que la identidad judía se transmitiría a través de la descendencia patrilineal. Esa respuesta particular al problema de los matrimonios mixtos habría provocado una mayor confusión en una situación ya confusa al crear una rama del pueblo judío que gran parte del mundo judío no reconocería como judía, siendo su aplicación en el contexto israelí tanto o más desastrosa.

El futuro político de Amsalem es incierto. A pesar de que ha pagado un alto precio por sus puntos de vista dentro de su partido político, también se ha convertido en una especie de héroe popular para muchos sionistas religiosos, judíos tradicionales e incluso judíos seculares. Pero cualquiera que sea su futuro, mantiene su compromiso de avanzar en su visión de la conversión, y tiene a gran parte del público israelí detrás de él.

Por otra parte, no solamente desde un punto de vista jurídico el concepto de la "semilla de Israel" constituiría una oportunidad potencial para satisfacer los desafíos que enfrenta Israel y los judíos del mundo. En todo el mundo, aún existen no judíos descendientes de judíos que sienten una gran afinidad con Israel y con el pueblo judío, incluso si no tienen intención de inmigrar o convertirse. Se incluyen entre ellos los Bnei Anusim, descendientes de "cripto-judíos" españoles y portugueses obligados a convertirse al catolicismo en los siglos XIV y XV, y los "judíos ocultos" de Polonia que desde la caída de la Unión Soviética se han interesado en aprender acerca de la dimensión judía de su identidad.

La única organización que ha reconocido el beneficio de llegar a esas personas es Shavei Israel, más conocida por ayudar a los descendientes de los "diez tribus perdidas" que están ansiosos de regresar al pueblo judío. Para Michael Freund, director de Shavei Israel, es una pena que nadie se haya ocupado activamente de estos grupos que, cualquiera que sea su estado, mantienen su hambre de una conexión, ya sea intelectual, cultural, literaria o espiritual, con el pueblo judío. Para ellos, también la noción de "la semilla de Israel" podría funcionar como algo muy poderoso, fortaleciendo sus compromisos y motivando sus lealtades.

Hayyim Amsalem y Michel Freund comparten una visión del futuro que es a largo plazo y estratégica. Es de esperar que otros se convenzan de lo mismo.

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