Wednesday, May 18, 2011

Israel debe evitar repetir los errores palestinos - Gadi Taub - Ynet



Es increíble cómo las cosas han cambiado. Durante la lucha política por el establecimiento del Estado de Israel, la comunidad judía fue práctica, sofisticada y flexible. La parte palestina, por el contrario, boicoteó el proceso y dio la espalda a las instituciones internacionales que trabajaban en la cuestión de la partición. Los palestinos podrían haber recibido alrededor de la mitad del territorio de Eretz Israel y sin embargo, por su terquedad y su negativa absoluta a reconocer los derechos de la otra parte, eligió la guerra y perdió la oportunidad.

Sin embargo, ahora, cuando una especie de celebración de la decisión de partición de 1947 parece estar en el orden del día en forma de reconocimiento de un Estado palestino, nosotros nos estamos comportando como los palestinos en aquellos momentos, y al igual que ellos estamos dejando la iniciativa y la legitimidad internacional en manos de la otra parte.

El primer ministro de Israel está tratando de convencer al mundo con el argumento de que una declaración unilateral de un Estado palestino dañará al proceso de paz. Este argumento ya no impresiona a nadie, puesto que no hay proceso de paz, y como resulta evidente para todo el mundo Netanyahu no tiene la intención de presentar a los palestinos una propuesta realista.

Sin embargo, los palestinos se han dado cuenta de que no es necesario el reconocimiento de Netanyahu. Ellos entienden, al igual que Herzl mucho antes que ellos, y después la mayoría de los líderes sionistas con él, que la clave para establecer un estado es un amplio reconocimiento internacional. Esto es lo que hicimos nosotros y el reconocimiento internacional se logró en última instancia a través de la Resolución de partición. La aceptamos y conseguimos un estado. Ellos se negaron y no obtuvieron (mediante la violencia y la guerra) un estado.

Ahora parece que las cosas funcionan al revés. Al igual que los dirigentes palestinos en el momento en que se estableció el Estado de Israel, nos aferramos al rechazo y a perder cualquier ventaja que podríamos haber extraído de este cambio. Shaul Mofaz tiene razón cuando insta a Israel a reconocer también al Estado palestino y aprovechar el movimiento con el fin de establecer las condiciones para este reconocimiento. En vez de dejar pasar el tren y quedarnos atrás, tenemos que abordarlo y codirigir su ruta.

El rechazo de Israel nos roba cualquier capacidad de ejercer tal influencia. Si mantenemos nuestro disgusto y nos quedamos al margen, la decisión podrá adoptar las fronteras de 1967 tal como está y evitar la posibilidad de compensaciones territoriales en torno a los bloques de asentamientos. Además, podrá ignorar las medidas de seguridad necesarias para Israel y dejar la demanda del retorno de los refugiados (a la que los palestinos se refieren como su "derecho de retorno") abierta.

A fin de evitar todo esto, Israel debe recordar lo que sus líderes entendieron en el pasado y lo que los actuales palestinos parecen haberse percatado: lo importante aquí no es lo que el otro lado dice, sino más bien el teatro internacional en su conjunto. Al igual que a los palestinos no les preocupa en este momento la actitud de Israel con respecto a esa medida, para Israel tampoco sería necesario obtener concesiones y compromisos del gobierno de Al Fatah y Hamas.

Creo que el error en la posición de Mofaz - que es mucho más sofisticada que la del gobierno de Israel - tiene que ver con la idea de que debemos reconocer la condición de Palestina siempre que los palestinos acepten nuestras demandas. Si esto fuera posible ya se podría haber conseguido un acuerdo con ellos. Sin embargo, y en ausencia de tal posibilidad, debemos influir en la decisión de la ONU y en las condiciones en que el mundo reconoce a Palestina.

El reconocimiento de Israel tendrá gran valor, porque permitirá suscitar el apoyo de los amigos de Israel a ese movimiento. Y si Israel y sus amigos dan su apoyo al mantenimiento de los intereses fundamentales de Israel, podemos conseguir lo que deseamos sin importar el punto de vista palestino.

No hemos recibido el reconocimiento de nuestra independencia y de nuestra existencia de los palestinos, sino más bien de la ONU, y ellos no van a conseguir la suya de nosotros, sino más bien del mundo. Unos 63 años más tarde, la manera de salvaguardar nuestros intereses también puede pasar a través de la comunidad internacional en lugar de unas negociaciones directas con los palestinos. Lo más sensato sería no repetir en el 2011 los errores de los palestinos en 1947.

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Thursday, April 28, 2011

Netanyahu, (siempre) llegas tarde – Gadi Taub – Ynet



(Gadi Taub es una de las personalidades de la izquierda israelí que aún se puede leer sin problemas, y eso se debe en buena medida a que no es ni post-nacional ni post-sionista, aunque eso no disminuya su crítica de la ocupación y de los asentamientos mesíanicos. Su defecto, muy posiblemente dado por su nula confianza en los palestinos, es ser posibilista y centrar sus críticas en las políticas israelíes. Si bien crítica de pasada, pero claramente, los objetivos y las políticas de los palestinos, siempre parece dar a entender que unas adecuadas políticas israelíes podrían superar ese lastre, pero a veces no es así o al menos no resulta tan fácil soslayar la influencia de ese lastre en las propias decisiones. Muchas de las estrategias israelíes, y todas las de la izquierda israelí y del llamado "campo de la paz", parecen no haber evaluado las posibles reacciones de los palestinos, y no digo ya sus verdaderos objetivos, nunca reconocidos por el "campo de la paz", como si fueran un obstáculo que no fueran capaces de afrontar, de ahí ese conveniente "olvido".

Hoy en día, aunque siempre haya que criticar las políticas equivocadas, nunca hay que dejar pasar de lado y avisar de los verdaderas objetivos de los "socios de la otra parte", si no desea correr el riesgo de centralizar y unificar la culpabilidad en la parte israelí, hecho a lo que ha contribuido la izquierda israelí con verdadero entusiasmo)



Podemos suponer que el nuevo globo conocido como el "segundo discurso de (la Universidad) Bar-Ilan" se llenará de aire caliente, al igual que el primero. Netanyahu sólo parece ser capaz de afrontar las batallas cuando está de retirada. Él sabe cómo reaccionar, pero no la forma de iniciar y proseguir con el contraataque.

De hecho, el primer discurso de Bar-Ilan llegó años tarde, y la secuela no se espera que sea diferente. Y así, vamos a ser arrastrados directamente, por la declaración de independencia palestina este próximo septiembre, hacia un "tsunami diplomático", como nuestro comentarista de asuntos de seguridad, Ehud Barak, nos advirtió. El mundo reconocerá al Estado palestino, y la ocupación israelí en Judea y Samaria será imposible.

A continuación, veremos el boicot y las sanciones que en última instancia nos obligarán a retirarnos de los territorios. Sin embargo, eso sólo ocurrirá al final del día, después de perder todas las posibles ganancias diplomáticas que podríamos haber obtenido en el camino.

Si en vez de un equipo de gobierno dedicado constantemente a preparar las respuestas, hubiéramos tenido un auténtico liderazgo político en Jerusalén, que habría reconocido la oportunidad que se presentaba para dividir el territorio - buscando el interés israelí obviamente -, y a pesar del rechazo palestino de la paz, habríamos restaurado el prestigio de nuestro estado y mejorado nuestra posición diplomática.

Si hubiésemos tenido un verdadero liderazgo político, tendríamos preparada una ofensiva diplomática en estos momentos, y no una especie de bunker donde ocultarnos y parapetarnos.

Por ejemplo, nos habríamos arremangando y dejado en claro que tratábamos de garantizar la existencia de una futura Palestina dentro de las fronteras de 1967, con las convenientes modificaciones territoriales a través de intercambios de territorios. Después de todo, algunos elementos del lado palestino tratan de dejar la cuestión de las fronteras abierta, y ven la declaración de su estatalidad como un paso adicional en el camino hacia la eliminación de Israel.

Israel debe garantizar que las fronteras sean reconocidas internacionalmente, ya que en última instancia nos garantizan la existencia de un estado judío democrático dentro de la Línea Verde para las generaciones venideras.

Israel podría haber tomado la iniciativa, trabajando para eliminar de la agenda internacional la demanda palestina conocida como el "derecho de retorno" (en particular, el derecho internacional no ofrece ningún derecho al retorno de los refugiados). La exigencia de un "retorno de los refugiados" es otro elemento en el discurso palestino que socava el principio de partición del territorio, y en realidad aspira a una mayoría palestina en ambos lados de la frontera.

A diferencia de lo expuesto por la propaganda propiciada con ocasión de los documentos palestinos filtrados a través de WikiLeaks, en ningún momento los dirigentes palestinos han renunciado a la exigencia de un retorno de los refugiados a Israel. En ese momento, podríamos haber aprovechado la oportunidad para utilizar esa exigencia - contradictoria con el supuesto deseo de paz y de convivencia, y con una solución territorial de dos Estados - y desactivarla. También podríamos haber obtenido las necesarias medidas de seguridad con las suficientes garantías internacionales.

Podríamos haber hecho todo eso si no nos hubiéramos limitado a reaccionar pavlovianamente ante los movimientos palestinos, y podríamos haber condicionar nuestro reconocimiento de Palestina y nuestra cooperación con el nuevo Estado cuando se garantizaran en la práctica los intereses básicos de Israel.

Sin embargo, en vez de hacer todo eso, Netanyahu - siempre el hombre de ayer - continúa hablando sobre el reconocimiento palestino de un estado judío como una condición previa para cualquier salida de Israel del bunker de la negativa.

En sí, dicha demanda de reconocimiento está justificada, al igual que está justificada la exigencia de que Israel reconozca al estado que se cree a su lado como el Estado-nación del pueblo palestino. Esto significaría que Israel no tratará de crear una mayoría judía a través de las actividades de asentamiento, al igual que la demanda de Netanyahu quiere decir que los palestinos deberán renunciar a la exigencia de un retorno de los refugiados.

Sin embargo, Netanyahu, quien pronunció el primer discurso de Bar-Ilan dos décadas más tarde de lo necesario, está a punto de pronunciar su segundo discurso de Bar-Ilan una década más tarde. Su demanda pudo haber tenido un verdadero sentido al final de la era de Oslo, cuando un acuerdo de paz aún estaba en el orden del día. Sin embargo, ahora mismo lo que tenemos en dicho orden del día es una partición territorial sin paz, y las condiciones que se presenten para un acuerdo de paz son irrelevantes.

En esas circunstancias, Israel debería exigir las cosas que quiere a la propia comunidad internacional, no a los palestinos. En última instancia, la posición de Netanyahu nos va a llevar a una declaración de independencia palestina mientras tratamos de ofrecérsela a gritos santurronamente, precisamente cuando carecemos de cualquier activo diplomático.

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Saturday, February 26, 2011

Los extremos opuestos se atraen - Gadi Taub - TNR


Oración de la mañana (No querer ver la realidad también es un defecto para cierta derecha israelí)

(Sin duda, uno de los más válidos y mejores representantes de la izquierda israelí, así que dejen a los Avnery donde les corresponde)

Es un viejo adagio que los extremos políticos opuestos suelen acabar convergiendo. Pero cuando esto sucede realmente, aún sigue sorprendiendo. Y en el último año, en Israel ha habido algo de ello: los halcones de la extrema derecha y los antisionistas de la extrema izquierda parecen haber llegado al mismo plan más o menos para poner fin al conflicto palestino-israelí.

Este sorprendente cambio llegó desde la posiciones de la exctrema derecha, que hasta ahora habían propuesto una vaga visión de como sería su interpretación del futuro. Lo que pretendía la izquierda moderada estaba bastante claro desde hace muchos años: una solución de dos estados. Lo que deseaba la extrema izquierda antisionista también era muy evidente: aceptar la narrativa árabe, la cual ya estaba en funcionamiento desde que la idea de la partición se puso por primera vez sobre la mesa, allá por la década de 1930, un estado democrático de toda Palestina. En la década de 1930 y 1940 los palestinos estaban a favor de esta solución ya que constituían la gran mayoría de la población. Los palestinos que aún hoy en día favorecen esta solución lo hacen porque suponen - con razón - que con el tiempo constituirán de nuevo la mayoría de la población. La izquierda antisionista acepta y adopta esta posición.

Pero, ¿dónde se sitúa exactamente el final del juego para la derecha? La derecha fue explícita acerca de lo que no quería - la partición -, pero no sobre lo que quería. Con su apoyo a la construcción de los asentamientos trataba de bloquear el camino a una partición, pero también se negaba a anexionar los territorios. La anexión significaría ampliar el marco constitucional de Israel a los territorios, lo que implicaría la concesión a su población árabe de los mismos derechos políticos del que disfrutan sus hermanos en Israel, y por lo tanto se correría el riesgo de perder la mayoría judía. Y sin una clara mayoría judía, la idea misma de un Estado judío y democrático no tendría sentido.

Algunos dentro de la derecha radical, sobre todo entre los colonos religiosos, se contentaban con dejar caer el término democrático en la idea de un Estado judío y democrático. En la práctica eso significaría extender la estructura legal de la ocupación a Israel propiamente dicho, y no al revés. El Estado legalizaría entonces una especie de apartheid oficial. Pero para la gran mayoría de la derecha israelí, esto nunca fue una opción, tanto por razones éticas como prácticas. El Likud ha estado y sigue estando anclado en una visión del mundo democrática, y la mayoría de sus líderes políticos saben muy bien que Israel no podría sobrevivir si pierde su legitimidad moral en Occidente. Así que la derecha se quedó con su visión que negaba la partición, pero sin ningún tipo de visión sobre una alternativa viable.

Todo este proceso llevó finalmente a Benjamin Netanyahu a declarar formalmente su apoyo a una solución de dos estados, aunque su declaración parece haberse quedado corta a la hora de una honestidad total. Parece evidente por ahora que bajo el pretexto de esa postura oficial, está haciendo todo lo posible para impedir que se materialice.

Sin embargo, y sorprendentemente, algunos políticos de su espectro político han llegado a la conclusión de que ya no pueden contentarse con la negativa a la partición, y han comenzado a ofrecer su punto de vista de una solución. La joven parlamentaria religiosa del Likud, Tzipi Hotovely, el miembro de la vieja guardia del Likud y actual presidente de la Knesset, Reuven (Rubí) Rivlin, y el ex ministro de Defensa Moshe Arens, junto con el líder de los colonos y el ex asesor de Netanyahu Uri Elitzur, han apoyado públicamente la anexión. La novedad es que también reconocen que esto supondría la concesión a los residentes árabes de los territorios de la plena ciudadanía israelí. Así han recorrido un giro completo en su trayectoria al aceptar la visión del estado de la izquierda antisionista: una democracia única en toda la Palestina del Mandato Británico.

¿Y cómo pretenden conservar que el Estado siga siendo judío (el principal fundamento de su ideología)? Bueno, no está muy claro. Basándose en algunas de las más optimistas proyecciones y estadísticas demográficas - controvertidas como poco [N.P.: tanto como las constantes proyecciones pesimistas del otro espectro político, que por cierto se han revelado falsas históricamente] -, han calculado que los judíos aún representarían y conservarían más o menos el 60% de la población. Así que al menos sobre el papel, el sionismo estaría seguro, al menos en el corto plazo.

Esta nueva tendencia de la derecha debe ser elogiada por su desacostumbrada honestidad. Pero no desde luego por su realismo. Incluso si sus cálculos son correctos, una minoría de un 40% de árabes significaría de hecho un inviable estado bi-nacional, y es ingenuo pensar que los palestinos vayan a renunciar a sus aspiraciones de una independencia nacional.

Así que tal vez debamos felicitar a estos pioneros de la derecha por otro aspecto: por exponer el hecho de que aferrarse a los territorios no significa una extensión del sionismo, sino que de hecho supone un debilitamiento del sionismo, ya que la ideología del Gran Israel no deja de ser un enemigo ideológico del sionismo, tal como lo es la izquierda antisionista. Así pues, los extremos políticos opuestos convergen de hecho, aún cuando no sea esa su intención.

The New Republic

Si desean conocer más sobre Gadi Taub, una entrevista que quizá les resulte interesante en Just Journalisme

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Sunday, October 31, 2010

Nuestra Esparta contemporánea - Gadi Taub -Ynet



(Este artículo tiene casi un año, pero su argumentación es aún muy interesante)

El debate sobre la congelación de la construcción de los asentamientos desvía nuestra atención de la siguiente pregunta: ¿Por qué, de hecho, alguien todavía considera que vale la pena para nosotros construir allí? La respuesta a esta pregunta tiene una historia compleja.

El argumento original de los colonos era mesiánico, como explícitamente lo declaraba el manifiesto fundacional del movimiento pro-asentamientos Gush Emunim. El rabino Zvi Yehuda Kook también enseñó a sus seguidores que la empresa de los asentamientos representaba una "política divina a la que no podría la política terrenal”. Como una vez afirmó Menachem Felix en el Tribunal Supremo, el argumento de la seguridad no representa un factor excluyente para los colonos. Para ellos, la empresa de asentamientos es una mitzvá.

Sin embargo, Israel no estaba convencido de ello. Es por eso que ese argumento mesiánico de salvación fue sustituido por lo que en principio no era más que un argumento de relaciones públicas y un medio para persuadir a los escépticos: el argumento de la seguridad.

Sin embargo, este argumento también sufrió cambios profundos. Mientras los escenarios apocalípticos que podía temer el IDF aún tenían que ver con masas de tanques iraquíes marchando en nuestra dirección a través de Jordania, el argumento de mantenerse en determinados territorios a fin de ayudar a frenar la invasión. Sin embargo, la Primera Guerra del Golfo puso este escenario fuera de la agenda y lo sustituyó por el de los misiles. Ya no quedó tan claro qué necesidad tenemos de la empresa de los asentamientos para defendernos de los misiles, puesto que la tierra por si misma no pudo detener los Scud.

Y entonces, el proceso de Oslo se puso en marcha, y el argumento de la seguridad cambió. Ya no trataba de la necesidad de frenar una invasión, sino más bien de nuestra capacidad para prevenir el terrorismo mediante el control del territorio. Más tarde, ese escenario dio paso a nuestra necesidad, y capacidad, para evitar los ataques con cohetes Qassam. Y es que como la derecha predijo, en lugar de paz tuvimos terrorismo a cambio de Oslo, y más tarde - como también lo adivinó nuevamente – cosechamos Hamastán y misiles a cambio de una retirada unilateral.

Sin embargo, y mientras tanto, Israel se propuso encontrar una forma de abordar estas amenazas con éxito. En el momento en que Hamastán se estableció en el sur de Israel y Hezbollah pasó de ser un grupo guerrillero a un socio en el gobierno libanés - es decir, en el momento en que comprobamos su emergencia dentro de un gobierno centralizado -, resultó que podíamos hacerles pagar un precio por el terror y los misiles.

Una vez que el polvo se asiente y podamos mirar hacia atrás, hacia el período que se extiende desde 2006 hasta ahora, descubriremos que más allá de todas las discusiones actuales Israel participó en dos guerras exitosas: la frontera norte está tranquila y los ataques con Qassam desde Gaza se han frenado, y los que tratan de disparar un cohete aquí y allá, se ven severamente perseguidos por Hamas. Hemos cobrado un alto precio, en Líbano y en Gaza, y este precio excede de cualquier beneficio que se puede lograr por los cohetes Qassam y Katyusha.

No obstante, incluso más allá de esto, el terrorismo y los cohetes no constituyen una amenaza existencial. Son la pérdida de nuestra mayoría judía y el peligro de un bi-nacionalismo, al que la empresa de los asentamientos nos arrastra, nuestras principales amenazas existenciales.

Por lo tanto, la única justificación que mantiene estable la defensa de la empresa de los asentamientos es el patrimonio histórico o la herencia judía: los asentamientos judíos como salvaguardia de nuestra herencia judía y de nuestra conexión con la Tierra de Israel. Y este argumento debe ser abordado con valentía, porque la conexión con la tierra forma parte de hecho del judaísmo y del sionismo. No obstante, sería erróneo pensar que el judaísmo únicamente se vería reflejado en la empresa de los colonos, mientras que los que apoyan una partición de la tierra sólo poseen su "occidentalización y americanización" de su lado.

Limitar el judaísmo a una mitzvá sobre el asentamiento en la tierra de Israel (que ni siquiera está incluido en los 613 mitzvot enumerados por Maimónides) ha convertido al judaísmo de los colonos en una Esparta armada que sustituye el espíritu por el materialismo y el patrimonio moral de los profetas de Israel por la espada de Joshua Ben Nun. El sionismo de los colonos es una vía rápida hacia una pérdida de los principales logros sionistas (es decir, el Estado judío), y una aceptación de su interpretación del judaísmo como una ruta directa hacia una limitación de la moralidad judía por unos acres de tierra.

Con el debido respeto a la Tierra de Israel, el centro de gravedad del sionismo y del judaísmo siempre fue el espíritu, más que el materialismo. Por esa razón, el sionismo habló de un Estado judío en la Tierra de Israel: "en la Tierra de Israel" en lugar de "en toda la Tierra de Israel”. De hecho, ha llegado el momento de impugnar la pretensión de los colonos de representar la herencia judía y sionista de Israel.

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Friday, September 17, 2010

La ilusión de las negociaciones - Gadi Taub - Ynet


La fuerza de los colonos

Los medios de comunicación israelíes y la opinión pública no están muy entusiasmados por la reanudación de las conversaciones directas de paz entre Israel y los palestinos, y con razón. Los izquierdistas dicen que el gobierno de Netanyahu frustra cualquier acuerdo, y eso es cierto. Los derechistas dicen que son los palestinos quienes frustran cualquier acuerdo, y haríamos bien en recordar que esto también es verdad.

De hecho, existe mucha gente que va desde miembros del Meretz (al modo de la izquierda exquisita europea, es decir, sumamente políticamente correcta y sin capacidad de gobernar) a Kadima (centro) que todavía creen que los palestinos firmarán en breve un acuerdo sobre la partición del territorio. Después de todo, aseguran que los palestinos, "a puerta cerrada", les comentan que lamentan haber rechazado la generosa oferta del ex Primer Ministro Ehud Olmert. Sin embargo, hablar o aprobar a "puerta cerrada" no es suficiente. Hace ya 17 años que los palestinos dicen dar su acuerdo a acuerdos alcanzados a puerta cerrada, sin embargo, y desde hace 17 años, estos acuerdos se evaporan en el mismo momento en que abren la puerta y salen de la habitación.

Sin embargo, quizás la explicación sea más simple. Tal vez esta no sea una pura casualidad y una mera coincidencia. Tal vez los palestinos sepan lo que están haciendo. Tal vez, como suelen decir, no tienen ninguna intención de renunciar a su demanda de retorno de los refugiados (se refieren a él como a un "derecho", aunque el derecho internacional no reconoce los derechos de retorno de los refugiados, y menos aún de sus descendientes). Tal vez lo que ocurre es que no tienen ninguna intención de renunciar a Jaffa. Tal vez no sea ninguna casualidad que se nieguen a reconocer el derecho del pueblo judío a un estado.

Tal vez detrás de todo esto sólo hay pura lógica. Porque si ellos todavía contemplan al sionismo como a una empresa colonial que invadió sus tierras y les expulsó de ellas, y destruyó su (inexistente) estado, la mejor forma de eliminar a Israel como estado judío sea simplemente negarse a separarse de él. Todo lo que necesitan hacer es evitar la partición y esperar.

Sin partición, Israel sería la única democracia occidental que mantendría a un grupo de población sin derechos políticos, y eso erosionaría cada vez más nuestra condición y nuestros aliados finalmente tendrían que darnos la espalda. Tal vez los palestinos entiendan, al igual que muchos israelíes lo entienden, que sin partición todos estaremos viviendo en un estado donde los judíos serían una minoría

Los miembros de la derecha radical y de la izquierda radical nos dejan de comentarnos que eso no sería tan malo. Algunos izquierdistas radicales piensan que ese único Estado podría conformarse en una democracia bi-nacional o en una democracia carente de nacionalidad. La Suiza del Oriente Próximo [N.P.: tenía entendido que ese cargo lo ejercía el Líbano, pero vista su degradación y división interna, su parecido es meramente imaginario]. Sin embargo, esta no es solamente una estimación equivocada, constituye un ejercicio de ceguera deliberada y de deshonestidad. Una mirada a Gaza sería suficiente para recordar el por qué.

Por otro lado, la extrema derecha también tiene su propia manera de negar la realidad. En su caso han decidido proporcionarnos unos datos demográficos a medida que estén en consonancia con sus argumentos. Según el mensaje emitido por los derechistas, siendo Yoram Ettinger su mejor portavoz, no tenemos ninguna razón para preocuparnos por la demografía: en resumen, la demografía está a nuestro favor. Para ello esgrimen un documento llamado "El agujero del millón de personas" producido por el Centro Begin-Sadat de la Universidad Bar-Ilan [N.P.: En resumen, arguyen que las cifras de población palestina en Cisjordania están hinchadas en casi un 40%, pasando de 2,5 millones a 1,5. Para ellos echan mano a diferencias en la contabilización (doble contabilidad en Jerusalem Este, contabilización de emigrantes de larga duración, diferencias siempre favorables cuando se comparan sus cifras con otras fuentes, etcétera).

Sin embargo, los demógrafos de más prestigio de Israel no se dejan impresionar. El profesor de la Universidad de Haifa Amnón Sofer ha escrito que el documento fue elaborado con fines políticos y no es más que engaño. Por su parte, el profesor de la Universidad Hebrea Sergio Della Pergola ha afirmado que hacer juegos malabares con los datos no iba a cambiar la realidad.

Así pues, tenemos que mirar de frente la realidad y aceptar dos hechos básicos. El primero de ellos, opuesto a la visión de izquierda, es que la actual ronda de negociaciones no es más que otro intento por ambas partes de ganar tiempo. El segundo, que contradice la visión de la derecha, es que el tiempo corre a su favor (de los palestinos), no a nuestro favor. Nuestra estatus internacional se está deteriorando y nos estamos convirtiendo poco a poco en una minoría en la Tierra de Israel.

Por lo tanto, haríamos bien en dejar de lado la ilusión de las negociaciones y comenzáramos a planear otra medida unilateral en Judea y Samaria, porque la alternativa a compartir el territorio es la desaparición del sionismo.

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Friday, September 10, 2010

Decir no al derecho de retorno - Gadi Taub - Ynet



La prueba de fuego de las intenciones palestinas es la demanda de retorno - o lo que ellos llaman el "derecho de retorno". La demanda de un retorno de los refugiados a Israel asciende a la categoría de rechazo fundamental, más que táctico, de cualquier acuerdo, puesto que contradice el principio de partición (del territorio y de la consiguiente solución de dos estados para dos pueblos).

La “partición” con la añadidura del “derecho de retorno” significaría que los palestinos aceptan la existencia de dos estados, sin embargo ambos con una mayoría árabe. Esto también explica su constante negativa a reconocer el derecho del Estado judío a existir. Así afirman poder reconocer el derecho del Estado de Israel a existir siempre y cuando no se defina como el hogar nacional del pueblo judío.

Algunos piensan que la insistencia de Israel en este asunto no está justificada. Algunas de estas personas son antisionistas, sin embargo otras sí son sionistas y también piensan de esa manera. Los antisionistas argumentan que la objeción del derecho de los refugiados a regresar atestigua el racismo de Israel. El hecho es que, nos dicen, Israel tiene una Ley del Retorno que permite la naturalización de forma automática por el hecho de ser judío, y que esto se complementa con la objeción explícita a un retorno palestino. Es decir, sólo a los judíos se les permite regresar.

La suposición aquí es que la Ley del Retorno israelí y el derecho palestino al retorno son similares o paralelos, sin embargo esa supuesta similitud es una mentira.

La Ley de Retorno de Israel permite a los judíos convertirse en ciudadanos del Estado de Israel. Por otra parte, aquellos que argumentan a favor del derecho al retorno de los refugiados palestinos (y de sus descendientes) no hablan de un retorno al Estado palestino que se establecerá, sino más bien, un retorno a los hogares de los antiguos refugiados (como se señala en la Resolución 194). Es decir, el derecho palestino al retorno no es similar a la Ley del Retorno, en cambio sí se asemeja a la exigencia de los colonos a un derecho de los judíos a vivir en cualquier parte de Eretz Israel, incluyendo las áreas que formarán parte de un futuro Estado palestino.

La Ley del Retorno se justifica cuando se refiere a un pueblo con una gran diáspora, como el pueblo judío. La Unión Europea comprende a varios estados con leyes similares reconocidas en su legislación (por ejemplo, en el caso de Polonia, Grecia, Alemania y Finlandia).

Una vez que los palestinos tengan su estado, ellos también tendrán derecho a su propia ley del retorno, la cual permitirá a la diáspora palestina regresar, pero no desde luego al Estado de Israel ni a sus "antiguos hogares". Tendrán el derecho de ser ciudadanos de su propio Estado-nación, al igual que los judíos tienen este derecho en su propio estado. Por lo tanto, los miembros de la diáspora palestina no tienen derecho a poder convertirse en ciudadanos de Israel, al igual que nosotros no tenemos derecho a serlo de Palestina.

Sin embargo, algunos sionistas que reconocen la legitimidad de la Ley del Retorno israelí, también creen que Israel puede reconocer el derecho al retorno a condición de que los palestinos anuncien oficialmente que no habrá un retorno masivo en la práctica. Este es un argumento muy peligroso. En primer lugar, porque el derecho internacional no reconoce el derecho de retorno, y porque la Resolución 194, la cual palestinos y judíos rechazaron en su momento, no tiene rango de ley.

En el momento en que Israel reconozca supuestamente tal derecho, se convertirá en obligatorio en términos del derecho internacional. En definitiva, si el retorno de los refugiados palestinos al Estado de Israel es reconocido, renunciar a ese derecho en la práctica puede no ser válido. Como dicha repatriación se convertiría en un asunto personal, todos y cada uno de los millones de descendientes de los refugiados palestinos podrían llegar a exigir el retorno a Israel, y este derecho se aplicará independientemente de las cifras acordadas o pactadas entre los dirigentes israelíes y palestinos.

El resultado sería la imposibilidad de separar los dos estados (y el fin de la idea de dos estados para dos pueblos).

Desde el punto de vista israelí, eso sería un desastre: el fin del sionismo. Sin embargo, esto también significaría el final del sueño nacional palestino. Una guerra civil perpetua les privará a ellos (y no sólo a nosotros), de la posibilidad de una autodeterminación política.

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Saturday, September 04, 2010

Israel, contentándose con menos - Gadi Taub - NYTimes


En recuerdo de Tali y Yitzhak Ames, asesinados junto a otros dos colonos más cerca de Hebrón

¿La voluntad de Israel es la de seguir siendo un Estado sionista? Si es así, ¿de qué tipo? Estas son las preguntas importantes en la política israelí de hoy en día, y las que se ciernen sobre las conversaciones directas entre Israel y la Autoridad Palestina programadas para comenzar el jueves en Washington.

El sueño sionista laico es fundamentalmente democrático. Sus defensores, de Theodor Herzl a David Ben-Gurion, trataron de aplicar el derecho universal a la autodeterminación al pueblo judío, para así liberarlo de forma individual y colectiva como una nación dentro de un Estado democrático. (De hecho, el movimiento sionista tuvo un parlamento democrático que funcionó incluso antes de tener un estado).

Este sueño está siendo ahora seriamente amenazado por el movimiento de los colonos religiosos, unos judíos ortodoxos cuya versión teológica del sionismo lo convierte en algo radicalmente diferente. A pesar de que estos colonos religiosos son relativamente poco numerosos – cerca de unos 130.000 del total de medio millón de colonos - sus acciones podrían significar el fin del Israel que hemos conocido.

Las raíces del problema han estado allí desde el nacimiento del sionismo moderno. Las relaciones entre el movimiento de Herzl y la ortodoxia judía fueron problemáticas desde el principio. Después de todo, el movimiento sionista trataba de lograr por medios humanos lo que los judíos consideraron durante dos milenios obra exclusiva de Dios: la reunión de la diáspora en la Tierra de Israel. Por lo tanto, la mayoría de los rabinos rechazaron a Herzl, pero no todos. Algunos se unieron al movimiento sionista, incluso formaron un partido dentro de él, sobre la base de una separación de la religión y la política. Para ellos, el sionismo secular o laico era sobre todo una solución a la penosa situación territorial y existencial de los judíos, pero dicha solución no tenía una cargada teológica.

Sin embargo, durante las siguientes décadas, otra forma de sionismo religioso alcanzó la prioridad. Inspirado por los escritos casi místicos de Abraham Isaac Kook, el gran rabino de Palestina bajo el Mandato Británico en la década de 1920 y 30, éste veía a los sionistas laicos como agentes involuntarios de la providencia de Dios, acelerando la redención al promover el regreso de los judíos a su patria ancestral.

Su hijo, el rabino Zvi Yehuda Kook, retomó posteriormente las ideas teológicas de su padre y las hizo girar en torno a un único mandamiento: el asentamiento judío en toda la tierra prometida a los antiguos hebreos en la Biblia. Sus discípulos, poseídos de un ardiente fervor mesiánico, contemplaron la victoria de Israel en la Guerra de los Seis Días de 1967 como una confirmación de esa teología y se dispusieron a cumplir su mandamiento. El entusiasmo religioso les convirtió en un movimiento cuasi mesiánico en un sentido profundo, en el cual sus partidarios creían que había una obligación divina de construir asentamientos, y pasaron a condicionar la autoridad del gobierno democrático de Israel a su aceptación de lo que consideraban era la política de Dios.

Aunque los colonos religiosos a menudo se describen como herederos de los pioneros del sionismo, son todo lo contrario. La visión de Herzl giraba alrededor de la liberación del pueblo judío, mientras que la de los colonos religiosos trata de la consecución de una unión mística entre el pueblo de Israel y la Tierra de Israel. La visión de Herzl derivaba de los ideales de la Ilustración y de la tradición democrática de los movimientos de liberación nacional, remontándose hasta las revoluciones americana y francesa; la visión de los colonos religiosos se ha quedado anclada en un nacionalismo de sangre y tierra. Herzl nunca dudó de que los árabes israelíes deberían tener los mismos derechos. Para los colonos religiosos, los árabes son un elemento extraño en la unidad orgánica que conforman los judíos y la Tierra de Israel.

Las consecuencias de estas diferencias son enormes. Si los colonos lograran su objetivo manifiesto – la toma del control definitivo por parte de Israel de todos los territorios -, eso significaría la anexión de facto de una gran población árabe, y obligaría a una decisión acerca de la forma del estado. En el propio Israel, la minoría árabe representa aproximadamente cerca de un quinta parte de sus 7,2 millones de ciudadanos, y tienen plena igualdad jurídica. Pero entre el Mediterráneo y el río Jordán, hay actualmente aproximadamente el mismo número de árabes y judíos [N.P.: Entre los partidarios de la anexión israelí de esos territorios existe una evidente conformidad a la hora de no incluir la Franja de Gaza, por lo que si también descontamos a una inflada población palestina en Cisjordania en más de 700.000 personas (el Censo palestino incluye a residentes en el extranjero de larga estancia, hace caso omiso de la emigración neta desde 1950 y contabiliza dos veces la población de Jerusalém Este, como ciudadanos de Israel y como ciudadanos de Cisjordania), el reparto demográfico sería de cerca de 5,8 millones de judíos por una cifra próxima a 3’2 millones de palestinos, de los cuales 1’2 serían árabes israelíes y cerca de 2 millones palestinos de Cisjordania].

Incluso si Israel se anexionara sólo Cisjordania, eso representaría doblar su población árabe [N.P.: Como hemos señalado antes, existen otras evaluaciones que apuntan a una menor cantidad]. Con unas tasas de natalidad en los territorios muy superiores para los árabes en comparación con las de los judíos en Israel, los judíos pronto pasarían a ser una minoría. Ello supondría la anulación de la idea misma de un estado judío democrático [N.P.: Estas proyecciones demográficas son también muy contestadas. El hecho real es que la tasa de natalidad palestina disminuye desde hace décadas, ahora cercana a 3,4 hijos, y la judía, incluso la secular, está en ascenso, más de 2,9 hijos].

Israel tendría que elegir entre seguir siendo un estado democrático, pero ya no judío, o bien permanecer un estado judío pero no democrático. Los enemigos de Israel han mantenido durante mucho tiempo que el sionismo equivalía a racismo y que Israel es un Estado de apartheid. Si los colonos tuvieran éxito, podrían dar lugar a su vez a que estas mentiras pudieran llegar a convertirse en realidad.

De hecho, el ex primer ministro israelí, Ariel Sharon, durante bastante tiempo considerado el “gran mecenas de los colonos”, fue uno de los primeros políticos de la derecha en aceptar que el sueño de los colonos era desesperado. Es por eso que sacó a Israel de Gaza en el 2005. Pero no todos le han seguido. La derecha israelí secular ha abandonado la idea de la anexión, pero sigue favoreciendo los asentamientos por razones de seguridad a corto plazo, demostrando una cortedad de miras.

Preservar el régimen militar sobre los territorios, en su opinión, resulta imprescindible para así mantener bajo control el terrorismo palestino, y los asentamientos demuestran la determinación de Israel en este tema. A pesar de que la ocupación y la suspensión de los derechos palestinos oficialmente son acciones temporales, la derecha aspira a mantener indefinidamente a los árabes en el estado cuasi colonial. Ante la negativa de los palestinos a firmar un acuerdo de paz con los predecesores del primer ministro Benjamin Netanyahu, muchos israelíes que previamente por principios se oponían a los asentamientos y a la ocupación, parecen haberse cruzado de brazos y aceptar la situación actual.

Pero el statu quo no puede durar, y los israelíes y sus partidarios deben hacer frente a este hecho. El problema más acuciante de los asentamientos no es que sean obstáculos para un acuerdo final de paz, que es como los críticos de los asentamientos han delimitado en muchas ocasiones el problema. El peligro es que dañarán y condenarán al propio sionismo.

Si la ruta hacia una partición del territorio sigue bloqueada, Israel se verá obligado a elegir entre dos opciones terribles: una especie de apartheid dominado por los judíos o una democracia no judía. Si Israel optará por lo primero, como es el deseo de los colonos, Israel traicionaría todas las creencias en que se basa y por las cuales fue creado, convirtiéndose en un estado paria, lo que haría comprensible una población árabe en situación de rebelión permanente. Si se optará oficialmente por una democracia no judía, además de traicionar también los principios del sionismo, es seguro que sería disfuncional.

Fatah y Hamas no han sido capaces de conciliar sus diferencias de manera pacífica, y su búsqueda de un dominio sobre los territorios lanzaría a una gran población judía hacia una difícil mezcolanza que, sin duda, no produciría una sana democracia liberal. Piensen pues en el Líbano y no en Suiza [N.P.: En resumen, se tendría el camino abierto hacia una continua guerra civil que si en algún momento tuviera un claro vencedor, daría lugar muy probablemente a una nueva reordenación territorial y demográfica].

En verdad, esas dos opciones, el apartheid o la democracia no judía, y de hecho todas las "soluciones que preconizan un único Estado", nos conducen a un mismo final: la guerra civil. Es por eso que solucionar el problema de los asentamientos debe formar parte destacada de la agenda de todos, empezando por Israel. El movimiento de los asentamientos religiosos no es sólo un adversario ideológico del sionismo laico o secular, es un peligro para su propia existencia. El terrorismo es un peligro, pero no puede destruir la visión sionista de Herzl. Más asentamientos y la continuación de la ocupación, sí lo puede.

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Tuesday, August 31, 2010

Inquietantes colonos - Adam Kirsch - Tablet



Cualquiera que se haya sido afectado o molesto por el debate sobre el futuro del sionismo liberal provocado por el artículo de Peter Beinart en el New York Review of Books, debe apresurarse a leer “The Settlers. And the Struggle over the Meaning of Zionism” (Colonos. Y la lucha por el significado del sionismo), el nuevo libro del periodista y profesor israelí Gadi Taub. En el centro de su corta, lúcida y meditada obra, una breve historia del movimiento de los colonos judíos religiosos que se han asentado en Cisjordania con la convicción de que tienen la misión divina de recuperar toda la tierra prometida a los patriarcas en la Biblia.

Numéricamente, no representan un grupo significativo, Taub lo estima entre 100.000 y 130.000 personas, lo que representa "a menos de un 1,5% del total de la población de Israel", y aún menos de la mitad de la población judía en los territorios ocupados (Muchos de los colonos, como señala Taub, no son religiosos, pero se han sentido atraídos por los territorios para "obtener una vivienda más barata e incentivos económicos del gobierno"). Pero las convicciones radicales de estos colonos, su papel en la conformación de las políticas de los gobiernos israelíes y las acciones terroristas de algunos de sus miembros, los convierten en fundamentales para todas las cuestiones relacionadas con la identidad israelí. Es por eso que el subtítulo de la obra de Taub se refiera a "la lucha por el significado del sionismo" y vuelve tan oportuno su libro, en un momento en el que muchos judíos americanos encuentran incierto ese significado.

Taub comienza recordándonos que el sionismo bien entendido es un movimiento liberal. No es nada más ni nada menos que, en palabras de la Declaración de Independencia de Israel, la creencia en "el derecho natural del pueblo judío a ser dueño de su propio destino, como todas las demás naciones". La experiencia judía en Europa, especialmente en los siglos XIX y XX, convenció a los primeros sionistas de que sólo en un estado judío soberano donde practicar la propia autodeterminación sería posible. De hecho, esa misma creencia inspiró a todos los pueblos de la Europa oriental, desde los lituanos a los griegos.

Se dice a menudo, como reproche a Theodor Herzl y a los demás fundadores del sionismo, que su afán por establecer un estado judío en Palestina les llevó a ignorar la existencia de los árabes que vivían allí, ya que creían en "una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra". De hecho, como señala Taub, ese no fue en absoluto el caso. Desde Herzl en adelante, los sionistas fueron conscientes de que cualquier Estado judío tendría que incluir inevitablemente a una gran minoría árabe, y la legislación fundadora de Israel estableció derechos colectivos para las minorías, así como una igualdad jurídica. Como relata Taub, este ideal de un Israel que es a la vez judío y democrático no estuvo totalmente a la altura por diversas razones. Pero no fue hasta 1967, cuando Israel ocupó Cisjordania y la Franja de Gaza tras la Guerra de los Seis Días, cuando ese mismo ideal se convirtió en el objeto de una grave amenaza. Desde entonces, ha existido un gobierno a dos niveles: una democracia propiamente dicha en Israel, y un gobierno militar con duras medidas de subordinación para los árabes habitando en los territorios ocupados.

El peligro filosófico de la Ocupación - por no hablar de los otros peligros diplomáticos, militares y económicos – es que su carácter antiliberal contagió a ese propio sionismo liberal retrospectivamente, haciendo que se olvidara su propia historia. Este es, señala Taub, el punto de vista de los "post-sionistas" en Israel y la visión de gran parte de la izquierda en Europa y América: que "el sionismo nunca fue democrático y que la idea misma de un estado judío y democrático es una contradicción en los términos”. Irónicamente, afirma Taub, esto es también lo que opina el movimiento de los colonos religiosos. La diferencia estriba en que, mientras los anticuerpos antisionistas quieren resolver esa supuesta contradicción haciendo que Israel deje de ser judío, (la llamada "solución de un único Estado"), los colonos quieren su propia solución, una en la que Israel dejaría de ser democrático. Porque, como escribe Taub, "el concepto de un Estado judío y democrático deja de tener sentido si los judíos no conforman una clara mayoría", y un Israel en posesión permanente de Cisjordania, con el tiempo inevitablemente acabaría teniendo una mayoría no judía.

La razón por la cual los colonos religiosos pueden hacer frente a esta perspectiva con ecuanimidad es porque ellos no son demócratas, sino fundamentalistas y teócratas. Esto resulta muy explícito en algunos de los asentamientos, observa Taub. Para el rabino Zvi Yehuda Kook, el teólogo jefe del "sionismo religioso redentor", "El Todopoderoso tiene sus propia agenda política, según la cual se funciona políticamente aquí abajo". Shlomo Aviner, jefe de una Yeshiva sionista religiosa, fue aún más lejos al afirmar que los asentamientos están "por encima de las consideraciones morales humanas", porque son el resultado de una orden directa de Dios. En realidad, escribe Taub, el judaísmo ha tenido históricamente poco que decir sobre el reasentamiento en la Tierra de Israel, con excepción de advertir en contra de ello. De acuerdo con un Midrash, cuando los judíos se exiliaron después de la destrucción del Templo, hicieron tres votos: "no acelerar el fin de los días (es decir, no hacer nada para acelerar la venida del Mesías), no subir al muro (es decir, no inmigrar a la Tierra de Israel y restablecer la Casa de David), y no rebelarse contra las naciones del mundo".

Para algunas sectas haredíes estas prohibiciones siguen prevaleciendo, por lo que algunos rabinos ultra ortodoxos se opusieron y siguen oponiéndose a la existencia del Estado de Israel (por ejemplo, Israel David Weiss de Neturei Karta, el rabino favorito de Mahmoud Ahmadinejad). Pero Zvi Yehuda Kook preferió seguir la llamada cuarta mitzvá (mitzvá dalet) de Najmánides, que sostenía que "se nos ordenó tomar posesión de la tierra que Dios dio a nuestros padres... y no abandonarla en manos de cualquier otra nación o dejarla en estado de desolación”. En las manos de Kook y de sus seguidores, esto se convirtió en uno de los más importantes mandamientos, tan urgente que justificaba sacrificar la vida o tomarla. Cuando Yigal Amir asesinó al primer ministro Rabin en 1995, su justificación es que Rabin había sido tildado de rodef (literalmente, "perseguidor de judíos") por algunos rabinos de los colonos, una designación halájica que significaba que estaba justificado matarlo.

Para Taub, el asesinato de Rabin marcó el punto de inflexión crucial en la historia del movimiento de los colonos. Se demostró sin lugar a dudas que la “única misión de los colonos era redimir la Tierra de Israel” y ello les colocaba en curso de colisión con la seguridad del Estado de Israel. Durante dos décadas, comenzando con la elección del Likud en 1977, esta distinción había sido elidida o ignorada: la expansión territorial fue la política desarrollada por los gobiernos conservadores israelíes con el fin de mejorar la seguridad nacional, ajustándose así convenientemente los objetivos de seguridad con los objetivos religiosos de los colonos. Pero cuando Ariel Sharon, a quien Taub describe como "el patrón de los colonos", decidió que Israel debía retirarse de Gaza, quedó claro que esta alianza política había terminado. En última instancia, todas las facciones del sector laico y el grupo mayoritario dentro del sionismo religioso creen que una existencia segura del Estado judío es más importante que el control de la tierra prometida a Abraham, Isaac y Jacob.

El problema más grande, el cual los colonos sólo comienzan ahora a abordar, es cómo traducir ese consenso (laicos y grupo mayoritario del sionismo religioso) en políticas reales. Porque, como reconoce Taub, los propios colonos nunca han sido lo suficientemente numerosos y poderosos como para dictar sus políticas a los gobiernos de Israel. Cuando Israel alentó los asentamientos en los Territorios Ocupados se debió a que el gobierno creía que esta política, en última instancia, fortalecía al Estado y le dotaba de una mayor seguridad. Esta política ha demostrado ser un gran error, y no hay duda de que la mayoría de los israelíes se alegrarían actualmente de ver como la mayoría de Cisjordania y la Franja de Gaza pasan a manos de un gobierno palestino moderado.

Pero no hay perspectivas inmediatas de la emergencia de ese tipo de gobierno, más aún con el reciente destino de Gaza, donde la retirada israelí llevó finalmente al poder a Hamas y a un aluvión de ataques con cohetes contra los civiles del sur de Israel, lo que hace que una posible retirada de Cisjordania parezca aún menos probable. "A pesar de su poder económico y militar”, afirma Taub, "Israel se ve incapaz de sustraerse por si mismo de los territorios y evitar así deslizarse por la pendiente resbaladiza de un binacionalismo". El título del último capítulo de Taub es "Conclusión: ¿Y ahora qué?", y él tampoco se ve capaz de responder a dicha pregunta. Pero “The Settlers” también nos recuerda poderosamente esos valores que el sionismo debe preservar si desea seguir siendo digno de su gran historia.

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Monday, August 23, 2010

Posponer la paz para más tarde - Gadi Taub - Ynet


Evacuados de Gush Katif

Israel se siente paralizada. Mucha gente por aquí entiende que el statu quo es una vía expresa a la desaparición del sionismo. Estamos poco a poco hundiéndonos en el pantano bi-nacional, y si no somos capaces de dividir la tierra de Israel nos acabaremos hundiendo en él.

Sin embargo, parece que no hay manera de dividir la tierra. La fe de los israelíes en una partición dentro del marco de un acuerdo de paz se ha visto muy erosionada, y no es de extrañar. Los palestinos no están dispuestos a renunciar a su demanda de lo que ellos denominan como "el derecho de retorno" (en la práctica, el derecho internacional no reconoce tal derecho), y esto significa que no habrá acuerdo.

Por otro lado, la fe en una partición unilaterale israelí también está erosionada a raíz de la experiencia de la retirada de Gaza. No obstante, esta erosión es injustificada: una medida unilateral no tiene por qué parecerse a la retirada de Gaza. De hecho, incluso un estilo de retirada de Gaza en Judea y Samaria es mejor que la continuación del statu quo. Aún así, muchas personas creen que sería imposible evacuar a unas 70.000 personas por una pequeña y supuesta paz global.

Entonces, ¿cómo podemos querer no obstante dividir la tierra sin paz? Si lo hacemos así, sin duda sería un sueño. Además, incluso si no tenemos un socio para la paz, podemos tener un socio para una medida unilateral. Los palestinos están trabajando en su propia maniobra unilateral: la promesa de Salam Fayyad de declarar unilateralmente la independencia puede servir como una medida complementaria a la retirada israelí, inclusive si eso no es una obligación.

Al parecer, la clave aquí es separar la cuestión de la partición de la cuestión de la evacuación: No hay necesidad de convertir la evacuación en una condición para la partición.

En primer lugar, Israel finalmente puede aprobar una ley de compensación para la evacuación de Cisjordania. Podemos suponer que esa ley podría minimizar drásticamente el alcance del problema de los asentamientos.

En segundo lugar, Israel puede declarar que a "los sionistas por la tierra", en oposición de los "sionistas por el Estado", se les permita permanecer en su lugar de residencia y renunciar a su ciudadanía israelí. Ellos pueden seguir viviendo allí bajo un gobierno palestino. Después de todo, hay una gran minoría árabe en Israel, así que no es impensable una pequeña minoría judía en Palestina. Si fuera necesario, iríamos a rescatarlos y llevarlos de vuelta a casa. Para eso tenemos la Ley de Retorno. Serían capaces de volver y obtener su ciudadanía israelí cuando volvieran si lo desearan.

En tercer lugar, también en oposición al modelo de Gaza, la retirada propiamente dicha se puede coordinar con la Autoridad Palestina de una manera ordenada y gradual. Un traspaso ordenado del poder está en el propio interés de Fatah. Ellos también vieron los resultados de la retirada unilateral de Gaza y el asesinato de su gente por parte de Hamas, es por eso que les temen más a ellos que nos temen a nosotros, y con razón.

En cuarto lugar, a diferencia de estilo solitario de la desconexión de Sharon, esta vez nos retiraríamos bajo los auspicios internacionales. Los Estados Unidos, la Unión Europea, las Naciones Unidas y los rusos - y posiblemente incluso a la Liga Árabe -, sin duda se alistarían a la causa de poner fin a la ocupación, e incluso podrían otorgar garantías económicas y militares, posiblemente en forma de una fuerza internacional.

Un hecho desagradable de este conflicto es que los elementos para su resolución completa, resolviendo las cuestiones de justicia absoluta que existen en ambos lados, chocan con las profundas convicciones y aspiraciones de ambas partes. Es por eso que las posiciones en la negociación adoptadas por ambas partes (en ciertas cuestiones) se caracterizan por un "No" absoluto y por unas líneas rojas que no llevan a ninguna parte.

Sin embargo, si estas cuestiones de justicia absoluta se separan de los problemas prácticos, podríamos comenzar con el particionamiento de la tierra y retrasar el final del conflicto a otro momento posterior.

Seremos capaces de hacer frente a las cuestiones de justicia en el futuro, y también modificar las fronteras si fuera necesario, pero por el momento vamos a conformarnos con un alto el fuego que se base en intereses comunes más bien que en un "amor mutuo".

Lo más importante, dos Estados-nación prevalecerán, y el sionismo no se dirigiría hacia el abismo.


PD. Única, y siempre la misma pega. Siempre se utilizan las previsiones "positivas", colaboración, ayuda exterior, etcétera... Siempre será más lógico, visto lo visto, apostar por unas previsiones que contemplen sobre todo los aspectos y las situaciones "negativas", falta de colaboración palestina y exterior, exacerbación de tensiones por parte del ala radical de los países árabes pata torpedear el proceso (gracias a sus marionetas palestinas), violencia...

Si el proceso unilateral es necesario, hay que ponerse en su desarrollo más complicado, sin ilusiones, si finalmente no fuera así, mejor que mejor. Pero siempre hay que contar con que la otra parte nunca deseará ayudarte a solucionar tus problemas ni ponértelo fácil, iría en contra de sus intereses a medio y largo plazo.

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Sunday, July 25, 2010

Decir no a la anexión (de Judea y Samaria) - Gadi Taub - Ynet

Recientemente hemos estado oyendo voces en el campo de la derecha pidiendo la anexión de Judea y Samaria al Estado de Israel. Esa convocatoria de anexión de por sí no es nueva. Ha sido una vieja reclamación realizada por los colonos religiosos. El documento constitutivo del Consejo de la Yesha ya solicitaba la anexión.
Sin embargo, ¿qué pasa con los residentes de la zona? El documento de la Yesha instaba al Gobierno a "establecer el estatuto jurídico de los judíos que habitan permanentemente en Judea y Samaria como residentes sujetos a la legislación, jurisdicción y administración israelí". Pero ¿qué pasa con los árabes? Eso no está nada claro. Sin embargo, basado en el "sí", podemos figurarnos el "no": la ciudadanía sólo se concedería a los judíos.
Cuando la ocupación era todavía reciente, incluso se trató de promover esa petición como proyecto de ley en la Knesset, pero sólo se pudieron encontrar a un puñado de seguidores (incluyendo a un joven miembro de la Knéset llamado Ehud Olmert). Para todo el resto de los diputados se hacia evidente que tal anexión desencadenaría a su vez el cambio de un Israel democrático por un estado de apartheid.
Como esto realmente no se deseaba como opción, vimos el surgimiento de una vaguedad fundamental en ese campo pro-colonos a la hora de referirse a sí mismos como "campo nacional". Apoyaban la empresa colonizadora, pero no tenían respuesta para la pregunta más importante impulsada por los asentamientos: ¿Qué hacemos con los residentes árabes de los territorios?
El difunto Primer Ministro Levi Eshkol dijo una vez que las conquistas de la Guerra de los Seis Días se pueden comparar a una boda maravillosa. La dote es impresionante, pero el único problema, decía, es que no queremos a la novia.
Los gobiernos de Golda y Rabin siguieron a continuación el rastro de Eshkol sin tartamudear, y algo más de tiempo debió transcurrir antes de que el campo de la izquierda consiguiera empezar a oponerse a los asentamientos. Sin embargo, esto no sucedió en el campo de la derecha. El Likud siguió apoyando la empresa colonizadora y alabó la adquisición de tierras, pero con respecto al documento constitutivo de la Yesha se mantuvo en silencio, tampoco le gustaba la novia.
Por lo tanto, no estaba claro lo que quería la derecha israelí: por un lado, apoyar las actividades de asentamiento, es decir, introducir el control de Israel en esos territorios de forma permanente; pero por el otro lado no estaba dispuesto a renunciar a la democracia, por lo tanto, no deseaba anexionar esos territorios en la práctica para así no conceder la ciudadanía a la novia.
Sin embargo, luego vinieron Moshe Arens, Tzipi Hotovely, Elitzur Uri, Reuven Rivlin y algunos otros, y decidieron hablar honestamente: No podemos tener la dote sin la novia. Su conclusión: debemos abrazar a la novia, debemos anexionarnos la zona y dar la ciudadanía completa a los residentes árabes. De esta manera, la democracia y la integridad de la tierra se mantendrían. Sólo un pequeño problema sigue existiendo: Israel se convertiría en un estado bi-nacional.
Uno tiene que respetarlos por su honestidad, porque manifiestan esa verdad que la derecha ha estado tratando de negar desde hace un tiempo: la empresa colonizadora nos está conduciendo a un estado bi-nacional. Es decir, la derecha israelí no formaria parte precisamente del llamado "campo nacional", sino más bien del campo de "bi-nacional". Incluso si esto no es su intención, este será el resultado de la política de la derecha.
Por lo tanto, no es sorprendente que la honestidad mostrada por Arens y sus compañeros no acabe de arrastrar a la derecha. Por la misma razón, la izquierda radical, que exige un estado para todos los ciudadanos entre el río Jordán y el Mediterráneo, tampoco arrastra a la izquierda sionista: cualquier solución de un Estado será bi-nacional y en última instancia conducirá a una mayoría árabe .
El sionismo buscaba crear una situación en la que los judíos no estuvieran como minoría en un estado en el mundo. Sin embargo, la anexión de Judea y Samaria, en última instancia, convertirá también a los judíos en una minoría en Israel. Esto produciría, si tomamos prestado el dicho haredí, una diáspora en la Tierra de Israel, el fin del sionismo.
Cualquier intento de convertir nuestro control sobre los territorios en algo permanente nos conduciría allí. Por lo tanto, la empresa colonizadora es el peligro más grave que enfrenta la empresa sionista. Podemos superar todos los demás problemas, pero si no somos capaces de librarnos de los territorios nos hundiremos en el mar del bi-nacionalismo.

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Friday, May 21, 2010

El debate sionista‭ ‬-‭ ‬Gadi Taub‭ ‬-‭ ‬Ynet



Colonos

La disputa política fundamental en la sociedad israelí‭ ‬-‭ ‬con respecto al futuro de Judea y Samaria‭ ‬-‭ ‬no es sólo una disputa sobre política.‭ ‬De hecho,‭ ‬es un debate sobre el significado del sionismo.‭ ‬Podemos decir que es una disputa sobre qué es exactamente lo que celebramos en el Día de la Independencia.
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Sin embargo,‭ ‬en el calor de la política cotidiana,‭ ‬este debate se está realizando de una manera que oscurece el sentido del conflicto.‭ ‬Las facciones rivales presentan las opiniones de sus oponentes de una simplista y,‭ ‬a veces,‭ ‬sinuosa.

La Derecha,‭ ‬y los colonos religiosos con en ella,‭ ‬interpretan a todos los que apoyan la partición como miembros del‭ "‬bando o campo de la paz‭"‬.‭ ‬Pero en la práctica,‭ ‬muchas personas respaldan partición después de considerar de forma pesimista la posibilidad de una paz.‭ ‬Ellos creen que la partición es la única manera de evitar el hundimiento de la empresa sionista en un estado bi-nacional,‭ ‬después de haber perdido la mayoría judía.
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Por otro lado,‭ ‬muchos seguidores de la partición retratan a los colonos como miembros de un movimiento mesiánico.‭ ‬Los colonos rechazan esta interpretación.‭ ‬Creen que su empresa puede estar justificada por una base realista y secular.‭ ‬La dimensión mesiánica de su movimiento no es un plan operativo o un decreto,‭ ‬sino más bien,‭ ‬un marco general de fe al que se añade una dimensión de profundidad y de significado a una empresa que las necesita para basarse en consideraciones totalmente terrenales.

Uno puede poner en duda esta descripción de la empresa de los asentamientos religiosos.‭ ‬Aquellos que ven ese movimiento desde una perspectiva histórica pueden detectar en él cambios a lo largo‭ ‬del tiempo.‭ ‬En la época‭ ‬que va‭ ‬entre la Guerra de los Seis Días y la devolución del Sinaí,‭ ‬el liderazgo de‭ ‬los colonos contemplaba su propia empresa‭ ‬como la realización de un decreto divino.‭ ‬Sin embargo,‭ ‬desde‭ ‬que‭ ‬Israel tomó el camino de un compromiso territorial,‭ ‬hemos visto un cambio gradual en esta percepción.
‭
Eso no se supone que‭ ‬el acuerdo con ese plan de‭ "‬salvación‭" ‬terminó teniendo éxito,‭ ‬y‭ ‬que‭ ‬como las decepciones‭ ‬se acumulan,‭ ‬la visión de esa próxima‭ “‬salvación‭” ‬se traslade al fondo de la escena,‭ ‬mientras que sus emisarios comiencen a explicar cada vez más su empresa en términos más terrenales.

Sin embargo,‭ ‬para los laicos de entre ellos y sus defensores,‭ ‬la impronta de un sello teológico en la homologación de los asentamientos es algo secundario.‭ ‬Incluso después de que Dios cambiara el telón de fondo,‭ ‬el conflicto entre el sionismo laico y su versión religiosa de los colonos sigue siendo fundamental.‭ ‬Recientemente oí a Uri Elitzur,‭ ‬quien sirvió como jefe de la oficina de Netanyahu en el pasado,‭ ‬explicarlo de la siguiente manera:‭ ‬en su opinión,‭ ‬el sionismo es la reactivación de la relación entre el pueblo de Israel y la Tierra de Israel.‭ ‬El Estado es simplemente un medio para reactivar esta relación.
‭
Sin embargo,‭ ‬a los ojos de Herzl,‭ ‬Ben-Gurión,‭ ‬Weitzman,‭ ‬Jabotinsky,‭ ‬Rabin‭ ‬e inclusive Begin,‭ ‬el sionismo era un asunto completamente diferente.‭ ‬Creían en un‭ “‬sionismo de Estado‭”‬,‭ ‬no en un‭ “‬sionismo de la Tierra‭”‬,‭ ‬y,‭ ‬en su opinión,‭ ‬el Estado era el objetivo,‭ ‬no el medio.

Esta es una diferencia significativa,‭ ‬a pesar de que ambos tipos de sionismo desean tanto la Tierra de Israel como el Estado‭ ‬de Israel.‭ ‬El‭ “‬sionismo‭ ‬de la Tierra‭”‬ está dispuesto a poner en peligro la mayoría judía y la existencia misma del Estado con el fin de aferrarse a la tierra más allá de la Línea Verde.‭ ‬Mientras tanto,‭ ‬el‭ ‬“sionismo de Estado‭”‬,‭ ‬tanto actualmente como en el momento del Plan de Partición de‭ ‬1947,‭ ‬está dispuesto a dividir la tierra con el fin de evitar que el Estado judío se hunda en una mayoría árabe.
‭
El‭ ‬Día de la Independencia se supone que nos recuerda que‭ “‬no es casualidad que nosotros celebramos‭ ‬la fecha en que‭ ‬se declaró nuestra independencia política‭”‬,‭ ‬y no‭ ‬una fecha que marca el comienzo de‭ ‬nuestro moderno asentamiento en Israel.
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Este logro inmenso,‭ ‬el logro más importante de‭ ‬los judíos en la era moderna,‭ ‬no debe‭ ‬ponerse‭ ‬en peligro en aras de mantenernos en Judea y Samaria.

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Saturday, February 13, 2010

Judío y democrático - Gadi Taub

Cuando David Ben-Gurion declaró, hace 61 años, que "este derecho es consecuencia del derecho natural del pueblo judío a ser dueño de su propio destino, como todas las demás naciones, en su propio Estado soberano", la gran mayoría de los que se veían a sí mismos como ilustrados, progresistas, en busca de la paz y comprometidos con los derechos humanos, estaban completamente de acuerdo con él.

Sin embargo, esto que aparentemente se da por hecho lo es cada vez menos. Cada vez más podemos escuchar entre las élites de Israel que "judío y democrático" es una contradicción intrínseca, porque si el Estado se asocia solamente con algunos de sus ciudadanos, y no con el resto, viola el principio de igualdad democrática.

El sentimiento de que el sionismo es ilegítimo se está extendiendo aún más rápidamente en el extranjero. No solamente en Europa, sino también en los Estados Unidos. No hace mucho tiempo, un amigo mío que es profesor en la Universidad de Columbia me comentaba que sus estudiantes judíos definían su identidad como sigue: "judíos, pero no sionistas".

¿Cómo hemos llegado a esto en seis décadas? ¿Cómo una noción que antes parecía democrática y progresista se ha vuelto a los ojos de muchos todo lo contrario? Cualquier respuesta debe tener en cuenta al menos dos procesos dramáticos en la historia del Estado, uno proveniente de la derecha del mapa político y el otro de la izquierda: el primero, el de la derecha, es la identificación cada vez mayor del sionismo con la empresa de los asentamientos y con el régimen de ocupación; y el segundo, procedente de la izquierda, es el nuevo uso del lenguaje de los derechos civiles con el fin de revocar los derechos democráticos fundamentales.

El primero de estas dos procesos es fácil de entender: la ocupación no es, y no puede ser, democrática. Por lo tanto, si el sionismo se identifica con los asentamientos, el sionismo no sería democrático. Mantener a millones de árabes desprovistos de derechos es una violación flagrante de nuestra Declaración de Independencia y de la base moral del sionismo: el derecho de "cada nación" a su autodeterminación. Así pues, en la práctica, la empresa de los asentamientos amenaza con eliminar el sionismo y convertirlo en una forma de bi-nacionalismo.

También desde la izquierda muchos han dado la espalda a la partición. Cuanto más tiempo se mantenga en pie la ocupación, más desesperación se adueñará de la izquierda. El desprecio por la empresa de los asentamientos se ha convertido en aversión por Israel y por el ideal sionista. Esta parte de la izquierda ha abandonado la Declaración de Independencia y se limita a defender una interpretación estrecha y engañosa de la idea de los derechos individuales.

Todo esto empezó soñando con un "estado de todos sus ciudadanos", que no estaría fundado en la nacionalidad, entre el río Jordán y el Mar Mediterráneo, que se consideraría como el hogar de personas y no sólo de pueblos, y donde todos los individuos se identificarían con el estado por igual. La igualdad sería total y la democracia sería perfecta. Esta es la visión utilizada por los intelectuales izquierdistas, de la mano de la "Conferencia Durban II", para promover la idea de que un Estado judío es un estado racista.

Sin embargo, la única y simple verdad es que la visión de la izquierda radical no es más que una auto ilusión: el Estado de Israel solamente dejaría de ser judío si deja de ser democrático. Mientras sea el hogar de una mayoría judía, esta mayoría escogerá el Shabbat como día de descanso, utilizará el hebreo como su lengua y las festividades judías determinarán su calendario.

Este es el significado de la democracia: se trata de un mecanismo para la realización del derecho a la autodeterminación. Se confía en los ciudadanos el derecho a dar forma a sus vidas, y lo harán en consonancia con su cultura. Los palestinos harán lo mismo si optan por la democracia. Y para ello, necesitamos la partición y tenemos necesidad de dos estados, porque aquí no sólo tenemos individuos, también tenemos dos pueblos.

Por lo tanto, es totalmente apropiado que el Día de los Caídos y el Día de la Independencia retomemos la Declaración de Independencia y recordemos que el derecho de todo pueblo a su autodeterminación es la base del sionismo. Los que tratan de evitar que otras personas determinen su nacionalidad, ya sea en nombre de los derechos civiles o en nombre del mandamiento (mitzvá) de asentarse en toda la Tierra de Israel, son enemigos flagrantes tanto del sionismo como de la democracia.

Web de Gadi Taub

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Wednesday, October 14, 2009

La hora de la autorreflexión (de la izquierda israelí) - Gadi Taub - Ynet

Como de costumbre, la izquierda ha pasado por alto este último período de autorreflexión (Yom Kippur). La izquierda parece tener a cargo la conciencia de todos nosotros, pero de alguna manera no la suya propia, y desempeña un papel de conciencia ajena, una conciencia siempre investida del papel de juez, y no de una de las partes implicadas.

Y lo hace muy mal. Porque como resultado de ello, la izquierda no aprende demasiado de sus fracasos o éxitos. Por un lado, puede presumir de un gran éxito: su posición política fundamental, la necesidad de una partición de la tierra (una visión preconizada por una pequeña minoría) se ha convertido en el punto de vista de la mayoría. Tanto es así, que incluso el primer ministro de un gobierno de derecha tuvo que declarar, a regañadientes, que esa es la postura oficial de Israel.

Por otra parte, las posiciones más izquierdistas se han derramado hacia el centro, el más cerrado y duro, y ha alienado a la misma izquierda. Como si el sentimiento de que seguir siendo una minoría fuera mucho más importante que cambiar la política de Israel. Y ahora, cuando considera que su punto de vista se ha extendido entre la opinión, se vuelve necesario encontrar un nuevo punto de vista minoritario, el cual le permita reforzar su posición de tal manera que evite compartir con el resto.

Sin embargo, un poco antes de Yom Kippur, hemos visto un intento de autorreflexión, un largo manifiesto titulado "La Izquierda Nacional", escrito por Shmuel Hasfari y Eldad Yaniv. Este manifiesto despertó una gran cólera, sobre todo porque criticó el proyecto de insumisión en el llamamiento a filas.

Sin embargo, admito que me pregunté si una parte de esa furia provocada entre la izquierda profesional - ese campo de la izquierda que le gusta mantener su espléndido aislamiento - tenía que ver precisamente con el hecho de que Hasfari y Yaniv tenían esencialmente la razón. La izquierda ha perdido su poder porque se ha olvidado de los argumentos que inicialmente mantuvo en favor del Estado de Israel - y no los que ahora tiene en contra de él -, unos argumentos que se derivaban de una preocupación por el Estado en lugar de su alienación actual del Estado.

Sobre la base de la terminología desarrollada por la izquierda, existe una maldad intrínseca en ese extremo del espectro conocido como el de los "sentimientos nacionales" o "el campo nacional", y solo existe bondad en el otro extremo, ese conocido como el de los "derechos humanos". Esta engañosa división forma parte de las razones del declive electoral de la izquierda. Y es que una parte de los derechos humanos es precisamente el derecho a una autodeterminación nacional (si tuviéramos que juzgar la retirada de Gaza sólo en términos de derechos humanos, inclusive habría que repensar la ocupación israelí más que nada por la situación de los derechos humanos bajo el régimen de horrores de Hamas)

El éxito de la izquierda obligando a Israel a cambiar de dirección en favor de una partición no sólo radica en los derechos humanos individuales. También se fundamenta en la reorganización de nuestro derecho nacional ya que nuestra autodeterminación se encuentra en peligro.

El argumento básico de los partidarios de la partición se basa en gran parte en ese fundamento, y una izquierda dedicada a una verdadera autorreflexión se daría cuenta que Hasfari y Yaniv tienen razón al menos sobre este punto: una izquierda anti-nacional no sacará ningún beneficio de su propio sentido de la justicia. Una izquierda nacional, por el contrario, fue la que convenció a los israelíes de que había que abandonar los territorios si deseábamos evitar caer en un estado bi-nacional. Sólo esa izquierda ayudará en la realización de esa aspiración en estas difíciles circunstancias en las que el socio de la otra parte permanece aún ausente.

El resultado es que una verdadera izquierda autorreflexiva también contribuirá a una verdadera reflexión por parte de todos nosotros. Ha llegado el momento de concentrar nuestro deseo genuino de vida fundándolo sobre la fe en el derecho a existir de Israel, fe que se basa en el derecho de todas las demás naciones, entre ellas la nuestra, a su autodeterminación. Porque tenemos que despertarnos, basándonos en el amor a Israel, más que en el odio, del delirante estupor que nos impulsa a arrastrarnos detrás de los colonos.

Ha llegado el momento de mirarnos a los ojos y decirnos que la empresa de asentamientos fue el error político más grave de Israel, y que por nuestro propio bien, no por el bien de los palestinos, por patriotismo, y no debido a un rechazo a los "sentimientos nacionales", encontraremos una forma de eliminar la ocupación antes de que la ocupación nos elimine a nosotros.

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