Wednesday, September 11, 2013

Definiendo quién es un judío - A.B. Yehoshua - Haaretz



Si un judío no desea ni necesita vivir en Israel, ni siquiera conoce o desea hablar en hebreo, ni necesita o desea mantener relaciones comunitarias formales con otros judíos, ni tampoco cree en el Dios de Israel y en su Torah, y no necesariamente es el hijo de una madre judía, ¿quien es entonces, un judío?

En comparación con el esfuerzo de definir "quién es un sionista”, definir quién “es un judío" resulta complejo y tedioso, pero es una cuestión que se ha sido tratada y sigue siendo tratada no sólo por judíos, sino por no judíos de todo tipo, desde los admiradores del pueblo judío a sus más encarnizados enemigos. Parece sorprendente que un pueblo que estima su edad en unos 3.200 años siga discutiendo sobre su autodefinición, como si miles de años de historia no hubieran bastado para llegar a un acuerdo al respecto. Pero si las disputas sobre la definición de un judío, inclusive en la Ley del Retorno, se han mantenido e incluso intensificado a continuación, debe haber alguna verdadera necesidad existencial, política y cultural que necesita ser expresada.

¿Por qué necesitamos una definición de todo? Antes de la creación del Estado, si hubiéramos estado de viaje y hubiéramos entrado en un restaurante en los Estados Unidos o Argentina o Tashkent, y el propietario nos hubiera reconocido como judíos al llegar a nuestra mesa, y nos dijera: "Escuchen, queridos invitados, yo también soy judío", nadie hubiera tratado de examinar sobre qué base se definía a sí mismo como judío. Nadie le hubiera preguntado si su madre era judía o sólo su padre, o si tal vez algún antepasado judío se le había aparecido en sueños y él hubiera decidió identificarse como judío. Nada de esto habría sido importante para nosotros, podríamos haber encontrado ese mismo hecho, el que se identificara a sí mismo como judío, como algo aceptable e incluso agradable, pero no nos hubiera comprometido a nada.

O podemos tomar un ejemplo más extremo y terrible: en los guetos y en los campos de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial había no pocos judíos que habían sido identificados como judíos y encarcelados como tales, a pesar de que desde la perspectiva de la halajá (la ley judía) no se consideraban judíos porque no tenían madres judías. ¿Podría cualquiera de nosotros deducir cuantos de ellos fueron víctimas del Holocausto? Pero si estos seis millones hubieran resucitado y quisieran emigrar a Israel, por lo menos medio millón de ellos serían bloqueados por las autoridades de inmigración israelíes con el argumento de que no eran elegibles para la ciudadanía israelí bajo los preceptos de la Ley del Retorno.

Por lo tanto, antes del establecimiento del Estado, la definición de un judío en sí mismo no era importante para la mayoría de las personas, aquellos que no eran estrictos  en cuestiones de matrimonio, bastardía y entierro. Después de todo, a pesar de la antigüedad del pueblo judío, seguía siendo pequeño en número, por lo que cada nuevo miembro era bienvenido sin demasiado control. Pero una vez que se estableció el Estado, y sobre todo una vez que se aprobó la Ley del Retorno, la necesidad de una definición se convirtió en vital, desde que un judío, a través de su definición como tal, obtiene el derecho de venir a Israel y convertirse en un ciudadano de pleno derecho, con todo lo que ello implica. Por lo tanto, durante la última generación, el grave problema de la definición del judío salió de nuevo a la luz.

Después de fundarse el Estado de Israel, su primer líder, David Ben-Gurion, consultó a unas 60 grandes personalidades judías – religiosos y seculares, rabinos, filósofos y profesores, líderes en Israel y en la diáspora - y les pidió una respuesta a la cuestión de "¿Quién es un judío?" Las respuestas son muchas y variadas, pero una de ellas sobresale aún en mi memoria, la respuesta del gran escritor Shai Agnon (Premio Nobel de Literatura):
Señor Primer Ministro, esta pregunta sólo puede acarrearle problemas
Agnon tenía razón, su advertencia sobre los problemas que acarrearía es válida  en la actualidad. ¿Pero que es lo que un primer ministro debe hacer cuando su gobierno tiene un ministerio del Interior que tiene que emitir - o no - documentos de ciudadanía de conformidad con la ley vigente? No hay más remedio que definir quién es judío y hacer frente a este complejo problema porque será beneficioso tratar de aclararlo en previsión de la próxima interrogante que nos espera: "la Israelidad", es decir, la definición de quién es israelí y lo que eso supone o significa.

Vamos a comenzar echando un vistazo a la definición halájica aceptada, porque en el fondo proporciona la mayor parte de los datos esenciales para seguir adelante.

La definición halájica, que identifica a un judío por la persona nacida de madre judía (obviamos el tema de la conversión), parece haber cristalizado al final del período del Segundo Templo, cuando su fórmula final fue establecido por los sabios de la época. (Por cierto, durante muchos períodos de la historia judía, el término "Israel" fue utilizado más comúnmente que el término "judío"). Vamos a analizar la definición para ver lo que dice, y sobre todo lo que no dice.

Un judío es el hijo/a de una madre judía, establece claramente la definición. ¿Pero cómo llegó a ser esa madre judía? Solamente porque su madre, a su vez, era judía. ¿Y como llego a ser esa abuela judía? Bueno, simplemente naciendo de una mujer judía. Tal vez esta identidad judía, sus valores y su esencia especial, proviene de alguna generación de bisabuelas y tatarabuelas judías? No. Esa bisabuela judía era judía, simplemente, porque ella también nació de una madre judía, y así sucesivamente y sucesivamente...

¿Qué no dice esta definición? No dice que un judío tiene que vivir en la Tierra de Israel como un judío. No dice que un judío tiene que hablar hebreo como judío que es. No dice que un judío debe vivir en una comunidad judía, o que él tenga que tener algún tipo de obligación con otros judíos para poder ser llamado judío.

Lo que es aún más sorprendente es que, aunque se trata de una definición halájica, no dice nada de que un judío tenga que creer en la Torah de Moisés o en Dios para ser un judío.

Por lo tanto, la definición es esencialmente una definición de formar parte de un pueblo, o si se quiere, es una definición tribal, utilizando la base más mínima posible: haber nacido de una madre judía.

Esto significa que, lógicamente, sería un error incluir a los musulmanes, los budistas, los cristianos y los judíos en una misma categoría, como sería otro error lógico colocar a los musulmanes, los budistas, los cristianos y los noruegos en otra parecida categoría. La clasificación correcta anterior sería musulmán, budista, cristiano y judío creyente (o religioso). Alternativamente, sería lógico colocar a un inglés, un argentino, un judío y un noruego en la misma lista.

En otras palabras, de acuerdo a la definición halájica, ser judío tiene que ver con la afiliación a un pueblo, no a una religión.

Hasta hace alrededor de 200 años, los sabios podrían fácilmente, si lo hubieran querido, definir a un "judío" como una persona que creía en la Torah de Moisés o a una persona que observa los mandamientos de la ley judía. Esta definición habría encajado con más de un 99% de los judíos vivos hasta ese momento en cualquier lugar del mundo. Pero ellos decidieron no definir al "judío" de esa manera. La halajá judía en sí, lo define como miembro de un grupo nacional, no de una religión. Aunque a esta afiliación nacional le faltan algunos componentes nacionales importantes y necesarios (tal vez para dejar espacio a la observancia de los 613 mandamientos), es todavía una afiliación nacional.

Sostengo que en esa definición religiosa se encuentra un componente inherente de laicidad o de no religiosidad. Sin embargo, una persona nacida de una madre judía que no cree en Dios o en la Torah, e inclusive niega cualquier conexión con la tradición religiosa judía, todavía se considera un judío en todos los sentidos, incluso en la traducción más rigurosa de la halajá.

De todo esto comprobamos que el primer elemento que se desprende de la definición halájica - un judío es el hijo de una madre judía - está vacío. Esta definición no proporciona ningún contenido significativo.
Así que la pregunta debería ser entonces: ¿Es la pertenencia al pueblo judío solamente una pertenencia biológica? ¿Estamos hablando de un grupo étnico, o incluso de una raza, que puede ser identificada por sus genes, como la raza negra o la raza amarilla?

Por supuesto que no. Mientras que un negro, una persona de color, no puede convertirse en un blanco y un blanco no puede convertirse en un negro, una persona nacida de madre judía puede llegar a ser cristiano, o convertirse al Islam, perdiendo así su identidad judía pasando a otra religión. El hermano Daniel, un sobreviviente del Holocausto que se convirtió al cristianismo y vivió en el monasterio Stella Maris en Haifa, pidió a la Corte Suprema de Israel ser registrado como  judío en su documento de identidad, pero su petición fue denegada.

En Francia, el cardenal Jean-Marie Lustiger, un niño judío cuyos padres judíos perecieron durante el Holocausto, se jactaba de que no solamente era un cristiano, sino que también seguía siendo un judío. Sin embargo, todos los rabinos de Francia rechazaron categóricamente tal afirmación. El judaísmo no es una afiliación racial, y así un judío que se convierta a otra religión cancela la judeidad de la persona, a pesar de que nació de una madre judía.

Por otro lado, una persona que no haya nacido de una madre judía puede unirse al pueblo judío por la conversión.

Durante los últimos dos mil años de historia judía, innumerables judíos nacidos de madre judía abandonaron su judeidad mediante su conversión al cristianismo o al Islam, y fueron incorporados más allá del reconocimiento por otras naciones. El número de judíos a finales de la época del Segundo Templo se estima que era de cuatro millones, mientras que a comienzos del siglo XVIII sólo había un millón de judíos. Al mismo tiempo, las personas que no habían nacido de madre judía podían estar convirtiéndose en judíos mediante la conversión. Uno de nuestros historiadores más dinámicos y ágiles dice que tales conversos se contaron por decenas de miles.

Esto significa que la existencia o la inexistencia de una madre judía no es un componente necesario de la definición de un judío. El corredor religioso que lleva a la entrada, o a la salida, del pueblo judío, que sigue dependiendo de la voluntad de una persona y no de una característica biológica o genética.

Tras el acto de conversión al cristianismo, lo que significa que una persona abandona al pueblo judío, no existe el sentido de la cuestión de cómo es de leal al cristianismo. El tránsito por el corredor cristiano o musulmán elimina su judeidad de él. Lo mismo se puede decir de una persona que se convierta y entre en el pueblo judío a través del corredor religioso, pasando a formar parte del pueblo judío: No hay un significado a la cuestión de si él es remanentemente leal a la religión a la que se convirtió. Es pasando por el corredor religioso, la conversión, lo que le ha unido al pueblo judío, y en ese momento forme parte de lo que determina sus valores y creencias (aunque sean seculares), al igual que cualquier otro judío. Estos corredores religiosos son diversos. Hay corredores ortodoxos, corredores del Judaísmo de la Reforma, corredores masortis y otros, pero ahora hay otros corredores para la conversión que se están planteando con una naturaleza nacional-secular.

Para resumir esta sección, hemos identificado otro componente en la definición de judío. Además de un elemento de vacío (ser hijo de una madre judía), hay otro componente de elección y de libertad. Un judío puede ser un judío porque eligió ser un judío, y no porque se haya visto obligado - a causa de la biología o por alguna fuerza social externa, para definirse a sí mismo como un judío -. En muchos sentidos, es más fácil dejar de ser un judío que dejar de ser un israelí o dejar de ser un inglés.

Hago hincapié en este punto, porque esto es lo que da valor a la elección de una identidad judía. Ningún antisemita va a determinar si una persona es un judío o no lo es, y sin duda los nazis no estaban autorizados para determinar quién es un judío y quién no lo es, aunque en un par de años del tiempo que estuvieron en el poder mataron tanto a judíos como a no judíos por su insana definición. Si un hombre que no se consideraba a sí mismo como judío pereció en Auschwitz, debemos respetar su propia definición, y no tener en cuenta la de quienes le asesinaron de acuerdo a su distorsionada clasificación.

De ahí surge la cuestión: Si un judío no desea ni necesita vivir en Israel, ni siquiera conoce o desea hablar en hebreo, ni necesita o desea mantener relaciones comunitarias formales con otros judíos, ni tampoco cree en el Dios de Israel y en su Torah, y no necesariamente es el hijo de una madre judía, ¿quien es entonces, un judío? Y aquí está la respuesta que, aunque problemática, es la correcta: “Un judío es alguien que se identifica como un judío”. Esa es la raíz; esa es la esencia.

Si el lector piensa que esta definición anárquica es el fruto de una imaginación literaria, debe saber que ésta es exactamente la definición que sirvió de base para el Registro estatal de la Población de Israel en sus primeros años, cuando se absorbió a más de un millón de inmigrantes. Y esta fue la definición de "judío" en el Registro Regulatorio de la población israelí (julio de 1950): “Una persona que es judía según su propia declaración (siempre que no sea miembro de otra religión)”.

"Según su propia declaración", se entiende por su identificación como tal, y no es de extrañar que tal definición no decepcionara como fuente de ponderación y confusión. En la diáspora tal definición puede existir sin demasiados conflictos, ya que en cualquier caso los judíos pueden asociarse libremente con cualquier persona y con cada cual. La persona no judía no tiene ningún control sobre la autodefinición como judío de ese persona con la que se relaciona, y ciertamente no tiene obligaciones legales hacia él. Pero en Israel, donde los judíos deben someterse a la autoridad de otros judíos en todas las áreas de la vida, esta definición es problemática, y probablemente lo seguirá siendo hasta el final de los tiempos.

Lo que puede salvarnos de este problema inmanente es la definición de israelí. En efecto, si miramos la definición de "judío" en la Enciclopedia Hebrea, encontraremos para nuestro asombro que la enciclopedia, que fue editada por un erudito religioso, el profesor Yeshayahu Leibowitz, no tiene ninguna entrada para la palabra "judío". En el volumen XIX, página 222, aparece la siguiente cita: "judíos. ver Israel, pueblo de".

Y así Israel y "israelismo" será la siguiente y obligada parada en nuestro análisis (que se inició con "Definiendo el sionismo"), y cuyo objetivo es encontrar un espacio más razonable para la definición de las identidades y que nos permitirá, en la medida de lo posible, obtener algo más de orden y de claridad.

Labels: ,

Friday, June 07, 2013

La tarjeta de identidad judía de Israel - Israel Harel - Haaretz



Para que Israel pueda ser convencido de que los palestinos buscan una paz verdadera, el primer ministro Benjamin Netanyahu ha exigido que reconozcan a Israel como un Estado judío y como el hogar nacional del pueblo judío. Para que ese reconocimiento sea más que meras palabras, dicho reconocimiento debería estar incluido en los principios básicos de la Autoridad Palestina. A su vez, el Knesset deberá reconocer a Palestina de una manera similar.

Netanyahu hizo su demanda y más de 40 diputados firmaron un proyecto de ley que propone una nueva Ley Orgánica del Estado-Nación. La primera cláusula del proyecto de ley sobre la cual se basan otras 15 cláusulas adicionales, afirma que "Israel es un Estado judío y el hogar nacional para el pueblo judío ... y sólo el pueblo judío podrá hacer efectivo el derecho a la autodeterminación en el Estado de Israel".

Estas afirmaciones son el corazón y el alma del sionismo. Son la expresión de los sentimientos presentes en la declaración de la independencia de Israel, y una gran mayoría de los ciudadanos israelíes se identifican con ellos de todo corazón. Pero esto que el primer ministro pidió a los palestinos, estos se niega a cumplirlo.
La oposición abierta de los medios de comunicación han debilitado esta proposición - al igual que los pocos diputados que firmaron el proyecto de ley -. No cabe duda de que va a seguir el curso habitual de comportamiento: sentarse y esperar, incluso si se cree que la ley es un avance histórico. El presidente de la coalición, el diputado Yariv Levin, está levantando remolinos en el debate sobre la propuesta Ley Fundamental, mientras la artillería de la oposición sigue sonando - al igual que en la Knesset anterior, donde consiguió que los lánguidos partidarios del proyecto de ley corrieran a esconderse y retiraran el proyecto de ley de la agenda legislativa -.

Una Constitución, o una Ley Básica - en el caso de que sea imposible redactar una constitución - puede determinar la dirección general en la que la marcha el Estado, como el corazón de su identidad colectiva. Como ejemplo, ahí está la Ley Orgánica para la Dignidad Humana y la Libertad (1992), que se ha transformado - en el nombre y en la práctica - en una institución nacional. No existe prácticamente ningún principio básico sobre el Estado no se base en la Ley Fundamental. Los jueces han utilizado una amplia interpretación de la misma para avanzar varias ideas y programas, a veces extremos - perjudicando así la identidad judía y sionista del Estado y provocando duros desacuerdos internos.

La posible Ley Fundamental del Estado Nación refleja un amplio consenso sionista. Quienes se oponen al proyecto de ley han expresado su oposición a ese consenso de manera muy agresiva, con palabras que tratan de hacer daño (por ejemplo, el editorial del Haaretz del 30 de mayo, "Apartheid en Israel", afirmando que la legislación tiene una bandera negra ondeando sobre ella). La oposición se está esforzando para que Israel se convierta en un Estado para todos sus ciudadanos. Al mismo tiempo apoyan dos estados para dos pueblos: un estado para todos los ciudadanos (Israel), junto a un Estado palestino étnicamente árabe.

Para hacer frente a este absurdo, la Knesset debería aprobar con urgencia este proyecto de ley. Una sólida mayoría a su favor existe dentro de la Knesset, pero que la mayoría parece carecer de un líder. Habayit Hayehudi, que incluyó la aprobación de este proyecto en el acuerdo de coalición, no está actuando en su nombre, sino que más bien se entrega a desacuerdos internos que pueden llegar a producir una ruptura del partido.

Han pasado casi 20 años desde que Israel aprobó una última Ley Fundamental (la Ley Orgánica de Libertad de Asentamiento). Netanyahu puede cambiar esto. La Ley Orgánica del Estado-Nación, solidificará los principios de la fe nacional, y también consolidará su lugar en la historia. Cualquier acto de Netanyahu hasta ahora no parece considerar, ni valorar, el significado fundamental de esta ley. Una ley orgánica que inmortalice al Estado de Israel como un estado de identidad judía no es sólo un derecho, es un documento de identidad. Netanyahu, si se atreve, incluso podría acabar dando el nombre a dicha ley.

Labels: ,

Wednesday, November 23, 2011

La confusión entre identidad y religión judía - Daniel Horowitz



Para aquellos que se sorprenden de que Israel se defina como un Estado judío a veces resulta problemática la tarea de reconciliar ese hecho con la noción de modernidad, sobre todo en la medida en que esta definición se entiende en su acepción religiosa. Esto puede conducior - erróneamente – a equiparar a Israel con una teocracia, como por ejemplo lo son Irán o Arabia Saudí. Israel es por el contrario una democracia de tipo occidental, y ello aunque la religión se beneficie de un carácter oficial. Sin embargo, Inglaterra, Noruega, Dinamarca, Argentina o Grecia, también tienen igualmente una religión oficial, particularidad que como en el caso de Israel tiene orígenes históricos. Francia, por su parte, se dotó en 1905 de una ley imponiendo la separación entre Iglesia y Estado, y ello aunque la mayoría de sus días festivos tenían como origen festividades cristianas, comenzando por el domingo, y en Alsacia-Moselle las religiones tienen carácter oficial. Los sacerdotes, pastores y rabinos reciben sus sueldos del Estado, y los obispos son nombrados por el Presidente de la República. No obstante, a nadie se le ocurre decir que Francia en una teocracia.

La práctica de la religión judía y la pertenencia al pueblo judío son dos cosas diferentes. El pueblo judío tiene una historia particular al respecto con sus dos mil años de exilio, durante el cual, y ante la ausencia de un territorio o de una autonomía política, la religión aseguró la continuidad del pueblo judío. Sin embargo, desde del siglo de la Ilustración, muchos judíos reivindicaron su pertenencia al mismo tiempo que se alejaban de su religión. Ese fue el caso con la mayoría de los padres fundadores del sionismo, que se reivindicaron aún más su identidad judía y su apego y compromiso con el patrimonio cultural del pueblo judío.

Baruch Spinoza, el gran pensador de la modernidad, pensaba que si bien el Antiguo Testamento fue el texto fundacional del pueblo judío, había que distinguir entre su alcance metafísico y su implicación política. Spinoza reveló de otro lado que la Torah, y con posterioridad el Talmud, consagraron infinitamente mucha más atención a las cuestiones de las relaciones entre los hombres que a las relacionadas con Dios. Por lo tanto, el pensaba en consecuencia que los judíos se habían equivocado al haberse resignado al exilio a la espera de la llegada de los tiempos mesiánicos, en lugar de tomar medidas concretas para recuperar una existencia nacional. Él estimaba de una manera general que sólo un Estado laico podría proporcionarles la libertad política, intelectual y religiosa para todos. Es por esta razón por la que Ben Gurion y los otros pioneros del Estado de Israel pensaban que Spinoza había sido uno de los primeros sionistas, y por lo tanto merecía que le concediera su lugar dentro del panteón del judaísmo aún habiendo sido excomulgado de la comunidad judía de Amsterdam.

Ni el Renacimiento, ni la Ilustración, ni la Revolución Francesa, ni el socialismo lograron erradicar la identidad judía. La modernidad inclusive ha tenido un efecto inverso, y jamás los judíos han sido tan perseguidos como después de su emancipación, con la cima absoluta del horror que representa el siglo XX. La rapidez con la que los judíos se incorporaron a la élite intelectual, artística, científica y política europea, tras haber estado ausentes durante siglos, provocó un problema duradero en las opiniones públicas, y como consecuencia de ello el antisemitismo está muy lejos de haber desaparecido.

Dicho todo esto, el hecho de ser judío o de ascendencia judía no impone ninguna obligación a la hora de tener que identificarse con la comunidad judía o de mantener estrechos lazos con Israel. Hay de todo y para todo en los trece millones de judíos que se identifican como tales a través del mundo, lo que nos indica que muchos de ellos acabarán siendo asimilados en el curso de la historia.

Tampoco es menos cierto que una gran parte de los trece millones restantes siguen considerándose parte integrante del pueblo judío, y que casi la mitad de ellos son ciudadanos de Israel, el Estado judío.

Blog de Daniel Horowitz

Labels: ,

Saturday, October 15, 2011

Una vez judío, siempre judío - Benny Ziffer - Haaretz



Si los miembros de la Academia sueca tuvieran que organizar y adjudicar repentínamente un Premio Nobel de Alquimia - la antigua ciencia que pretendía transformar no importa que tipo de materia en cuestión y convertirla en oro - ya tendría un candidato adecuado: Sr. Yoram Kaniuk , quien ha logrado hacer lo imposible. Tomó a un Judio (él mismo), pronunció un embrujo o formula mágica... y, ¡Zas!, Se convirtió en un no judío. A través de la casuística legal, que no discutiremos aquí, Kaniuk dobló el brazo del Registro de Población del Ministerio del Interior y les hizo borrar la palabra "judío" del casillero religión que aparece en su expediente.

Lo que, dicho sea de paso, ha duplicado el número de ciudadanos israelíes sin religión. Como se reveló poco después, 60 años antes de Yoram Kaniuk, Uzi Ornan - un veterano militante en contra de la coerción religiosa y miembro del Movimiento de las Juventudes Hebreas Cananeas - llegó hasta la corte para que ordenara al Registro Civil detener su categorización en él como judío. Así que, en líneas generales, esta campaña en contra de la cláusula de la religión es tan antigua como el mismo Estado de Israel.

Aparentemente, uno esperaría que las masas de ciudadanos laicos que ven la religión como algo pasado de moda harían uso de las artes alquímicas de Kaniuk (y de Ornán) para así transformarse de judíos en no judíos. Y de hecho, he leído que varios centenares de entusiastas ciudadanos se han reunido en el Boulevard Rothschild de Tel Aviv para cumplimentar los formularios alquímicos y llevarlos al Ministerio del Interior, exigiendo que se les reconozca como sin religión. ¿Acaso lo han hecho ya, o quizás están esperando el final de las vacaciones, esas que, naturalmente, ya no celebrarán, ya que no tardarán en ser no judíos?

A uno le gustaría formar parte de esta potencial horda defensora de la libertad, pero existe un pequeño problema con la fórmula mágica de Kaniuk. Y el problema es Shakespeare. Sí, el famoso dramaturgo inglés. Volví a leer su obra "El mercader de Venecia" y ¿qué es lo que encontré?. Pues que la marca más característica del judío, lo que distingue la paja y la escoria del resto de la humanidad del oro judío no es la longitud de la nariz o cualquier otra cualidad física, sino más bien su entusiasta y absurda adhesión a la forma escrita y la letra estricta de la ley.

Shylock casi tiene éxito a la hora de conseguir una libra de carne del cuerpo de un individuo solamente porque se prefijaba en un acuerdo redactado y firmado, hasta que finalmente un casuista más astuto le vence con su jerga legal. Y he aquí el caso de Kaniuk. Completamente similar a la historia de Shakespeare: estuvo a punto de tener éxito, por medio de la casuística legal, a la hora de conseguir su libra de carne de ese cuerpo que se llama la religión judía. Pero sólo casi: ¿Quién podría parecerse más a Shylock, y a su absurda preocupación, que esa formalidad a la hora de cambiar una sola línea en su dossier del Ministerio del Interior para figurar como "no judío"?

¿Y qué podría ser más judío que el alarde de autosatisfacción que supone que esa casilla del formulario estipule "irreligioso", y ese deseo de ser el más listo y que la gente, molesta, deba prestar atención a tu originalidad intelectual? El problema de nuestra consideración automática como judíos a veces resulta una carga, y eso no se puede negar. Sin embargo, incluso 1.000 solicitudes al Ministerio del Interior no pueden cambiar eso, y no convertirán al judío Kaniuk en el Kaniuk "no judío".

El que no quiera ser un judío, en primer lugar, debería comenzar por comportarse como un no judío. ¿Y cómo se comporta un no judío? Lo primero de todo es vivir su vida de una manera ordenada, con calma, sin necesidad de inventarse soluciones exclusivas que tengan que ver con un Tikkun Olam definitivo (la reparación del mundo), y ello simplemente para que se repare en él. No es mi opinión, es la de un filósofo francés en absoluto judío, Jean-Paul Sartre, quien dedujo en un ensayo bastante conocido que lo que hace que un judío sea un judío no es lo reflejado en el apartado religión dentro de un registro oficial gubernamental, sino su autenticidad como judío (*1).

¿Y qué podría ser más judío que estos dos judíos, nuestros Reb Kaniuk y Reb Ornán, que han fundado un club de individuos sin religión, pero que no pueden decidir quién va a dirigir dicho club? Y cuando el señor feudal llamado Reb Kaniuk se convierta en el Papa de los "sin religión", Reb Ornán se levantará y dirá: Pero yo he sido el Papa durante 60 años. Eso dirá uno y esto es lo que le dirá el otro. Por eso, Hag Sameah (alegría).


(*1) Diría más bien que lo que Sartre afirmó es que son los antisemitas quienes crean a los judíos, en el sentido de crear sus chivos expiatorios. También es cierto que Sartre no tenía mucha idea sobre lo que representaba la identidad judía o la judeidad, y que estaba muy influido por la supuesta verdad inmutable de que las ideas progresistas y socialistas "superarían" ese tipo de lacras. Pero por esa misma época, y en la Unión Soviética, Polonia, Checoslovaquía..., se llevaban a cabo manifiestas políticas y persecuciones antisemitas.

Labels: , ,

Wednesday, October 12, 2011

El campo laico ha renunciado a presentar su propia interpretación de un judaísmo moderno - Anshel Pfeffer - Haaretz



(Título original: Definiéndose a si mismo como “sin religión”, Kaniuk exhibe su falta de imaginación)

En la mañana del pasado martes, Yoram Kaniuk entró en una oficina del Ministerio del Interior, pasó algún tiempo en una cabina, y surgió nuevamente al sol de Tel Aviv media hora más tarde. Eso fue lo único que había cambiado en él, eso y dos palabras que alteraban su condición en el Registro Nacional de Población. Los israelíes de ideas liberales y progresistas han estado aplaudiendo la victoria legal obtenida por el veterano escritor ante los tribunales la semana pasada, victoria que le permitió eliminar de su ficha en el Registro Nacional de Población la palabra "judío", dentro de la categoría de religión, y sustituirla por algo tan vacuo como "sin religión".

Realmente no puedo ver de qué hay que alegrarse. Por supuesto que apoyo su derecho democrático básico a registrarse como miembro de la religión a la que elija pertenecer, o no pertenecer, como en su caso. Pero me parece que Kaniuk ha cometido el peor crimen posible en un autor de ficción: ha demostrado una total falta de imaginación. Él no está solo en su crimen. Millones de israelíes son culpables de lo mismo, pero él es el primero que realmente lo ha consagrado en una base de datos oficial del gobierno.

Kaniuk y sus partidarios ya están admitiendo la derrota: están diciendo que después de 63 años de independencia de Israel y de 114 años de sionismo político, el campo secular o laico ha renunciado finalmente a todos los intentos de tratar de presentar su propia interpretación de un judaísmo moderno. Me pregunto si alguno de los que se apresuraron a felicitar a Kaniuk - al parecer hay cientos de israelíes que planean seguir sus pasos [N.P.: de momento 200 ya han presentado solicitudes similares] – se dan cuenta de que a diferencia de enfrentamientos anteriores entre el Estado y la religión, en este caso el establishment rabínico y ultra-ortodoxo no se unió a la batalla.

Kaniuk tuvo que llevar al Ministerio del Interior a los tribunales porque no había ningún procedimiento legal para cambiar la situación religiosa de los ciudadanos sin un acto de reconocimiento de alguna conversión, pero eso es típico de la obstinación burocrática, no de la coerción haredí. Y no sólo los políticos religiosos se han abstenido de bloquear su solicitud, algunos de ellos hasta se regodearon con ella como si fuera positiva.

El diputado Yisrael Eichler (United Torah Judaism) afirmó que "lo que a mí me preocuparía es que pudiera registrarse a sí mismo como un mono o un extraterrestre. No me importa de ninguna manera, es su asunto personal". Pero el verdadero regocijo de Eichler proviene de que no es solamente un asunto personal, y él lo sabe. El paso dado por Kaniuk demuestra simplemente lo que Eichler ha estado predicando durante años, que los "israelíes seculares son transeúntes sin raíces y que el sionismo, al menos en su forma no religiosa, no es más que un pie de página en la historia judía".

¿Qué es lo que Kaniuk, y aquellos que planean seguir su ejemplo, no están dicen en realidad? Yo puedo asumir su crítica al control que mantiene la jerarquía rabínica sobre la definición nacional del judaísmo. ¿Por qué cualquiera de nosotros debería ser rehén de su cada vez más estrecha interpretación de una antigua y esplendida tradición? Pero ¿cuál es su alternativa? Publicitando su “religión” en entrevistas y artículos, Kaniuk trata de postular una vaga y laica nacionalidad judía e israelí como identidad propia. Sin embargo, el experto narrador de los primeros días de Tel Aviv y del Estado de Israel parece casi inhábil e inarticulado a la hora de describir su condición de judío. "Hay algo en el judaísmo, además de la religión," decía en una entrevista al diario Haaretz en marzo pasado, “y esa religión contenía una cultura que no está presente hoy en día. El judaísmo se ha convertido en racista y rabínico. El judaísmo rabínico, en mi opinión, exterminó a los judíos. No hay nación judía aquí, no hay pueblo judío, sólo una religión que se está pudriendo. Creo que los judíos fueron anteriormente un pueblo diabólicamente resistente, inteligente y cauto. Un pueblo que supo sobrevivir, que supo ser sabio". Prácticamente un "manifiesto nacional único".

Kaniuk, de 81 años, cree que las mujeres y hombres del Palmach, esos astutos e ingeniosos judíos que lucharon en la Guerra de la Independencia, fueron el epítome de lo judío. Pero entonces, ¿por qué han fallado a la hora de legar una versión para el siglo XXI de esos Palmachnik? Culpar a los ortodoxos siempre resulta demasiado fácil. Afirmar que el judaísmo no es una religión, sino una nacionalidad o una cultura, es sólo una excusa. Niega los nobles esfuerzos, con éxitos y fracasos, de esas generaciones de pioneros, escritores, pensadores y herejes que lucharon para recuperar nuestro patrimonio de las garras de los clérigos reaccionarios, y que demostraron que hay otras maneras de ser judío, y de vivir los ideales judíos, que no sea un mero y mezquino ritualismo impuesto.

La religión forma parte de nosotros, de nuestra identidad judía, aunque algunos de los religiosos nos quieren hacer creer que la religión es todo lo que hay. Durante el último siglo o casi, el sionismo (y la oposición al sionismo) también han formado parte de esa identidad, pero Kaniuk y otros israelíes parecen haber caído en la trampa de creer que el sionismo es suficiente por sí mismo. La desilusión con la situación política actual se arrastra inevitablemente, el Estado no es todo lo que esperábamos que fuera, y Kaniuk, a causa de su falta de imaginación, se queda sin nada en que creer.

Pero se equivoca.

Los valores judíos y de Israel, conjuntamente con la cultura tradicional y la actual, nos ofrecen otros componentes con alternativas viables, y aunque no sean perfectas o estén exentas de dilemas, no requieren un divorcio de la religión. Esta semana, se recordaba constantemente que el profesor Dan Shechtman de la Technion es ahora el décimo israelí en ser honrado con un premio Nobel, y que en la última década, de promedio, cada dos años uno de los profesores del país es galardonado con el premio más prestigioso en el mundo en química o economía. Sin embargo, el primer israelí en el podio de Copenhague no fue un científico o un académico, fue un escritor. SY Agnon, quien recibió el Premio Nobel de Literatura en 1966 junto con la poeta yiddish Nelly Sachs, y que fusionó el hebreo moderno con las palabras de los profetas, combinando en sus obras la vida del shtetl con las experiencias de los pioneros en Palestina, lo que demuestra que la religión, la cultura y el nacionalismo pueden reunirse en una narración convincente.

Si ustedes tienen un momento libre durante el Yom Kippur, lean la historia "Hemdat, el cantor", en su colección de cuentos "Cercano y aparente". Agnon captura ambas facetas o aspectos del Yom Kippur, la reflexión serena y seria junto a la postura hipócrita, y todo ello con todo el humor, la ironía y la riqueza que marcaban la vida de los shtetl judíos de Europa Oriental.

Actuar como hace Kaniuk es perfectamente legítimo dentro de una sociedad democrática; ninguna persona o gobierno tiene derecho a imponerle una religión a cualquier individuo. En el plano histórico, sin embargo, lo que hizo es equivalente a izar una bandera blanca (de rendición) en la Universidad Hebrea, el Teatro Habima, el Museo de Israel y todos los otros centros de enseñanza laica y de cultura de Israel.

Labels: ,

Friday, September 23, 2011

¿Es el judaísmo una religión o una cultura? - Leora Batnitzky - The Jewish Week



Como cualquier judío sabe, tratar de definir lo que significa ser judío es bastante difícil, si no imposible. Sin embargo, todavía estamos empeñados en ello: en las últimas dos décadas, el número de judíos americanos que se definen como seculares casi se ha duplicado. Mientras tanto, en Israel, un país fundado sobre las nociones seculares y nacionalistas del judaísmo, la población religiosa se ha incrementado drásticamente. El 58% de los judíos de Israel se consideran actualmente ya sea tradicionalista o religioso, mientras que sólo el 42% dice ser secular.

Pero todas estas autodefiniciones no transmiten lo que el judaísmo es en realidad. Sus aspectos religiosos ya no pueden ser fácilmente separables de su dimensión cultural o nacional, ni a su vez las nociones de judaísmo secular pueden divorciarse de sus orígenes religiosos. Sin embargo, un supuesto habitual hoy en día es que el judaísmo comenzó como una religión y que sólo poco a poco se fue convirtiendo en algo más amplio. Sin embargo, ese supuesto está completamente equivocado.

Esa idea fue sacada a la luz pública por el best-seller internacional "La invención del pueblo judío", del historiador israelí, y antisionista, Shlomo Sand, el cual sostenía que la idea del pueblo judío fue una invención moderna al servicio de la causa sionista. O como Tom Segev resumió sucintamente el argumento de Sand: "Nunca hubo un pueblo judío, sólo una religión judía".

Lo extraño es que fue exactamente al revés: la idea de que el judaísmo es una religión es una invención netamente moderna. Antes de la modernidad judía – más claramente definida como la adquisición de los derechos de ciudadanía para los judíos, un largo proceso que comenzó en Europa en los finales del siglo XVIII -, el judaísmo no era exclusivamente una religión, ni simplemente una cuestión de cultura o nacionalidad. Al contrario, el judaísmo y la judeidad eran todo esto a la vez: religión, cultura y nacionalidad.

El marco básico de la vida judía organizada en la época medieval e inicios de la época moderna fue la comunidad judía local. Mientras que la existencia de una comunidad judía dependía de los caprichos de los demás (por lo general, de la nobleza o la realeza), las comunidades judías pre-modernas fueron las únicas que disfrutaron de una enorme cantidad de autonomía política.

Cada comunidad tenía su propio conjunto de reglamentos o estatutos administrados por legos que, entre otras cosas, elegían al rabino de la comunidad. Los rabinos a su vez, tenían jurisdicción sobre la ley ritual y también daban su crédito a las leyes de la comunidad en su conjunto.

Cada comunidad también tenía sus propios tribunales, a la vez que gestionaba sus propios sistemas y servicios educativos, de salud, económicos y sociales. De manera independiente a los gobernantes del lugar, se dotó a la comunidad judía local de la responsabilidad de mantener la ley y el orden dentro de su ámbito, además del derecho a castigar a sus miembros en una variedad de maneras, incluyendo fuertes multas, encarcelamiento y castigos corporales.

Por todas estas razones, simplemente no resultaba posible en ese contexto pre-moderno concebir la religión judía, la nacionalidad, y lo que ahora llamamos la cultura, como algo distintivo entre sí. La vida religiosa de un judío estaba definida, aunque no limitada, por la ley judía, pero simultáneamente ésta tenía una naturaleza religiosa, política y cultural.

No fue sino hasta la época moderna que esa comunidad judía corporativa fue disuelta, y con ella la entidad política se desplazó hacia el judío como individuo, dándole la libertad de definir su identidad por sí mismo.

Entonces, ¿de dónde procede la idea de que el judaísmo era solamente una religión? Pues de Moses Mendelssohn.

El filósofo judío alemán, nacido en 1729, inventó esencialmente dicha idea. Conocido como el "Sócrates alemán", Mendelssohn prosperó en los círculos de la Ilustración alemana y judía. Sin embargo, y a pesar de su fama, Mendelssohn, como todos los otros judíos, no tenía derechos civiles.

Cuando fue cuestionado públicamente para que explicara por qué los judíos no debían convertirse al cristianismo, argumentó que el judaísmo era totalmente compatible con los valores de la Ilustración alemana. Pero a su vez, hizo hincapié en los componentes religiosos del judaísmo en lo referente a su estructura corporativa, dando así nacimiento a la idea de que el judaísmo era solamente una religión.

Además, se opuso vehementemente a la idea de que la comunidad judía debía mantener su autonomía en materia de derecho civil, haciendo hincapié en que los judíos debían recibir los derechos civiles como individuos, y no como una entidad corporativa. Y especialmente rechazó la demanda de la comunidad judía, aún mantenida en su día, de su derecho a excomulgar.

No es de extrañar pues que un siglo después de que Mendelssohn hubiera alcanzado la cúspide de su fama, y después de que a los judíos se les hubiera concedido algunos derechos civiles, aunque no todos, el rabino Abraham Geiger, el padre fundador del movimiento del judaísmo de la Reforma, pudiera afirmar lo que denominó el elemento "religioso-universal" del judaísmo. A pesar de que reaccionaba en contra de la insistencia de Mendelssohn de que los judíos mantuvieran sus prácticas religiosas, el rabino Geiger argumentó que el judaísmo consistía solamente en "logros espirituales" porque "es gracias precisamente a su independencia del estatus político a lo que el judaísmo debe su supervivencia".

Lo que quizá sorprenda es que lo que hoy llamamos "Ortodoxia" tiene una concepción de la religión judía bastante más cercana a la percepción de Mendelssohn que a las formas pre-modernas del judaísmo. A pesar de la impresión de rigidez que desprende el judaísmo ortodoxo, éste es, en resumidas cuentas, esencialmente moderno. El fundador de la ortodoxia fue Samson Raphael Hirsch, un rabino alemán del siglo XIX de lo que se llamó neo-Ortodoxia, y que hacía hincapié en la unidad “de la perspectiva religiosa" - y no de la vida política - y su vinculación con la “vida judía comunitaria a través del tiempo”.

El rabino Hirsch nunca negó que los judíos no ortodoxos fueran judíos, pero se separó de sus predecesores rabínicos en su distinción entre “ser judío” y ser un "judío genuino" que pertenecía a lo que él llamó "la verdadera congregación judía". Por esta razón, el rabino Hirsch, a pesar de su vehemente crítica del judaísmo liberal, hace del judaísmo una especie de Cristiandad más de su tiempo, tal como lo hizo el judaísmo de la Reforma.

La idea de que el judaísmo fuera una identidad secular y/o cultural nació más hacia el Este, y a finales del siglo XIX. Las ideas de Hirsch y Geiger sobre el judaísmo como una religión no tenían mucho sentido en la Europa del Este, donde los judíos, en su mayor parte, aún no poseían derechos individuales. El sionista cultural Ahad Haam, nacido en 1856 en Kiev, rechazó la idea de que el judaísmo fuera una religión, argumentando que los judíos habían intentado eliminar su identidad comunitaria a cambio de las falsas promesas de una plena igualdad en un Estado moderno.

Como él mismo dijo en un conocido ensayo titulado con acierto, "La esclavitud en la libertad": "¿Acaso envidio a esos hermanos judíos a causa de su emancipación? Yo les respondo con absoluta verdad y sinceridad: ¡No! Mil veces no... Al menos tengo a bien no haber vendido mi alma por la emancipación...". En su lugar, Ahad Haam creía que los judíos debían revivir su propia patria en Palestina, y fundarla sobre la base de una rica y creativa cultura hebrea.

Sin embargo, mientras Ajad Haam hoy en día es a menudo considerado como un "laico", no se puede negar que, paradójicamente, entendía la religión y la teología como el elemento vital de lo que él consideraba como el futuro de la cultura hebrea. Dicho de otra manera, la noción de la cultura judía, o del laicismo judío, se basaba en fuentes religiosas. Particularmente revelador es cómo Ajad Haam se inspiró en los profetas hebreos, afirmando que el imperativo ético era el verdadero significado de la profecía y la incomparable contribución del judaísmo a toda la humanidad.

Sin embargo, su contemporáneo más joven, Michah Josef Berdichevsky, llevó aún más allá las cosas planteando un reto fundamental para el secularismo judío. “Sin Dios”, se pregunta, “¿de dónde procede ese imperativo ético que surge? Y si no procede de Dios, entonces ¿quién tiene la autoridad para definir los parámetros de una cultura cuando la única fuente de las tradiciones en las que se basa ha sido socavada?”. De este modo, podemos observar como la categoría de la cultura judía, como las categorías de la nacionalidad judía y de la religión judía, no dejan de tener sus propias tensiones y contradicciones internas.

Entonces, ¿cuál es la respuesta a esta cuestión tan moderna?: ¿es el judaísmo una religión, una cultura laica o una identidad nacional? La respuesta, pienso, es nada y todo a la vez. Esta respuesta quizás no sea del toda satisfactoria, pero las preguntas complejas rara vez permiten una respuesta simple. La verdad, como se suele decir, a menudo es incómoda.

The Jewish Week

Labels: ,

Saturday, August 06, 2011

¿Puede un sacerdote polaco ser un judío? No, según la Ley de Retorno - Renee Ghert-Zand - Forward



Uno está tentado a declarar que "Torn", el documental de cineasta israelí Ronit Kertsner que debuta en los EEUU en el Festival de Cine Judío de San Francisco, trata sobre la pregunta "¿Quién es un judío?". De eso trata. Pero también es algo más que eso.

La película cuenta la historia de Romuald Jakub Weksler-Waszkinel, un sacerdote católico polaco y profesor de filosofía de 60 y muchos años que decide que quiere emigrar a Israel. En lo que es probable que sea el último caso de un sacerdote europeo que conoce que nació de padres judíos asesinados durante el Holocausto, Weksler-Waszkinel ha decidido abrazar su identidad judía y realizar aliyá sobre la base de la Ley del Retorno.

Como lo hizo con el hermano Daniel ante un hecho similar en 1962, el gobierno israelí se ha negado a conceder a Weksler-Waszkinel la ciudadanía, argumentando que un judío que practica otra religión no entraría dentro de la Ley del Retorno. En cambio, le concedió a Weksler-Waszkinel, cuyos padres de adopción fueron reconocidos como "Justos entre las Naciones" por Yad Vashem, una residencia temporal con una visa de trabajador religioso.

Weksler-Waszkinel, que sigue dedicado al aprendizaje del hebreo y de las prácticas religiosas judías, ha decidido quedarse en Israel a pesar de su decepción por la decisión del gobierno. Yaakov, como se le conoce ahora, no es, de hecho, un sacerdote más. Después de estudiar en un ulpán en un kibutz religioso, ahora vive en Jerusalén y trabaja en los archivos de Yad Vashem.

Nadie se muere y cae gravemente enfermo en esta película, sin embargo, resulta desgarradora. Un desastre, de hecho, es lo que le sucede al protagonista. En su vejez, él niega y abandona la identidad de toda su vida para asumir otra, una que nunca le será verdaderamente reconocida y aceptada. No en Israel, y no en la mayoría de las comunidades judías de todo el mundo.

Weksler-Waszkinel se ha comprometido a renunciar el catolicismo, pero no va a renunciar a su creencia en Jesús. Ahí radica la razón por la cual no se le reconoce como un judío por sus compañeros judíos. Lo que él denomina fanatismo, otros lo contemplan como seguir la orden rabínica que trata de mantener un anillo protector alrededor de la Torá. El temor al sincretismo religioso es todavía tan fuerte que puede ahogar las excepciones de carácter humanitario.

Resulta difícil de contemplar la historia de cualquier judío de nacimiento converso a otra religión y que trata de regresar finalmente al judaísmo. Pero aún resulta más difícil de contemplar a un hijo de Dios someterse a un tan difícil y frustrante viaje.

El ministerio del Interior de Israel no parece estar preparado para pronunciarse a favor de Weksler-Waszkinel, pero su presencia tranquila y su fe inquebrantable ha hecho mella no sólo en en el cineasta isrealí Ronit Kertsner, sino también en algunos del kibutz religioso con los que el ex sacerdote vivió y oró durante buena parte del año. El cineasta lo recuerda: "Uno de ellos habló durante la proyección de la película en Jerusalén y dijo que lo que aprendió de Yaakov fue el poder de la fe, y aunque sabía que no era el lugar para decir esto, sintió que había aprendido de Yaakov que no importa en que Dios crea, siempre y cuando usted crea sinceramente".

Amén.

Torn (Go2Films)

Labels:

Tuesday, March 22, 2011

¿Quién es un judío? - D. Ben Gurion y Abraham Joshua Heschel



Jerusalén, 27 de octubre de 1958

Estoy escribiendo... para examinar las normas relativas a la inscripción de los niños de matrimonios mixtos cuyos padres desean que se registren como judíos. [Quiero] consultar a los sabios judíos en Israel y en el extranjero para así poder formular unas directrices que sean acordes con la tradición aceptada por todos los círculos del judaísmo, tanto ortodoxos como liberales de todas las tendencias, y que teniendo en cuenta las circunstancias especiales de Israel como una nación soberana judía poder garantizar la libertad de conciencia y de religión, así como el hecho de constituir el centro de reunión de todos los exiliados.

La cuestión que se ha planteado es la forma de registrar la "religión" y la "nacionalidad" de los niños cuando el padre es judío y la madre es no judía y no está convertida, pero en donde ambos están de acuerdo en que el niño sea registrado como judío.

La nación de Israel no se considera a si misma como separada de la Diáspora judía, al contrario, ninguna comunidad judía en el mundo exhibe tal profundo sentimiento de unidad y identidad con los judíos de todo el mundo como la comunidad judía en Israel… El Gobierno trabajará para profundizar la conciencia judía entre los jóvenes israelíes, su enraizamiento con el pasado y con el legado histórico del pueblo judío, y así incrementar su compromiso moral con los judíos de todo el mundo en la conciencia de un destino común y de una continuidad histórica que une a los judíos de todo el mundo a través de las generaciones, en dondequiera que vivan.

Atentamente,

D. Ben Gurion


18 de diciembre de 1958

Es generalmente aceptado que el pueblo judío y la Torá son inseparables. La decisión del Gobierno separa lo inseparable y crea dos autoridades: la nación, por una parte, y la religión, por la otra.

Usted es de la opinión de que en el Estado de Israel "no existe el temor de que los judíos puedan asimilarse a los no judíos”. Creo más bien que el peligro de una asimilación espiritual puede darse y esperarse en cualquier lugar, y ni siquiera la santidad de la tierra de Israel y el esfuerzo de reconstrucción puede obviar ese peligro.

Hasta Dios, que quiso en un principio crear el mundo (definido) por la cualidad de la justicia, vio que realmente no podría existir y por eso le añadió la cualidad de la misericordia. La flexibilidad es una virtud, no lo es en cambio el fanatismo.

Cada definición es una distorsión. "Judío" es a la vez un concepto religioso y nacional. Como concepto religioso, tiene una definición inmutable. Como término nacional, es vago. En tal situación, lo aconsejable es decir lo siguiente: mejor no definir nada que defina y arranque de raíz lo que ha sido plantado... Estas personas que no pueden llamarse a si mismos “judíos" podrían ser registrado como "hebreos". En cuanto a la Ley del Retorno, "no se debe hacer una cuestión de estos casos".

Respetuosamente y con un cordial saludo,

Abraham Heschel Josué

Labels:

Saturday, March 19, 2011

¿Quién es judío, y quién no lo es? – Daniel Gordis – Sh’ma


Fotografía de Gabi Menashe

Lev Paschov, un soldado israelí que inmigró a Israel en virtud de la Ley del Retorno desde la antigua Unión Soviética, fue asesinado mientras prestaba su servicio militar en el sur del Líbano en 1993, y fue enterrado dos veces. Fue enterrado por primera vez en un cementerio militar israelí, pero después se descubrió que su madre no era judía, su cuerpo fue exhumado, y Paschov fue enterrado por segunda vez en un cementerio para no judíos.

Para muchos israelíes, el final macabro de la breve vida de Paschov resultó muy preocupante. ¿Cómo era posible que alguien le diera la bienvenida a Israel en virtud de la Ley del Retorno, sirviera en el ejército del Estado judío y muriera defendiendo su patria adoptiva, y que todavía no fuera considerado lo suficientemente judío como para ser enterrado junto a sus compañeros?

Pero para la ley judía es evidente, respondieron los tradicionalistas. Sólo son judíos aquellos que han nacido de una madre judía, o bien se han convertido al judaísmo de una manera halajicamente válida. Sin embargo, otros se preguntaron, ¿acaso la soberanía nacional judía no vuelve insuficientes las tradicionales normas halájicas? ¿qué debe entenderse en nuestro mundo cada vez más conflictivo, y donde la conformación de la identidad es cada vez más matizada, por un judío? ¿qué se debe requerir para unirse y formar parte del pueblo judío? Estas cuestiones, más que nada, están en el centro de incesante debate que gira ahora mismo alrededor de la conversión, un debate que a menudo amenaza con destruir y/o separar al pueblo judío.

Esto muy a menudo desagradable y vehemente debate no es algo nuevo. Incluso las fuentes talmúdicas están divididas. Una conocida baraita (Ievamot 47) dice que el converso debe ser rechazado en un primer momento:
"Nuestros rabinos enseñan: Si en la actualidad un hombre desea llegar a ser un prosélito debe abordarse lo siguiente: «¿Qué razón tiene o le empuja en su deseo de convertirse en un prosélito? ¿Acaso desconoce él que Israel, en la actualidad, es perseguido, oprimido, despreciado y abrumado por las aflicciones? Si él responde: "Yo lo sé y aún así no soy digno", deberá ser aceptado de inmediato..."
Después de que sea aceptado, se le instruirá en algunos de los mandamientos, pero su aceptación es lo primero.

Pero otra fuente (Bekhorot 30b) insiste en que un converso que rechaza un ápice de la ley judía no puede ser aceptado. Estas fuentes se pueden intentar conciliar hasta llegar a un acuerdo, pero al hacerlo la cuestión vuelve a plantearse ante las aparentes contradicciones.

Así tenemos por un lado que ser judío implicaría fundamentalmente la observancia de todos los detalles de la ley judía (como afirma el Bekhorot), y por otro que la decisión de unirse a la comunidad convierte esa observancia estricta en algo marginal, aún dentro de una comunidad en la que los mandamientos son fundamentales, aunque quizás no definan totalmente sus características (como deja a entender la baraita de Ievamot).

Hoy en día las comunidades judías liberales, en los que la observancia rigurosa de los mandamientos rituales ya no forma parte del tejido de su vida judía cotidiana, insisten en que un auténtico deseo de unirse al pueblo judío y compartir su destino debe ser un elemento suficiente para facilitar la conversión. Muchas comunidades ortodoxas, alarmadas por lo que ven como la disolución del contenido judío en el judaísmo liberal, como regla general, y las “conversiones liberales”, como ejemplo particular, han respondido mediante una adhesión cada vez más rígida a las normas de conversión clásicas. Las conversiones válidas deben estar acompañadas por un auténtico compromiso de observar los mandamientos - "por el bien de los cielos" ( Geirim 1:3) – insisten por su parte, y las conversiones a las que les falta este aspecto son simplemente nulas y sin efecto.

A pesar de los pronunciamientos del Gran Rabinato de Israel y de algunas de las principales autoridades ortodoxas que tratan de transmitir la impresión de que las normas ortodoxas para la conversión son y siempre han sido monolíticas, la verdad es mucho más compleja. Ha existido desde hace mucho tiempo un desacuerdo, incluso dentro de los círculos ortodoxos, sobre lo que constituye ese "por el bien de los cielos".

El rabino David Tzvi Hoffmann (1843-1921), por ejemplo, declaró que un hombre gentil puede ser convertido, a pesar de que no sea observante de las leyes judías, si su pareja judía está embarazada (Melamed ho'il L'Yoreh De'ah 83). Que ese potencial converso quiera ser judío, y se ratifique en ello le cueste lo que le cueste, sería suficiente para que la conversión se considerara "por el bien de los cielos". Hoffmann también presentó consideraciones de orden moral. Y es que si ese hombre finalmente abandonara a su mujer judía porque el tribunal se negaba a convertirlo, y su mujer finalmente se quedaba con el hijo pero sin el marido, ella correría el riesgo de convertirse en un paria social.

Pero el rabino Moshé Feinstein (1895-1986), la mayor autoridad halájica de Estados Unidos, arremetió contra este tipo de conversiones y los rabinos ortodoxos que las realizaban:
"¿Qué valor aportaría al pueblo judío aceptar conversiones como estas? Porque obviamente no sería bueno ni para Dios ni para el pueblo judío que conversos como estos (sin interés a la hora de aceptar y practicar la observancia religiosa) se mezclaran con el pueblo judío"( Iggerot Moshe, Yoreh De'ah 157).
Feinstein tenía la certeza de que lo que era bueno para Dios y para el pueblo judío se nos evadía al resto de nosotros. La nuestra es una época de una complejidad sin precedentes a la hora de conformar la identidad. Lo que necesitamos ahora mismo es un diálogo de los unos con los otros sobre lo que representa la esencia del judaísmo y sobre cómo el rostro cambiante de los judíos en el mundo actual debería y no debería reflejarse en las políticas de conversión. No necesariamente estaremos de acuerdo, pero al menos intentaremos, esperémoslo, proteger la unidad, y por lo tanto la supervivencia, con toda esa gente que aún tiene la perspectiva de convertirse y consagrar a ello sus vidas.

Sh'ma

Labels: , ,

Tuesday, November 30, 2010

El sionismo no es una ideología - AB Yehoshua - Haaretz


Emil Salman

Recientemente se ha exagerado, deformado, y quizás hasta incluso utilizado de manera perniciosa, el concepto de "sionismo". Este problema es frecuente tanto en Israel como fuera del país, y entre los diferentes sectores, tanto en el ámbito nacionalista, como en el religioso y entre el movimiento obrero, entre liberales y entre ultra-nacionalistas, entre los judíos de la diáspora y entre los no judíos, y, por supuesto, sobre todo entre los árabes.

Por lo tanto, para mejorar el discurso público acerca de nuestros verdaderos e importantes problemas, y hacer todo lo posible para limitar la demonización de Israel tal como se difunde por todo el mundo, y específicamente en relación con este concepto, voy a tratar de formular el concepto de sionismo de la forma más objetiva y lógica posible, y utilizarlo con la máxima precisión. Y aquí no vamos a convertir a ese concepto en una especie de salsa que se pone como guarnición en cada plato, ya sea para mejorar su sabor, o bien para estropearlo.

En primer lugar, el sionismo no es una ideología. Y no es una ideología si nos atenemos a su definición según la Enciclopedia Hebrea, que lo define así a continuación: una combinación consolidada y sistemática de ideas, interpretaciones, principios y preceptos que expresan una visión única del mundo por parte de una secta, un partido o una clase social.

De acuerdo con esta definición verdaderamente meridiana, el sionismo no puede y no debe considerarse como una ideología. El sionismo es una plataforma común para una serie de ideologías sociales y políticas diferentes, e inclusive contradictorias, y por lo tanto no se le puede considerar en sí mismo como una ideología independiente.

El sionismo deseaba y prometía una cosa: establecer un estado para los judíos. Y mantuvo y cumplió su promesa, principal y desgraciadamente, a causa del impacto y desarrollo del antisemitismo. El sionismo aspiraba solamente a establecer un marco político: cómo sería posteriormente el país y cual sería su carácter, además de qué tipo de régimen tendría, cuales serían sus fronteras y sus valores sociales, así cómo el trato dispensado a sus minorías nacionales. Desde el principio, todas estas y otras cuestiones fueron objeto de decenas de interpretaciones y dieron lugar a numerosos puntos de vista políticos y sociales entre los judíos que iban llegando a Palestina, condicionados también, por supuesto, por la evolución y los cambios que se producen en toda sociedad humana.

Después de que el Estado judío, es decir, el Estado de Israel, se constituyera en una realidad tangible, la única manera en que se expresa el significado del sionismo fue a través del principio de la Ley del Retorno. En otras palabras, aparte del hecho de que el Estado de Israel está controlado y dirigido por todos los ciudadanos con una tarjeta de identidad israelí, a través de esta legislación aún esta abierto a cualquier judío que quiere convertirse en un ciudadano.

Esta Ley de Retorno existe en la actualidad (bajo diferentes variantes) en otros países, como por ejemplo - y para mencionar sólo dos -, Hungría y Alemania. Esperemos que una Ley de Retorno semejante se desarrolle en poco tiempo en el Estado palestino que se establezca junto a nosotros. Y del mismo modo que esa ley no será una ley racista en el Estado palestino, por la misma razón tampoco lo es en Israel. Cuando las naciones del mundo decidieron en 1947 sobre el establecimiento de un Estado judío (junto con otro árabe al lado), no otorgaron solamente la parte de Palestina que les tocó a los 600.000 judíos que por esas fechas ya vivían allí (junto con la población árabe), lo hicieron con el supuesto de que ese nuevo estado también serviría de refugio a cualquier judío que así lo deseara.

Un israelí, un judío, un palestino o cualquier otra persona que se defina a si mismo como a-sionista, es un ciudadano que se opone a la Ley del Retorno. Esta oposición, al igual que cualquier otra desde un punto de vista político, es legítima. Un antisionista, por el contrario, es alguien que quiere derribar o destruir al Estado de Israel a posteriori, y a excepción de las sectas extremistas ultra-ortodoxas y a los judíos en la diáspora [N.P.: y en Israel] afectos a los círculos izquierdistas radicales, no muchos Judíos celebran este punto de vista.

Todos los debates importantes y fundamentales que tienen lugar en Israel - como por ejemplo la anexión o no la anexión de los territorios, la relación entre la mayoría judía del país y la minoría palestina, la relación entre la religión y el Estado, la naturaleza y los valores de la política económica y el sistema del bienestar social, e inclusive la interpretación de los acontecimientos históricos – conforman un tipo de debates y controversias que ya existían y aún existen en muchos países. Son unos debates y controversias que tienen que ver continuamente con la identidad dinámica y cambiante de cada nación y país.

Al igual que estas discusiones y controversias no requieren de otras naciones para que se entremezclen conceptos adicionales, los debates a los que nos enfrentamos no tienen que incluir el concepto del sionismo, pues es algo que de manera injusta y perjudicial se ha convertido en una especie de arma en la batalla entre las partes, lo que nos vuelve difícil a su vez explicar las controversias y su importancia.

El sionismo no es un concepto que se supone reemplaza al de patriotismo o de pionero. El patriotismo es el patriotismo, y un pionero sólo es un pionero. Un oficial que de propio grado extienda su servicio militar, o alguien que se instala en el Neguev, no es necesariamente más sionista que el propietario de una tienda de comestibles en Tel Aviv, pero en cambio tal vez sea más patriota o más pionero que el tendero o comerciante, dependiendo de los significados que se asignen a estos conceptos.

El concepto de sionismo nos es grato a todos nosotros, y por lo tanto es importante que se exprese sólo en el lugar que le corresponde: en la diferencia existente entre nosotros y los judíos de la diáspora o del exilio. El uso exagerado y superfluo de la palabra sionismo también desdibuja el debate ético entre los judíos que han decidido ser responsables, para bien o para mal, de cada aspecto de su vida bajo un gobierno y un territorio definido, y esos otros que viven inmersos en otras naciones y practican su identidad judía de manera parcial [N.P.: ya que la otra parte de su identidad está inmersa en la sociedad no judía que le rodea], a través del estudio, los textos religiosos y unas limitadas actividades comunales.

Labels: , ,

Sobre la identidad judía - Yoel Meltzer - Ynet



Existen muchas organizaciones judías que actualmente están involucradas en proyectos encaminados a fortalecer la identidad judía de los judíos asimilados en todo el mundo. Algunas abordan el problema desde una perspectiva religiosa, algunas lo tratan desde una perspectiva nacionalista o sionista, mientras que otras lo hacen desde una perspectiva cultural. Sin embargo, como la definición de lo que constituye la identidad judía está abierta a múltiples interpretaciones, no es sorprendente que los métodos empleados por todas esas organizaciones son tan variados como el propio pueblo judío.

Aunque respetuoso con el tiempo y el dinero que invierten, habría que preguntarse si son realmente capaces de obtener verdaderos resultados en su tarea. Inclusive podríamos preguntarnos si utilizan el que es posiblemente el elemento más eficaz para reforzar la identidad judía. Para entender esto, y como un elemento clave, sólo basta con echar un vistazo a la historia judía.

Durante nuestro larga y difícil estancia en el exilio, el elemento que más que cualquier otro nos mantuvo firmes en nuestra identidad judía fue la creencia en “ser elegidos para una misión” y nuestra fe en la promesa de Dios de que a la larga volveríamos a nuestra tierra con el fin de cumplir con esa misión. Ese fue nuestro mayor factor de motivación y el que nos mantuvo en marcha incluso en los tiempos más oscuros.

El concepto de ser una nación “elegida y/o escogida” es una idea que implica un cierto grado de conciencia de ser distintos y de estar separados del resto, y resulta una píldora muy difícil de tragar para muchos judíos, ya que supone ir en contra del pensamiento humanista y liberal propio de Occidente. Por otra parte, ya que es políticamente correcto abrazar la idea de que todos somos iguales, y que por lo tanto no deben existir divisiones o barreras entre los pueblos, nociones tales como ser “elegido y diferente” son fácilmente vilipendiadas y reprobadas como "racistas" o "fascistas".

Volviendo a las organizaciones judías, ya que muchas de ellas están entre los más ardientes defensores de las causas liberales que abogan por la fraternidad y la universalidad de todos los hombres, ¿cómo pueden esperar, por ejemplo, convencer a un/a joven judío/a ajeno hasta entonces a su identidad judía de la importancia de la recuperación y permanencia de su identidad judía cuando entre ahí entraría evitar los matrimonios mixtos - que pondrían en peligro la continuidad de dicha identidad - con su maravilloso vecino o vecina no judío? En otras palabras, ¿cómo se puede promover la asunción de barreras identitarias (como elemento de conservación y de especificidad) entre la gente cuando esa barreras están en contradicción con todo lo que defienden?

Esa pregunta, de difícil contestación en si misma, también se puede plantear en lo que respecta al apoyo a Israel, en sí mismo un elemento clave de la identidad judía. ¿Cómo puede una organización que se identifica con un concepto liberal y occidental de la igualdad llegar a convencer a un judío, ya sea en la diáspora o en Israel, de la importancia de apoyar a un país que ofrece un estatus especial solamente a los judíos? Suponiendo que la desigualdad de derechos en ciertos aspectos, como por ejemplo la Ley de Retorno, entre las personas de un mismo país suponga la antítesis de todo lo que defienden esas organizaciones liberales y progresistas en su propio medio, ¿no hay aquí una contradicción?

Ser judío y mantener una fuerte identidad judía implica optar por un cierto grado de diferenciación y de separación. Por lo tanto, el centrarnos en el concepto de nuestra misión única y del hecho consecuente de nuestra “elección” para ella, sin importar lo difícil que eso puede sonar a oídos occidentales, es de lejos nuestra mejor vitamina posible para el fortalecimiento de nuestra identidad judía.

Por otro lado, el enfoque progresista y humanista de un mundo sin fronteras y sin diferencias no conduce directamente más que a confundir nuestra identidad judía y a su vez a una mayor asimilación y a su pérdida. Es más, incluso los archivos culturales familiares, como los objetos y recuerdos de los abuelos, y acontecimientos históricos como el Holocausto y la Guerra de los Seis Días, que tanto ayudaron a conservar una fuerte identidad judía entre las generaciones anteriores, casi no tienen importancia para los jóvenes judíos de hoy.

Por último, en relación con el malestar que conlleva el concepto de elección (o de ser elegido) y ciertas acusaciones anexas de su supuesto carácter "racista o fascista", tales afirmaciones no tienen sentido ya que el concepto judío de pueblo elegido no tiene nada que ver con el odio hacia otras naciones, sino más bien con la idea de la existencia de unos papeles o roles específicos, de una especificidad propia. Esto es similar, por analogía, a una orquesta sinfónica. Cada uno tiene su propio instrumento específico y su papel único dentro de una sinfonía, y cuando todo el mundo cumple con su papel la hermosa sinfonía de Mozart se consuma.

Incluso la alianza original con Abraham, el evento que significó el nacimiento y la asunción por nuestra parte de una elección, y de ser elegidos para una misión, establece claramente que se nos dará la Tierra de Israel y que las naciones del mundo serán bendecidas por medio de nosotros. Por lo tanto, el punto principal y final de esa predestinación judía es ayudar a traer la bondad a toda la humanidad, y no desde luego su explotación ni potenciar un aumento del odio.

En resumen, solamente con una correcta comprensión del concepto de elección o de ser elegido, como una tarea o responsabilidad asociada, junto con el énfasis vital en la necesidad de conservar cierta diferenciación, que requiere a su vez cierto grado de separación, como elemento fundamental para mantener y fortalecer la identidad judía, así como la necesidad de que se nos permite vivir en el ámbito de nuestra misión, la Tierra de Israel, es posible que las organizaciones judías que participan en el fortalecimiento de la identidad judía puedan acomodar esa dedicación con sus visiones liberales y humanistas.

Labels: ,