Saturday, March 26, 2011

Ley y orden. El carácter especial de los Galitsianer - Allan Nadler - Forward



Un asesinato en Lemberg: Política, religión y violencia en la historia judía moderna - Michael Stanislawski

El 6 de septiembre de 1848, un joven judío ortodoxo con el nombre muy poco apropiado de A.B. Pilpel (en hebreo, pimienta), con su barba y tirabuzones, y vestido con un sombrero negro y un larga caftán, entró en la cocina del rabino del distrito de Lemberg, Abraham Cohen y, fingiendo encender un cigarro al calor de la estufa, depositó arsénico en la sopa de la familia Cohen. Pocas horas después de la cena de esa noche, toda la familia Cohen cayó gravemente enferma. Y a las 3 de la mañana del día siguiente, el rabino Cohen y su pequeña hija Teresa habían fallecido. La esposa del rabino Cohen, Magdalena, y sus cuatro hijos mayores sobrevivieron a la intoxicación. Se dice que el rabino dijo mientras agonizaba "ningún judío podía haber hecho esto...". Pero como demuestra razonablemente Michael Stanislawski en su nuevo y fascinante libro, "Un asesinato en Lemberg", el rabino estaba equivocado. La polémica designación por parte del gobierno de los Habsburgo de un rabino liberal para la capital de la Galitzia judía, Lemberg (Lwow en polaco, y hoy la ciudad ucraniana de Lviv), dio lugar al primer líder judío en ser asesinado por otro judío desde la segunda rebelión judeana contra los romanos.

Antes de desentrañar los detalles de la investigación del asesinato y los subsiguientes juicios y apelaciones de Pilpel y sus colaboradores - incluyendo a Hirsh Orenstein, quien, irónicamente, se convirtió en el rabino en jefe de Lemberg 30 años después del asesinato de Cohen -, Stanislawski hace un trabajo magistral introduciendo al lector en los profundos conflictos culturales, religiosos y políticos en la Galitzia austríaca durante el siglo XIX, ese territorio ubicado al sur de la Polonia anexionada por el imperio de los Habsburgo durante las divisiones territoriales de Polonia iniciadas en 1772.

Stanislawski desestima muchos de las concepciones erróneamente atribuidas habitualmente a los Galitsianers, como se denominaban en yiddish a los judíos de ese territorio, en particular la noción generalizada de que, en contraste con las poblaciones judías situadas al Oeste (los Yekkes, o alemanes judíos) y al Norte (los Litvaks, o judíos lituanos), los Galitsianers eran en su mayoría unos hasidim primitivos y poco educados, sin contacto con cualquiera de los valores modernos provenientes de Europea o de la reforma religiosa. El hecho es que unas décadas después de su anexión por Austria (los Habsburgo), Galitzia se había convertido en un semillero de judíos radicales e ilustrados, también conocidos como maskilim, así como de una clase burguesa y liberal de judíos que fomentaron el desarrollo del Judaísmo Reformista. Fueron estos emancipados y liberales Galitsianers quienes construyeron el magnífico Choral Temple en Lemberg, e invitaron a Abraham Cohen para que fuera su rabino y el director de su escuela hebrea en 1843.

Sin embargo, la gran mayoría de los judíos de Lemberg eran muy ortodoxos y estaban profundamente resentidos con el gobierno austriaco por la promoción del rabino Cohen a la posición del jefe de distrito, o rabino jefe, en 1846. La oposición ortodoxa a Cohen se volvió cada vez más desagradable y violenta después de la propuesta aprobada por el gobierno austríaco de prohibir la vestimenta Galitsianers tradicional, con sus "de sombreros de alas anchas y largas capas negras”. Y así como su propio templo y la escuela hebrea de Cohen fueron avanzando a grandes pasos - el registro de la escuela creció exponencialmente durante el breve mandato de Cohen como director -, la comunidad ortodoxa le inundó de denuncias en su contra. En enero de 1848, cuando se dirigía desde su casa a su sinagoga, Cohen fue atacado y golpeado por una pandilla de jóvenes ortodoxos. A pesar de la respuesta inmediata de la policía, se negó a presentar cargos.

Esta postura de “no confrontación” con los ortodoxos era una forma de tranquilizar a su esposa, quien ahora temía por su seguridad, y le instaba a que la familia abandonara Lemberg de inmediato: "Yo estoy después de todo entre judíos, así pues ¿qué me podrían hacer finalmente?". Esta misma fe en la civilidad de su pueblo acompaño al mismo Cohen hasta la hora de su muerte, cuando insistió en que los responsables de la intoxicación no podían ser judíos.

Irónicamente, el desdén del occidentalizado Cohen por la primitiva cultura de los Galitsianers ultra-ortodoxos, el cual documenta Stanislawski, así como su confianza en la decencia esencial de los judíos sin importarle su denominación, constituían una especie de marca particular de la rama liberal del chauvinismo judío alemán. Por ejemplo, Cohen fue el autor de una crítica de las costumbres tradicionales durante el duelo judío - como la rotura de una prenda antes de la sepultura, y sentarse en sillas bajas durante el período de shiva -. Stanislawski escribe que Cohen consideraba estas prácticas como emblemáticas del primitivo judaísmo medieval oriental y como totalmente incompatibles con los modernos sentimientos judíos occidentales europeos:
"Nosotros, sin embargo, como enteramente europeos y como alemanes, encontramos estas costumbres exóticas y repulsivas, incluso aterradoras para nosotros alemanes de sangre fría..., volviendo más profundo y reservado nuestro dolor".
Al final, los acusados, Pilpel y sus colaboradores, fueron absueltos de todo, a pesar de una serie de llamamientos dirigidos por Magdalena Cohen que llegó hasta el final ante la corte del distrito en Lemberg y ante el más alto tribunal de apelaciones en Viena. El gobierno de la corona de Austria se mostró especialmente cauteloso tras las revoluciones de 1848 a la hora de alienarse a los judíos galitsianers más conservadores que hasta entonces habían permanecido leales a Viena durante las insurrecciones nacionalistas polacos, y que en general contaron con el apoyo de los judíos más liberales y aculturados. El veterano deseo de los Habsburgo de modernizar las masas judías de Galitzia, el cual comenzó en 1781 con el famoso "Edicto de Tolerancia" del emperador José II, quedo entrampado por las preocupaciones sobre la insurrección política.

Como deja muy claro tanto en su introducción como en la conclusión, Stanislawski considera el asesinato del rabino Cohen como un punto de inflexión en la historia judía moderna. A pesar de que no desarrolla el tema, se observa que hay similitudes entre este misterioso asesinato y el del primer ministro israelí Yitzhak Rabin, a pesar del siglo y medio que separan ambos asesinatos. De hecho, Stanislawski afirma que nunca pudo superar el angustioso cuestionamiento que planteaba el asesinato de Rabin, incluso después de la Segunda Intifada y los nuevos traumas nacionales israelíes que generó atenuando la memoria de Rabin:

Y así la cuestión de cómo un judío puede matar a otro judío, ya sea por razones políticas o religiosas, ha pasado a segundo plano. Pero no para mí. El asesinato de Rabin me dio un incentivo adicional para profundizar en un caso de una época anterior, casi desconocido, un asesinato interjudío que me había intrigado durante años pero sobre el cual no había podido obtener la información suficiente”.

El colapso de la Unión Soviética, cuyo férreo y paranoico control de sus vastos archivos había convertido en casi imposibles las nuevas investigaciones que en el siglo XX se acometían sobre episodios como el asesinato del rabino Cohen, ha permitido inaugurar una nueva era en los estudios de Europa del Este. Los historiadores judíos de todo el mundo han acudido en masa a los archivos ya abiertos en cientos de ciudades y pueblos de toda Rusia, Polonia, Lituania, Ucrania y Bielorrusia, y así investigar los muchos tesoros de documentos largamente inaccesibles. Como resultado de su investigación, nuestra comprensión de la historia judía moderna se ha revisado y vivificado.

El libro de Stanislawski es la última contribución a este renacimiento investigador. Más allá del puro placer literario de su cautivante narración y de la novedad inherente que supone el misterioso asesinato llevado a cabo por algunos judíos galitsianers, el autor añade información importante de la compleja, y ya desaparecida, comunidad judía de Galitzia, una sociedad amargamente dividida entre la fidelidad a la tradición y la emoción que desataban los modernos despertares nacionales que culminaron en las revoluciones de 1848, el año del asesinato del rabino Cohen. Stanislawski ha escrito no sólo una importante obra histórica y moral sobre los peligros del extremismo religioso, sino también una advertencia sobre los peligros imprevisibles que se pueden desatar cuando los gobiernos tratan de forzar la llegada e implantación de la modernidad en una sociedad tradicional profundamente religiosa.

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Thursday, August 19, 2010

El Opúsculo de la conversión de Herman, el “antiguo judío” – Adam Kirsch - Tablet



En algún momento del siglo XII, en el monasterio de Cappenberg, en el oeste de Alemania, se redactó un documento fascinante y enigmático. Su título en latín, “Opusculum de conversione sua”, significa "Un breve relato sobre su conversión", y se atribuye a “Hermann quondam Judaeus”, "Herman el antiguo judío". Lo que hace a esta breve relato especialmente significativo, escribe Jean-Claude Schmitt en su recién traducido estudio sobre “La conversión de Herman el judío: Autobiografía, Historia y Ficción en el siglo XII”, es que "se presenta en una forma que hoy llamaríamos una autobiografía". En un momento en que el relato autobiográfico era muy raro, una autobiografía escrita en latín por un judío representa un hecho único.

Durante siglos, los clérigos y eruditos cristianos que leyeron el libro de Herman lo interpretaron según su sentido literal, es decir, la confesión de un judío que aprendió a “deshacerse de la oscuridad y la ignorancia del judaísmo y abrazar la verdad del cristianismo”. El Opusculum funciona, en otras palabras, como un arma textual en la lucha contra el judaísmo. Schmitt señala que la primera edición impresa de la obra, de 1687, está incluida en una antología de polémicas anti-judías cuya portada muestra una daga que, "partiendo de una nube celestial, amenaza a un viejo rabino aterrorizado".

Pero en las últimas décadas, según nos informa Schmitt, el Opusculum se ha convertido en objeto de un intenso y nuevo debate. Éste se inició en 1988, cuando Avrom Saltman, de la Bar Ilan University, publicó un artículo argumentando que ninguna persona llamada “Herman, el antiguo judío”, había existido nunca. El texto era, más bien, una "obra de ficción, una novela autobiográfica edificante", escrito por cristianos para el público cristiano, en el que la voz de un verdadero judío jamás se oye. Este “posicionamiento radical”, nos dice Schmitt, "cambió por completo los términos del debate historiográfico", y en los últimos 20 años los historiadores medievales han discutido acerca de si el Opusculum era una “autobiografía” fraudulenta. Si este debate es inusualmente ardoroso, es porque, como señala Schmitt, el juicio sobre la verdad o la falsedad del relato de Herman se basa en "una cuestión crítica: ¿podían los judíos, durante esa época, haber abandonado la fe de sus antepasados de forma consciente y sin la habitual amenaza física?"

El mejor lugar para empezar a el leer elegante y complejo estudio de Schmitt se encuentra al final del libro, cuando el texto completo del “Opusculum de conversione sua” se incluye como un apéndice. "Así pues, yo, Herman, que una vez fui llamado Judá, soy un pecador y un sacerdote indigno", así es el inicio del relato. "Yo soy del pueblo de Israel y de la tribu de Leví, y nací de David, mi padre, y de Sephora, mi madre, en la ciudad de Colonia".

Colonia era el corazón de la judería ashkenazi. Rashi, el gran comentarista, vivió en la cercana ciudad de Troyes y murió unos pocos años antes del nacimiento de este Judá ben David Halevi, a quien los expertos le ubican alrededor del año 1107. Los askenazíes eran por aquel entonces una comunidad sumida en una crisis profunda. Menos de una década antes, los cruzados habían devastado a los judíos de Renania, matando a miles de personas y obligando a otros miles de ellos a elegir entre la conversión y el suicidio. Este trasfondo histórico no aparece directamente en el texto de Herman, pero puede ser que, como sostiene Schmitt, nos informe de la discusión sobre la mejor manera de convertir a un judío al cristianismo. Nadie, destaca el propio Herman, le obligó a convertirse o le amenazó. Más bien, él nos muestra a una serie de cristianos piadosos que le enseñaron con paciencia, razonando con él, y orando por él para que viera la luz. Se lo agradece especialmente a un tal Richmar, un sacerdote de buen corazón que "actuó como un discípulo de la verdadera ley del evangelio, en la que se dice: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian". Herman implora a sus lectores a seguir este ejemplo:
[Richmar] no me maldice con actos pérfidos e indignos del compañerismo cristiano. En cambio, él me ha comunicado devotamente las obras de caridad y piedad como si yo fuera su hermano cristiano. Pueda este celo de piedad remover (conmocionar) y hacer que se horroricen aquellos que escupen al error judío (o de cualquier otro hombre), como algunos acostumbran hacerlo.
Resulta plausible como la voz de un ex judío pide misericordia para sus hermanos judíos ignorantes. Sin embargo, más adelante en el texto, cuando Herman ha tomado la decisión de convertirse, nos encontramos a un Judá (Herman) que con orgullo nos relata el secuestro de su medio hermano de 7 años de edad, porque "deseaba apasionadamente que él también se convirtiera como yo en un receptor de la divina gracia a través de la regeneración purificadora del bautismo”. La miseria de la madre del niño, la madrastra de Herman, no cuenta para nada en comparación: "el exceso de su dolor la volvió loca", escribe el propio Herman, y aunque "corrió ante los hombres principales de la ciudad lamentándose amargamente, proclamando con una voz dolorida que su hijo había sido secuestrado furtivamente”, finalmente Herman triunfó y gestionó la estancia del niño en un monasterio. En el siglo XIX, cuando un adolescente judío italiano llamado Edgardo Mortara fue secuestrado y alejado de sus padres de esa misma manera, una gran protesta se originó en todo el mundo. En el siglo XII, incluso un antiguo judío como Herman, no veía nada malo en ello.

Sin embargo, aunque estos episodios parezcan convincentemente realistas, Schmitt pone de manifiesto que también son absolutamente simbólicos, puesto que el Opusculum está totalmente estructurado siguiendo la lógica del antijudaísmo cristiano. A principios del relato, por ejemplo, Richmar le propone una prueba al joven Judá (Herman): "si, como prueba de su fe, él no tiene la sensación de ardor al llevar un hierro caliente en la mano, yo fielmente lo presentaré como una curación obra del santo bautismo”.

Sin embargo, antes de que Richmar pueda realizar ese experimento, su obispo se lo prohíbe, ya que "un signo visible que se muestra a la vista externa sería inútil si [Dios] no funciona de forma invisible a través de la gracia en el corazón de un ser humano". La escena está cuidadosamente diseñada para dar a entender la distinción fundamental entre el cristianismo y el judaísmo: los cristianos ven (por la fe y la gracia), mientras que los judíos sólo entienden lo que es literal y concreto, lo que está ante sus ojos, como por ejemplo agarrar un trozo de hierro caliente. En cambio, los cristianos entienden que lo literal es menos importante que lo espiritual, que la gracia interior es mejor que el hecho material y externo. "Esta dicotomía", nos comenta Schmitt, "estructura la verdadera oposición entre los judíos y los cristianos en el pensamiento medieval”, y aparece una y otra vez en el texto de Herman.

Cuando Judá entra por primera vez en una iglesia, se muestra disgustado por el crucifijo, que considera un ídolo "monstruoso" del tipo que el propio Dios prohíbe explícitamente. Pero cuando le plantea esta objeción a un abad, éste le enseña que el crucifijo no es un ídolo sino una forma de ayuda a la piedad: "externamente proyectamos la imagen de la muerte, mediante la imagen de Jesús a través en la cruz, pero internamente ella nos inspira amor por él".

Más tarde, cuando los compañeros judíos de Juda (Herman) comienzan a notar su interés por el cristianismo, esperan mantenerlo en el redil mediante la contundencia de su matrimonio, es decir, obligándole a llevar una vida material y corporal, con sexo y procreación. Sin embargo, después de su conversión, Herman se convierte en un monje célibe, liberándose del cuerpo para poder vivir la vida del espíritu.

Si todo lo que sucede en el relato de Herman parece diseñado para conducir a casa (al cristianismo) a gente como él, al estilo clásico de la idea anti-judía, ¿significa esto que la historia fue inventada con este propósito? ¿O bien se podría decir que Herman ha reinterpretado las experiencias reales de su vida de acuerdo con la lógica del antijudaísmo cristiano? Para Schmitt, finalmente, no hay ninguna posibilidad de decantarse entre ambas opciones, de hecho, la pregunta no tiene sentido, ya que verdaderamente la idea misma de una verdadera autobiografía no existía en la Edad Media. Esperar que cualquier persona del siglo XII se "siente en una mesa, solo, con el fin de escribir sus memorias", de la misma forma que podría hacerlo actualmente, es algo "totalmente anacrónico".

Más bien, sostiene Schimitt, el Opusculum deba leerse como el trabajo colectivo de un grupo de monjes, escribiendo para otros monjes, con el fin de comunicar y reforzar su idea de lo que es el cristianismo. El judaísmo, en el texto de Herman, así como en muchos escritos cristianos anteriores y posteriores, sirve al propósito de representar todo lo que no es el cristianismo. De esta manera, “La conversión de Herman, el antiguo judío”, ilustra un muy viejo problema que aún no ha desaparecido por completo: la dificultad de permitir que el judaísmo hable por sí misma en una cultura cristiana.

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Saturday, May 22, 2010

Altamente recomendables



Tres ensayos, relativamente independientes entre sí, con un tema común: la manera en que la Shoah se ha convertido en un argumento central en la crítica antisionista y anti-Israel. Por su papel simbólico en el discurso antisionista, la Shoah se ha convertido no en un mero elemento "crítico", sino en el arma principal en una lucha ideológica que niega la legitimidad de una autodeterminación del pueblo judío, y cuyo objetivo no es el fin de "la ocupación", sino la existencia misma de un Estado judío.

Los tres estudios incluidos en este volumen analizan y critican, a partir del negacionismo de determinadas corrientes de la izquierda radical en Francia, el antisionismo de los intelectuales occidentales, el post-sionismo en Israel y, finalmente, la denuncia de Israel por medio de Hannah Arendt.




Lejos de haber desaparecido, el odio a los judíos ha entrado en un nuevo estadio centrándose en Israel, el blanco de una guerra mediática de alta intensidad. El antisionismo radical, cuyo objetivo es la destrucción del Estado judío, es sin duda la última figura histórica adoptada por la judeofobia. Como tal, negadora del derecho a la existencia de una nación, es una de las principales formas del racismo contemporáneo. Para comprender cómo se ha constituido la mundialización de esta nueva configuración anti-judía, el autor diseca los nuevos discursos de propaganda de los enemigos declarados de Israel, tal como se han desarrollado durante los años 2000-2010.

La nueva visión anti-judía, consistente en "nazificar" a los "sionistas" en tanto que "agresores", a la vez que se "judaiza" a los palestinos en tanto "víctimas", permite acusar a los "sionistas" de "genocidio o palestinocidio". Ese discurso propagandístico está enmarcado dentro de un contexto internacional, muy definido por una amenaza islamista centrada en un llamamiento a la yihad contra los judíos.

Analizando los diversos materiales simbólicos explotados por la nueva propaganda anti-judía (imágenes y/o discursos), P.A.Taguieff da a entender cómo y por qué el odio a los judíos, más de medio siglo después de la Shoah, ha podido renacer bajo las formas y los hábitos nuevos del "antiracismo" y del "anticolonialismo", y como gracias a los medias, difundirse y propagarse recogiendo el asentimiento de individuos que, en ocasiones, incluso están convencidos de ser ajenos a los prejuicios contra los judíos.

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Sunday, April 11, 2010

Aparece mañana: "La chanson d'amour de Judas Iscariote" - Juan Asensio




Una de las mejores representaciones pictóricas de Judas - Nikolaj Nikolajewitsch, 1891

Blog de Juan Asensio, Stalker

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Wednesday, February 24, 2010

Desmitificando la Cábala‭ – ‬Zvi Leshem‭ ‬-‭ ‬JPost



Permítanme comenzar mi reseña de este‭ ‬notable volumen citando‭ ‬su final:‭ "‬Gershom Scholem‭ ‬anticipó que‭ ‬el misticismo judío resurgiría,‭ ‬y‭ ‬así escribió al final de su obra monumental‭ ‬“Principales Tendencias del Misticismo judío‭ ‬(1941)‭”‬:‭ '‬La historia‭ ‬(de la Cábala‭) ‬aún no ha terminado,‭ ‬no es mera historia y esa‭ ‬vida secreta que encierra puede‭ ‬resurgir mañana en ustedes o en mí‭’‬.‭ ‬  Hoy somos testigos de la realización de esta profecía‭"‬.‭

Jonathan Garb,‭ ‬profesor titular de Pensamiento Judío en la Universidad Hebrea,‭ ‬redactó por vez primera esta historia del‭ ‬resurgimiento multifacético del misticismo judío en su versión hebrea en‭ ‬el‭ ‬2005.‭

Garb es considerado por muchos como el‭ ‬principal discípulo del erudito de fama mundial de la Cábala,‭ ‬Moshe Idel.‭ ‬Él‭ ‬ha emergido no sólo como un gran estudioso‭ ‬de la‭ ‬Cábala,‭ ‬sino también como un experto en‭ ‬gran variedad de disciplinas místicas que ha conectado con el resurgimiento de la Cábala en el siglo XX,‭ ‬entre otras, el budismo,‭ ‬el sufismo,‭ ‬la meditación y las prácticas de‭ "‬New Age‭"‬.‭ ‬Garb es también un agudo observador de las tendencias sociales,‭ ‬y hábilmente ha retomado las técnicas de‭ ‬la sociología post-moderna y de los estudios culturales para su trabajo.‭

Dado que‭ ‬Garb‭ ‬se ocupa tanto de la‭ "‬alta‭"‬ cultura‭ ‬como de la‭ ‬"popular‭"‬,‭ ‬la gama de temas abordados en el libro es muy amplia.‭ ‬Admite que se ha centrado‭ ‬dentro de Israel‭ ‬en la obra del Rabino Abraham Itzjak Kook y su círculo,‭ ‬los cuales desempeñan un papel central.‭ ‬Garb dedica gran parte de la obra a analizar la mística y el lado personal de los escritos de Kook,‭ ‬una cara que fue suprimida por algunos‭ ‬de sus seguidores,‭ ‬pero que salió nuevamente a la luz con la publicación de sus cuadernos no‭ ‬censurados en‭ ‬1999.‭ ‬El autor analiza la conciencia profética‭ ‬de‭ ‬Kook y‭ ‬las‭ ‬aspiraciones de su mística,‭ ‬así como la de sus más cercanos discípulos,‭ ‬R.‭ ‬David Cohen‭ ("‬el Nazir‭") ‬y‭ ‬R.‭ ‬Ya'acov Moshe Charlap.

Garb continúa con su investigación sobre la continua influencia del rabino Kook en el mundo religioso nacional,‭ ‬el cual en gran medida se ha dividido en dos.‭ ‬La tendencia o narrativa nacionalista dominante fue‭ ‬proseguida por su hijo,‭ ‬R.‭ ‬Zvi Yehuda Kook, y‭ ‬por‭ ‬su sucesor,‭ ‬R.‭ ‬Zvi Tau.‭ ‬La tendencia mística fue‭ ‬retomada y combinada con tendencias neo-hasídicas por toda una serie de‭ ‬pensadores nacionales‭ ‬religiosos,‭ ‬como el postrer rabino Shagar,‭ ‬y aplicado en sus yeshivot.‭

Como un devoto del sociólogo Michel Foucault,‭ ‬Garb también es muy consciente de la cuestión del poder,‭ ‬y en este libro analiza la cuestión de la influencia del misticismo‭ ‬de Kook,‭ ‬así como de otras corrientes cabalísticas,‭ ‬en algunos de los miembros del‭ "‬Jewish Underground‭"‬ de la década de‭ ‬1980,‭ ‬así como la condena de sus acciones y de su interpretación de las ideas‭ ‬de‭ ‬Kook por la corriente principal de sus seguidores.‭

Garb también se centra en el rabino Yehuda Leib Ashlag,‭ ‬autor del famoso comentario Sulam del Zóhar.‭ ‬Ashlag y Kook creían que el retorno a la Tierra de Israel constituía una ruptura radical con la historia judía y urgieron a una amplia difusión de los textos esotéricos cabalísticos que en generaciones anteriores sólo habían sido considerados como adecuados para una élite académica.‭ ‬En el caso de Ashlag hay una cierta ironía,‭ ‬ya que su obra hoy en día es difundida a través del altamente comercial‭ ‬Kabbalah Center,‭ ‬ na mezcla de pop,‭ ‬misticismo y capitalismo que este rabino de tendencias socialistas habría considerado como una perversión de sus ideales.‭

La otra importante tendencia estudiada son las enseñanzas hasídicas,‭ ‬las cuales se han popularizado en los últimos años,‭ ‬más notablemente dentro del grupo de místicos del mundo religioso nacional.‭ ‬Garb analiza las tendencias de Chabad,‭ ‬incluyendo la controversia sobre el mesianismo de su último rebbe,‭ ‬así como las existentes entre los maestros actuales - ‬con una tremenda influencia -,‭ ‬los rabinos Itzjak Ginsburgh y Adin Steinsaltz.‭ ‬También revisa la enorme popularidad de Rabi Najman de Breslav,‭ ‬como lo demuestra el amplio estudio de sus obras,‭ ‬así‭ ‬como la peregrinación anual a su tumba en Uman,‭ ‬Ucrania.‭ ‬Garb es muy consciente de la influencia de otras obras hasídicas,‭ ‬como la Hashiloaj Mei,‭ ‬famosa por sus‭ ‬pasajes aparentemente antinómicos,‭ ‬y por los escritos del‭ ‬martirizado Rebe‭ ‬Piaseczner,‭ ‬cuyo sermones‭ ‬en el‭ ‬Ghetto de Varsovia,‭ ‬Esh Kodesh,‭ ‬y sus escritos místicos y meditativos disfrutan de una gran popularidad

No es fácil encontrar mucho que criticar en este libro en el que los errores reales son casi inexistentes,‭ ‬y si Garb puede ser criticado por algo debe serlo por cuestiones de énfasis.‭ ‬A veces atribuye una excesiva importancia a figuras marginales‭ (‬Breslav Maverick Avraham Zagdon‭)‬,‭ ‬sin embargo,‭ ‬pensadores más conocidos podrían haber recibido más tratamiento.‭ ‬El gran líder de los ortodoxos de América,‭ ‬el rabino Joseph Ber Soloveitchik,‭ ‬es mencionado de pasada como un pensador sobre la Halajá y el modernismo.‭ ‬Sin embargo,‭ ‬también es un ejemplo de alguien que,‭ ‬desde un completo punto de partida de sus maestros,‭ ‬difundió el pensamiento cabalístico y hasídico en sus escritos teológicos,‭ ‬un tema que merecía un tratamiento más completo.‭

Garb también lamenta la falta de investigación sobre los escritos de algunos grandes cabalistas,‭ ‬sin embargo,‭ ‬y en el caso de Kook y el Rebe Piaseczner,‭ ‬un importante trabajo de doctorado ha sido efectuado desde la edición de su libro en hebreo,‭ ‬y debería haber merecido al menos un pie de página en el libro actual.‭

Hay tendencias interesantes que Garb ha pasado por alto.‭ ‬Él pone un gran énfasis en las tendencias contemporáneas de los círculos antinómicos místicos,‭ ‬en particular en el neo-hasidismo popularizado por los rabinos‭ ‬Shlomo Carlebach y Zalman Shlomi-Schachte.‭ ‬Sin embargo,‭ ‬las tendencias antinómicas que a veces acompañan los renacimientos espirituales no cuentan la historia completa.‭ ‬Aquel que entra en algunas sinagogas de estos líderes neo-hasídicos,‭ ‬como en mi congregación,‭ ‬Shlomo Shirat en Efrat,‭ ‬o Aish Kodesh en Woodmere,‭ ‬Nueva York,‭ ‬se sorprenderá al encontrar una más que acusada mehitzot,‭ ‬separación estricta entre los sexos,‭ ‬y otras señales propias de una ortodoxia derechista,‭ ‬que la existente‭ ‬en algunas de las congregaciones vecinas.‭

Los rabinos de estas sinagogas,‭ ‬cuya enseñanza se basa en gran medida en el discurso cabalístico-hasídico,‭ ‬también destacan la importancia de una observancia halájica meticulosa para el camino místico,‭ ‬y esta tendencia neo-conservadora dentro de hasidismo es significativa en la medida que proporciona una imagen más matizada.‭

Otra novedad es la entrada de estos‭ ‬judíos neo-hasídicos en el estudio‭ ‬académico de la Cábala.‭ ‬Ya no es raro encontrar‭ ‬a hombres judíos con barba y tirabuzones en los cursos de misticismo judío.‭ ‬En el reciente Congreso Mundial de Estudios Judaicos,‭ ‬di una conferencia en una sesión dedicada a la‭ "‬Meditación hasídica‭"‬.‭ ‬Los asistentes tuvieron la inusual experiencia de escuchar a cuatro barbudos rabinos-doctores leyendo‭ ‬sus trabajos académicos sobre las técnicas de meditación de Baal Shem Tov y‭ ‬del Rebe Piaseczner.‭ ‬La propia presidenta,‭ ‬Haviva Pedaya,‭ ‬ella misma‭ ‬poéta y‭ figura‭ ‬espiritual,‭ ‬así como una erudita en Cábala,‭ ‬calificó la reunión como un punto de inflexión en la‭ ‬"espiritualización de la academia‭"‬.‭

Garb escribe:‭ "‬Es un poco frustrante,‭ ‬pero también emocionante,‭ ‬escribir un libro que ya está superado a la vez que se está escribiendo‭"‬.‭ ‬Mientras que el lector‭ ‬comparte el sentimiento,‭ ‬esta obra sigue siendo un requisito indispensable para comprender lo que está sucediendo a nuestro alrededor dentro de la religiosidad judía.‭ ‬Esperamos con interés‭ ‬estudios más profundos‭ ‬de‭ ‬Garb en el futuro.

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Sunday, October 18, 2009

Cruzar Madrid - Antonio Ferres - ABCD



Altos pinos
doblados por el viento
al borde del jardín
donde los niños gritan.

Arboleda de plátanos
recién verdes
que lleva hasta el monumento
del Diablo
con círculo de gárgolas
que escupen agua helada
en primavera

y el Ángel
derribado por la luz
de la alta estepa
ciego
cerca de este alcor
desde donde

tú y yo
vimos una danza de golondrinas
- giro de brillantes sombras -
que Matisse pintara una vez
con forma humana.

Voy ahora
solitario
por estos caminos hondos
del Retiro

y pienso que también
será primavera en Colorado
y que por más que rece
no vendrás nunca.

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Prisca Teología (Filón en castellano - Gabriel Albiac - ABCD)




Imagen de la Catedral de Siena

Un mosaico retiene la mirada del fiel que entra en la catedral de Siena. Una figura magistral hace, en él, entrega a otra, postrada, de un libro abierto. El maestro reviste los atributos de los magos orientales; el que de él recibe el don, cubre su cabeza con un turbante. La leyenda a sus pies identifica a maestro y discípulo: Hermes Mercurius Trismegistus Contemporaneus Moysi. Y da imagen a una leyenda mayor del Renacimiento. La de un origen común al texto bíblico y la filosofía griega: el de un maestro supremo, Hermes, del cual provendrían ambos saberes parciales. La superposición de ese nombre sobre un heterogéneo corpus de tratados neoplatónicos consolidará el mito, haciendo autoridad de lo que no existió. Cosme de Medici, que hace interrumpir a Marsilio Ficino su traducción de las Enéadas de Plotino para dar prioridad a los códices herméticos, da la clave de aquella fantasía. Soy viejo, moriré pronto, explica a su traductor. Justo es que antes haya leído a aquel que está en el origen de toda sabiduría. Es el último avatar de una aventura prodigiosa que se inicia, en los años mismos en los cuales nace el cristianismo, en la obra de un extraño pensador judío, Filón de Alejandría, empeñado en la imposible tarea de conciliar filosofía con monoteísmo, el Platón del Timeo con el Moisés del Génesis.

Criatura de Platón léxicamente anticipada por Heráclito, la filosofía es una forma muy extraña de escritura. Que prima la forma interrogativa sobre la narrativa, el problema sobre la solución, lo paradójico sobre lo didáctico. Y que sólo puede producirse allá donde ninguna voz de dios posee autoridad definitiva. En las asambleas homéricas, Zeus es, sí, el más fuerte, pero Atenea no se equivoca al recordárselo: ni siquiera él puede fijar criterio por encima del destino y de los demás dioses. No hay escritura, pues, que pueda ser transmitida con autoridad final y repetida luego. La escritura es la interminable paradoja del lenguaje que interroga al lenguaje. Tratar a la Escritura Sagrada, sobre la cual se fundan los tres monoteísmos del Libro, como el bello entretenimiento que el Fedro de Platón dice ser la esencia de lo escrito, resultaría para el creyente odioso. La paradoja que busca aunar ambas visiones de lo escrito, define la tensión del pensar occidental desde hace veinte siglos. A Filón debemos el arranque de toda esa paradoja y belleza: un Moisés platónico. Trotta acaba de acometer la edición de sus obras completas en castellano. Y ése sí es un milagro del cual vale la pena levantar acta.

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El desencanto (Memorias de un progre británico... - Felipe Gímenez Pérez - Catoblepas)



Es aleccionador y esclarecedor para la comprensión de nuestra época el leer las memorias de individuos miembros de sociedades políticas en las que aparece y se manifiesta el tema de la conversión a una nueva ideología política después de haber profesado previamente otra opuesta o también el tema del desengaño o decepción política. Instalado que está uno en una doctrina política o concepción del mundo, el devenir de los acontecimientos vitales, personales, individuales o públicos y nacionales determina un progresivo deterioro de las coordenadas o parámetros valorativos desde los que se evalúa la realidad política, conduciendo, finalmente, al abandono de la posición política propia que se tenía inicialmente y a la adopción de otra nueva ideología política o concepción del mundo. Es la conversión. Se abandona la ideología que se profesaba por sus insuficiencias y contradicciones internas y se adopta una nueva.

En el siglo XX, siglo ideológico por excelencia, los cambios ideológicos de los individuos han sido frecuentes en Occidente. Normalmente los cambios son desde el socialismo, comunismo, anarquismo hacia el fascismo, conservadurismo o liberalismo. El camino opuesto es difícil y se da poco estadísticamente hablando. Mayoritariamente se va de izquierda a derecha y casi nunca de derecha a izquierda. Esto nos indica de alguna manera que tal movimiento y en ese sentido precisamente indica el movimiento de la sensatez y del buen sentido. Se comienza siendo un ingenuo o ignorante idealista y sentimental y romántico y la ilustración determina el decantamiento por las opciones sensatas y razonables, realistas. Es un movimiento tan frecuente, que nos dice mucho a favor de ser liberal, conservador y de orden como alternativa política realista y adaptada al capitalismo de mercado pletórico de bienes de las sociedades políticas democráticas occidentales, ya sean éstas parlamentarias o presidencialistas. Como decía Willy Brandt, «Quien de joven no es comunista, es que no tiene corazón. Quien de viejo es comunista, es que no tiene cabeza

En El desencanto de Andrew Anthony, un ex progresista británico nos cuenta su proceso de cambio ideológico en dirección al liberalismo conservador y de orden a raíz de un acontecimiento decisivo: los ataques aéreos suicidas musulmanes contra las Torres Gemelas de Nueva York el día 11 de septiembre de 2001. Andrew Anthony descubre aquí el verdadero rostro humano de los progresistas o revolucionarios: Son antinorteamericanos y proislámicos. El odio irracional hacia los EE.UU. por parte de los progresistas y de los reaccionarios de todo tipo suscita la curiosidad. Cuando tienen lugar los ataques del 11 de septiembre de 2001, la prensa izquierdista-progresista, socialdemócrata sostiene que los EE.UU. son los culpables de lo que les ha pasado. La gran mayoría de las opiniones publicadas son antinorteamericanas. Andrew Anthony contempló cómo se le derrumbaban sus ídolos uno tras otro: el antiamericanismo, el odio a Israel, el relativismo moral y cultural y los tópicos ideológicos progresistas que desembocan en un lenguaje políticamente correcto. «Yo no podía cuestionar estas verdades adquiridas sin poner en cuestión mi propia identidad. Y me sentía demasiado cómodo viéndome a mí mismo como un hombre de bien, alguien que piensa lo que hay que pensar, como para arriesgarme a desbaratar esa imagen» (pág. 33). Estos cambios algunas veces pueden resultar traumáticos desde el punto de vista de la psicología y de la psiquiatría. Es incómodo reconocer que se ha metido la pata, que se ha equivocado uno radicalmente, que se ha vivido engañado, en el error. «En cierto sentido, el 11 de septiembre fue el último asalto, una afirmación mortífera de una nueva realidad, o más bien una realidad que ya existía pero que preferíamos no ver. Durante muchos años yo había absorbido una noción del progresismo que era pasiva, derrotista, impregnada de culpa. Los sentimientos de culpa dominaban mi visión del mundo: culpa por el pasado colonial, culpa por ser blanco, culpa por ser de clase media, culpa por ser británico» (pág. 33).

Cuando se es progresista, uno se ve obligado a reinterpretar la realidad desde la Weltanschauung progresista y si los hechos no se ajustan a tales interpretaciones, pues peor para los hechos. Cuando los hechos desmienten las valoraciones progresistas, se vive en un estado de autorrepresión permanente, autocensura para evitarse uno a sí mismo el mirar a la verdad cara a cara y sin máscaras. Es una situación neurótica o paranoica desde un punto de vista psicológico la que vive el individuo poseído por el progresismo. Se vive en una negación consciente o inconsciente de los hechos. El progresista vive intentando imponer a la realidad su concepción del mundo y autoengañándose al respecto y diciéndose a sí mismo que todo está bien y es correcto. Finalmente, el progre se calla y guarda silencio para evitar la contradicción. Se forma una capa coriácea, una coraza para aislarse de evidencias desagradables. La ideología constituye la subjetividad del individuo. «Para muchos de los que gustan de considerarse amplios de miras, la visión progresista de izquierdas se ha convertido casi en una segunda naturaleza. Más reflexiva que reflectante, es una actitud que ha logrado sofocar el debate entre la gente de izquierdas. Y es más, como esa actitud es nebulosa, ya que para la mayoría no va ligada a ninguna doctrina concreta, es elástica y adaptable. Precisamente porque tiene ese pequeño margen de maniobra, el pensamiento liberal de izquierdas ha sobrevivido a los estragos del comunismo, al hundimiento del comunismo y al triunfo de la economía de mercado sin tener que revisar seriamente sus presupuestos» (pág. 35). Andrew Anthony sin embargo se autodescribe como un liberal de izquierdas, a pesar de que ya ha cruzado el rubicón de una posición antiprogresista. Andrew Anthony se siente culpable de izquierdas. Los izquierdistas se sienten culpables. Tienen que sentirse culpables. «Es tan esencial para la sensibilidad progresista occidental que, en nuestros países, ser de izquierdas y no sentirse culpable es un oxímoron, como ser filántropo y no tener dinero o ejercer de puta y ser casta» (pág. 36). En el fondo, ser de izquierdas es sentirse culpable o, como diría Nietzsche, ser un resentido.

Un varón blanco, británico, debe sentirse culpable por ser un privilegiado explotador y gozar de ventajas inmerecidas. Sin embargo, Andrew Anthony era un blanco británico de origen humilde, así que no gozaba de tales ventajas que hacían que se sintiera culpable como todo buen progre.

Empezó a estudiar en el Instituto en 1973. Es la época de la moda consistente en adoctrinar a la gente en la enseñanza, época, no se olvide, en la que aún vivimos. No se trata de corregir la ortografía, sino las injusticias sociales. De ahí viene la estúpida expresión «Enseñanza compensatoria» consistente en que se consuela al alumno respecto de su situación social con la enseñanza. No te podemos hacer rico, pero mira, te vamos a compensar con un cursillo adecuado. Esta moda progre sigue existiendo en España dominando la enseñanza. Como bien dice Andrew Anthony, la enseñanza secundaria, era una especie de enseñanza rebajada para las clases subalternas. Esto se puede predicar exactamente también de la enseñanza secundaria realmente existente en la España de hoy. En el instituto no se cultivaba la excelencia ni la competitividad. Lo único que se podía hacer en el instituto era pegarse. Violencia entre los alumnos y violencia contra los profesores. Es la enseñanza progresista avanzada. «Se podría describir a la mayoría de los profesores como progres bienintencionados, aunque no particularmente trabajadores y manifiestamente poco dotados para la docencia» (pág. 48). Por lo demás, no se apreciaban en su ambiente social de clase obrera las palabras eruditas ni la elocuencia.

«A los quince años el orientador escolar me aconsejó que me hiciera carrocero en un taller local de reparación de coches. Esto no me facilitaba el acceso a una clase económica distinta» (pág. 53). Estaba clara la cosa para este hombre entonces. Era una disyuntiva clara: «Así pues, la bifurcación ante la cual me encontré a los quince o dieciséis años fue más una cuestión de perspectiva social que de movilidad social. La decisión era si mantenerme fiel a mi ambiente, encerrado en mí mismo, bibliofóbico, saturado de televisión, vagamente racista, sin ambiciones intelectuales, centrado en el pub y pasivamente resentido, o adoptar formas de relacionarme con el mundo más acordes con las de mis nuevos amigos pijos, que eran permisivos, abiertos, amantes de los libros, de las nuevas experiencias, fumadores de hierba, inquisitivos y antirracistas» (pág. 53).

Este hombre desdichado se hizo progresista. En su barrio nadie tenía la sensación de que debía pedir disculpas por ser blanco y británico. Ser negro era lo mejor. Ser blanco era ser frío, aburrido y seguro. Empezó pues, a ver a los negros como a víctimas. Comenzó a tener amigos burgueses blancos que admiraban a los negros como portadores de todos los valores positivos. Tuvo que empezar a trabajar en los almacenes Harrods y posteriormente, a los veinte años volvió a la escuela. Allí la prioridad era la ideología y lo último el trabajo. Vamos que ya estaba introducido en la política izquierdista, revolucionaria, progresista, sí, vamos todo ese mundillo de la extrema izquierda. Hacia finales de los años ochenta, Andrew Anthony advierte que las izquierdas, sobre todo la socialdemócrata, representada por el Partido Laborista, han perdido ya la fe en la clase obrera, que no existe, por lo demás y que admiten que la sociedad está fragmentada en grupos de intereses distintos y contradictorios entre sí.

A mediados de los años ochenta, Andrew Anthony se licencia en Historia y Ciencias Políticas y se marcha a Nicaragua a hacer turismo revolucionario. Todo se reducía a la consigna política nicaragüense «patria o muerte». Eso simplificaba las cosas. Así que decidió ir para luchar contra el imperialismo occidental y contra la injusticia.. En la brigada de trabajo británica había de todo tipo de individuos desde el punto de vista ideológico. «Uno de los principales blancos de nuestras críticas eran los miembros de la brigada que se habían erigido en policía cultural del imperialismo. Era la gente que constantemente advertía contra la influencia corruptora que el comportamiento de la brigada podía ejercer sobre la población local» (pág. 93). O bien se creía a los sandinistas o bien no se les creía. Se buscaba creer a los sandinistas por razones ideológicas y de partido. «En Recuerdos de la guerra civil Orwell escribió: «Pero lo que me impresionó y me ha impresionado siempre desde entonces, es que uno sólo se cree o duda de las atrocidades basándose en sus preferencias políticas. Todo el mundo se cree las atrocidades del enemigo y se niega a creer las del propio bando, sin molestarse siquiera en examinar las pruebas» (pág. 97).

Tras retornar a Gran Bretaña, Andrew Anthony llega a ser periodista. Es con los atentados del 11 de septiembre de 2001 cuando sus convicciones ideológicas progresistas se van derrumbando paulatinamente. Es éste un proceso largo, de conversión o de desprogramación. «El proceso de cambiar la propia mentalidad pocas veces es una conversión tan rápida como la de Damasco. Normalmente, hay demasiado orgullo intelectual y demasiada inversión social o profesional como para echar al cubo de la basura unas ideas que uno ha mantenido durante mucho tiempo. Incluso cuando ya no podemos persuadirnos a nosotros mismos de la validez de un argumento, muchas veces nos resistimos a abandonar una posición desacreditada porque hacerlo llevaría consigo desertar de nuestra tribu ideológica. Parece desleal, parece una traición a unas ideas compartidas» (pág. 152). Uno de estos tópicos ideológicos de los progresistas era la tesis del multiculturalismo. El multiculturalismo sostiene que en la sociedad multicultural no hay una cultura dominante, sino una multiplicidad de culturas yuxtapuestas y cerradas entre sí como esencias megáricas con sus propias costumbres, moral, y leyes incluso. «La idea de que en el toma y daca del intercambio cultural los recién llegados estaban obligados a tener en cuenta las costumbres y valores locales se tachaba casi de racismo soez» (pág. 155). El caso de Salman Rushdie es un caso terrible que indica en qué consiste el Islam y sus consecuencias prácticas. «Sí. Un ciudadano británico estaba amenazado de muerte en su país, obligado a vivir las veinticuatro horas del día bajo protección policial, porque un líder religioso iraní –un hombre que había escrito sobre temas de tanta enjundia como en qué condiciones estaba permitido practicar el sexo con una cabra– había declarado que el novelista tenía que morir por haber descrito en su novela una determinada secuencia de un sueño ficticio» (pág. 160).

Otro tópico del progresismo es el asunto del racismo. «La raza es el fantasma de la máquina social. Todo el mundo sabe que está ahí, pero nadie, a pesar de los denodados esfuerzos es capaz de atraparlo, y menos aún de «tratar» con él» (págs. 177-178). Los progresistas creen que la raza es un invento ideológico. Los progresistas no reconocen diferencias objetivas entre los diversos individuos humanos. En las escuelas ha habido iniciativas antirracistas y difusión y propaganda de la conciencia de la diversidad. Sin embargo, «pese a la aparente disminución del racismo, los chicos afrocaribeños obtienen resultados notablemente peores, sobre todo si se les compara con el rendimiento académico de los chicos de otros grupos étnicos, como los indios y los chinos» (pág. 181).

Según los progresistas, la explicación es muy sencilla: el racismo no ha disminuido. Existe y es más sutil e igualmente a nivel institucional es igual de pernicioso que el racismo explícito que existía antes. Apelar al racismo para explicar estas diferencias es simplón y zafio. Los antirracistas siguen insistiendo y actualizan la definición de racismo. Ya no se trata de la discriminación, puesto que ya es inexistente. Ahora el racismo es tratar a todo el mundo igual. Lo racista es no discriminar. Se introduce así la discriminación positiva, como si la discriminación fuese alguna vez positiva.

El tema de la delincuencia y de la violencia ha contribuido también a despertar de su sueño dogmático a Andrew Anthony. Los progresistas dicen que el delincuente es bueno, es un buen salvaje. La causa de su actitud delincuencial es social, económica, política. El delincuente no es la causa de la delincuencia. Es inocente. Los hechos sin embargo contribuyen más bien a derrumbar su tesis. «Desde principios de los ochenta había habido un debate acalorado entre los criminólogos sobre la eficacia de la teoría llamada del 'cristal roto'». George Kelling y James Wilson, dos criminólogos americanos, fueron quienes popularizaron la idea. Aducían que los barrios que parecen descuidados o abandonados son más fácilmente objetos de delitos. Según Kelling, los delincuentes «se envalentonan por la falta de control social. Por eso se aconseja a la policía que actúe contra las conductas antisociales – grafitis, coches abandonados, los famosos cristales rotos – en un esfuerzo por prevenir la escalada hacia delitos mayores» (pág. 219). Este enfoque se consideraba conservador pero su adopción por varias ciudades de los EEUU tuvo un gran éxito. Esto a escandalizado mucho a los criminólogos progresistas. El problema es que los progresistas en el tema de la delincuencia están más con el delincuente y el delito que con la víctima del delito. No tienen nada que ofrecernos a los individuos de clase media frente al delito. La mayoría de las víctimas de los delincuentes por lo demás, son pobres. El progresista se cruzará de brazos y aceptará la fatalidad del delito. No será partidario jamás de tomar medidas duras, ni de la tolerancia cero frente al delito y los actos antisociales.

El Islam es la única religión de la Tierra que preconiza el Yihad o guerra santa, esto es, la conquista del mundo para conseguir que todos los hombres se hagan musulmanes. En Gran Bretaña, la tolerancia religiosa hacia el Islam se ha convertido en fomento del Islam. El Estado británico subvenciona escuelas islámicas. Como Gran Bretaña tiene más de cinco millones de musulmanes, conviene observar lo que ha pasado y pasa allí para ver si podemos aprender algo de ellos. Se denomina islamofobia por parte de los islamistas a todo aquello que no es favorable al Islam. Cuando no se siguen las consignas proislámicas, entonces se es islamófobo, igual que cuando en España no se siguen las consignas de los movimientos progresistas homosexuales, se es tildado de homófobo. Las izquierdas han caído en la estupidez del relativismo moral, político y cultural. Las derechas ahora resulta que defienden lo que antes defendían las izquierdas. «Hoy en día, por ejemplo, las ideas de la Ilustración sobre el sufragio universal y la igualdad ante la ley son vistas cada vez más por los progresistas como una forma de absolutismo secular. Al mismo tiempo, la izquierda y la derecha parecen haberse intercambiado los papeles. Defender los derechos de los homosexuales, la libertad de expresión y la igualdad de géneros parece ahora una posición de derechas, mientras que la izquierda defiende a los fanáticos religiosos, la censura y el separatismo cultural» (págs. 260-261).

Esta islamofilia del progresismo o socialfascismo desemboca en antisemitismo o judeofobia. «Cuando se trata de los asuntos de Oriente Próximo, lo típico es que solamente un terrible abuso cometido por el ejército israelí provoque la condena organizada de la progresía occidental» (págs. 262-263).

Los progres de la generación de 1968 han sido una catástrofe política y filosófica para Occidente. Nihilistas, pesimistas, irracionalistas, vitalistas. Antes, la Escuela de Francfort ya ejercitaba estos delirios ideológicos. En el caso de Michel Foucault, un nietzscheano, irracionalista y vitalista, saludó la revolución teocrática islámica iraní de 1979 como una espiritualidad política. «Foucault no fue el primer intelectual, ni será el último, en adornar con sus colores una utopía antiliberal» (pág. 274). Siempre ha habido tontos útiles o compañeros de viaje de la barbarie y de la irracionalidad. En el caso de Europa Occidental, los terroristas islamistas tienen como aliados objetivos a los progresistas y a los revolucionarios izquierdistas.

Ya que estos intelectuales progresistas aman tanto al Islam por eso de que aborrecen el capitalismo, Occidente y el cristianismo, convendría que supieran que «En el mundo árabe, el número de libros traducidos al árabe desde la segunda guerra mundial hasta 2002 es menor que los traducidos al español en un solo año» (pág. 286). Con los bárbaros «No hay apaciguamiento que pueda modificar sus creencias, y sus creencias son las que determinan sus acciones» (pág. 303).

Andrew Anthony decidió escribir el libro cuya recensión tiene el lector ante sí cuando los fanáticos musulmanes montaron en cólera cuando se publicaron las caricaturas de Mahoma en una revista danesa. Era la vuelta de la censura. Los progres se habían hecho reaccionarios. Preferían la censura islámica a la libertad de prensa. Preferían la Charia antes que las leyes liberales. La religión goza de más protección frente a los insultos que los grupos políticos laicos como comunistas, liberales, socialistas, fascistas... Nos olvidamos sin embargo del antisemitismo judeofóbico musulmán y árabe. Las viñetas antisemitas en el mundo árabe y en la prensa española son más zafias y de peor gusto que las viñetas de Mahoma y son viñetas dignas de la prensa nazi o de Julius Streicher. En fin, todos estos temas o tópicos progresistas y algunos más así como las vivencias personales del autor, terminaron por inclinarle a convertirse en un hombre cabal en política, esto es, en un liberal, conservador y de orden. Un nuevo testimonio autobiográfico en contra de la estupidez progresista.


Fuente: El Catoblepas (recomendable para quienes aún no lo conozcan)

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Wednesday, May 27, 2009

El Muro Occidental - Shólem Aléijem



- Hágame, por favor, el bien de contármelo todo detalladamente. ¿De modo que usted ha visto con sus propios ojos el Muro Occidental? ¿De manera que lo vio? ¿Y lo ha examinado bien? Cuénteme entonces, ¿cómo, dónde, cuándo?...

Así le hablaba mi maestro a un judío que acababa de llegar de Palestina, ¡de Jerusalém!

- Dígame, pues, por favor; píntemelo exactamente, cómo, dónde, cuándo..

Y el judío de Jerusalém se lo describió exactamente: cómo, dónde y cuándo. Y mi maestro aspiraba las palabras, se admiraba, se crecía de entusiasmo como quien recibe de un país lejano noticias de un íntimo amigo suyo.

Tanta atención prestó el maestro al judío de Jerusalém que no se dio cuenta de cómo nosotros, los muchachos de la clase, nos deslizamos uno tras otro fuera del aula y nos fuimos a patinar sobre el hielo.

Cuando volvimos al heder, aún estaba hablando.

- ¡El Muro! - decía el maestro al judío de Jerusalém - ¡El Muro Occidental! He ahí todo lo que nos ha quedado de nuestro Templo, de todo nuestro reino. ¡El Muro Occidental, el Muro Occidental!

Y el maestro se echó a llorar.

Fuente: "Cuentos de Aldea" - Sefarad Editores

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Saturday, November 29, 2008

Los hundidos de Daniel Mendelsohn - Juan Antonio González Fuentes



Existen muchas clases y tipos de libros. Hay libros prescindibles, magníficos, obras maestras…, libros olvidables, olvidados, de interés momentáneo o coyuntural, libros intemporales, recomendables, secretos, vendibles, invendibles, arriesgados, cómodos, sofisticados, amenos, aburridos, etc, etc… Y hay libros cuyo lectura y conocimiento debería ser obligatoria para todo ser humano, es más, considero desde la exageración literaria que debería examinarse a todo el mundo del contenido y sensaciones producidas por dichos libros en su mente y en su espíritu, si es que hablamos de algo distinto.

Libros así no son muy abundantes, y quizá es muy posible incluso que tal hecho sea a largo plazo beneficioso para nuestra salud humana, al no exponerla a resentirse con gravedad de un exceso de emociones e ideas complejas.

El último de los libros de lectura obligada con los que me he topado es el que aquí quiero reseñar. ¿Su título? Los hundidos. ¿Su autor? Ninguno de renombre, el norteamericano Daniel Mendelsohn. ¿Su género? Difícil de encasillar: tiene algo de ensayo, unas gotas de autobiografía, otras de novela negra, otras de historia, otras de libro de viajes, unas cuantas más de saga familiar, unos gramos de narrativa de terror, una pizca de memorias, una porción de memorias…, todo mezclado a mano y servido después de pasar por el horno de la maestría, la pasión y la sinceridad histórica y literaria, si es que esta última frase significa algo concreto y coherente, que lo dudo. ¿La editorial en español? La barcelonesa Destino (2007).

Quien hasta aquí haya llegado en la lectura de esta página puede hacer el siguiente resumen o comentario: el reseñista González Fuentes recomienda la lectura del libro Los hundidos de Daniel Mendelsohn como obligatoria, y habrá que entender en consecuencia que el libro es muy bueno, aunque aún no sabemos por qué. Pero el reseñista González Fuentes, acto seguido, no sabe decirnos ni siquiera a qué género pertenece el libro, y nos deja así desnudos y sumergidos en una piscina sucia de confusión. Bien, intentaré ahora sacar de la piscina a los lectores, y lo haré contando que cuenta el libro, valga la redundancia. No, no desvelaré nada sustancial, entre otras cosas porque el interés de la historia que se nos cuenta no reside en su desenlace, que sabemos de antemano desde casi las primeras páginas, sino en los detectivescos e intrincados meandros por los que discurren las aguas de la narración.

Daniel Mendelsohn, el autor, judío neoyorkino del año 1960, estudió Filología Clásica en las universidades de Virginia y Princeton. Después de doctorarse comenzó su carrera profesional en la docencia y el periodismo, escribiendo y publicando artículos, ensayos, críticas y traducciones en prestigiosas revistas y publicaciones norteamericanas. Dicha labor le granjeó algunos premios prestigiosos en su país, como el Nacional Book Critics Circle Award. En 1999 publicó su primer libro, The Elusive Embrace, que fue considerado el mejor del año por Los Angeles Time.

Pues bien, desde niño, este judío nada ortodoxo y más bien ajeno a casi todo lo relacionado con la religión de sus ascedientes próximos y lejanos, notaba que la gente mayor de su entorno familiar se apenaba en cuanto él entraba en una habitación por ellos ocupada y les oía balbucir en voz no muy alta, “¡cómo se parece al pobre Shmiel!”. Naturalmente intrigado y confuso por tales reacciones, cuando fue haciéndose mayor y un poco más consciente, empezó a preguntar por el tal Shimel al que tanto se parecía, encontrado a su alrededor silencio, dolor, medias palabras, resignación, rabia, confusión, recuerdos, vaguedades, y muy poca información concluyente al respecto.

Fue su abuelo materno quien acabó transmitiéndole poco a poco, mediante pequeñas dosis, toda la información guardaba por la familia con respecto a su propio hermano, Shimel Jäger. La información referida estaba basada en documentos (cartas, principalmente), fotografías y los recuerdos de la memoria familiar expresados de forma verbal. En resumidas cuentas, la familia Jäger provenía de un lugar remoto enclavado en ese territorio casi mítico que un día formó parte del imperio austrohúngaro, ese imperio que desbarató por completo la I Guerra Mundial. Concretamente provenía de una pequeña ciudad o pueblo llamado Bolechow, muy cercano a la ciudad de Low o Lvov (hoy Ucrania), un lugar que a lo largo de las décadas del siglo XX fue Austrohungría, Polonia, Alemania, URSS y Ucrania sucesivamente.

La familia Jäger llevaba afincada en Bolechow desde aproximadamente unos doscientos años antes del nacimiento del abuelo de Daniel, y casi siempre relacionada con los negocios de transporte y carnicería. En un momento dado, tras la primera gran guerra del siglo XX, buena parte de los nuevos Jäger de Bolechow emigraron a los EE.UU, pero por pequeñas disputas de orden doméstico, de las que todos sabemos tanto y podríamos aportar experiencias personales, uno de los hermanos Jäger, Shimel, decidió regresar a Bolechow para rehacer su vida. Y no le fue nada mal durante un tiempo, retomando los viejos negocios familiares y convirtiéndose en uno de los hombres judíos importantes del lugar, un lugar en el que convivían en aparente armonía judíos, polacos y ucranianos. Shimel Jäger se casó y tuvo cuatro hijas que, como en los cuentos de hadas, eran muy hermosas. Fueron aquellos años intensos de trabajo y de bienestar para todos los miembros de la dividida geográficamente hablando familia Jäger, pues las relaciones entre los hermanos se restablecieron y fueron continuas a lo largo de los años posteriores

Pero como quizá muchos de ustedes ya hayan comprendido, un fatal acontecimiento arraigado en la más negra historia del siglo XX vino a trastocar la existencia entera de Europa, llegando hasta sus últimos rincones, incluyendo el pequeño Bolechow. Me refiero a la llegada al poder en Alemania de los nazis hitlerianos y el estallido de la II Guerra Mundial. Todos sabemos algo de la política antisemita de Hitler y sus gobiernos, un poder empeñado en borrar de la faz de la tierra a los judíos, y cuyas acciones en este sentido llevaron a la creación de los campos de concentración, las cámaras de gas, la deportación masiva, los fusilamientos, las torturas, el exilio…, en definitiva, al exterminio sistemático y sistematizado de aproximadamente seis millones de judíos europeos, en lo que sin duda ha sido el punto más bajo moral y ético al que ha llegado a caer hasta la fecha el género humano, su ejemplo supremo de barbarie colectiva y planificada.

La ola de terror llegó hasta Bolechow y se llevó por delante a todos los Jäger allí presentes, al tío abuelo Shimel, su mujer y sus cuatro hijas, es decir, a los seis Jäger que sucumbieron formando parte de los ya mencionados seis millones. En Bolechow, sin ir más lejos, en 1940 había unos seis mil judíos viviendo y trabajando, y en 1944, cuando llegaron al lugar las tropas soviéticas y marcharon los alemanes, sólo quedaban vivos 48, es decir, que en Bolechow el 99’2 % de los judíos fue masacrado.

Llegado a este punto de información sobre sus asesinados, lejanos y míticos parientes de Bolechow, Daniel Mendelsohn se propuso dedicar parte de su vida a conocer todos los datos posibles sobre sus familiares, es decir, no sólo cómo, cuándo y dónde murieron con la mayor exactitud posible, sino también cómo eran, cómo era su vida, a quiénes conocieron y trataron, cómo eran recordados por los supervivientes de haberlos…, es decir, Daniel Mendelsohn se propuso recabar toda la información humanamente posible sobre la vida y la muerte de sus parientes de la lejanísima Bolechow.

Una vez extraídos todos los conocimientos disponibles a través de los canales habituales y oficiales (páginas electrónicas, archivos institucionales…), Mendelsohn dio comienzo una aventura de raíz detectivesca a la búsqueda del mayor número posible de supervivientes de aquel horror que hubieran vivido en Bolechow cuando el drama asesino se desató. Las pesquisas le llevaron a distintos puntos de EE.UU, Australia, Israel, Suecia, Dinamarca…, y a mantener entrevistas con unos pocos hombres y mujeres de más de ochenta años, de los que fue obteniendo datos, recuerdos, informaciones de todo tipo y calidad… Mendelsohn inquirió con delicada firmeza a la memoria de los supervivientes con el objeto de obtener el mayor número posible de piezas de un puzzle terrorífico y sobrecogedor. Mendelsohn viajó también, claro, hasta el mismo centro de la geografía de particular historia de terror y alienación bárbara, hasta Bolechow. Mendelsohn recorrió las calles que vieron por última vez a sus parientes y a los miles de judíos del lugar, que antaño fueron el escenario de la cotidianeidad afanosa de una parte de su familia durante más de doscientos años, y que acabaron convirtiéndose en el paisaje final de su destrucción, de su aniquilamiento.

No voy a desentrañar el puzzle escalofriante, terrorífico, pero a la vez emocionantemente humano que Daniel Mendelsohn logra armar sumando las piezas y piezas obtenidas de mil y un formas y lugares, de unas cuantas memorias ancianas y torturas por los recuerdos, por un pasado que no dejó de ser presente angustioso y terrible durante todos y cada uno de los días de su vida. Sólo diré que la historia construida por Daniel Mendelsohn es admirable y aleccionadora desde cualquier punto de vista a la que la sometamos. Es un ejemplo perfecto de las posibilidades y el tratamiento efectivo que ofrecen los métodos de la historia oral; es una apasionante libro de viajes por varios continentes; es un libro de Historia de Europa de los últimos cien años ameno e instructivo a partes iguales; es una visita iluminadora a un mundo y a unas formas de vida ya desaparecidas y a los vestigios que dejaron en memorias muy concretas de su existencia; es una historia real y familiar cargada de sentimientos y emociones; es una historia de detectives a la vieja usanza, en la que abundan las pistas y sus seguimientos, las preguntas y las respuestas, los ocultamientos que hay que desvelar, los silencios que hay que saber romper, las malas conciencias que hay que comprender; es una autobiografía reflejada en la vida de los que forman parte y paisaje del entorno más inmediato; es el relato de una tragedia particular y familiar que sirve como símbolo y ejemplo de millones de tragedias sobre las que nada o muy poco se sabrá, desde un punto de vista estrictamente humano y sentimental, no histórico o sociológico.

En definitiva, estamos ante una obra cumbre de la historia oral universal, ante un libro que deberá ser citado sin excusa de ahora en adelante en todos los estudios y trabajos que aborden el tema del holocausto judío dentro del marco de la II Guerra Mundial y el nazismo. Pero además de todo esto, que no es desde luego poco, estamos ante unas páginas estremecedoramente conmovedoras, ante una gran historia en el sentido más amplio del término, ante una novela extraordinaria cuyo rasgo más extraordinario quizá ni siquiera sea que trata de acontecimientos reales, sino que quien la ha construido ha dejado en ella, en la historia que cuenta, muy probablemente lo mejor y más íntimo de su existencia.

Una obra maestra, unas páginas absoluta y decididamente imprescindibles desde todo punto de vista.

(Este artículo proviene de la página web Ojos de papel)

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Sunday, October 26, 2008

¿El antisemitismo puede ser honorable? Una biografía de Edouard Drumont - Luc Rosenzweig - Causeur



De Georges Bernanos, antisemita católico arrepentido, se recuerda esta frase: "Hitler ha deshonrado al antisemitismo", por lo cual rompió, durante la Segunda Guerra Mundial, con sus amigos de la Action Française sumidos en la colaboración. Así tomaba distancias elegantemente de sus maestros, Charles Maurras y Edouard Drumont, sin al mismo tiempo renegar de su herencia. Si no hubiera sido por Hitler y Auschwitz, la judeofobia tal como se practicaba en Francia bajo la III República habría, si hace caso a Bernanos, merecido una posteridad menos sulfurosa que los Faurisson y los demás Dieudonné. Es despachar la cuestión un tanto rápidamente ...

Un historiador de la nueva ola, Gregory Kauffmann, nos invita efectivamente a una visita guiada a través de los rincones y grietas de la vida y del trabajo del papa del antisemitismo en Francia, Edouard Drumont (1844-1917). Esta biografía sin empatía, ni antipatía manifiesta, pero que evita la frialdad entomológica de una mera acumulación de hechos por su deseo de revivir una época ya olvidada, hace justicia de esa pretendida "honorabilidad" de la que acreditan los mentores de Bernanos. El ascenso social meteórico de Edouard Drumont, ese chupatintas famélico que nunca se recuperó lo bastante de la caída en la locura de su padre Adolphe y de la ruina de su familia, es consecuencia del inmenso éxito que cosechó en 1886 su panfleto "La Francia judía". Inicialmente, sus editores Flammarion y Marpon creían tan poco en él que no aceptaron publicarlo más que a cuenta del autor y por el patrocinio acordado al libro por Alphonse Daudet. ¿Cómo un panfleto de 200 páginas, de estilo a veces pomposo y otras menestoroso, se convirtió en pocos meses en un best seller que dio fortuna y notoriedad a su autor? !! En dos años, desde su publicación en 1888, se le reeditó ciento cuarenta veces !! ¿Cómo explicar este entusiasmo?

Hubo, por supuesto, duelos mediatizados que le opusieron, en las praderas, a algunos de los que había insultado, como Arthur Meyer, director de Le Gaulois - siempre se gana cuando uno se bate en duelo contra alguien más popular y conocido - . Pero la clave de su éxito está en otro lado: a diferencia de Maurras, que odiaba al judío en "razón" de su supuesta influencia sobre "la pordiosera" (la III República), Drumont "ilumina" la historia del mundo, sus entresijos, explicando todas las desgracias de Francia por la nocividad intrínseca de los israelitas. Después de la guerra de 1870, la "germanidad" de los judíos ashkenazis que huyeron de Alsacia-Lorena conquistada por Prusia, para Drumont y sus seguidores, no era más que una muestra de su carácter boche camuflado, listos para formar una quinta columna el día que sonara la hora de la revancha. Si se añade a esto algunas pinceladas de antijudaísmo cristiano bastante arraigado en el bajo clero rural, un anticapitalismo limitado a los Rothschild, Pereire y Fould (cuyo pecado cápital era modernizar Francia), se obtiene un concentrado de pasión antijudía de una efectividad temible.

Entonces ¿dónde está ese "honor del antisemitismo francés" al cual Hitler habría destrozado la columna vertebral? ¿En las imprecaciones de un León Daudet, donde se ha creído discernir un estilo detrás de una prosa basura antidreyfusard? ¿En los chanchullos y estafas financieras, en los pequeños fraudes y en las grandes estafas que se urdían en los pasillos de la "La Libre parole", el periódico fundado por Drumont? Se descubre por ejemplo, leyendo a Gregoire Kauffmann, que el obispo de Laval fue obligado a pagar una suma de 5.000 francos de oro al diario para silenciar una campaña de calumnías lanzada en su contra por la "La Libre parole", sin ningún fundamento, pero abominablemente destructiva. Insultos, injurias, difamación chantajista - pero en cuanto al honor... Tal es el resto del mérito de esta biografía: ayer como hoy, "patriota" o "internacionalista", en Berlín como en Durban, el odio a los judíos siempre se alimenta del mismo delirio que apela sistemáticamente al asesinato. Honorable, para el cristiano como para el humanista, el nunca jamás podrá serlo.

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